Impacto de mi libro: Economía en crisis. Aprendiendo de la historia económica, Catarata-UIB, Madrid, 2024-2025.

IMPACTO DEL LIBRO

(en orden cronológico)


Se ha reseñado y/o comentado en:

  • Sistema. Revista de Ciencias Sociales (SCOPUS, Compludoc, DIALNET, Educ@ment, IBZ Online, International Bibliography of Social Sciences, Isoc-Sociologia y CC. Políticas (CSIC), Latindex, Periodicals Index Online, International Political Science Abstracts, PAIS International, Political Science Complete, RESH, Sociological abstracts, Worldwide Political Science Abstracts), núm. 272 (2025), pp. 109-111. Autor de la reseña: José Pérez-Montiel.
  • Revista de Historia Industrial, núm. 94 (2025), pp. 201-203. Autor de la reseña: José Luís García Ruíz.
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Mega-ricos: la gran evasión

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Explorando lo micro en economía española

            Datos recientes sobre desigualdad en España señalan que se ha reducido desde la pandemia de forma destacable. Se aprecia una mejora de las rentas más bajas: del 10% más pobre. Sus ingresos, que cayeron mucho desde la Gran Recesión, han crecido más que el resto en estos últimos años. La publicación de la Encuesta de Condiciones de Vida del INE, en su apartado de población en riesgo de pobreza o exclusión social (tasa AROPE), confirma una reducción de tres puntos (del 28,8% en 2016 al 25,7% en 2025; ver: https://www.ine.es/dyngs/Prensa/ECV2025.htm). Un informe de Airef sobre el Ingreso Mínimo Vital (IMV; https://www.airef.es/wp-content/uploads/2026/02/SpendingReview-2022-2026-fase-2/SR2226F2_NDP_IMV.pdf) subraya que la prestación –a pesar de sus deficiencias, que Airef detalla– ha contribuido a reducir en un 30% la brecha de pobreza, medida como la distancia media entre los ingresos de los hogares y el umbral de pobreza. El impacto sobre la tasa de pobreza es de 9,5% y un 17% en el caso de la pobreza infantil: avances que, sin embargo, no permiten instalarse en la autocomplacencia. Otra variable es relevante: según la Comisión Europea, España destina el 25% del PIB (dato de 2024) a gasto en prestaciones de protección social (desempleo, familia, discapacidad, salud, exclusión social), frente al 27% de la media comunitaria. Es decir, igual que acontece con la política tributaria, España tiene márgenes para actuar y elevar ese porcentaje para atajar los problemas derivados de la vulnerabilidad social, a pesar del gran avance de las magnitudes macroeconómicas. La media de la presión fiscal sobre PIB en la Unión Europea –según la Comisión Europea– es del 40,4%; España está en el 37%, lejos de Francia (45%) o Bélgica (45%). Recaudación impositiva y gasto público tienen vasos comunicantes.

Varios factores explican estos datos. La reforma laboral, que ha supuesto mejoras en la contratación; el aumento del Salario Mínimo, que ha consolidado una mayor capacidad de consumo; el desempeño económico, que está suponiendo reducir la tasa de paro a un rango inferior al 10%; y la implementación del gasto público social. Otro elemento es revelador, procedente del INE y correspondiente al segundo trimestre de 2025: el número de hogares en los que todos sus miembros activos están ocupados se situó en 12 millones, 290 mil hogares de incremento en relación al trimestre anterior. España cerró 2025 con 22,4 millones de ocupados, un máximo histórico, según datos de la Encuesta de Población Activa, con la creación de más de 600 mil empleos.

En paralelo, los depósitos bancarios constituyen una señal indirecta de la capacidad de ahorro de hogares y familias. Según el Banco de España y Funcas, desde el inicio de la pandemia en 2020 los depósitos bancarios han tendido claramente al alza, con más de 2,2 billones de euros en 2022 y una tendencia a la estabilización en 2023 y 2024. Esta evolución refleja la incertidumbre económica generada por la crisis sanitaria, que llevó a empresas y hogares a aumentar sus ahorros por precaución ante la disminución de consumo e inversión. A partir de 2022, con la gradual recuperación económica, se observa una cierta estabilización e incluso una leve disminución en los depósitos totales (https://www.funcas.es/odf/depositos-bancarios-en-espana-evolucion-estructura-y-tipologia/). Ahora bien, esto se aviene, además, con un crecimiento del consumo, como otro motor del desempeño económico de España: según el INE, el gasto medio por hogar ha aumentado más del 4% en 2024 (34 mil euros; 13,6 mil por persona). Los hogares de menor gasto aumentaron su consumo con más intensidad (cerca del 11%), mientras que los de mayor gasto el incremento fue menor (1,9%). El desarrollo de esta mayor capacidad de consumo significa que integra el 54% en la composición del PIB; el resto de integrantes de ese gran agregado son el 22% la inversión, 22% el gasto público y el 2% las exportaciones netas.

Se imponen iniciativas en aquellos aspectos que inciden de forma muy directa sobre el bienestar de la población. Las políticas de vivienda son una clara muestra que urge encarar, a pesar de que se es consciente de las dificultades que significa. Persistir en la reducción de la pobreza forma otro objetivo crucial. Lo macro, con datos que demuestran la solvencia de la economía española, debe dar porosidad a lo micro: lo que acaba llegando a la ciudadanía. Existen evidencias de que eso es así; hemos tratado de anotar algunas. Sigamos insistiendo en ello.

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¿Hacia nuevas burbujas económicas?

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Resiliencias y robustez de la economía de España, 2020-2025

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Estados Unidos en Venezuela: una clave económico-financiera y algo más

Carles Manera, catedrático de Economía e Historia Económica

Jorge Fabra Utray, economista y Doctor en Derecho, Presidente de Economistas Frente a la Crisis

            Estados Unidos sobre Venezuela: ni la recuperación de la democracia, ni la estabilidad geopolítica, ni el estrangulamiento del narcotráfico, ni la persecución del terrorismo. El objetivo central es económico y, probablemente, financiero. Esto se va confirmando a medida que los dirigentes estadounidenses hacen declaraciones. Y radica en una causa central: el acceso más directo a los enormes recursos petroleros del país sudamericano. En efecto, según el Energy Institute, Venezuela posee 41,4 mil millones de toneladas de reservas de petróleo (casi el 20% de las reservas mundiales). La segunda potencia es Arabia Saudita, con poco más de 40 mil millones. A partir de esta constatación, se presentan las siguientes consideraciones.

            En primer lugar, la economía venezolana tiene problemas serios en relación a la producción de petróleo, no en cuanto a sus reservas. La producción es pequeña, en el contexto internacional: el 1%, cifra raquítica explicable por la falta de inversión extranjera y por la degradación del capital físico, teniendo en cuenta que el tipo de petróleo de Venezuela es más pesado y costoso para extraer y refinar, de forma que necesita tecnología actualizada. Convertir esto en poder económico supone cuatro condiciones, expuestas por el ingeniero –y el mayor experto mundial en energía– Vaclav Smil (2050. Por qué un mundo sin emisiones es casi imposible, Arpa, Madrid, 2024): estabilidad, tecnología, capital y tiempo. En un escenario en el que se habla de energías renovables –y es muy importante hacerlo y promocionarlo–, urge tener en cuenta que todavía el 80% de la energía planetaria procede de combustibles fósiles. Las transiciones energéticas no son rápidas, a pesar de que las renovables van avanzando de manera decidida (sobre esto, distintos ejemplos referidos a la economía estadounidense en Ezra Klein-Derek Thompson, Abundancia, Capitán Swing, Madrid, 2025). Lo cual explica el enorme interés por el petróleo, máxime desde un gobierno, el de Estados Unidos, que está negando las consecuencias del cambio climático y que tiene una apuesta agresiva por mantener las explotaciones fósiles, con empresas relacionadas de forma directa con Trump al ser –junto a los tecnomagnates– primordiales financiadoras de sus campañas.

En segundo término, podríamos apuntar, a título de hipótesis –y sin otorgarles un factor causal de la invasión de Estados Unidos, pero sí como elemento de reflexión– factores de carácter financiero y monetario. Venezuela ha aceptado desde hace unos años –2018– la compra de su petróleo en moneda diferente al dólar. Los yuans chinos constituyen, en tal sentido, una referencia clave, y abundante. Además, otras divisas de apoyo han sido el euro y el rublo. Hay precedentes en todo esto. A comienzos del siglo XXI, Sadam Hussein ya fijó la venta de petróleo iraquí en monedas diferentes al dólar; este hecho pudo acelerar la invasión en 2003 –sin hallarse armas de destrucción masiva, el alegato para justificar esa acción– y el cambio de régimen, que de nuevo “dolarizó” las exportaciones petrolíferas del país. Algo similar aconteció en Libia, con el proyecto del dinar de oro. El líder libio estuvo abogando durante meses por la introducción de esta moneda para todas las naciones musulmanas. Muamar el Gadafi pretendía vender petróleo únicamente a cambio de dinares de oro y rivalizar con el dólar y el euro. En 2011, el régimen fue depuesto por fuerzas de la OTAN. En ambos escenarios, el derrumbe de esos regímenes tiene explicaciones multicausales –en las que no entraremos por razones de espacio–; pero el aspecto de la desdolarización no es desdeñable, sin que deba ser entendido como central.

No puede omitirse que los acuerdos llegados entre Estados Unidos y Arabia Saudí, a raíz de la crisis energética de 1973, confirmaban que las remesas de petróleo que eran adquiridas debían ser sufragadas en dólares, y no en monedas nacionales. Es decir, el billete verde se convirtió así en la gran referencia, en el potente patrón monetario con el que adquirir un renglón perentorio para el desempeño de las economías: los combustibles fósiles y, en particular, el petróleo. Arabia vende el petróleo exclusivamente en dólares e invierte en bonos del Tesoro de Estados Unidos, mientras este país le garantiza seguridad militar y apoyo político. Son los petrodólares. Sin respaldo metálico alguno, y tras el abandono del patrón oro –y del sistema de Bretton Woods, que suponía la relación del dólar con el oro: un enorme poder (véase Benn Steil, La batalla de Bretton Woods, Deusto, Barcelona, 2016)–, Estados Unidos ha tenido entonces la capacidad de imprimir dólares de manera masiva, toda vez que su adquisición era fundamental para, a su vez, pagar el petróleo que las naciones necesitaban. Al mismo tiempo, Estados Unidos puede financiar sus déficits con la emisión de deuda pública que adquieren otros países.

Este planteamiento que describimos no obedece necesariamente a la acción del ataque a Venezuela; pero aporta algunas reflexiones sobre la desdolarización que provienen de la economía académica.

      Desde esta óptica, economistas como Barry Eichengreen –siempre en las listas de candidato al Nobel, y tal vez el economista con mayor predicamento en economía financiera– ha expuesto hace tiempo que, históricamente, las monedas que conforman una hegemonía en determinadas fases, van declinando de forma gradual. En tal sentido, Eichengreen defiende una paulatina desdolarización (véase, de manera especial: Exorbitant Privilege: the rise and fall of the Dollar, Oxford University Press, Nueva York, 2011; con una perspectiva económica más amplia en: Hall of Mirrors. The Great Depression, the Great Recession, and the Uses –and Misuses– of History, Oxford University Press, Nueva York, 2015). Un escenario más probable que un abandono masivo del dólar, es que su papel se reduzca a medida que sus competidores internacionales ganen fuerza. El contexto preferido por Eichengreen es un mundo con múltiples divisas internacionales, con una erosión gradual de la hegemonía del dólar a lo largo del tiempo. Esto puede estar preocupando a Estados Unidos, por el factor equilibrador de las remesas de dólares –por adquisiciones de deuda pública– para la balanza por cuenta corriente. Lo cual, a su vez, comporta contradicciones, que chocan con las tesis de economistas trumpistas como Stephen Miran, que abogan por rebajas en los tipos de interés y la devaluación del dólar. Por otra parte, economistas de perfil más heterodoxo como Yanis Varoufakis y Michel Husson, plantean una visión más radical que la expuesta por Eichengreen; pero siempre en la esfera de la posibilidad real de la desdolarización (véase la tesis de Varoufakis sobre los “déficits gemelos”, que se equilibran con los dólares, en El Minotauro global, Capitán Swing, Madrid, 2012; un trabajo sintético de las tesis de Husson, en El capitalismo en diez lecciones, La Oveja Roja, Madrid, 2013).

Un tercer aspecto se refiere al desmarque venezolano, con su intento de entrar en el grupo de los BRICS –vetado por Brasil en 2024, a raíz precisamente de las elecciones venezolanas y sus irregularidades–, una pretensión que ha sido reiterada por el gobierno de Nicolás Maduro en diferentes encuentros con los miembros de aquella entidad. La aceptación posible de Venezuela en el club de los BRICS (que ven con buenos ojos desdolarizar transacciones trascendentales) supondría un factor más para buscar otras vías de pago –que también están explorando Irán, Arabia y Rusia–. Acceder a los recursos petrolíferos por parte de Estados Unidos y detentar así las explotación y venta de los mismos –manteniendo la referencia al dólar– constituye un objetivo básico de la invasión. Pruebas recientes las tenemos en las revelaciones de Marcos Rubio, Secretario de Estado, incapaz de justificar ante los medios de su propio país cómo se puede cambiar un régimen de forma violenta vulnerando el derecho internacional, y deslizando que la pretensión de la administración Trump es el control estricto de Estados Unidos sobre el petróleo y los recursos energéticos y minerales de Venezuela. Una línea argumental que subraya igualmente el ya citado Stephen Miran, gurú económico de Trump y arquitecto del plan económico del magnate neoyorquino.

Sin embargo, consideramos excesivo pensar en la sustitución del dólar, de manera generalizada, por otras monedas, habida cuenta que más del 80% de las transacciones del petróleo se realizan en dólares. Aunque sí puede estar constituyendo una advertencia para Estados Unidos que, si detenta el petróleo venezolano y desarrolla fuertes inversiones tecnológicas, podría controlar enormes stocks con los que especular en el mercado petrolífero. Esa advertencia se suma a otros problemas previos, acuciados por la política económica de Trump: los aranceles, la inflación y la creación de empleo, tres elementos que, de forma gradual, pueden ir minando la confianza en la administración republicana en un escenario de elecciones en noviembre de 2026.

Ahora bien, la relevancia económica de Venezuela en el comercio internacional del petróleo es, como hemos dicho, muy modesta. La prueba: los futuros de los precios del petróleo –con independencia de la volatilidad estructural que caracteriza al mercado del crudo– ni se han inmutado con la intervención militar de Estados Unidos. De hecho, con la administración Biden, Venezuela, a pesar del régimen de sanciones a las que estaba sometida por Estados Unidos, siguió exportando crudo pesado para ser refinado en las instalaciones del Golfo de México (Texas y Luisiana), construidas específicamente apara esto. Estas exportaciones fueron canalizadas por la multinacional petrolera estadounidense Chevron autorizada por una licencia ad hoc emitida por Washington que permitía dejar intactas las sanciones. Los beneficios de este comercio eran, además, muy limitados para Venezuela y constituían, básicamente, un modo de compensación de Venezuela a Estados Unidos como pago de deudas e inversiones previas.

El mercado del crudo es excedentario, está sujeto a oligopolios y, por consiguiente, con una enorme capacidad de autorregulación para mantener los precios donde más interesa a los productores. Es un mercado con una enorme capacidad para absorber los impactos geopolíticos que se puedan producir. A pesar de la retórica, sorprendentemente carente de disfraces que escondan las intenciones poco democráticas de la administración Trump respecto a Venezuela, las cosas poco parece que vayan a cambiar en la arena económica. Pareciera que esa retórica solo tiene por destino el consumo doméstico MAGA y la distracción sobre las debilidades de la economía estadounidense.

Todavía es pronto para saber el rumbo que van a tomar las cosas. Pero no olvidemos esto: el poder, a secas, la ambición desmedida de exhibir la fuerza de Estados Unidos y de su presidente –en un contexto que es de decadencia económica– sigue siendo el principal impulso patológico que está llevando a la administración Trump a mantener comportamientos agresivos con todo el resto del mundo. Pensemos en Groenlandia, en Canadá, en Colombia, en Cuba, en Panamá, en su entendimiento con Rusia respecto a Ucrania, en las condiciones económicas que ha impuesto a sus socios de la OTAN, en su agresiva política arancelaria. Lo más preocupante, desde nuestro punto de vista, es la confirmación de la ruptura de las relaciones internacionales basadas en reglas que sí podría conducir a la economía mundial y a las economías más avanzadas a la desestabilización, con consecuencias todavía imprevisibles.

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La «nueva» economía neoliberal. Presentación en Barcelona, Colegio de Economistas, enero de 2026

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Buscando la alternativa económica

            El FMI acaba de subir las previsiones de crecimiento económico para España. Al tiempo, el organismo rebaja los cálculos para el resto de Europa. Es decir, la economía española reafirma su fortaleza en el espacio europeo, y consagra una trayectoria solvente en los últimos años, según el Fondo. No es la única institución que predica en esa línea. JP Morgan señala la conveniencia de invertir en España “por sus fuertes fundamentos económicos”; de hecho, la entidad recomienda comprar bonos de España y vender los de Alemania, a tenor además del cierre recesivo de la economía germánica en 2024: segundo año consecutivo de caída. El déficit público español ha pasado de un –7,7% sobre PIB en 2020 a una previsión de superávit del +0,3% en 2025, lo que demuestra la gestión de las cuentas públicas adecuadas a las previsiones de ingresos. Los datos de empleo no van a la zaga: medio millón de nuevos puestos de trabajo en 2024 (más de 430 mil corresponden a los servicios, con importancia gradual de los no turísticos), una cifra que revela que ampliar derechos a los trabajadores no ralentiza la creación y, también, la calidad del empleo. La síntesis: más de 21 millones de afiliados a la Seguridad Social y una tasa de paro que remite a 2007-2008.

            Todas estas variables, que proceden de fuentes públicas y que se corroboran a su vez con aportaciones realizadas desde el ámbito privado –Funcas, BBVA, CaixaBank, entre otras–, conducen a una conclusión elemental: no hay cataclismo alguno, ni hundimiento acechante, para la economía española. Esto contrasta con las soflamas que emiten algunos economistas y partidos políticos de la derecha, que parecen perseguir la situación contraria que dibujan los números: la hecatombe. Es evidente que las magnitudes macroeconómicas no suponen la inexistencia de problemas y desafíos para la economía española: la vivienda, el desarrollo de los programas de inversión –que deben incentivarse con mayor énfasis–, el apuntalamiento de los pilares del Estado del Bienestar, son tres vértices cruciales a considerar en la política económica.

            Pero la falsa información económica, la tergiversación políticamente interesada de los datos y la orientación del debate político hacia derroteros que poco tienen que ver con las preocupaciones cotidianas de la población, suponen elementos que entierran una consolidación económica que es ampliamente reconocida por parte de las principales instituciones económicas del mundo. En tal contexto, sería interesante conocer propuestas alternativas realistas que permitieran un debate educado y riguroso sobre la política económica a implementar. Centrarse en ocurrencias mediáticas o tirar de manual –bajar los impuestos, sin que se aclare qué hacer con los gastos– no es suficiente para que la sociedad pueda vislumbrar qué se está proponiendo en materias de gasto público, salario mínimo, inversiones, vivienda, sanidad, educación, servicios sociales, etc. Este es el meollo de la cosa pública, no el permanente ruido que parece perseguir un objetivo fundamental: no hablar de economía.

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La desglobalización

            El proceso de globalización económica ha hecho emerger un mundo fragmentado en, al menos, seis grandes áreas económicas: Europa, que se ha ensanchado hacia el Este, con dificultades por la falta de convergencia entre los nuevos Estados y los más consagrados, junto a los graves problemas derivados de la guerra de Ucrania; el encaje de Rusia en la nueva geo-política; un espacio asiático en pleno auge, con dos colosos dominadores, China e India; el área latinoamericana, que tiene un liderazgo económico ahora mismo difuso en el crecimiento de Brasil; el África subsahariana, desmembrada de la septentrional. Aquella África negra, rica en recursos, pero desprovista de cohesiones políticas, sociales, tribales, con guerras perennes, se ha convertido, dentro de su extrema pobreza social, en objetivo fundamental para las nuevas expansiones capitalistas; por último, la sexta gran área económica es Estados Unidos, potencia que se encuentra en crisis, cuestionada en este gran dinamismo de la nueva globalización, pero todavía con latentes capacidades en distintos campos del conocimiento científico y aplicado.

El nexo común de este esquema telegráfico: las incertidumbres ante las posiciones de la administración de Donald Trump, que cuestiona la globalización tal y como la conocemos, y que infiere tres aspectos determinantes: el final del multilateralismo; la existencia de tres grandes poderes nucleares, Estados Unidos, Rusia y China; y desafíos de cuatro grandes transiciones: energética, digital, demográfica y económica (Fuente: Brussels Institute for Geopolitics).

Las posiciones de la administración Trump, que se hicieron una vez más explícitas en su discurso en la Asamblea de las Naciones Unidas, un conjunto de argumentos en el que bulos, mentiras y tergiversaciones y negacionismos fueron principales señas de identidad, conducen a un escenario internacional cada vez más imprevisible, en el que resulta difícil tomar decisiones con un cuadro de informaciones que sean veraces, dada la actitud del presidente estadounidense, cuyos cambios de opinión no obedecen a racionalidad diplomática alguna, y sí a intereses privados. El insulto al conjunto de naciones presentes en la Asamblea de Nueva York, en cuanto a la dramática situación de Gaza y la estrategia genocida del gobierno de Israel, demuestra el nivel de delirio del magnate republicano, y nos lleva a preguntarnos en manos de quiénes estamos.

      Pero, además, desde la perspectiva económica, cinco factores se deducen de todo esto. Primero: la pugna creciente entre Estados Unidos y China. Segundo: la reducción previsible de la apertura comercial, es decir, la contracción de las actividades comerciales. Tercero: la des-globalización en la globalización, o sea, las grietas que se están produciendo en la cooperación pacífica entre naciones. Cuarto: la guerra comercial, auspiciada por una irresponsable –y equívoca– política arancelaria de Trump. Y cinco: el peligroso aislamiento de Estados Unidos, dirigido por una camarilla de personajes alocados que parecen vivir en un mundo paralelo, en el que se es enemigo si no se piensa como ellos dicen y promulgan. Des-globalización inquietante.

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El rapto de Europa

Carles Manera-Jorge Fabra Utray

            Un toro blanco, hermoso, Zeus encarnado, seduce a una princesa fenicia, Europa. Es engañada. Hemos visto la reedición mitológica en Escocia, hace unos días: un elefante republicano, en este caso, nada hermoso, ha acabado por persuadir a una Europa sin capacidad reactiva, entregada. Engañada. Y es que Trump ha ganado el pulso a Von der Layen. El encuentro, realizado en territorio europeo, pero en la propiedad del magnate –uno de sus campos de golf–, supuso una puesta en escena que fregaba claramente la humillación de la dirigente comunitaria, generosa en exceso a los deseos de Trump. Un desequilibrio lacerante para los intereses del viejo continente. Porque este desenlace significa, claro y raso: que Europa paga, y que Estados Unidos recauda. Los productos europeos, que tenían unos aranceles del 1,47%, se alzarán a una media del 15%, sin contrapartida por parte de Estados Unidos. En paralelo, Europa se compromete a comprar armamento y energía al país norteamericano. Un negocio redondo para la administración estadounidense.

            En esta negociación no ha habido equilibrio alguno. Se ha dinamitado la teoría del equilibrio de John Nash, que dice que el equilibrio se da cuando no existen incentivos para que ningún jugador cambie su estrategia, dado que cualquier cambio unilateral desembocaría en un peor resultado para ese jugador. Es pura teoría de juegos. Von der Layen ha variado, de manera unilateral, su estrategia de mantener una firmeza económica frente a Estados Unidos, teniendo en cuenta la variabilidad de situaciones comerciales entre los estados miembros y la potencia americana. Si el temor era evitar una guerra comercial, ese objetivo es fallido: ya existe.

            De alguna forma, la presidenta de la Comisión Europea ha asumido el relato de Trump, focalizando su obsesión en la balanza comercial –y no en la de capital y servicios, donde existe una clara ventaja estadounidense, algo incomprensible que esa tecla no se haya pulsado por parte de los negociadores europeos–, de manera que lo que se persigue es atenuar desequilibrios comerciales aparentes en las relaciones entre Europa y Estados Unidos. Se ha caído en una trampa, auspiciada por la cuestión de la defensa europea y las promesas de ayuda de un presidente de Estados Unidos cuya palabra vale más bien poco. Como la de Zeus en su desigual relación con la princesa fenicia. La fiabilidad que tiene es muy baja, a tenor de lo que vamos conociendo. Pero, además, las consecuencias negativas para Europa se pueden extender a los procesos de negociación con otros partners: qué mensaje se les va a trasladar si no es el de la debilidad, para avanzar en otros escenarios de intercambios económicos.

            Estamos ante una nueva cesión a Trump, cuyas formas y narrativas van cosechando éxitos. La OTAN ya se plegó a sus caprichos con el absurdo 5% en gasto militar sobre PIB –con la honrosa excepción de España–. Tantas genuflexiones dañan no solo las rodillas, sino el espíritu europeo, si es que puede ser invocado. Y esta postración ante Estados Unidos sorprenden ante los signos evidentes de la debilidad económica de un coloso que no lo es más que el potencial titán europeo, porque sus indicadores son peores que los comunitarios en buena parte de sus expresiones (PIB, inflación, comercio, fortaleza industrial, confianza monetaria), con tres aspectos determinantes:

  • La desindustrialización de Estados Unidos no se va a corregir con políticas proteccionistas, habida cuenta los procesos de deslocalización realizados por importantes empresas norteamericanas. Es más, esto va a consolidar una senda inflacionista que impactará sobre el consumidor local estadounidense. Esto lo ve claro la Reserva Federal, que ralentiza la bajada de tipos de interés soportando la lluvia de insultos de Trump al presidente de la FED Jerome Powell.
  • Los movimientos de Trump están cebando la debilidad del dólar –algo que parece perseguir el magnate–, pero, al mismo tiempo, están arrinconando su moneda como refugio, en favor del euro. No es gratuito pensar en la utilización de una herramienta clave, fundamental: la emisión de eurobonos, tal y como señalan en un reciente trabajo Olivier Blanchard y Ángel Ubide.
  • Los fondos de inversión se retraen de Estados Unidos, y parte de ellos se canalizan hacia Europa. Esto lo estamos viendo en variables sobre acciones, fondos soberanos, de alto rendimiento y en grado de inversión. Desde marzo de 2025 hasta junio de 2025, el aspecto de todos esos fondos por Europa está ganando terreno, ante la volubilidad de las decisiones de Trump.

Es decir, mientras observamos dificultades en la economía de Estados Unidos, que pueden agravarse con los despidos masivos y el descontento que ello puede generar en segmentos de población; mientras apreciamos cómo la administración Trump ataca infraestructuras básicas de la ciencia, las universidades, los institutos de investigación, recortando importante recursos e hipotecando el futuro económico; mientras Estados Unidos se va auto-aislando con estas políticas que alimentan la des-regulación, las privatizaciones, el ataque a los derechos humanos, la justificación de genocidios y su apoyo; mientras todo esto está sucediendo y señalando la debilidad de ese coloso con pies de barro, Europa agacha la cabeza y no es capaz de, a pesar de su desunión en muchos ámbitos, dar un golpe sobre la mesa. Y sí: negociar. Y hacerlo en clave del equilibrio de Nash. No dejándose llevar por la llamada de ese elefante oscuro que invita a cabalgar a la princesa europea sobre sus lomos para llevarnos no a una Creta agradable, sino a una situación de debilidad manifiesta más propia de las puertas del Averno.

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