Anuncio de aranceles desaforados. Expulsión de extranjeros. Amenazas de expansiones imperialistas (Groenlandia, Dinamarca). Reducción de impuestos a los ricos. Desprecios altivos hacia Europa. Emisión constante de bulos. Roturas graves en las costuras democráticas. Retirada de organismos internacionales. Frivolización de los conflictos. Matonismo militarista. Negacionismos ante las evidencias científicas. Estos y otros elementos caracterizan los primeros meses del mandato de Trump. Una distopía que era inconcebible incluso para sus más firmes seguidores. La pregunta es ¿actúa solo Trump? ¿son estos factores enunciados producto de sus fobias, u obedecen a las premisas de un Estado profundo? En el plano económico: ¿quién le asesora, a parte de Musk? Las respuestas a tales incógnitas no son todas simples; pero sí sabemos quién es el gurú de Trump. Se llama Stephen Miran, presidente del Consejo de Asesores Económicos, e inspirador y autor de esa guía que ha puesto en funcionamiento la administración estadounidense, un documento publicado en noviembre de 2024 (A User’s Guide to Restructuring the Global Trading System).
La idea central es generar una recesión económica en Estados Unidos con el ánimo de debilitar al dólar, incrementar las exportaciones –lo que infiere aumentar la producción industrial– equilibrar la balanza comercial e incidir en la política monetaria bajando los tipos de interés para hacer entonces más tolerable la ingente deuda pública del país. En esta compleja ecuación, los aranceles se erigen en primordial arma de negociación –toda vez que, si se aplican como está anunciado, van a provocar inflación–. La pregunta que puede derivarse de esto es si, en ese supuesto escenario de negociación, los países involucrados pueden fiarse de la actual administración norteamericana. Lo ha escrito con su mordaz estilo Martin Wolf en el Financial Times: “¿es esta administración capaz de alcanzar un acuerdo? Creo que no” (https://www.ft.com/content/9fa4a76d-60bb-45cd-aba0-744973f98dea).
La propuesta de Miran es sumamente arriesgada, porque no parece contemplar, o minimiza, la deslocalización existente, ya en la actualidad, de buena parte del aparato industrial estadounidense, cuyo sector del automóvil tiene partes sustanciales en su cadena de producción externalizadas en México; y, a la vez, su tesis ignora el factor tiempo: ¿cuánto se puede soportar un escenario de contracción económica inducida, buscando un objetivo de difícil consecución?
Los datos ahora mismo son ya preocupantes. La Reserva Federal reduce el crecimiento económico para Estados Unidos, y señala el incremento del paro, la bajada del consumo y el desmoronamiento de los índices bursátiles. De hecho, Wall Street conoce la mayor huida de inversores y un incremento de los índices de pesimismo de los gestores (información del Bank of America). Una incipiente tensión inflacionista ha aconsejado no tocar los tipos de interés en el último encuentro de la Reserva Federal, una actitud consecuente en política monetaria que ha enfurecido a Trump, que esperaba un recorte en el precio del dinero. Alguien debería decirle: “¡es la economía, estúpido!”.