Virus económico (también)

En Shangai la contaminación se ha reducido un 40%. La causa: la reducción de la actividad económica. La producción industrial china se ha contraído un 2%. Los fabricantes de medicamentos genéricos en India bloquean a su vez la producción. General Electric parece que reducirá sus resultados en más de 200 millones de dólares. Las estimaciones de la IATA, patronal de las aerolíneas, concretan pérdidas de casi 115 mil millones de dólares, sumando la quiebra de la empresa Flybe, británica. Importantes productores textiles, como Inditex, reducen en cinco puntos sus ventas este trimestre, en relación al anterior. La industria del automóvil, gran motor, está a su vez con problemas por faltas de suministros. China es el epicentro; su aportación al PIB planetario lo justifica: representa el 16%, en una escalada exponencial que arranca de comienzos del XXI, cuando ese porcentaje era del 4%. Presencia económica general, multiplicada por cuatro. Consecuencias letales para el resto de la economía mundial, cuando el gigante asiático pasa por problemas. Algunos hablan ya de des-globalizar. Difícil reto. La traslación de todo esto a los mercados productivos y financieros ha sido inmediata. Las Bolsas se han desplomado a niveles que recuerdan el estallido de la Gran Recesión, con caídas que van del 8% (en empresas de comunicación) a casi el 20% (en entidades bancarias), según datos del Eurostoxx600. Se habla de pérdidas billonarias (con “b”) si el escenario que se dibuja es severo: la permanencia del virus, sin respuesta sanitaria efectiva.

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Non-chrematistic indicators and growth in the Balearic Islands (Spain), 2000-2015. Working paper en inglés

ENVIRONMENT SUSTAINABILITY

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Planificar la economía balear para transitar hacia un nuevo modelo: investigación, gobernanza y sentido de la realidad (texto en catalán)

Es fa difícil analitzar l’economia balear si no existeix un esforç d’aprofundir en noves recerques. Recerques que haurien de sobrevolar els aspectes més conjunturals de l’economia, que podrien enfortir vies ja obertes. Tot per tal de defugir debats excessivament “ideologitzats”, en el pitjor sentit del concepte, val a dir, aquell que accepta poc o gens el dissens i que s’encercla en dogmes que esdevenen massa sovint inamovibles. Tres aspectes mereixen ser destacats:

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Un cisne negro en la economía

Un conjunto de investigaciones presentadas hace ya unos meses en Jackson Hole (Wyoming) cuestionaban la opinión de que los países deberían limitar el gasto público en recesiones. De hecho –se afirma–, “la aceleración del gasto público en una economía agitada puede mejorar la salud fiscal de un país, incluso cuando la deuda pública ya es alta”, de forma que se generan esperanzas de que los gobiernos tengan mayor alcance para luchar contra futuras crisis.

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Sobre la desigualdad. Mi comentario al libro de H. Frankfurt

Publicado en INVESTIGACIONES DE HISTORIA ECONÓMICA, VOL. 16, NÚM. 1

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Rompiendo con las reglas del déficit

Los economistas no supimos ver la dimensión de la Gran Recesión. Y los recetarios que se han impuesto se han revelado un fracaso absoluto. Esto ha sido promulgado por economistas heterodoxos, es decir, aquellos que no se ubican en el mainstream de la profesión. Tales afirmaciones han sido tildadas como falacias, despreciadas por los economistas convencionales. Pero algunos de estos próceres del neoliberalismo empiezan a cuestionarse todo lo hecho hasta el momento. Una de las manifestaciones más llamativas ha sido la de Peter Bofinger, asesor del gobierno de Merkel e integrante de la comisión de “los cinco sabios”, una especie de oráculo de Delfos para la economía alemana. Bofinger defiende algo tan “rompedor” en el panorama germánico como que se debe acabar con la obsesión peligrosa por moderar los salarios. El economista vincula esto a la consecución del objetivo de la inflación, por debajo del 2% ahora mismo en la UE: una señal de debilidad de la demanda. Pero su otro argumento es todavía más insólito para el mainstream: sostiene Bofinger que, para el caso de España, se han sobrevalorado los efectos de la reforma laboral como salida a la crisis; según él, España pudo “escapar del agujero” gracias a la aplicación de políticas de inspiración keynesiana, que supusieron déficits muy altos durante años. Es decir, gracias al incremento del gasto público. Esto fue particularmente intenso durante los ejercicios de 2008-2011, cuando se pasó de un superávit del 1,9% sobre PIB en 2007 a déficits reiterados que oscilaron entre el -4,5% y el -11,2%: la utilización de la política pública para paliar el desastre. Bofinger es demoledor: “si España hubiera hecho como Grecia, tratando de ajustar las cuentas a toda costa, habría sido un desastre”. Bueno, España lo hizo con severidad desde 2012 (y no olvidemos que el gobierno de Catalunya con Artur Mas lo aplicó antes, desde 2011, con recortes drásticos), con resultados sociales dramáticos. Aquellos déficits, dice Bofinger, paralizaron la hecatombe. Algo similar puede adscribirse a la evolución de la economía balear.

Este aparente giro debería hacer pensar a los economistas que urgen explicaciones más convincentes sobre el diagnóstico de la crisis y, sobre todo, sobre las medidas aplicadas para resolverla. Los mismos que hace pocos años reclamaban equilibrios presupuestarios a ultranza, sin considerar los efectos sociales que ello supondría, son ahora los que dicen que, bueno, quizás se pasaron un poco y debe reconducirse la situación. Hace ya mucho tiempo que la llamada heterodoxia económica viene denunciando los problemas gravísimos que acarrea la austeridad expansiva.

La situación de la economía mundial, que no parece resolverse en una senda de crecimiento redistributivo –garante del bienestar social–, tiene retos cruciales inmediatos, que dependen de la voluntad política de los gobiernos: subidas de salarios, mayor presión fiscal a rentas más elevadas, incremento de inversiones públicas, reestructuración de las deudas –impagables, tal y como están formuladas ahora mismo– y planes agresivos de ocupación que inserten la población más joven en los tejidos productivos.

 

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Economía diversificada en servicios

Pueden distinguirse dos diferencias sustanciales entre los servicios y la manufactura. Primero: algunos servicios son comercializables, de manera que ostentan cada vez más importancia en el comercio mundial. Se trata, sobre todo, de actividades muy intensivas en conocimiento, pero que generan pocos puestos de trabajo. Segundo: en naciones en desarrollo los servicios absorben los excesos de mano de obra, en actividades con productividades bajas e intensivas en fuerza laboral. Pero estas ocupaciones no pueden ampliarse sin ejercer una relación muy desfavorable contra si mismas, es decir, reduciendo los precios de los servicios lo que, en definitiva, equivale a contraer los salarios.

Las economías occidentales presentan una nueva naturaleza en los servicios. Éstos tienen una función capital en la transición de estructuras industriales avanzadas hacia sectores sustentados en el conocimiento. De hecho, los servicios son actividades que más contribuyen a la creación de empleos intensivos en conocimiento, con la globalización económica como acicate primordial, que estimula los mercados financieros, técnicos, de alto valor añadido y, también, turísticos (si bien aquí los matices son más importantes). Estas actividades ya no se caracterizan por una baja productividad, según se ha documentado en la literatura sobre el crecimiento de las economías desarrolladas. Así, la investigación sobre una muestra de treinta países miembros de la OCDE demostró el avance constante de los servicios de alto valor añadido, mientras que los tradicionales (servicios sociales y personales y hoteles y restaurantes) registraron aumentos de la productividad y los servicios modernos (transporte, intermediación financiera y telecomunicaciones) subrayaron cifras comparables a algunas actividades de alto crecimiento en el sector industrial. La característica central de esta tercerización es su heterogeneidad, tanto en la Unión Europea, Estados Unidos y Japón. Al mismo tiempo, se aprecian diferencias importantes en cuanto a niveles de productividad y rendimiento en las comunicaciones y el transporte en países de Europa y servicios financieros en Estados Unidos, casos que muestran mejoras comparables a las de la fabricación estricta. En cualquier caso, la inter-conexión entre actividades terciarias e industriales rubrica que el contenido de cualificación de los sectores de transformación y los de servicios ha aumentado con el tiempo.

La visión que se tiene sobre las economías de servicios suele ser negativa: se habla de actividades que se definen como “improductivas” y de productividades muy bajas, a la vez que se indica que son poco innovadoras. Pero muchas actividades de servicios son cada vez más “industrializadas”. Esto ha provocado que se hable de “desindustrialización positiva”, relacionada con aumentos en la productividad de los sectores industriales resistentes y la absorción de gran parte de la mano de obra excedentaria por el sector servicios. Esto constituye un reto innegable en el encaje de la Agenda 2030.

 

 

 

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