¿Hacia nuevas burbujas económicas?

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Resiliencias y robustez de la economía de España, 2020-2025

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Estados Unidos en Venezuela: una clave económico-financiera y algo más

Carles Manera, catedrático de Economía e Historia Económica

Jorge Fabra Utray, economista y Doctor en Derecho, Presidente de Economistas Frente a la Crisis

            Estados Unidos sobre Venezuela: ni la recuperación de la democracia, ni la estabilidad geopolítica, ni el estrangulamiento del narcotráfico, ni la persecución del terrorismo. El objetivo central es económico y, probablemente, financiero. Esto se va confirmando a medida que los dirigentes estadounidenses hacen declaraciones. Y radica en una causa central: el acceso más directo a los enormes recursos petroleros del país sudamericano. En efecto, según el Energy Institute, Venezuela posee 41,4 mil millones de toneladas de reservas de petróleo (casi el 20% de las reservas mundiales). La segunda potencia es Arabia Saudita, con poco más de 40 mil millones. A partir de esta constatación, se presentan las siguientes consideraciones.

            En primer lugar, la economía venezolana tiene problemas serios en relación a la producción de petróleo, no en cuanto a sus reservas. La producción es pequeña, en el contexto internacional: el 1%, cifra raquítica explicable por la falta de inversión extranjera y por la degradación del capital físico, teniendo en cuenta que el tipo de petróleo de Venezuela es más pesado y costoso para extraer y refinar, de forma que necesita tecnología actualizada. Convertir esto en poder económico supone cuatro condiciones, expuestas por el ingeniero –y el mayor experto mundial en energía– Vaclav Smil (2050. Por qué un mundo sin emisiones es casi imposible, Arpa, Madrid, 2024): estabilidad, tecnología, capital y tiempo. En un escenario en el que se habla de energías renovables –y es muy importante hacerlo y promocionarlo–, urge tener en cuenta que todavía el 80% de la energía planetaria procede de combustibles fósiles. Las transiciones energéticas no son rápidas, a pesar de que las renovables van avanzando de manera decidida (sobre esto, distintos ejemplos referidos a la economía estadounidense en Ezra Klein-Derek Thompson, Abundancia, Capitán Swing, Madrid, 2025). Lo cual explica el enorme interés por el petróleo, máxime desde un gobierno, el de Estados Unidos, que está negando las consecuencias del cambio climático y que tiene una apuesta agresiva por mantener las explotaciones fósiles, con empresas relacionadas de forma directa con Trump al ser –junto a los tecnomagnates– primordiales financiadoras de sus campañas.

En segundo término, podríamos apuntar, a título de hipótesis –y sin otorgarles un factor causal de la invasión de Estados Unidos, pero sí como elemento de reflexión– factores de carácter financiero y monetario. Venezuela ha aceptado desde hace unos años –2018– la compra de su petróleo en moneda diferente al dólar. Los yuans chinos constituyen, en tal sentido, una referencia clave, y abundante. Además, otras divisas de apoyo han sido el euro y el rublo. Hay precedentes en todo esto. A comienzos del siglo XXI, Sadam Hussein ya fijó la venta de petróleo iraquí en monedas diferentes al dólar; este hecho pudo acelerar la invasión en 2003 –sin hallarse armas de destrucción masiva, el alegato para justificar esa acción– y el cambio de régimen, que de nuevo “dolarizó” las exportaciones petrolíferas del país. Algo similar aconteció en Libia, con el proyecto del dinar de oro. El líder libio estuvo abogando durante meses por la introducción de esta moneda para todas las naciones musulmanas. Muamar el Gadafi pretendía vender petróleo únicamente a cambio de dinares de oro y rivalizar con el dólar y el euro. En 2011, el régimen fue depuesto por fuerzas de la OTAN. En ambos escenarios, el derrumbe de esos regímenes tiene explicaciones multicausales –en las que no entraremos por razones de espacio–; pero el aspecto de la desdolarización no es desdeñable, sin que deba ser entendido como central.

No puede omitirse que los acuerdos llegados entre Estados Unidos y Arabia Saudí, a raíz de la crisis energética de 1973, confirmaban que las remesas de petróleo que eran adquiridas debían ser sufragadas en dólares, y no en monedas nacionales. Es decir, el billete verde se convirtió así en la gran referencia, en el potente patrón monetario con el que adquirir un renglón perentorio para el desempeño de las economías: los combustibles fósiles y, en particular, el petróleo. Arabia vende el petróleo exclusivamente en dólares e invierte en bonos del Tesoro de Estados Unidos, mientras este país le garantiza seguridad militar y apoyo político. Son los petrodólares. Sin respaldo metálico alguno, y tras el abandono del patrón oro –y del sistema de Bretton Woods, que suponía la relación del dólar con el oro: un enorme poder (véase Benn Steil, La batalla de Bretton Woods, Deusto, Barcelona, 2016)–, Estados Unidos ha tenido entonces la capacidad de imprimir dólares de manera masiva, toda vez que su adquisición era fundamental para, a su vez, pagar el petróleo que las naciones necesitaban. Al mismo tiempo, Estados Unidos puede financiar sus déficits con la emisión de deuda pública que adquieren otros países.

Este planteamiento que describimos no obedece necesariamente a la acción del ataque a Venezuela; pero aporta algunas reflexiones sobre la desdolarización que provienen de la economía académica.

      Desde esta óptica, economistas como Barry Eichengreen –siempre en las listas de candidato al Nobel, y tal vez el economista con mayor predicamento en economía financiera– ha expuesto hace tiempo que, históricamente, las monedas que conforman una hegemonía en determinadas fases, van declinando de forma gradual. En tal sentido, Eichengreen defiende una paulatina desdolarización (véase, de manera especial: Exorbitant Privilege: the rise and fall of the Dollar, Oxford University Press, Nueva York, 2011; con una perspectiva económica más amplia en: Hall of Mirrors. The Great Depression, the Great Recession, and the Uses –and Misuses– of History, Oxford University Press, Nueva York, 2015). Un escenario más probable que un abandono masivo del dólar, es que su papel se reduzca a medida que sus competidores internacionales ganen fuerza. El contexto preferido por Eichengreen es un mundo con múltiples divisas internacionales, con una erosión gradual de la hegemonía del dólar a lo largo del tiempo. Esto puede estar preocupando a Estados Unidos, por el factor equilibrador de las remesas de dólares –por adquisiciones de deuda pública– para la balanza por cuenta corriente. Lo cual, a su vez, comporta contradicciones, que chocan con las tesis de economistas trumpistas como Stephen Miran, que abogan por rebajas en los tipos de interés y la devaluación del dólar. Por otra parte, economistas de perfil más heterodoxo como Yanis Varoufakis y Michel Husson, plantean una visión más radical que la expuesta por Eichengreen; pero siempre en la esfera de la posibilidad real de la desdolarización (véase la tesis de Varoufakis sobre los “déficits gemelos”, que se equilibran con los dólares, en El Minotauro global, Capitán Swing, Madrid, 2012; un trabajo sintético de las tesis de Husson, en El capitalismo en diez lecciones, La Oveja Roja, Madrid, 2013).

Un tercer aspecto se refiere al desmarque venezolano, con su intento de entrar en el grupo de los BRICS –vetado por Brasil en 2024, a raíz precisamente de las elecciones venezolanas y sus irregularidades–, una pretensión que ha sido reiterada por el gobierno de Nicolás Maduro en diferentes encuentros con los miembros de aquella entidad. La aceptación posible de Venezuela en el club de los BRICS (que ven con buenos ojos desdolarizar transacciones trascendentales) supondría un factor más para buscar otras vías de pago –que también están explorando Irán, Arabia y Rusia–. Acceder a los recursos petrolíferos por parte de Estados Unidos y detentar así las explotación y venta de los mismos –manteniendo la referencia al dólar– constituye un objetivo básico de la invasión. Pruebas recientes las tenemos en las revelaciones de Marcos Rubio, Secretario de Estado, incapaz de justificar ante los medios de su propio país cómo se puede cambiar un régimen de forma violenta vulnerando el derecho internacional, y deslizando que la pretensión de la administración Trump es el control estricto de Estados Unidos sobre el petróleo y los recursos energéticos y minerales de Venezuela. Una línea argumental que subraya igualmente el ya citado Stephen Miran, gurú económico de Trump y arquitecto del plan económico del magnate neoyorquino.

Sin embargo, consideramos excesivo pensar en la sustitución del dólar, de manera generalizada, por otras monedas, habida cuenta que más del 80% de las transacciones del petróleo se realizan en dólares. Aunque sí puede estar constituyendo una advertencia para Estados Unidos que, si detenta el petróleo venezolano y desarrolla fuertes inversiones tecnológicas, podría controlar enormes stocks con los que especular en el mercado petrolífero. Esa advertencia se suma a otros problemas previos, acuciados por la política económica de Trump: los aranceles, la inflación y la creación de empleo, tres elementos que, de forma gradual, pueden ir minando la confianza en la administración republicana en un escenario de elecciones en noviembre de 2026.

Ahora bien, la relevancia económica de Venezuela en el comercio internacional del petróleo es, como hemos dicho, muy modesta. La prueba: los futuros de los precios del petróleo –con independencia de la volatilidad estructural que caracteriza al mercado del crudo– ni se han inmutado con la intervención militar de Estados Unidos. De hecho, con la administración Biden, Venezuela, a pesar del régimen de sanciones a las que estaba sometida por Estados Unidos, siguió exportando crudo pesado para ser refinado en las instalaciones del Golfo de México (Texas y Luisiana), construidas específicamente apara esto. Estas exportaciones fueron canalizadas por la multinacional petrolera estadounidense Chevron autorizada por una licencia ad hoc emitida por Washington que permitía dejar intactas las sanciones. Los beneficios de este comercio eran, además, muy limitados para Venezuela y constituían, básicamente, un modo de compensación de Venezuela a Estados Unidos como pago de deudas e inversiones previas.

El mercado del crudo es excedentario, está sujeto a oligopolios y, por consiguiente, con una enorme capacidad de autorregulación para mantener los precios donde más interesa a los productores. Es un mercado con una enorme capacidad para absorber los impactos geopolíticos que se puedan producir. A pesar de la retórica, sorprendentemente carente de disfraces que escondan las intenciones poco democráticas de la administración Trump respecto a Venezuela, las cosas poco parece que vayan a cambiar en la arena económica. Pareciera que esa retórica solo tiene por destino el consumo doméstico MAGA y la distracción sobre las debilidades de la economía estadounidense.

Todavía es pronto para saber el rumbo que van a tomar las cosas. Pero no olvidemos esto: el poder, a secas, la ambición desmedida de exhibir la fuerza de Estados Unidos y de su presidente –en un contexto que es de decadencia económica– sigue siendo el principal impulso patológico que está llevando a la administración Trump a mantener comportamientos agresivos con todo el resto del mundo. Pensemos en Groenlandia, en Canadá, en Colombia, en Cuba, en Panamá, en su entendimiento con Rusia respecto a Ucrania, en las condiciones económicas que ha impuesto a sus socios de la OTAN, en su agresiva política arancelaria. Lo más preocupante, desde nuestro punto de vista, es la confirmación de la ruptura de las relaciones internacionales basadas en reglas que sí podría conducir a la economía mundial y a las economías más avanzadas a la desestabilización, con consecuencias todavía imprevisibles.

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La «nueva» economía neoliberal. Presentación en Barcelona, Colegio de Economistas, enero de 2026

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Buscando la alternativa económica

            El FMI acaba de subir las previsiones de crecimiento económico para España. Al tiempo, el organismo rebaja los cálculos para el resto de Europa. Es decir, la economía española reafirma su fortaleza en el espacio europeo, y consagra una trayectoria solvente en los últimos años, según el Fondo. No es la única institución que predica en esa línea. JP Morgan señala la conveniencia de invertir en España “por sus fuertes fundamentos económicos”; de hecho, la entidad recomienda comprar bonos de España y vender los de Alemania, a tenor además del cierre recesivo de la economía germánica en 2024: segundo año consecutivo de caída. El déficit público español ha pasado de un –7,7% sobre PIB en 2020 a una previsión de superávit del +0,3% en 2025, lo que demuestra la gestión de las cuentas públicas adecuadas a las previsiones de ingresos. Los datos de empleo no van a la zaga: medio millón de nuevos puestos de trabajo en 2024 (más de 430 mil corresponden a los servicios, con importancia gradual de los no turísticos), una cifra que revela que ampliar derechos a los trabajadores no ralentiza la creación y, también, la calidad del empleo. La síntesis: más de 21 millones de afiliados a la Seguridad Social y una tasa de paro que remite a 2007-2008.

            Todas estas variables, que proceden de fuentes públicas y que se corroboran a su vez con aportaciones realizadas desde el ámbito privado –Funcas, BBVA, CaixaBank, entre otras–, conducen a una conclusión elemental: no hay cataclismo alguno, ni hundimiento acechante, para la economía española. Esto contrasta con las soflamas que emiten algunos economistas y partidos políticos de la derecha, que parecen perseguir la situación contraria que dibujan los números: la hecatombe. Es evidente que las magnitudes macroeconómicas no suponen la inexistencia de problemas y desafíos para la economía española: la vivienda, el desarrollo de los programas de inversión –que deben incentivarse con mayor énfasis–, el apuntalamiento de los pilares del Estado del Bienestar, son tres vértices cruciales a considerar en la política económica.

            Pero la falsa información económica, la tergiversación políticamente interesada de los datos y la orientación del debate político hacia derroteros que poco tienen que ver con las preocupaciones cotidianas de la población, suponen elementos que entierran una consolidación económica que es ampliamente reconocida por parte de las principales instituciones económicas del mundo. En tal contexto, sería interesante conocer propuestas alternativas realistas que permitieran un debate educado y riguroso sobre la política económica a implementar. Centrarse en ocurrencias mediáticas o tirar de manual –bajar los impuestos, sin que se aclare qué hacer con los gastos– no es suficiente para que la sociedad pueda vislumbrar qué se está proponiendo en materias de gasto público, salario mínimo, inversiones, vivienda, sanidad, educación, servicios sociales, etc. Este es el meollo de la cosa pública, no el permanente ruido que parece perseguir un objetivo fundamental: no hablar de economía.

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La desglobalización

            El proceso de globalización económica ha hecho emerger un mundo fragmentado en, al menos, seis grandes áreas económicas: Europa, que se ha ensanchado hacia el Este, con dificultades por la falta de convergencia entre los nuevos Estados y los más consagrados, junto a los graves problemas derivados de la guerra de Ucrania; el encaje de Rusia en la nueva geo-política; un espacio asiático en pleno auge, con dos colosos dominadores, China e India; el área latinoamericana, que tiene un liderazgo económico ahora mismo difuso en el crecimiento de Brasil; el África subsahariana, desmembrada de la septentrional. Aquella África negra, rica en recursos, pero desprovista de cohesiones políticas, sociales, tribales, con guerras perennes, se ha convertido, dentro de su extrema pobreza social, en objetivo fundamental para las nuevas expansiones capitalistas; por último, la sexta gran área económica es Estados Unidos, potencia que se encuentra en crisis, cuestionada en este gran dinamismo de la nueva globalización, pero todavía con latentes capacidades en distintos campos del conocimiento científico y aplicado.

El nexo común de este esquema telegráfico: las incertidumbres ante las posiciones de la administración de Donald Trump, que cuestiona la globalización tal y como la conocemos, y que infiere tres aspectos determinantes: el final del multilateralismo; la existencia de tres grandes poderes nucleares, Estados Unidos, Rusia y China; y desafíos de cuatro grandes transiciones: energética, digital, demográfica y económica (Fuente: Brussels Institute for Geopolitics).

Las posiciones de la administración Trump, que se hicieron una vez más explícitas en su discurso en la Asamblea de las Naciones Unidas, un conjunto de argumentos en el que bulos, mentiras y tergiversaciones y negacionismos fueron principales señas de identidad, conducen a un escenario internacional cada vez más imprevisible, en el que resulta difícil tomar decisiones con un cuadro de informaciones que sean veraces, dada la actitud del presidente estadounidense, cuyos cambios de opinión no obedecen a racionalidad diplomática alguna, y sí a intereses privados. El insulto al conjunto de naciones presentes en la Asamblea de Nueva York, en cuanto a la dramática situación de Gaza y la estrategia genocida del gobierno de Israel, demuestra el nivel de delirio del magnate republicano, y nos lleva a preguntarnos en manos de quiénes estamos.

      Pero, además, desde la perspectiva económica, cinco factores se deducen de todo esto. Primero: la pugna creciente entre Estados Unidos y China. Segundo: la reducción previsible de la apertura comercial, es decir, la contracción de las actividades comerciales. Tercero: la des-globalización en la globalización, o sea, las grietas que se están produciendo en la cooperación pacífica entre naciones. Cuarto: la guerra comercial, auspiciada por una irresponsable –y equívoca– política arancelaria de Trump. Y cinco: el peligroso aislamiento de Estados Unidos, dirigido por una camarilla de personajes alocados que parecen vivir en un mundo paralelo, en el que se es enemigo si no se piensa como ellos dicen y promulgan. Des-globalización inquietante.

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El rapto de Europa

Carles Manera-Jorge Fabra Utray

            Un toro blanco, hermoso, Zeus encarnado, seduce a una princesa fenicia, Europa. Es engañada. Hemos visto la reedición mitológica en Escocia, hace unos días: un elefante republicano, en este caso, nada hermoso, ha acabado por persuadir a una Europa sin capacidad reactiva, entregada. Engañada. Y es que Trump ha ganado el pulso a Von der Layen. El encuentro, realizado en territorio europeo, pero en la propiedad del magnate –uno de sus campos de golf–, supuso una puesta en escena que fregaba claramente la humillación de la dirigente comunitaria, generosa en exceso a los deseos de Trump. Un desequilibrio lacerante para los intereses del viejo continente. Porque este desenlace significa, claro y raso: que Europa paga, y que Estados Unidos recauda. Los productos europeos, que tenían unos aranceles del 1,47%, se alzarán a una media del 15%, sin contrapartida por parte de Estados Unidos. En paralelo, Europa se compromete a comprar armamento y energía al país norteamericano. Un negocio redondo para la administración estadounidense.

            En esta negociación no ha habido equilibrio alguno. Se ha dinamitado la teoría del equilibrio de John Nash, que dice que el equilibrio se da cuando no existen incentivos para que ningún jugador cambie su estrategia, dado que cualquier cambio unilateral desembocaría en un peor resultado para ese jugador. Es pura teoría de juegos. Von der Layen ha variado, de manera unilateral, su estrategia de mantener una firmeza económica frente a Estados Unidos, teniendo en cuenta la variabilidad de situaciones comerciales entre los estados miembros y la potencia americana. Si el temor era evitar una guerra comercial, ese objetivo es fallido: ya existe.

            De alguna forma, la presidenta de la Comisión Europea ha asumido el relato de Trump, focalizando su obsesión en la balanza comercial –y no en la de capital y servicios, donde existe una clara ventaja estadounidense, algo incomprensible que esa tecla no se haya pulsado por parte de los negociadores europeos–, de manera que lo que se persigue es atenuar desequilibrios comerciales aparentes en las relaciones entre Europa y Estados Unidos. Se ha caído en una trampa, auspiciada por la cuestión de la defensa europea y las promesas de ayuda de un presidente de Estados Unidos cuya palabra vale más bien poco. Como la de Zeus en su desigual relación con la princesa fenicia. La fiabilidad que tiene es muy baja, a tenor de lo que vamos conociendo. Pero, además, las consecuencias negativas para Europa se pueden extender a los procesos de negociación con otros partners: qué mensaje se les va a trasladar si no es el de la debilidad, para avanzar en otros escenarios de intercambios económicos.

            Estamos ante una nueva cesión a Trump, cuyas formas y narrativas van cosechando éxitos. La OTAN ya se plegó a sus caprichos con el absurdo 5% en gasto militar sobre PIB –con la honrosa excepción de España–. Tantas genuflexiones dañan no solo las rodillas, sino el espíritu europeo, si es que puede ser invocado. Y esta postración ante Estados Unidos sorprenden ante los signos evidentes de la debilidad económica de un coloso que no lo es más que el potencial titán europeo, porque sus indicadores son peores que los comunitarios en buena parte de sus expresiones (PIB, inflación, comercio, fortaleza industrial, confianza monetaria), con tres aspectos determinantes:

  • La desindustrialización de Estados Unidos no se va a corregir con políticas proteccionistas, habida cuenta los procesos de deslocalización realizados por importantes empresas norteamericanas. Es más, esto va a consolidar una senda inflacionista que impactará sobre el consumidor local estadounidense. Esto lo ve claro la Reserva Federal, que ralentiza la bajada de tipos de interés soportando la lluvia de insultos de Trump al presidente de la FED Jerome Powell.
  • Los movimientos de Trump están cebando la debilidad del dólar –algo que parece perseguir el magnate–, pero, al mismo tiempo, están arrinconando su moneda como refugio, en favor del euro. No es gratuito pensar en la utilización de una herramienta clave, fundamental: la emisión de eurobonos, tal y como señalan en un reciente trabajo Olivier Blanchard y Ángel Ubide.
  • Los fondos de inversión se retraen de Estados Unidos, y parte de ellos se canalizan hacia Europa. Esto lo estamos viendo en variables sobre acciones, fondos soberanos, de alto rendimiento y en grado de inversión. Desde marzo de 2025 hasta junio de 2025, el aspecto de todos esos fondos por Europa está ganando terreno, ante la volubilidad de las decisiones de Trump.

Es decir, mientras observamos dificultades en la economía de Estados Unidos, que pueden agravarse con los despidos masivos y el descontento que ello puede generar en segmentos de población; mientras apreciamos cómo la administración Trump ataca infraestructuras básicas de la ciencia, las universidades, los institutos de investigación, recortando importante recursos e hipotecando el futuro económico; mientras Estados Unidos se va auto-aislando con estas políticas que alimentan la des-regulación, las privatizaciones, el ataque a los derechos humanos, la justificación de genocidios y su apoyo; mientras todo esto está sucediendo y señalando la debilidad de ese coloso con pies de barro, Europa agacha la cabeza y no es capaz de, a pesar de su desunión en muchos ámbitos, dar un golpe sobre la mesa. Y sí: negociar. Y hacerlo en clave del equilibrio de Nash. No dejándose llevar por la llamada de ese elefante oscuro que invita a cabalgar a la princesa europea sobre sus lomos para llevarnos no a una Creta agradable, sino a una situación de debilidad manifiesta más propia de las puertas del Averno.

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¿Nuevas burbujas económicas?

  1. Estados Unidos: atención a la deuda

            Las burbujas en economía constituyen uno de los problemas más acuciantes para los economistas, a pesar que, en más ocasiones de lo recomendable, los propios economistas, que asesoran a gobiernos y fondos de inversión, contribuyen activamente a su formación. En la economía mundial, y partiendo de la de Estados Unidos por su enorme influencia (puesta cada vez más en entredicho, como se está viendo con las nuevas configuraciones geopolíticas encabezadas por China, Rusia e India), dos elementos –entre otros– deben ser destacados en la actualidad, conducentes a la génesis de burbujas: por un lado, la expansión del crédito y de la deuda de la mano de las políticas de Trump; por otro, el desempeño enorme de la IA. Ambos aspectos coexisten con indicadores significativos para Estados Unidos: un déficit del 7% y una deuda que llega al 124% sobre PIB, según datos recientes (Congressional Budget Office, CBO). A su vez, el magnate de la Casa Blanca aboga por la rebaja de los impuestos, es decir, menores ingresos, que piensa equilibrar con la política arancelaria. Un mercantilismo económico que está sujeto a una artificialidad política, un dominio imperial de Estados Unidos que se está agrietando, junto al avance de otros ejes geo-políticos, como decíamos, nucleados en torno a China. No obstante, instituciones solventes (CBO: https://www.cbo.gov/) advierten que esa ratio de deuda sobre PIB se puede elevar al 156% hacia 2055. Tales proyecciones infieren un riesgo profundo para la sostenibilidad fiscal de Estados Unidos. Mientras tanto, China reduce sus exportaciones a Estados Unidos –una caída del 30%; los aranceles son responsables de esto–, e incrementa a una tasa del 25% sus ventas hacia África, según Bloomberg (https://www.bloomberg.com/news/articles/2025-08-26/china-is-pouring-exports-into-africa-faster-than-anywhere-else).

            La historia económica revela, con nitidez, que cebar burbujas económicas, atendiendo estrictamente a beneficios inmediatos, ya sean financieros y/o políticos, pasa una factura de gran potencialidad destructiva. Lo vimos a fines del pasado siglo (con episodios en las décadas de 1980 y 1990), y lo rubricamos con la Gran Recesión. El incremento de la deuda en Estados Unidos tiene como poco tres ingredientes de inquietud: su ampliación a fuerza de recortar ingresos y mantener o expandir gastos –que no son los sociales–, lo que va a incidir en un aumento en la prima de riesgo que se devengue (pensemos que las agencias de rating ya han bajado la solvencia de la deuda estadounidense); los procesos des-regulatorios a partir del uso de instrumentos como las criptomonedas –Trump incluso ha creado una propia–; y la desconfianza hacia el dólar como moneda refugio, lo que está incentivando un mayor apetito inversor de los fondos hacia divisas consideradas como más solventes. Datos disponibles hasta junio de 2025 indican el incremento de los flujos de inversión hacia activos europeos, en detrimento de los activos estadounidenses (véase: https://dealogic.com/). En tal contexto, la actitud de la Casa Blanca no contribuye a tranquilizar el panorama a medio plazo. E importantes empresarios (por ejemplo, el gestor de fondos Ray Dalio, que expone la posibilidad de consolidar una autocracia en Estados Unidos, en declaraciones al Financial Times) están ya percatando que catapultar la deuda nacional puede causar un colapso en términos relativamente breves. Sin embargo, esto puede abrir posibilidades para otras zonas.

  • Una oportunidad para Europa

En efecto, esta situación debería activar una mayor oportunidad para las economías europeas, sobre todo si se unifican los mercados de capitales. Diferentes expertos, como Olivier Blanchard y Ángel Ubide (https://www.piie.com/blogs/realtime-economics/2025/now-time-eurobonds-specific-proposal), defienden la activación de los eurobonos, con espoletas concretas: el recorte fiscal a los más ricos, la cancelación de ayudas a los sectores más vulnerables, los despidos de empleados públicos, la expulsión de inmigrantes, el mantenimiento de gastos militares, elementos que aterrizan en un aumento del déficit público. Y de la deuda, como se ha dicho. Todo esto deja margen a Europa, para atraer no solo capitales, sino talento científico, habida cuenta la lesiva política que está desarrollando Trump en este terreno. Europa ha de entender que para ser una potencia financiera le urge disponer de un activo robusto, fiable, sólido, que son los eurobonos, instrumento ya conocido de mutualización y de cohesión financiera en el marco de la Unión Europea. Es decir, una emisión conjunta de deuda (Blanchard y Ubide hablan de un umbral del 25% del PIB para que cada nación destine esos recursos a lo que estime más conveniente), con un tipo de interés inferior al que debe asumirse cuando cada país acude individualmente a los mercados de crédito.

Ahora bien, en Europa los vaivenes están siendo enormes, con posiciones contradictorias y sin una claridad de actuación conjunta. Y con crecimientos económicos dispares. La Eurozona cerró 2024 con un crecimiento del 0,8%; se espera un 0,9% en 2025 y un 1,1% en 2026, con tasas particularmente bajas en Alemania y Francia, y con indicadores más robustos para España (3,2%, 2,4% y 2% para 2024, 2025 y 2026, respectivamente; todos los datos en el Informe Mensual, 502, julio-agosto 2025, de CaixaBanck Research). Los informes de Mario Draghi y Enrico Letta van en esa dirección de articular formulaciones de mutualización, y tuvieron un enorme impacto ya que se vieron avalados en una primera instancia por movimientos políticos específicos. El canciller alemán Friedrich Merz parecía dinamitar la tesis ortodoxa del control numantino de la deuda, para encauzar esfuerzos hacia el gasto militar, al tiempo que se anunciaba desde la cancillería germánica la creación de un fondo de medio billón de euros para inversiones en infraestructuras. Otros dirigentes europeos han enfatizado la importancia de la expansión del gasto, esencialmente el militar, a partir de los acuerdos de la OTAN. A su vez, la Comisión Europea plantea la creación de un fondo anti-crisis, que se financiaría por emisiones conjuntas de deuda, teniendo en cuenta dos elementos centrales: las partidas ya existentes del Marco Financiero Plurianual para 2021-2027 y el Next Generation ; y las apetencias de los inversores por Europa, ante las incertidumbres que está provocando la política de Trump.

      Las cifras (FUENTE: (https://commission.europa.eu/strategy-and-policy/recovery-plan-europe_es)) son importantes; pero se encuentran alejadas de propuestas mucho más ambiciosas, como las del propio Draghi, que reseñaba una cifra anual de inversiones del orden de los 800 mil millones de euros. La inversión pública en la Unión Europea es del 3,76% s/PIB para 2025, parecida a la de Estados Unidos (3-4%), y alejada de la impulsada por China (sin posibilidad de disponer de variables desglosadas entre inversión pública y privada, con un agregado total que supera el 40%; todos los datos proceden de Eurostat, OCDE, Banco Mundial). Estimular la palanca de la inversión pública se ha revelado, en general, como una estrategia esencial para incentivar el crecimiento económico. Retomar prácticas de constricción inversora argumentando los incrementos de deuda pública no ayudará a reducirla, ni a engrasar las ruedas del crecimiento.

      Porque, sin embargo, la austeridad ortodoxa no ceja. Y en pocas semanas se ha podido transitar desde este desiderátum casi neokeynesiano, a un escenario en el que el mismo canciller alemán está indicando que es difícil mantener el Estado del Bienestar, al tiempo que defiende sin ambages casi duplicar el gasto militar. En paralelo, el gobierno francés, con una deuda pública en avance, ha planteado ya medidas para recortar el gasto social en más de 40 mil millones de euros (véase al respecto el reciente trabajo de Judith Arnal: https://www.realinstitutoelcano.org/comentarios/francia-y-su-imprescindible-consolidacion-fiscal-el-fin-de-las-diferencias-entre-paises-perifericos-y-centrales/). ¿Cómo encajar todas estas disposiciones, que van oscilando en poco tiempo? ¿Cómo aportar tranquilidad inversora, si no se dispone de una herramienta como los eurobonos, que pueden aportar un mayor sosiego financiero? En síntesis, a tenor de lo conocido en la historia económica más reciente, no es reduciendo el gasto público en su esfera de infraestructuras y asignaciones sociales el camino adecuado para resolver los problemas de anemia en el crecimiento económico del conjunto de Europa, frente a los envites que se están abriendo en la geopolítica, escenarios que la volátil política de Trump está azuzando. En este punto, el auto-aislamiento de Estados Unidos está fomentando la reestructuración de la nueva globalización económica.

  • Conclusión como interrogante: ¿pueden explotar las burbujas existentes (deuda, IA)?

Las burbujas económicas siempre acaban explotando, si se persiste en inocular los gases que las engordan. En la coyuntura actual, los problemas derivados de procesos de endeudamiento encadenados a políticas económicas erráticas –como es el caso expuesto de Estados Unidos–, producen preocupación ahora, y ansiedad si se atisba el medio y largo plazo. Para la IA, la orgía inversora está siendo tremenda. Países árabes han anunciado inversiones de más de 3 billones de dólares en Estados Unidos en inteligencia artificial. Los grandes consorcios tecnológicos (Microsoft, Amazon, entre otros) han desplegado 320 mil millones de dólares hasta el momento, frente a 246 mil millones que desplegaron en 2024 (los datos en Le Monde Diplomatique, agosto 2025, artículo de Evgeny Morozov).

            Esta enorme competencia entre gigantes tecnológicos, calificados como “tecnofeudales” (un concepto altamente discutible) o “tecnolibertarios” (una calificación más realista), tiene como característica común el alud inversor, que se bifurca tanto en capital físico (infraestructuras como almacenes logísticos y aparatos informáticos) como en capital digital (producción de algoritmos, criptomonedas y proliferación de redes). Manuel Castells define a estos conglomerados empresariales con intensas sobre-inversiones como la Pay Pal Mafia (Vanguardia Dossier, 96, julio-septiembre 2025). Ésta es integrada por nuevos tecnólogos emprendedores que, según Castells, son diferentes a los originarios del Silicon Valley, cuando la base de todo el engranaje eran pequeñas y medianas empresas, con tendencias oligopólicas. Otra diferencia entre los dos complejos empresariales –el “viejo” Silicon Valley y el “nuevo”– es la absoluta conexión de los segundos con el Estado. A pesar de que, como ha explicado y demostrado Mariana Mazzucato, el sector público siempre ha estado presente en la gran mayoría de iniciativas de innovación, incluyendo los orígenes del ecosistema tecnológico californiano. Pero esto es lo que explicaría el apoyo recibido por Trump por parte de los milmillonarios de esas empresas, que buscan afanosamente contratos públicos y, a su vez, incentivan fuertes inversiones que disparan al alza su protagonismo en los principales parqués bursátiles.

            La ruptura de esas burbujas es más que plausible. Las dificultades de las deudas obligarán a repensar su articulación por parte de los bancos centrales, si se tiene en cuenta que este tema suele ser recurrente e impondrá actuaciones muy directas en las que la articulación entre política fiscal y política monetaria debe ser cómplice. En el caso de la IA, su conexión con la economía real, desde la especulación bursátil, no es despreciable, de forma que movimientos especulativos pueden romper la aparente tranquilidad relativa de los mercados. Este es un tema sobre el que urge más investigación.

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La celebración de la ignorancia, un culmen de la estupidez

Economía española

            Tres millones de empleos creados desde 2018: más de 400 mil al año. La propuesta del PP al respecto era la creación de 250 mil anuales: un millón en una legislatura. Los datos recientes de la EPA superan con creces las promesas conservadoras. En paralelo: una tasa de paro algo superior al 10%; la más baja desde 2007. Un crecimiento del PIB que multiplica por cuatro la media comunitaria (el PIB de España ha crecido un 30% entre 2018 y 2024, según datos del INE). Item más, lo explicaba en un brillante artículo Xavier Vidal-Folch: en un reciente estudio del director general de economía del Banco Central Europeo, Oscar Arce, que dirigió hasta hace dos años el Servicio de Estudios del Banco de España, se subrayaba que los trabajadores extranjeros han sido determinantes para el impulso del crecimiento económico en España. Han edificado el 80% del incremento del PIB entre 2020 y 2025 (https://www.ecb.europa.eu/press/blog/date/2025/html/ecb.blog20250508~897078ce87.en.html.). Quienes defienden la expulsión de migrantes, deberían consultar a los empresarios que los contratan: a ver qué piensan realmente.

            Estas positivas variables no pueden ignorar la existencia de problemas en la economía española. Relacionado con lo que se comentaba el tema salarial es, en tal sentido, vital, a pesar de que se ha visto que un incremento del 60% en el Salario Mínimo ha sacado de la pobreza laboral a mucha fuerza de trabajo, de manera que aquélla se concentra ahora en el trabajo a tiempo parcial involuntario, según un trabajo recién salido del horno del economista Manuel Lago. La vivienda es otro aspecto crucial, que ya hemos destacado en otras entregas.

            Pero lo que resulta grotesco es la ignorancia general, que se adentra en la estupidez, cuando no se reconoce absolutamente nada de estas cifras, extraídas de bases de datos oficiales. Se celebra la estulticia.

Gaza

            Las demoledoras imágenes sobre el genocidio israelí claman todas las conciencias. Niños desnutridos –el hambre como artilugio letal–, cuerpos exhaustos, asesinatos en masa a personas que, simplemente, buscan comida, retrotraen a otras épocas que pensábamos superadas. A pocos kilómetros de la masacre, la población israelí vive al margen de la situación, como antaño hicieron los alemanes con el holocausto judío. Ese delirio nazi se ha trasladado a este nuevo delirio: el falseamiento de una realidad que, ahora, se nos transmite en directo a pesar de todas las cortapisas que el ejército hebreo está poniendo para el trabajo periodístico. Este genocidio persigue, como dicen Netanyahu y Trump, “acabar el trabajo y limpiar después”. Es una cínica declaración de maldad, mientras el magnate juega al golf en Escocia y el genocida bloquea la llegada de alimentos a Gaza.

            Europa declara y declara. Pero no actúa. Las palabras sobre el papel lo soportan todo. Es perentorio que se produzcan respuestas contundentes, punitivas, para parar esta destrucción, el aniquilamiento de un pueblo. Lo decía Josep Borrell: Europa mira hacia otro lado. De nuevo, una ignorancia deseada, profesada, asumida. Una celebración más de la ignorancia extrema, de la estupidez humana.

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No hay milagros en economía: hay buenas decisiones en política económica

            No existen políticas económicas únicas. No, en el sentido de que los países, para crecer y mantenerse, solo pueden hacerlo con una determinada agenda, sin variaciones. Tampoco existe un solo modelo de crecimiento, lo que podríamos denominar “el modelo”. Esto lo ha explicado el economista de Princeton Dani Rodrik (Las leyes de la economía). La economía es una ciencia social y, como tal, trata del comportamiento de las personas, en sus conductas individuales y colectivas. Y esas personas, sus empresas, sus administraciones, sus contactos con los mercados, determinan en el tiempo histórico estructuras económicas concretas. Que son variables, que mutan, que se adaptan.

            En el caso de España, las políticas económicas que se implementaron siendo ministros de Economía y Hacienda Rodrigo Rato y Cristóbal Montoro tuvieron consecuencias objetivas, destacadas últimamente a raíz del estallido del presunto caso de corrupción protagonizado por Montoro y su equipo. Rato, entre 1996 y 2004, siendo Montoro Secretario de Estado, fomentó una serie de medidas tendentes a cumplir con los criterios del euro. Y esas pautas se centraron en reducir el déficit y liberalizar el mercado. Fueron determinantes las privatizaciones (Telefónica, Endesa, Repsol, Argentaria) y la liberalización del suelo. Supuso pérdidas importantes de capital público, enjuague del déficit y expansión inmobiliaria y del crédito privado, junto a la creación de empleo de elevada temporalidad. Se cebó la burbuja inmobiliaria que fue, junto a otros factores exógenos, causa central de la Gran Recesión en España. Entre 2011 y 2018, Montoro asumió la cartera de Hacienda, en una coyuntura de crisis de la deuda. Se optó por ajustes draconianos que supusieron recortes en prestaciones, sanidad y educación. Se subieron las tasas del IRPF y del IVA, al tiempo que se promulgaron medidas polémicas de amnistía fiscal y el rescate bancario (cerca de 50 mil millones de €).

            Los desenlaces de estas políticas económicas: creación de empleo temporal (o a tiempo parcial), nulo desarrollo hacia un modelo productivo menos dependiente del turismo y de la construcción, incremento de la deuda pública (70% sobre PIB en 2011, 100% en 2017) y expansión de la desigualdad social y de la pobreza laboral. Se exigieron sacrificios importantes en política de rentas: congelación de las pensiones (incrementos del 0,25%), de pagas extraordinarias a los funcionarios, de controles salariales férreos. No existe milagro económico.

            Esta política económica fue dogma (sello de identidad de Bruselas en el ámbito fiscal y de Fráncfort en el monetario). Se consideró errónea por parte de la Comisión Europea… ¡en 2020! La sombra de la COVID. De hecho, entonces la orientación fue diferente: una política alejada de la austeridad, y más expansiva en inversión y gasto social. Sincronización entonces entre la política fiscal y la monetaria. Con resultados distintos: positivos. Comprobables.

            Tantos sacrificios reclamados por Rato y Montoro no fueron homogéneos. Sectores empresariales, con la complicidad espúrea del ministro de Hacienda, vivieron momentos más felices. Los dogmas encierran trampas. Nunca milagros.

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