Sobre la desigualdad. Mi comentario al libro de H. Frankfurt

Publicado en INVESTIGACIONES DE HISTORIA ECONÓMICA, VOL. 16, NÚM. 1

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Rompiendo con las reglas del déficit

Los economistas no supimos ver la dimensión de la Gran Recesión. Y los recetarios que se han impuesto se han revelado un fracaso absoluto. Esto ha sido promulgado por economistas heterodoxos, es decir, aquellos que no se ubican en el mainstream de la profesión. Tales afirmaciones han sido tildadas como falacias, despreciadas por los economistas convencionales. Pero algunos de estos próceres del neoliberalismo empiezan a cuestionarse todo lo hecho hasta el momento. Una de las manifestaciones más llamativas ha sido la de Peter Bofinger, asesor del gobierno de Merkel e integrante de la comisión de “los cinco sabios”, una especie de oráculo de Delfos para la economía alemana. Bofinger defiende algo tan “rompedor” en el panorama germánico como que se debe acabar con la obsesión peligrosa por moderar los salarios. El economista vincula esto a la consecución del objetivo de la inflación, por debajo del 2% ahora mismo en la UE: una señal de debilidad de la demanda. Pero su otro argumento es todavía más insólito para el mainstream: sostiene Bofinger que, para el caso de España, se han sobrevalorado los efectos de la reforma laboral como salida a la crisis; según él, España pudo “escapar del agujero” gracias a la aplicación de políticas de inspiración keynesiana, que supusieron déficits muy altos durante años. Es decir, gracias al incremento del gasto público. Esto fue particularmente intenso durante los ejercicios de 2008-2011, cuando se pasó de un superávit del 1,9% sobre PIB en 2007 a déficits reiterados que oscilaron entre el -4,5% y el -11,2%: la utilización de la política pública para paliar el desastre. Bofinger es demoledor: “si España hubiera hecho como Grecia, tratando de ajustar las cuentas a toda costa, habría sido un desastre”. Bueno, España lo hizo con severidad desde 2012 (y no olvidemos que el gobierno de Catalunya con Artur Mas lo aplicó antes, desde 2011, con recortes drásticos), con resultados sociales dramáticos. Aquellos déficits, dice Bofinger, paralizaron la hecatombe. Algo similar puede adscribirse a la evolución de la economía balear.

Este aparente giro debería hacer pensar a los economistas que urgen explicaciones más convincentes sobre el diagnóstico de la crisis y, sobre todo, sobre las medidas aplicadas para resolverla. Los mismos que hace pocos años reclamaban equilibrios presupuestarios a ultranza, sin considerar los efectos sociales que ello supondría, son ahora los que dicen que, bueno, quizás se pasaron un poco y debe reconducirse la situación. Hace ya mucho tiempo que la llamada heterodoxia económica viene denunciando los problemas gravísimos que acarrea la austeridad expansiva.

La situación de la economía mundial, que no parece resolverse en una senda de crecimiento redistributivo –garante del bienestar social–, tiene retos cruciales inmediatos, que dependen de la voluntad política de los gobiernos: subidas de salarios, mayor presión fiscal a rentas más elevadas, incremento de inversiones públicas, reestructuración de las deudas –impagables, tal y como están formuladas ahora mismo– y planes agresivos de ocupación que inserten la población más joven en los tejidos productivos.

 

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Economía diversificada en servicios

Pueden distinguirse dos diferencias sustanciales entre los servicios y la manufactura. Primero: algunos servicios son comercializables, de manera que ostentan cada vez más importancia en el comercio mundial. Se trata, sobre todo, de actividades muy intensivas en conocimiento, pero que generan pocos puestos de trabajo. Segundo: en naciones en desarrollo los servicios absorben los excesos de mano de obra, en actividades con productividades bajas e intensivas en fuerza laboral. Pero estas ocupaciones no pueden ampliarse sin ejercer una relación muy desfavorable contra si mismas, es decir, reduciendo los precios de los servicios lo que, en definitiva, equivale a contraer los salarios.

Las economías occidentales presentan una nueva naturaleza en los servicios. Éstos tienen una función capital en la transición de estructuras industriales avanzadas hacia sectores sustentados en el conocimiento. De hecho, los servicios son actividades que más contribuyen a la creación de empleos intensivos en conocimiento, con la globalización económica como acicate primordial, que estimula los mercados financieros, técnicos, de alto valor añadido y, también, turísticos (si bien aquí los matices son más importantes). Estas actividades ya no se caracterizan por una baja productividad, según se ha documentado en la literatura sobre el crecimiento de las economías desarrolladas. Así, la investigación sobre una muestra de treinta países miembros de la OCDE demostró el avance constante de los servicios de alto valor añadido, mientras que los tradicionales (servicios sociales y personales y hoteles y restaurantes) registraron aumentos de la productividad y los servicios modernos (transporte, intermediación financiera y telecomunicaciones) subrayaron cifras comparables a algunas actividades de alto crecimiento en el sector industrial. La característica central de esta tercerización es su heterogeneidad, tanto en la Unión Europea, Estados Unidos y Japón. Al mismo tiempo, se aprecian diferencias importantes en cuanto a niveles de productividad y rendimiento en las comunicaciones y el transporte en países de Europa y servicios financieros en Estados Unidos, casos que muestran mejoras comparables a las de la fabricación estricta. En cualquier caso, la inter-conexión entre actividades terciarias e industriales rubrica que el contenido de cualificación de los sectores de transformación y los de servicios ha aumentado con el tiempo.

La visión que se tiene sobre las economías de servicios suele ser negativa: se habla de actividades que se definen como “improductivas” y de productividades muy bajas, a la vez que se indica que son poco innovadoras. Pero muchas actividades de servicios son cada vez más “industrializadas”. Esto ha provocado que se hable de “desindustrialización positiva”, relacionada con aumentos en la productividad de los sectores industriales resistentes y la absorción de gran parte de la mano de obra excedentaria por el sector servicios. Esto constituye un reto innegable en el encaje de la Agenda 2030.

 

 

 

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La Emilia Romagna de siempre

Se ha frenado el avance de un populismo neofascista encarnado por Salvini, en la mítica región italiana de la Emilia Romagna. Mítica por muchos motivos: pulmón económico, centro esencial de la teoría de los distritos industriales de la mano de los profesores Giacomo Becattini y Salvatore Brusco, nicho de históricas protestas obreras, foco de capacidades sociales, culturales, de talento. A pesar de los vaticinios nada halagüeños, muchos confiábamos en la capacidad reactiva de esta histórica región, con Bolonia como gran capital, con Umberto Eco –entre otros– como referencias esenciales, recordando, además, el gravísimo atentado fascista que segó hace años a decenas de vidas en un túnel ferroviario cercano a la estación boloñesa. La participación de los jóvenes ha sido crucial para este triunfo, que aletarga el avance de la ultraderecha anti-europea. Es nuestra Emilia Romagna de Novecento, de Olmo y los Berlingueri, del desarrollo industrial y agrario, de la lucha de clases. Gracias, Emilia Romagna, por tantas cosas.

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Estupidez económica: bajar salarios, bajar impuestos

Se ha abierto otro debate –uno más– sobre impuestos, presión fiscal y SMI. Maniqueísmo económico, drama hamletiano: argumentos a favor de subir los impuestos; o la vía de bajarlos, para –se dice– animar la economía. Es todo un déjà vu, un fenómeno que se reitera siempre que gobiernan partidos de izquierdas. La crítica viene del espectro sociológico de la derecha, que trata de demostrar que sólo la bajada de los tributos va a garantizar una recuperación plausible de la economía. Subir el SMI es anatema: el prólogo de un desastre. Las redes sociales van llenas de agoreros en esa dirección, mientras se sigue defendiendo el recetario ultraliberal: reducir impuestos, no subir el SMI. Al tiempo –nos dicen estos profetas– se conseguirá algo extraordinario: reducir presión fiscal, mantener gasto público y contraer deuda y déficit. La ignorancia es, no sólo atrevida, sino que se acumula. Y la estupidez se convierte en una variable más. Investigaciones muy recientes –y van…– sobre estos temas se presentaron en el Massachusetts Institut of Technology (MIT), en Boston, agosto 2018: los tipos impositivos elevados sobre las rentas más altas fueron una constante en Estados Unidos y en Europa desde 1945, con resultados positivos para las respectivas macroeconomías. Esto se ha rubricado con últimas aportaciones de Branko Milanovic, Thomas Piketty y Joseph Stiglitz. Pero también en el Foro de Davos de 2020 se está cuestionando ese catecismo ultra.

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Repensando el capitalismo. Dos libros esenciales que conviene no olvidar: 1.500 páginas muy importantes de dos potenciales premios Nobel de Economía  

  1. La Sala de los Espejos

La Gran Recesión, la crisis económica más importante desde los años 1930, está generando un gran alud de bibliografía de desigual fractura. Ésta trata de analizar el proceso desde perspectivas aplicadas –a veces oportunistas– y con una visión muy coyuntural. Pero, en paralelo, se han prodigado obras que buscan en la Historia Económica recetas que ayuden a entender con más corrección qué está pasando en la Gran Recesión, con su contraste más genuino y apropiado: la Gran Depresión surgida a raíz de la caída de la Bolsa de Nueva York, en octubre de 1929. En tal sentido, trabajos como los de Nick Crafts han supuesto un reto inestimable para los historiadores económicos, que han podido comprobar cómo su disciplina puede ser de enorme utilidad en los problemas y retos actuales. Cuando el economista se mete en ese escenario, la coyuntura cede paso a la estructura, a una óptica mucho más certera de estudio, en la que las trayectorias decididas por las instituciones y los agentes económicos y sociales son más identificables y, sobre todo, cuentan con un factor clave, que el economista no debe descuidar: la experiencia. Es aquí donde despliega todo su poder explicativo la Historia Económica. Y esto es precisamente lo que trata de analizar en su libro el economista e historiador económico Barry Eichengreen.[1]        Seguir leyendo

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Ante el Foro de Davos. Encadenemos de nuevo a Prometeo: el capitalismo que hay que cambiar desde otro modelo energético

Unknown

Prometeo, icono de la mitología clásica, liberó el fuego a los hombres. Éstos dispusieron por primera vez, y gracias a la acción del coloso, de un impulso energético, compulsivo, imparable, que les hizo no depender de manera exclusiva de las fuerzas de la naturaleza. El concurso del fuego era el poder, la capacidad de alterar el orden de las cosas, de superar situaciones estacionarias. Era emular a los dioses. Y Prometeo fue severamente juzgado y condenado por ello: Zeus lo ató con gruesas cadenas e, inmovilizado, su hígado era picoteado día tras día por una águila, infringiendo un dolor insoportable y un estado de postración secular al gigante. El desencadenamiento de Prometeo, la ruptura de las cadenas que obligaban a la parálisis, fue siempre un deseo perseguido: era la forma de volver a orígenes más dinámicos, más activos, más desestabilizadores. Al fin y al cabo, Prometeo no había hecho más que proporcionar a los hombres lo que sólo era patrimonio divino: la iniciativa radical de los cambios. Craso error, que tuvo su dolorosa respuesta.

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