Anwar Shaikh: ¿construyendo otra “teoría general?

Anwar Shaikh, fallecido recientemente, profesor de The New School for Social Research, ha publicado un libro, intenso y extenso, sobre la evolución económica, sustentado sobre un compendio de vastísimas lecturas, aportaciones propias de teoría económica y un bagaje matemático robusto (Shaikh, 2023). Varios factores destacan. Primeramente, la contribución recoge el grueso de la investigación de su autor, es decir, más de treinta años de investigación económica –con peso relevante de la historia económica–. En segundo término, por la extensión y complejidad del trabajo, que trata de construir una especie de nueva “teoría general” económica, en la que los temas se abordan desde postulados teóricos, pero con una gran carga empírica. La realidad es, pues, el punto de salida. Y esta idea metodológica enfrenta al autor a la visión abstracta de la teoría neoclásica. En esta estación de partida, Shaikh tiene como acompañantes teóricos a los economistas clásicos –Adam Smith, David Ricardo, pero, sobre todo, Karl Marx–, cuyas enseñanzas resultan mucho más atractivas para el economista que los argumentos que emanan de la economía dominante.

El objetivo de Shaikh con esta monumental investigación es, de alguna forma, impulsar un marco que acomode, en el pensamiento post-keynesiano, una idea básica que emana de la economía de Marx: que el proceso de acumulación es impulsado por la rentabilidad del capital, y que la demanda agregada tiene a su vez un gran impacto en la producción y el desempleo. En paralelo, el autor reivindica las luchas laborales como un elemento clave para determinar los salarios reales, una estrategia que considera crucial en el contexto de una actuación del capital que mantiene –incluso en una situación de normalidad– una cantidad de mano de obra desempleada para incidir, por tanto, en la fijación de los salarios. Es la búsqueda de la superación de la síntesis neo-clásica de Paul Samuelson (2018; véase también Ronclaglia, 2019, con posiciones críticas), por otra nueva, de difícil conceptualización (¿keynesiano-marxista?).

El libro de Shaikh es difícil, complejo, muy erudito y, al mismo tiempo, impregnado de una apuesta teórica, nunca amagada por el autor, que no elude un conocimiento profundo y preciso de otras contribuciones procedentes de escuelas antagónicas de pensamiento. La estructura de la obra facilita la lectura y análisis más segmentados. Veamos algunos de los factores fundamentales que el autor aborda, y que resultan substanciales para las investigaciones en historia económica:

1. La noción de competencia perfecta. La postura de Shaikh es, en esta importante cuestión, radical: la idea de competencia perfecta forma parte, para él, de ese mundo de abstracción e irreal, hipotético. Aquí, indica el autor, se nos ha dicho con reiteración que la economía funciona en competencia perfecta, donde consumidores y empresas trabajan para conseguir resultados positivos para ambos. Para Shaikh, el keynesianismo también incurre en esta óptica, desde el momento en que se habla de posibles “imperfecciones” (que hacen por tanto “imperfecto” un sistema que funciona). Sin embargo, para Shaikh la competencia que realmente se produce es definida como una guerra de todos contra todos. Y que el autor resume en: lucha entre trabajo y capital, entre capital y capital, entre trabajo y trabajo; una pugna, pues, recíproca, que no se aviene con la lectura edulcorada de la economía de mercado. En este escenario, dice Shaikh, las empresas se abocan a reducir costes para contribuir a fijar precios más competitivos. Este hecho afecta a todos los segmentos empresariales –los más modestos o medios, pero también los más poderosos–, toda vez que siempre entran nuevos jugadores en el mercado, con costes más bajos y, por tanto, con nuevas tensiones en los mercados ya existentes. Esto, para Shaikh, no son puras “imperfecciones”, toda vez que se trata de un factor esencial en el funcionamiento del capitalismo. Así pues, el autor prefiere más hablar de competencia “real” que de competencia “perfecta”. De hecho, explica que la competencia existe, probada por datos empíricos. Esto provoca “turbulencias” en los mercados, inherentes a las contradicciones que surgen en las relaciones que se operan en los mismos. Aquí adquieren gran relevancia las diferencias en los comportamientos de los agentes económicos, tanto los individuales como los colectivos. Esto hace que el autor señale que existan monopolios con tasas de beneficio persistentemente elevadas, pero que cada empresa –al margen de las anteriores– acaba por definir sus márgenes de ganancias. La pregunta que cabe formularse entonces –y que no siempre aclara Shaikh– es si la economía se encarrila hacia un proceso de convergencia en una tasa “común” de beneficio empresarial; o, si, por el contrario, la propia realidad individual –por la complejidad que encarna– no facilita esa convergencia.

En este sentido, el autor relaciona salarios y productividad. Shaikh subraya que los ingresos que se generan en la producción provocan tensiones y conflictos entre los trabajadores y los poseedores del capital. El autor plantea hipótesis que abrazan tanto la producción como el consumo, y que aplica a las empresas. Para Shaikh el salario real se ha de situar entre dos límites, uno inferior –que está de alguna forma determinado históricamente– y otro superior –relacionado de manera directa con la productividad del trabajo–. Las luchas individuales entre capital y trabajo portan a una relación particular entre salario medio y productividad, en el marco de una situación de estabilidad en el conflicto capital-trabajo de cada empresa. Y esas luchas rompen con la tesis de los principios de igualación de precios y ganancias: en ambos casos, los resultados forman parte de un conflicto y no son una convención o una premisa dada (como defiende la teoría neoclásica). En tal aspecto, la conflictividad social, el enfrentamiento por las contradicciones que se generan entre el capital y el trabajo, se encuentra en la base de estos factores, que las explicaciones más convencionales dan como supuestas de entrada: una cierta armonía en la fijación de precios –fruto de sucesivos encuentros en los mercados por parte de los agentes económicos–, y unas tasas de ganancias que vienen pre-figuradas en la mente de los empresarios.

2. La relevancia de la tasa de ganancia. La cuestión de la competencia tiene esta derivada crucial, que Shaikh interrelaciona con la tasa de interés e, igualmente, con la inversión y el crecimiento económico. Según el autor, el tipo de interés es la referencia que incumbe a la rentabilidad del capital que se deposita en los bancos en lugar de ser activado en procesos de inversión. Esta es una señal clara que puede cotejarse con las expectativas reales de beneficios en los mercados: ese diferencial entre tipo de interés y tasa de ganancia neta acaba por impulsar –o no– la inversión (tal y como preconizaban Marx y Keynes). Pero de nuevo Shaikh recuerda la realidad compleja de la economía: en ésta coexisten diferentes perfiles empresariales, de forma que el beneficio neto de cada uno de ellos puede variar, en función de su situación particular. Con todo, el autor anota la idea de un nivel “normal” que aplica a la igualación en las tasas de beneficio neto sólo a las empresas más rentables del mercado. La crítica a la microeconomía neoclásica aparece aquí con toda evidencia, de forma que Shaikh se posiciona, en este aspecto, al lado de aportaciones precedentes como las de Steve Keen (2015), con su crítica hacia los extendidos preceptos microeconómicos neoclásicos.

3. Contradicción entre capital y trabajo. Dice Shaikh: “la capacidad del factor trabajo es empleada por el capital, pero no es producida por él”. O, en otros términos: los trabajadores pueden tener –al menos teóricamente, diría yo, en contraste con la afirmación del autor– una capacidad autónoma de decisión. En tal sentido, la defensa de Shaikh se centra en un elemento esencial, a su juicio: la lucha por los derechos laborales. Este aspecto conduce a otras aseveraciones del autor: según él, ni en los modelos neoclásicos –cosa que parece más obvia– ni en los post-keynesianos, se comenta la función –digámoslo así– económica de los trabajadores. Éstos, de hecho, se encuentran incapacitados en la determinación del reparto salarial. Los motivos argumentados por Shaikh son claros: en el enfoque neoclásico, el salario viene marcado por la condición de pleno empleo; mientras que en el post-keynesianismo es la productividad y el margen fijado por las empresas. No hay, pues, espacio para una respuesta autónoma del factor trabajo.

4. Una demanda efectiva vinculada a la expansión del crédito bancario. Shaikh defiende, de entrada, que ahorro e inversión no son independientes, contraponiendo tal idea a la de Keynes, que aseguraba la independencia de ambas variables. Shaikh indica, en tal sentido, que en el ámbito doméstico, en la economía de los hogares, este planteamiento es cierto; pero no lo ve así en la esfera empresarial. Para Shaikh, el ahorro de la empresa se relaciona directamente con su estrategia de inversión, con su tasa inversora. Con datos concretos, el autor constata que en Estados Unidos la tasa de ahorro empresarial –que afecta a los negocios– se correlaciona con la tasa de inversión. En ese contexto, Shaikh concluye que el desarrollo del gasto, que implica la demanda efectiva, es posible si se amplia y extiende el crédito bancario. Esto infiere un incremento de la deuda comercial –alimentada por las nuevas inversiones provenientes de la expansión financiera–, lo cual supone a su vez una mayor demanda de fuerza de trabajo. Shaikh lo expresa así: se estaría entonces ante una caída del denominado por Marx “ejército de reserva”. Lo cual, a su vez, puede condicionar el crecimiento futuro: más expansión inversora, más demanda de crédito –influenciada por la capacidad de ahorro de las empresas–, más necesidades de contratar trabajadores, salarios tal vez más elevados y, en su conjunto, un impacto relevante sobre la rentabilidad de las empresas. Dos ideas-fuerza surgen entonces: primera, la tasa de ganancia aparece de nuevo en el discurso del economista; segunda, la inviabilidad de reducción del paro mediante políticas fiscales y monetarias adecuadas, tesis que defiende la economía keynesiana y la post-keynesiana.

Llegados a este punto, se exponen a continuación algunas reflexiones críticas:

  1. La perspectiva que se dibuja es pesimista. Esto no es una crítica en si misma, toda vez que el autor aporta baterías ingentes de datos que van en esa dirección. Shaikh es consciente de esta conclusión de carácter muy general; pero de alguna forma nos está indicando que es muy difícil solventar uno de los problemas estructurales más importantes del capitalismo –la generación de grandes bolsas de desempleo– con los instrumentos convencionales de la economía. La filosofía del autor se centra más en resultados que pueden surgir de procesos de lucha en el marco de las contradicciones del sistema capitalista, pero con escasa concreción. O, tal vez, de la aplicación de una nueva política económica que no se explicita con la claridad necesaria. En tal sentido, quizás sea el autor demasiado severo con las capacidades que tiene la política económica de corte keynesiano, y que se han revelado efectivas en un período histórico dilatado (1945-1980, grosso modo). Este puede ser un aspecto en el que incidir en futuras investigaciones.
  2. Sería importante que hubiera referencias más amplias de las crisis económicas, habida cuenta que el National Economic Research detalla su cronología. La riqueza de fuentes en Estados Unidos, que Shaikh conoce muy bien, contribuiría a establecer algo que la literatura económica sobre las crisis suele obviar, con algunas excepciones: que es posible datarlas con variables regulares y que, por tanto, podemos identificar comportamientos que se han ido repitiendo en el curso de las grandes crisis económicas pero que, sorprendentemente, pocos economistas contemplan. En tal aspecto, Shaikh fue quizás uno de los pocos economistas académicos que identificó la emergencia de la crisis de 2008, gracias precisamente al procesamiento de datos clave, esenciales para la historia económica: la evolución de la tasa de ganancia, entre ellos.[1] Esta posición de Shaikh es más solvente que la de otros científicos sociales de izquierdas que, o bien insisten en la idea de que el capitalismo está en fase terminal (como Ernest Mandel, 1969; o Immanuel Wallerstein, 2004) –que se antoja muy larga–; o que experimenta crisis permanentes, sin precisar cronologías (Giovanni Arrighi, 2014; David Harvey, 2020). Esforzarse por datar es importante en economía; y aquí, de nuevo, la historia económica juega un papel determinante.
  3. Esto puede servir, entonces, para una finalidad que la obra de Shaikh no pretende: Shaikh no realiza augurios, no actúa de mago como lo han hecho y hacen economistas académicos de la economía convencional –los mismas que aventuraban la desaparición de los ciclos económicos, con premios Nobel de Economía algunos de ellos–. Aquí peca de modesto. Porque el volumen de datos de los que dispone, junto al análisis económico que realiza, sí que faculta para intuir algunas claves, en función de lo que el mismo autor ha desgranado en su investigación. Dicho esto, debe aplaudirse su cautela para no incurrir en mesianismos económicos, algo mucho más prudente que, por ejemplo, las afirmaciones de Eugene Fama, premio Nobel de Economía, casi negando la existencia de una recesión o, peor todavía, indicando que es imposible predecirla, toda vez que las fluctuaciones económicas no siguen patrón alguno (a parte de aseverar que en un mercado en donde existiesen inversores inteligentes y bien informados, los títulos serían valorados apropiadamente y reflejarían toda la información disponible; pero hay muy pocos mercados en los que se dé esta coincidencia: de nuevo, el modelo por delante de la realidad. Véase García Estévez, 2017).
  4. Los análisis sobre la evolución reciente del capitalismo son muy abundantes, y desde ópticas metodológicas e ideológicas muy diferentes. Para Shaikh, y sintetizando muchísimo, nos encontramos ante la lucha de todos contra todos y, más específicamente, resalta el autor el conflicto capital-trabajo. Esto es muy diferente a lo que defienden la escuela neoclásica: la colaboración social como guía, determinada por un mercado eficiente que asigna a su vez puntos de equilibrio, de manera autónoma, y en donde todos ganan (y si alguno pierde, tal vez es porque lo merece). En ambas polaridades, los post-keynesianos se remueven incómodamente. Para superar este escollo, Shaikh plantea esta llamemos “nueva teoría general”, que se edifica abordando la economía en los niveles macro y micro: todo un reto para un economista que nunca ha escondido su orientación marxista. Pero afinar todas estas cuestiones requeriría un mayor esfuerzo de síntesis, desde la base de reconocimiento de la decisiva aportación para la discusión sobre la economía como ciencia en crisis.
  5. Una “teoría general” actual –que parece ser la óptica teórica de Shaikh– no puede eludir, de ninguna forma, los problemas ambientales que está generando el sistema capitalista. Aquí el economista tiene un flanco en el que incidir en futuras investigaciones, a partir de los fundamentos que defiende en el libro.

Los trabajos de Shaikh son, en suma, necesarios y de enorme utilidad para los economistas académicos –y para los que no lo son– que quieran aproximarse, sin prevenciones ideológicas, a la aportación de un científico social que nos obsequia con unas aportaciones para entender la evolución de la economía actual.


[1] Sin embargo, este aspecto de la caída de la tasa de ganancia ha abierto debates interesantes en el ámbito de los economistas marxistas. La literatura al respecto es amplia; citamos como ejemplo más paradigmático la posición del economista japonés Nobuo Okishio, que elaboró en 1961 un teorema –que lleva su nombre– indicando que la introducción de nueva tecnología en los procesos productivos debe reducir los costes, por lo que esas nuevas tecnologías no disminuirán la tasa de ganancia; es más, ésta puede aumentar. Por su parte, Shaikh contraargumenta admitiendo que el nuevo proceso productivo surgido con la aplicación de mejor tecnología puede elevar la tasa de ganancia –tal y como indica el economista nipón–, pero también afirma que ello no invalida el hecho de que descienda dicha tasa en el medio plazo. La crítica principal de Shaikh es que Okishio olvida la fuerte competencia inherente al sistema capitalista –con reiteradas guerras de precios– y que su teorema se adscribe más bien a la tesis de competencia perfecta de Leon Walras. Véase Shaikh (2024). Se entiende la tasa de ganancia como la relación entre el beneficio y el conjunto del capital invertido. Sobre el teorema de Okishio, Astarita (2010).

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Desafíos geopolíticos: ¿hacia nuevas burbujas económicas?

  1. Estados Unidos: atención a la deuda

Las burbujas en economía constituyen uno de los problemas más acuciantes para los economistas, a pesar que, en más ocasiones de lo recomendable, los propios economistas, que asesoran a gobiernos y fondos de inversión, contribuyen activamente a su formación. En la economía mundial, y partiendo de la de Estados Unidos por su enorme influencia (puesta cada vez más en entredicho, como se está viendo con las nuevas configuraciones geopolíticas encabezadas por China, Rusia e India), dos elementos –entre otros– deben ser destacados en la actualidad, conducentes a la génesis de burbujas: por un lado, la expansión del crédito y de la deuda de la mano de las políticas de Trump; por otro, el desempeño enorme de la IA. Ambos aspectos coexisten con indicadores significativos para Estados Unidos: un déficit del 7% y una deuda que llega al 124% sobre PIB, según datos recientes (Congressional Budget Office, CBO). A su vez, el magnate de la Casa Blanca aboga por la rebaja de los impuestos, es decir, menores ingresos, que piensa equilibrar con la política arancelaria. Un mercantilismo económico que está sujeto a una artificialidad política, un dominio imperial de Estados Unidos que se está agrietando, junto al avance de otros ejes geo-políticos, como decíamos, nucleados en torno a China. No obstante, instituciones solventes (CBO: https://www.cbo.gov/) advierten que esa ratio de deuda sobre PIB se puede elevar al 156% hacia 2055. Tales proyecciones infieren un riesgo profundo para la sostenibilidad fiscal de Estados Unidos. Mientras tanto, China reduce sus exportaciones a Estados Unidos –una caída del 30%; los aranceles son responsables de esto–, e incrementa a una tasa del 25% sus ventas hacia África, según Bloomberg (https://www.bloomberg.com/news/articles/2025-08-26/china-is-pouring-exports-into-africa-faster-than-anywhere-else).

La historia económica revela, con nitidez, que cebar burbujas económicas, atendiendo estrictamente a beneficios inmediatos, ya sean financieros y/o políticos, pasa una factura de gran potencialidad destructiva. Lo vimos a fines del pasado siglo (con episodios en las décadas de 1980 y 1990), y lo rubricamos con la Gran Recesión. El incremento de la deuda en Estados Unidos tiene como poco tres ingredientes de inquietud: su ampliación a fuerza de recortar ingresos y mantener o expandir gastos –que no son los sociales–, lo que va a incidir en un aumento en la prima de riesgo que se devengue (pensemos que las agencias de rating ya han bajado la solvencia de la deuda estadounidense); los procesos des-regulatorios a partir del uso de instrumentos como las criptomonedas –Trump incluso ha creado una propia–; y la desconfianza hacia el dólar como moneda refugio, lo que está incentivando un mayor apetito inversor de los fondos hacia divisas consideradas como más solventes. Datos disponibles hasta junio de 2025 indican el incremento de los flujos de inversión hacia activos europeos, en detrimento de los activos estadounidenses (véase: https://dealogic.com/). En tal contexto, la actitud de la Casa Blanca no contribuye a tranquilizar el panorama a medio plazo. E importantes empresarios (por ejemplo, el gestor de fondos Ray Dalio, que expone la posibilidad de consolidar una autocracia en Estados Unidos, en declaraciones al Financial Times) están ya percatando que catapultar la deuda nacional puede causar un colapso en términos relativamente breves. Sin embargo, esto puede abrir posibilidades para otras zonas.

  • Una oportunidad para Europa

En efecto, esta situación debería activar una mayor oportunidad para las economías europeas, sobre todo si se unifican los mercados de capitales. Diferentes expertos, como Olivier Blanchard y Ángel Ubide (https://www.piie.com/blogs/realtime-economics/2025/now-time-eurobonds-specific-proposal), defienden la activación de los eurobonos, con espoletas concretas: el recorte fiscal a los más ricos, la cancelación de ayudas a los sectores más vulnerables, los despidos de empleados públicos, la expulsión de inmigrantes, el mantenimiento de gastos militares, elementos que aterrizan en un aumento del déficit público. Y de la deuda, como se ha dicho. Todo esto deja margen a Europa, para atraer no solo capitales, sino talento científico, habida cuenta la lesiva política que está desarrollando Trump en este terreno. Europa ha de entender que para ser una potencia financiera le urge disponer de un activo robusto, fiable, sólido, que son los eurobonos, instrumento ya conocido de mutualización y de cohesión financiera en el marco de la Unión Europea. Es decir, una emisión conjunta de deuda (Blanchard y Ubide hablan de un umbral del 25% del PIB para que cada nación destine esos recursos a lo que estime más conveniente), con un tipo de interés inferior al que debe asumirse cuando cada país acude individualmente a los mercados de crédito.

Ahora bien, en Europa los vaivenes están siendo enormes, con posiciones contradictorias y sin una claridad de actuación conjunta. Y con crecimientos económicos dispares. La Eurozona cerró 2024 con un crecimiento del 0,8%; se espera un 0,9% en 2025 y un 1,1% en 2026, con tasas particularmente bajas en Alemania y Francia, y con indicadores más robustos para España (3,2%, 2,4% y 2% para 2024, 2025 y 2026, respectivamente; todos los datos en el Informe Mensual, 502, julio-agosto 2025, de CaixaBanck Research). Los informes de Mario Draghi y Enrico Letta van en esa dirección de articular formulaciones de mutualización, y tuvieron un enorme impacto ya que se vieron avalados en una primera instancia por movimientos políticos específicos. El canciller alemán Friedrich Merz parecía dinamitar la tesis ortodoxa del control numantino de la deuda, para encauzar esfuerzos hacia el gasto militar, al tiempo que se anunciaba desde la cancillería germánica la creación de un fondo de medio billón de euros para inversiones en infraestructuras. Otros dirigentes europeos han enfatizado la importancia de la expansión del gasto, esencialmente el militar, a partir de los acuerdos de la OTAN. A su vez, la Comisión Europea plantea la creación de un fondo anti-crisis, que se financiaría por emisiones conjuntas de deuda, teniendo en cuenta dos elementos centrales: las partidas ya existentes del Marco Financiero Plurianual para 2021-2027 y el Next Generation (véase la tabla); y las apetencias de los inversores por Europa, ante las incertidumbres que está provocando la política de Trump.

FUENTE: (https://commission.europa.eu/strategy-and-policy/recovery-plan-europe_es)

Las cifras de la tabla son importantes; pero se encuentran alejadas de propuestas mucho más ambiciosas, como las del propio Draghi, que reseñaba una cifra anual de inversiones del orden de los 800 mil millones de euros. La inversión pública en la Unión Europea es del 3,76% s/PIB para 2025, parecida a la de Estados Unidos (3-4%), y alejada de la impulsada por China (sin posibilidad de disponer de variables desglosadas entre inversión pública y privada, con un agregado total que supera el 40%; todos los datos proceden de Eurostat, OCDE, Banco Mundial). Estimular la palanca de la inversión pública se ha revelado, en general, como una estrategia esencial para incentivar el crecimiento económico. Retomar prácticas de constricción inversora argumentando los incrementos de deuda pública no ayudará a reducirla, ni a engrasar las ruedas del crecimiento.

Porque, sin embargo, la austeridad ortodoxa no ceja. Y en pocas semanas se ha podido transitar desde este desiderátum casi neokeynesiano, a un escenario en el que el mismo canciller alemán está indicando que es difícil mantener el Estado del Bienestar, al tiempo que defiende sin ambages casi duplicar el gasto militar. En paralelo, el gobierno francés, con una deuda pública en avance, ha planteado ya medidas para recortar el gasto social en más de 40 mil millones de euros (véase al respecto el reciente trabajo de Judith Arnal: https://www.realinstitutoelcano.org/comentarios/francia-y-su-imprescindible-consolidacion-fiscal-el-fin-de-las-diferencias-entre-paises-perifericos-y-centrales/). ¿Cómo encajar todas estas disposiciones, que van oscilando en poco tiempo? ¿Cómo aportar tranquilidad inversora, si no se dispone de una herramienta como los eurobonos, que pueden aportar un mayor sosiego financiero? En síntesis, a tenor de lo conocido en la historia económica más reciente, no es reduciendo el gasto público en su esfera de infraestructuras y asignaciones sociales el camino adecuado para resolver los problemas de anemia en el crecimiento económico del conjunto de Europa, frente a los envites que se están abriendo en la geopolítica, escenarios que la volátil política de Trump está azuzando. En este punto, el auto-aislamiento de Estados Unidos está fomentando la reestructuración de la nueva globalización económica.

  • Conclusión como interrogante: ¿pueden explotar las burbujas existentes (deuda, IA)?

Las burbujas económicas siempre acaban explotando, si se persiste en inocular los gases que las engordan. En la coyuntura actual, los problemas derivados de procesos de endeudamiento encadenados a políticas económicas erráticas –como es el caso expuesto de Estados Unidos–, producen preocupación ahora, y ansiedad si se atisba el medio y largo plazo. Para la IA, la orgía inversora está siendo tremenda. Países árabes han anunciado inversiones de más de 3 billones de dólares en Estados Unidos en inteligencia artificial. Los grandes consorcios tecnológicos (Microsoft, Amazon, entre otros) han desplegado 320 mil millones de dólares hasta el momento, frente a 246 mil millones que desplegaron en 2024 (los datos en Le Monde Diplomatique, agosto 2025, artículo de Evgeny Morozov).

Esta enorme competencia entre gigantes tecnológicos, calificados como “tecnofeudales” (un concepto altamente discutible) o “tecnolibertarios” (una calificación más realista), tiene como característica común el alud inversor, que se bifurca tanto en capital físico (infraestructuras como almacenes logísticos y aparatos informáticos) como en capital digital (producción de algoritmos, criptomonedas y proliferación de redes). Manuel Castells define a estos conglomerados empresariales con intensas sobre-inversiones como la Pay Pal Mafia (Vanguardia Dossier, 96, julio-septiembre 2025). Ésta es integrada por nuevos tecnólogos emprendedores que, según Castells, son diferentes a los originarios del Silicon Valley, cuando la base de todo el engranaje eran pequeñas y medianas empresas, con tendencias oligopólicas. Otra diferencia entre los dos complejos empresariales –el “viejo” Silicon Valley y el “nuevo”– es la absoluta conexión de los segundos con el Estado. A pesar de que, como ha explicado y demostrado Mariana Mazzucato, el sector público siempre ha estado presente en la gran mayoría de iniciativas de innovación, incluyendo los orígenes del ecosistema tecnológico californiano. Pero esto es lo que explicaría el apoyo recibido por Trump por parte de los milmillonarios de esas empresas, que buscan afanosamente contratos públicos y, a su vez, incentivan fuertes inversiones que disparan al alza su protagonismo en los principales parqués bursátiles.

La ruptura de esas burbujas es más que plausible. Las dificultades de las deudas obligarán a repensar su articulación por parte de los bancos centrales, si se tiene en cuenta que este tema suele ser recurrente e impondrá actuaciones muy directas en las que la articulación entre política fiscal y política monetaria debe ser cómplice. En el caso de la IA, su conexión con la economía real, desde la especulación bursátil, no es despreciable, de forma que movimientos especulativos pueden romper la aparente tranquilidad relativa de los mercados. Este es un tema sobre el que urge más investigación.

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Presupuesto de la Unión Europea: otro error de Alemania

1. Anemia presupuestaria

El 1% del PIB europeo es el presupuesto –en intensa discusión– del que puede disponer la Unión Europea para hacer frente a los desafíos abiertos en la economía mundial. Retos que van desde la configuración de nuevos procesos de industrialización, la transición energética, la lucha contra el cambio climático, los impactos de las guerras de Ucrania y la de Irán, la desigualdad y las tensiones demográficas. Mientras Estados Unidos dedica el 25% del PIB al presupuesto federal, Europa persiste en una apuesta famélica, insuficiente a todas luces para encarar los envites a los que se enfrenta. Todo en un marco de cambios geopolíticos sacudidos por la posición de la administración Trump, la orientación expansiva de Rusia y el avance de China. Estamos ante una conformación de bloques orwellianos, con la utilización de guerras híbridas y rearmes generalizados que abrazan la desinformación y la tergiversación como uno de sus ejes prioritarios.

En este contexto, la soledad europea se confirma con la ceguera de determinados países –Austria, Países Bajos, Finlandia–, encabezados por Alemania, en una nueva cruzada de austeridad. Esta se concreta: recortes de más de 400 mil millones de euros. La desnudez presupuestaria frente a las agresivas apuestas –políticas, militares, económicas– de los otros bloques. Para Europa urge invertir en defensa, en los dilemas ecológicos, en las transformaciones energéticas, en los envites de la inteligencia artificial. Pero esto no parece alterar los preceptos del ordocapitalismo: además, se confirma una negativa explícita a otro vehículo transcendental en política económica, la emisión de eurobonos. Sorprende esta falta de visión, cuando existen experiencias tangibles en las que la extensión del gasto público y la mutualización de la deuda comunitaria dieron buenos resultados.

La lucha contra la pandemia de la covid fue una prueba ilustrativa. La historia económica enseña; el tema está en si se aprende de ella. Parecía que se había entrado en razón. Pero no. El ascenso de la ultraderecha en Europa, motivado en una parte sustancial por las políticas recesivas de contracción de la demanda agregada (esto proviene de la política económica que se consolidó con la Gran Recesión: la austeridad expansiva), no inquieta a los próceres germánicos, que, curiosamente, tienen a los neonazis resoplando en el cogote. Alemania ya está pagando su ortodoxia económica. Pero esa factura puede crecer todavía más si no es capaz de arrinconar definitivamente los preceptos que se impusieron con la austeridad económica. Una austeridad que, acordémonos, tenía en la reducción del gasto social uno de sus ejes vertebradores.

2. La defensa de los eurobonos

La propuesta del vicepresidente español Carlos Cuerpo va en una línea contraria, más ajustada a la realidad política y económica de la Unión Europea. Esto debe resaltarse (se ha publicado y comentado positivamente en el Financial Times, febrero de 2026; Reuters; Euronews, julio de 2026; e informaciones de Claudi Pérez en El País, setiembre de 2026). La tesis –en la que por ahora parece estar solo– se sustenta sobre la reestructuración de los intereses de las partidas del Next Generation, que liberaría 70 mil millones de euros, que podrían consagrarse a enfrentar los desafíos enunciados antes. Además, la opción por los eurobonos –que también defiende el ministro español– facilitaría la consolidación de una política crediticia favorable a todos los países. Esto lo han destacado en diferentes trabajos académicos economistas del nivel de Olivier Blanchard, Ángel Ubide, Barry Eichengreen y Paul De Grauwe (Olivier Blanchard-Ángel Ubide, “Now is the time for Eurobonds: A specific proposal”, Peterson Institute for International Economics, 30 mayo 2025; “Eurobonds: Despite objections, they are more needed than ever”, Peterson Institute for International Economics, 7 mayo 2026; Barry Eichengreen-Charles Wyplosz, “Minimal Conditions for the Survival of the Euro”, en How to Fix Europe’s Monetary Union: Views of Leading Economists, CEPR Press, 2016; Barry Eichengreen- Asmaa El-Ganainy-Rui Esteves-Kris Mitchener, In Defense of Public Debt, Oxford University Press, 2021. Ver también: Paul De Grauwe-Wim Moesen, “Gains for All: A Proposal for a Common euro Bond”, Intereconomics, 2009).

Eichengreen –cuyos análisis de historia económica sobre las deudas nacionales tras la guerra de 1914 son, además, un referente esencial: es un gran conocedor de la economía financiera– defiende que una mayor emisión de deuda común permitiría crear un activo seguro en euros; a su vez, considera muy relevante utilizar deuda común para bienes públicos europeos, cuyos beneficios son favorables para la Unión Europea. Blanchard y Ubide han planteado que Europa debería crear un mercado de eurobonos de gran tamaño: el 25% del PIB, reduciendo la fragmentación financiera de Europa. Cada país reservaría ingresos fiscales para asegurar el servicio de los eurobonos, que los emitiría la Unión Europea y, con el dinero obtenido, compraría una parte de la deuda nacional de cada nación. Así, se incrementaría el volumen común de la deuda, pero no se convertiría toda la deuda nacional en mutualizada. Es, en definitiva, la autonomía estratégica y financiera de Europa. Y aquí Alemania –opositora a esto– no perdería, toda vez que tendría cuatro elementos claramente favorables, tal y como sugiere De Grauwe: un enorme mercado de deuda europea, un activo seguro en euros, una mayor liquidez y presencia internacional del euro.

La derivada básica es: quién o quiénes deben aportar recursos adicionales si se incrementa el gasto de la Unión Europea con un presupuesto expansivo. Esto se centra, entonces, en tres componentes: un aumento en la contribución de cada país, la creación de nuevos impuestos europeos y la deuda mutualizada. Porque lo que es evidente es que trabajar con solo el 1% del PIB (o poco más), defendiendo además recortes en partidas, no significa, en absoluto, que estemos ante un estímulo fiscal equivalente a ese 1%, habida cuenta que una parte de las asignaciones ya se hallan comprometidas –en agricultura, sobre todo, pero también en otros renglones–. Ese 1% no consagra estabilizadores automáticos; es decir, la entrada de una recesión global en Europa que tirara el PIB hacia abajo, no se podría atajar con ese raquitismo fiscal derivado del presupuesto. Esta es una diferencia capital con Estados Unidos que, con un presupuesto federal muy grande, tiene capacidades para redistribuir recursos cuando un Estado vive una crisis.

3. Más presupuesto y eurobonos

La conexión entre el presupuesto de la Unión Europea y la posible mutualización de deuda se dibuja entonces con nitidez. Aquí, Eichengreen, Blanchard, Ubide y De Grauwe abogan per un incremento presupuestario mayor y por la creación paralela de un activo financiero seguro, los eurobonos. En tal sentido, la posición alemana y de otros países llamados “frugales” a todo esto se enfrenta de manera directa, incluso, a las tesis de los informes Draghi y Letta, elogiados de forma protocolaria, pero que, si nos atenemos a lo que se discute sobre la elaboración del presupuesto de la Unión Europea y el rechazo a la adopción de eurobonos, no se tienen en el horizonte inmediato por parte de esa Europa del norte. Draghi plantea una inversión adicional europea hasta 2030 del orden de 800 mil millones de euros, de carácter anual, con participación privada (80%) y pública (20%). La iniciativa pública es básica en el escenario que dibuja el mandatario italiano, y debería materializarse, precisamente, con las emisiones de deudas mutualizadas: los eurobonos (véase al marco financiero plurianual vigente, 2021-2027 en: https://commission.europa.eu/strategy-and-policy/recovery-plan-europe_es). Es el sector público el que debe mover la maquinaria –como lo hizo con la pandemia–, y arrastrar, en el mejor sentido de la acepción, a las empresas. En suma: los Estados emprendedores.

Sin un presupuesto más ambicioso y sin mecanismos de financiación más audaces, que funcionaron en su momento –es decir, no son experimentos espurios–, la posición europea se debilita ante los lances que la Unión Europea, el mayor bloque consumidor del mundo, tiene ante sí. Porque, a parte de esos desafíos políticos, sociales y económicos que requieren de capacidades inequívocas de inversiones, una espada de Damocles pende sobre una Unión Europea que molesta, que se busca debilitar, que se quiere en retroceso: el empuje de la ultraderecha.

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Elecciones del 29 de noviembre: decidir entre dos modelos

Esto va más allá de unas elecciones

El periodista Enric Juliana lo indicó en una entrevista reciente: lo que se va a dirimir en las elecciones generales no es, simplemente, la alternancia de partidos; es la confrontación de dos modelos. Juliana no profundizó más sobre esta idea, que es de gran interés. Lo que venimos escribiendo, lo que vamos leyendo, lo que estamos investigando, delinea de hecho esa tesis, con datos objetivos, con materiales cuantitativos y cualitativos. No es una elucubración. En efecto, de forma directa y sin rodeos: lo que está en juego es la pervivencia o no del Estado del Bienestar tal y como lo conocemos hoy, con todos sus defectos que se han de corregir, con sus enormes virtudes que se han de enaltecer, con la urgencia que tiene ampliar sus perímetros. Y de ahí se derivan los dos modelos socioeconómicos que se van planteando con más nitidez en estos días por parte de diferentes voceros, pero que se pergeñaban en aportaciones anteriores.

Uno, que se inscribe en reforzar los resortes básicos del bien común derivado del Estado del Bienestar –sanidad, pensiones, vivienda, educación, servicios sociales, investigación, transición energética, etc.–, a partir de la decidida actuación de las administraciones en ser inversoras de primera instancia, tal y como indica la profesora Mariana Mazzucato (Bien común, Taurus, 2026). Es la función de un Estado que pre-distribuye al tiempo que también puede redistribuir; que se avanza a los problemas y que pone su maquinaria presupuestaria para atajarlos, con una política tributaria progresiva. En colaboración con el sector privado.

Otro, que se escuda –cuando se presenta bajo un ropaje más canónico– en inquietarse ante elevados déficits y deudas públicos (rara vez se hace mención, sin embargo, a las deudas privadas), lo que infiere –se dice con solemnidad– la urgencia en recortar gastos; pero cuando se presenta sin esa máscara “profesional” aparece el verdadero rostro del dislate ideológico (el ejemplo más elocuente es la posición en el tema de las pensiones por parte de la derecha y la ultraderecha, que ya se ven en el gobierno), sustentado en unos preceptos económicos que se han revelado, siempre, fallidos. Es, claro y raso, la austeridad: un fracaso conocido en Grecia, Italia, Portugal, España, Alemania, Francia, Escandinavia, Argentina, Chile, por poner ejemplos en los que los casos de estudios son apabullantes, con corolarios negativos: bajadas de salarios, reducción de inversiones, recortes en prestaciones sociales incluidas las pensiones, incremento del paro y crecimiento del déficit público y, por ende, de la deuda pública. Los números sobre esto están disponibles en las bases de datos de Eurostat, del INE y del FMI, entre otras instituciones. Esto se apreció con enorme y dramática intensidad durante la Gran Recesión (sobre todo esto, con profusión de datos: Carles Manera, Economía en crisis, Libros de la Catarata, 2025; Clara Mattei, Escapar del capitalismo, Capitán Swing, 2026).

Dos modelos enfrentados

Estas dos concepciones estilizadas resumen los dos modelos en el terreno de la economía, siendo conscientes de que las derivadas que se concretan a partir de ahí son múltiples. Los dos modelos –economía social de mercado frente al austericidio– tienen sus nichos políticos (las fuerzas progresistas en el primer caso; derecha y ultraderecha en el segundo), y el más poderoso de los dos –por el dinero que maneja: el que defiende la austeridad y el ultraliberalismo– cuenta con soportes constantes por parte de instituciones conservadoras, inversores milmillonarios y gobiernos afines. Lo estamos viendo en muchos países, desde Latinoamérica –con Argentina como piedra de toque– hasta una Unión Europea en la que anidan caballos troyanos que pretenden dinamitar el entramado europeísta desde sus entrañas. Todo bajo los auspicios de la presidencia de Estados Unidos y connivencias explícitas de Rusia junto al silencio ruidoso de China. La geopolítica forma parte de este mosaico de situaciones, en las que se mezclan: los conflictos bélicos –Ucrania, Irán– y las guerras híbridas –Ceuta–, la lucha por el liderazgo económico mundial, las tensiones financieras y los problemas derivados de los procesos demográficos.

En el terreno social, los dos modelos recogen consecuencias implementadas por las políticas económicas que se han desplegado. La llegada al poder de Donald Trump, heredando un país con indicadores macroeconómicos relativamente positivos (inflación al 2,9%, tasa de paro al 4,5%, aumento de las contrataciones laborales, movimientos bursátiles al alza; la fuente es la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos y Bloomberg), dio pasó a la génesis de una crisis autoinducida, inexplicable desde la lógica económica, con la promulgación de aranceles, la expulsión de inmigrantes y la bajada drástica de impuestos a los más ricos. Tres palancas con las que se ha pretendido reducir los déficits comerciales e iniciar una fantasmagórica reindustrialización en el “cinturón del óxido” estadounidense. Todo malogrado, con dos consecuencias letales: el repunte de la inflación –cercana ya al 4%– y la reducción de las contrataciones laborales. Probablemente, la Reserva Federal deberá subir los tipos de interés a fines de octubre, en la antesala de las elecciones de medio mandato.

Pero, lo más significativo –esto que está influyendo en los comicios de todo el planeta– es la adopción de una liturgia política que descansa sobre los principios ideológicos de la ultraderecha: la invocación de una patria que ha perdido, pretendidamente, sus señas de identidad; el envolvimiento en la bandera; el nacionalismo económico y racial contra los inmigrantes; las soflamas simples y falsas para resolver problemas complejos; la militarización; y los principios de una autoridad incuestionable. La reedición, en suma, de un neofascismo de nuevo cuño (como señala en su reciente libro Federico Finchelstein, Aspirantes a fascistas, Taurus, 2025) pero con ingredientes reconocibles en los huevos de la serpiente de las décadas de 1920-1930. Esto es lo que se esconde tras el austericidio (Clara Mattei, El orden del capital, Capitán Swing, 2025).

Conclusión

El debate electoral en España no es de alternancia, solamente. Es –reiteramos– de preservar, apuntalar y extender el Estado del Bienestar, la defensa del derecho internacional, la crítica a los genocidios contra los pueblos, la lucha por la multilateralidad y el respeto internacional. Esto equivale a defender la democracia. Enfrente: quienes persiguen reducir el bien común amenazando con semi-privatizar las pensiones, retirar ayudas sociales, recortar la sanidad y la educación públicas favoreciendo las privadas e incrementar el gasto militar relacionado con políticas belicistas y la sumisión a preceptos dictados por una potencia exterior. Es la economía de la motosierra: el cuestionamiento de una democracia que es un importante obstáculo para que esos objetivos sean cumplidos. A su vez, las derivas culturales y sociales son enormes, con el mantenimiento o la derogación de: la Memoria Histórica, las leyes progresistas –aborto, igualdad de género, eutanasia, reforma laboral, etc.– y el respeto a la diversidad lingüística en España.

Las opciones progresistas están en un lado, el que ha defendido y avalado el Estado del Bienestar y proporciona factores de convivencia y cohesión social, con evidencias explícitas. La derecha y la ultraderecha están enfrente, radicalizadas con un lenguaje de una dureza extrema que contempla insultos, bulos, mentiras y tergiversaciones. Que no se lea maniqueísmo alguno en este axioma: los datos son imbatibles al respecto, como por ejemplo las posiciones parlamentarias en relación con normas, decretos y leyes favorecedores de las clases media y trabajadora. Es suficiente con consultar las actas del Congresos de los Diputados; o escrutar lo que aparece en tertulias, artículos y ruedas de prensa. Como, igualmente, basta con escuchar lo que dirigentes conservadores y ultras están avanzando. Vamos a escoger entre dos modelos, que se incardinarán en dos formas distintas de entender las relaciones sociales, culturales, políticas y económicas. Esto es lo que, realmente, está en juego el 29 de noviembre.

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Impacto económico de la guerra de Irán: unas notas

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Las burbujas económicas

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Tensiones financieras

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La política económica que puede venir. La inspiración de Laffer

Invitado por el partido Vox, el economista estadounidense Arthur Laffer disertó en el Congreso de los Diputados, en la sala Ernest Lluch (si el gran catedrático de historia y pensamiento económicos levantara la cabeza…), explicando las tesis que marcan el frontispicio económico no solo de la ultraderecha, sino igualmente de la derecha conservadora, a saber: deben bajarse los impuestos a los más ricos y es necesario reducir el Estado en la economía. Esto equivale a inferir que deben hacerse recortes en los sectores estratégicos del bienestar –sanidad y educación, principalmente– e impulsar privatizaciones de esos servicios. Reducir impuestos a los más pudientes tiene como efecto –ha vuelto a indicar Laffer– una mayor inversión en el país y, por tanto, más recaudación. Digámoslo claro, sin rodeos: la evidencia histórica no respalda esto. La experiencia de las rebajas fiscales estadounidenses de los años ochenta ha demostrado que no existe compensación completa de la pérdida de ingresos.

Recordemos que el presidente Ronald Reagan aprobó una enorme reducción de impuestos: el tipo marginal máximo del impuesto federal sobre la renta pasó del 70% al 28% durante su presidencia, y venía de porcentajes mucho más elevados desde la década de 1950 –llegando al 90%–, con administraciones tanto republicanas como demócratas. Con esa fiscalidad, el crecimiento económico se consolidó, la productividad aumentó, la recaudación se incrementó y se pudieron sufragar los grandes ejes de la política de Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial: su consolidación como potencia mundial. El giro copernicano de Reagan supuso que los ingresos federales no aumentaron como consecuencia directa de los recortes en la magnitud necesaria para compensarlos; de hecho, las reducciones iniciales de ingresos confirmaron un importante deterioro fiscal. La revisión histórica señala que los ingresos federales cayeron en términos reales durante los primeros años posteriores a la reforma de 1981 –inspirada en Laffer–, tal y como demuestran (entre otros muchos economistas) las investigaciones de Emmanuel Saez, Joel Slemrod y Seth Giertz (2012). Además, el déficit federal creció, con datos oficiales del National Bureau of Economic Research (NBER). No se recaudó más, se ampliaron los desequilibrios presupuestarios y se incrementó la deuda pública.

La posición de Laffer no puede ser más abstracta: no señala cuál es el tipo impositivo que maximiza la recaudación en una economía determinada, sobre qué base tributaria y en qué momento. Se limita a lanzar un mensaje espurio: bajen los impuestos en general, y todo funcionará mejor. Laffer considera, de entrada, que los impuestos son demasiado elevados, sin que nos indique cuál sería para él el “impuesto óptimo”, tema sobre el que la teoría económica ha debatido (por ejemplo: Mirrlees, 1976). Al mismo tiempo, su planteamiento no sugiere cuánto puede aumentar la producción con la reducción tributaria, cuánto aumentaría la recaudación, quién saldría beneficiado, quién perjudicado y, en definitiva, si todo ello mejora el bienestar de la población. La nada.

Un ejemplo reciente, ya canónico, del fracaso estrepitoso de esta política económica se observó en el gobierno de la premier británica Liz Truss y de su ministro económico Kwasi Kwarteng, en 2022, que propusieron un presupuesto con una medida estrella: rebaja impositiva de 45 mil millones de libras a las rentas más altas, cancelación de la subida en el impuesto de sociedades, mantenimiento del gasto público y financiación por medio de deuda pública. Se pretendía una reactivación económica pensando que el recorte de los impuestos a los más poderosos contribuiría a “inundar” de dinero el mercado, todo en un contexto en el que el Banco de Inglaterra estaba subiendo los tipos de interés por la inflación. Laffer sobrevolaba sobre todo esto, en unas coordenadas complejas agravadas por las consecuencias del Brexit y de la guerra de Ucrania. Pero su idea de bajar impuestos era, en efecto, la pieza medular. El resultado: el desplome de la libra esterlina y depreciación en el tipo de cambio con el dólar, crisis en los fondos de pensiones, incremento de costes en el endeudamiento nacional e intervención del Banco de Inglaterra para evitar un default. Truss tuvo que destituir a su gurú económico, un economista proveniente de Cambridge y Harvard (poca broma) y ella mismo dimitió sin haber llegado a los dos meses de gobierno. La curva de Laffer es tortuosa, con efectos letales incluso en gobiernos muy conservadores.

Pero avancemos. Las investigaciones de más largo plazo que se han ido publicando delatan un hecho clave: los estudios a nivel macro sobre las consecuencias económicas de reducir las tasas marginales más altas de impuestos sobre la renta en Australia, Nueva Zelanda y Noruega, determinan su escaso impacto sobre la génesis de un crecimiento económico robusto (Angelopoulos et alt., 2007; Piketty et alt., 2014; Rubolino-Waldenström, 2020). Como decíamos, esta línea de razonamiento ha sido medular en los argumentos presentados a favor de varias reformas fiscales importantes, tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña. Pero, insistimos, las evidencias empíricas no acompañan a tales premisas benefactoras para el crecimiento y el empleo, a raíz de una reducción impositiva (véase también Trabandt-Uhlig, 2011).

Una publicación reciente ofrece datos muy robustos y definitivos. Se trata del trabajo de David Hope y Julian Limberg (Hope-Limberg, 2022), en el que se ofrecen nuevas metodologías y cálculos econométricos –claramente explicitados en su texto– que concluyen que las contracciones impositivas a la franja más rica de la población no aportan prácticamente nada a la consecución del crecimiento económico. Esta es la conclusión seminal de la investigación de Hope y Limberg. El trabajo, con amplia perspectiva, analiza todas las reducciones importantes en los impuestos sobre los ricos en 18 países de la OCDE desde 1965 hasta 2015: nada más y nada menos que ¡cincuenta años de datos! La batería estadística es de impresión, incontestable. Los resultados son palmarios. Uno: los grandes recortes de impuestos para los ricos aumentan la desigualdad de ingresos; dos: la magnitud del efecto es considerable ya que, en promedio, cada reforma importante conduce a un aumento de más de 0,7 puntos porcentuales en la participación del 1% superior del ingreso nacional antes de impuestos; tres: el crecimiento económico, medido por el PIB real per cápita y la tasa de desempleo no se ve significativamente afectado por importantes recortes de impuestos para los ricos.

               Lo expuesto supone una severa crítica, demostrada empíricamente, a la tesis de Laffer y sus derivadas. Estos hallazgos sobre los efectos del crecimiento y el desempleo aportan evidencia en contra de las teorías del lado de la oferta, que sugieren que los impuestos más bajos para los ricos inducirán respuestas de la oferta laboral de las personas de altos ingresos (más horas de trabajo, más esfuerzo, etc.), lo cual impulsará la actividad económica. En relación con esto, los resultados de las investigaciones muestran –acotamos más esta idea– poco apoyo a la influyente tesis político-económica de que los recortes de impuestos para los ricos “se permean” para impulsar un desarrollo económico más amplio. Reiteramos de nuevo que la realidad de los resultados es otra: se certifica que las moratorias del impuesto sobre la renta, las ganancias inesperadas y los recortes de impuestos dirigidos al decil superior de la distribución del ingreso, no inducen a las personas a alterar significativamente la cantidad de trabajo que realizan.

               De hecho, los ricos no tienen mayores incentivos para trabajar e invertir cuando se reducen los impuestos, dado que no se encuentran efectos estadísticamente relevantes sobre el crecimiento, el desempleo o la inversión a partir de la retirada de impuestos sobre ese segmento social. En otros términos, para Hope y Limberg los impuestos más bajos sobre los ingresos más altos inducen a los ricos a negociar de manera más agresiva, para aumentar así sus propias recompensas en detrimento de los que están más abajo en la distribución del ingreso.

               Este es el modelo fiscal que defiende el conservadurismo económico, con Laffer como uno de sus referentes. Ya se está aplicando en las comunidades autónomas en las que las derechas están gobernando. Esto es lo que se ha expuesto, una vez más, en una de las salas del Congreso de los Diputados, con discursos alambicados del propio Laffer, alejados de la economía real. Aplaudidos y jaleados por las derechas. Y ello significa, en román paladino: reducir los impuestos a las franjas más ricas va a contraer los ingresos y, por tanto, reducirá las asignaciones a la educación, la sanidad, los servicios sociales. Es el desplome del gasto social, en definitiva; el que se distribuye a la población. El que proporciona una parte esencial del bienestar.

Referencias

ANGELOPOULOS, K. et alt. (2007): “Tax-Spending Policies and Economic Growth: Theoretical Predictions and Evidence from the OECD”, European Journal of Political Economy, 23, pp. 885-902.

HOPE, D.-IMBERG, J. (2022): “The economic consequences of major tax cuts for the rich”, Socio-Economic Review, vol. 00, pp. 1-21.

MIRRLEES; J. A. (1976): Optimal Tax Theory: A Synthesis”, Journal of Public Economics, 6, pp. 327-358.

PIKETTY, T. et alt. (2014): “Optimal Taxation of Top Labor Incomes: A Tale of Three Elasticities”, American Economic Journal, 6, pp. 230-271.

RUBOLINO, E.-WALDENSTRÖM, D. (2020): “Tax Progressivity and Top Incomes Evidence from Tax Reforms”, The Journal of Economic Inequality, 18, pp. 261-289.

SAEZ, E.-SLEMROD, J.-GIERTZ, S. (2012): “The Elasticity of Taxable Income with Respect to Marginal Tax Rates: A Critical Review”, Journal of Economic Literature, 50 (1), pp. 3–50.

TRABANDT, M.-UHLIG, H. (2011): “The Laffer curve revisited”, Journal of Monetary Economics, 38, 4, pp. 305-327.

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Presentación «Economía en mutación», en el curso de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, agosto de 2026: El mundo de mañana. Geopolítica de la incertidumbre.

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La idea de la austeridad recorre de nuevo Europa

            Los denominados “países frugales” de Europa (Alemania, Austria, Dinamarca, Países Bajos, Finlandia y Suecia) han señalado que el presupuesto de la Comisión Europea, de 2 billones de euros, debe reducirse. El planteamiento evoca la llamada “austeridad expansiva”, esa política económica que se implementó a partir de finales de 2008 –la Gran Recesión– en la Unión Europea, con recortes importantes en el gasto público y soluciones de rescates bancarios como vías de escape. El resultado de todo esto fue letal: búsqueda casi patológica de un equilibrio presupuestario en época de crisis, cierre del crédito, caída de la inversión, cerrazón comercial, reducciones salariales, contracción del gasto social, elementos todos ellos que configuran el mosaico de una recesión. Es suficiente recordar que, en los países del sur de Europa, esto significó un coste social de primer orden: tanto en España, Portugal, Italia y, sobre todo, Grecia. Desde 2011, se aplicaron ajustes muy severos, y el país heleno vio caer su PIB en un 25%: un desplome de guerra. En España, la política del presidente Rajoy se escoró sin disimulo al rescate bancario –cuyo monto no se ha recuperado– y al tijeretazo a pensiones, inversiones y prestaciones sociales. La Gran Recesión marca un punto de arranque que, a pesar de las medidas macroprudenciales que se han establecido desde la esfera financiera, no están evitando que la financiarización de la economía siga en auge. Todo esto lo hemos escrito en otras ocasiones, pero la memoria es tan frágil e incómoda que se elude, que se arrincona. Que se ignora. Por tanto, necesitamos seguir rearmando una narrativa que se enfrente a ese plan de transformar el presupuesto de la Unión Europea en una exposición anémica en política económica.

            Porque, recordémoslo una vez más, en lugar de entender que el hundimiento está asegurado en un área con una única moneda, un solo banco emisor y criterios homogéneos de déficit y deuda, si no hay soluciones para todos los países, se optó en la Gran Recesión –y parece que ahora también– por dividir en dos la Unión Europea. Una parte, estaría formada por las naciones más virtuosas, las “frugales” del norte –con una connotación calvinista evidente–; por otra, se hallarían las “pecadoras”, portadoras del despilfarro, emplazadas en el sur. Lo expuesto más arriba, esa austeridad draconiana, se aplicó sin recato a este sur, a pesar de que la propia Alemania sabía –y esto es crucial– que esta política económica era injusta, incluso innecesaria. Ángela Merkel, en una cena privada, lo reconoció: Alemania bien podía rescatar a Grecia, pero la CDU –el partido de la canciller–, en este caso, perdería las elecciones (tomo este dato del libro de Arancha González Laya, Solos en el mundo, Arpa, pág. 149). No hubo razones claramente técnicas en desarrollar una austeridad expansiva, sino de carácter más bien político. Con una filosofía, por llamarlo de alguna manera, que descansaba sobre saber quién recortaba más, una loca carrera de austericidas: recordemos las declaraciones que se recuperaron de soslayo del entonces ministro de Economía de España, Luis de Guindos, indicando que se preparaba un recorte importante para la economía española, sacando pecho por esto. Perpetrando el sacrificio social, ganando medallas entre los “frugales”. La Unión Europea salió de la crisis en 2014 –seis años después de su inicio–, mientras que, en Estados Unidos, con una pauta diferente, la recensión se remontó en poco más de un año.

            Las evidencias en economía no pueden ser ignoradas. Y hay demasiadas como para poner en cuarentena lo que los “frugales” pretenden de nuevo: recortar la capacidad de incidencia pública de la Unión Europea, en un momento en el que urgen inversiones, compromisos comunes y acciones específicas destinadas a fomentar la industrialización, la seguridad europea, hacer frente a la transición energética y luchar contra el cambio climático y el reto demográfico, que comporta incidir a su vez en la desigualdad. En un contexto en el que la nueva geopolítica avanza rápidamente. Estados Unidos, en declive, resiste, aunque con severos problemas en su deuda pública (como se está revelando, con toda su crudeza, en los turbulentos movimientos con el yen japonés para que Japón no ponga en el mercado los bonos del Tesoro estadounidense), en inflación y en ralentización en la creación de empleo; China, la nueva superpotencia, que debe hacer frente a su sobreproducción y bajo consumo interno, su talón de Aquiles; Rusia, revisitando un imperio perdido, más sometida a China de lo que quisiera; el Sur global, heterogéneo y con interés en marcar un protagonismo propio con el renacimiento de los BRICS. Y la Unión Europea, desunida, sin estrategia conjunta, con intentos para consolidar nuevos espacios de colaboración con Latinoamérica –el Mercosur–, Canadá –con voz propia cada vez más solvente en la distopía trumpista–, Australia, entre otras posibilidades que se abren hacia el Pacífico. Porque si Ormuz es importante, Malaca no se queda atrás: Asia-Pacífico, el nuevo epicentro de esta re-globalización en la que los bloques geopolíticos se van afianzando, rearmándose.

Iniciar movimientos como el propuesto por los “frugales”, recortando posibilidades presupuestarias para inducir políticas comunes, en el marco de esa geopolítica, supone una miopía reiterativa: ya sabemos cómo acaba todo esto. Es la garantía de un fracaso, una muesca más en la culata de esos “frugales”. Una obstinación, incomprensible y decepcionante, que debilita las opciones de la Unión Europea.

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