Las Islas Industriales. El modelo industrial de Baleares en el Mediterráneo

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Expectativas económicas

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Recordando el pasado industrial del barrio obrero de La Soledat, en Palma

            La Soledat, el barrio de Palma inserto ahora en un proceso de reestructuración (dentro del Nou Llevant), fue durante decenios un barrio industrial –hasta bien entrada la década de 1970–, un núcleo productivo en el que se fabricaban tejidos, mantas –con Can Ribas como empresa emblemática–, zapatos –los míticos calzados Gorila, que todavía se recuerdan, con la pelotita de regalo, de la empresa Salom–, y toda una serie de mercancías que se exportaban y que también se vendían en el propio mercado interior. Un cosmos manufacturero que generaba cultura industrial y cultura obrera, explotación y resistencia. La zona mantiene todavía –aunque cada vez menos– los vestigios de la fisonomía de un urbanismo para trabajadores: viviendas bajas, con un pequeño corral o patio. Típico de las periferias proletarias de los siglos XIX y XX, cuando la industria era económicamente relevante. Y aquí lo era. Y mucho, con una iconografía reconocible. El dato es apabullante: un 30% de la población activa de Mallorca se enmarcaba en las actividades industriales, antes de la guerra civil. La Soledat, con grandes fábricas que aglutinaban a más de trescientos obreros –con importancia esencial del trabajo femenino e infantil– conformaba un núcleo emblemático de la industrialización palmesana. El barrio alimentaba ese 30% con actividades productivas en las que las mujeres eran determinantes, tanto para las empresas como para la reproducción de las familias obreras. Esto suele olvidarse demasiado cuando se analiza la economía.

            Las fábricas disponían de tecnología avanzada. Los empresarios, conexiones muy intensas con el exterior. La clase trabajadora, una cohesión cultural y política. Tecnología, empresas, mercados, clases sociales: todo un mosaico identitario en el barrio, no muy diferente de lo que se estaba generando en el de Sant Martí en Barcelona (ahora, enmarcado en distrito 22@, con fuerte protagonismo de nuevas tecnologías) o en los suburbios industriales de Manchester (con reconversiones actuales hacia actividades terciarias de alto valor añadido). En ambos casos, se ha preservado el carácter industrial de esos nuevos distritos. Vemos esta importante progresión económica de la Soledat desde la segunda mitad del XIX en el sólido trabajo de investigación que hizo hace unos años el historiador económico Joan Roca Avellà (Llana, vapor, cotó i negoci, Documenta Balear, Palma 2006), un texto profundo y muy documentado sobre la empresa de Can Ribas.

La asociación de vecinos de la Soledat lleva años trabajando en la reivindicación de este histórico emplazamiento palmesano, con la idea de que cualquier actuación que se realice tenga presente la idiosincrasia del barrio y su pasado industrial. Miquel Vadell –arquitecto– Caterina Ramis –filóloga– y Carles Gispert –activista cultural–, con la presidencia del colectivo vecinal de Miquel Coll, no cejan en su idea de hacer habitable el lugar en el que nacieron y siguen viviendo, para mantener sus signos de identidad, siendo a su vez conscientes de los problemas que tiene la zona. E indicando la urgencia de que las instituciones apoyen iniciativas respetuosas de reconversión.

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El desastre social de Trump

1. La división del mundo

Trump está abriendo diferentes focos internacionales, todos en plena tensión, con peligros nada despreciables. Venezuela y el Caribe, con un despliegue militar insólito, el mayor desde el final de la Guerra Fría, para bloquear –se llama– el narcotráfico; Nigeria, con bombardeos difíciles de justificar, con el objetivo de atacar células terroristas ausentes; Groenlandia, con claras pretensiones anexionistas, buscando sus riquezas; Gaza, con meridianas connivencias con el gobierno genocida israelí y con perspectivas de jugosos negocios inmobiliarios; Ucrania, con un patente posicionamiento a favor de las tesis de Putin y la posible repartición del territorio ucraniano, donde las tierras raras no son nada extrañas; Irán, una guerra espoleada por Israel con la connivencia absoluta de los Estados Unidos, para controlar las remesas petroleras hacia China. En todos estos frentes, dos son las características que les definen.

En primer lugar, el desvío de atención de los problemas internos de los Estados Unidos, agravados por la política trumpista. El crecimiento económico se retarda –a pesar de la fortaleza del último trimestre de 2025 e inicios de 2026–, y empiezan a haber tensiones en la inflación –por encima del 2% el objetivo de la Reserva Federal–, al mismo tiempo que las nuevas contrataciones se han debilitado. Hay que añadir, además, que la popularidad de Trump ha caído en picado, hecho destacado por medios como The New York Times y la CNN. Y, a su vez, en ciudades importantes de los Estados Unidos ha ido avanzando una ruidosa protesta contra la administración republicana, con resultados favorables para los demócratas.

Pero el segundo elemento tiene claves claramente económicas. No se persigue el narcotráfico ni el terrorismo ni las armas nucleares –estas son sendas excusas que suelen funcionar en la opinión pública–: se busca tener mejores accesos a fuentes de energía, materias primas y negocios particulares, familiares, del mismo presidente y de su entorno. En este contexto, algunos analistas han deslizado la posibilidad del estallido de un conflicto mundial, motivado por el enorme grado de incertidumbre y los movimientos espasmódicos de Trump, siempre imprevisibles. El tema se divulga para continuar generando temor en la población; pero, en principio, resulta difícil aceptar, desde el plano económico, que una guerra de grandes dimensiones pueda mantenerse, por un motivo central: los beneficios empresariales van ahora mismo como un tiro, hecho que se refleja en los balances de las empresas y en los movimientos bursátiles (hasta los ataques aéreos sobre Teherán). Es poco inteligente generar desorden y destrucción cuando se está ganando tanto dinero en este escenario, si bien siempre puede haber, como decíamos, actitudes imprevistas e impetuosas de dirigentes enloquecidos.

2. Economía volátil en tiempo de incertidumbre

Veamos, en este respeto, unas consideraciones económicas.

En primer lugar, Trump lo fía todo a la política arancelaria. En un primer momento, y atendiendo las desequilibrantes propuestas del republicano, los análisis señalaban previsibles caídas en el crecimiento económico, un repunte de la inflación y el incremento del paro. Sin embargo, los cambios que se han generado en función de las respuestas dadas por los países afectados han hecho que las tasas arancelarias se hayan moderado fuerza. Esto ayuda a explicar los resultados macroeconómicos de los últimos meses: un avance del PIB alrededor del 4%, a pesar de que se patentizan tensiones en los precios y una caída en la contratación.

En segundo lugar, el ataque constante y represivo en los centros de enseñanza superior y de investigación: recortes que superan los 2.500 millones de dólares y que inferirán la huida de capital humano. Hay que recordar que, a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos consolidó su poder sobre unas bases fundamentales: la función de la inversión, la política tributaria –con elevados impuestos a los ricos– y el papel decisivo de las universidades y centros de investigación. El impulso de instituciones permitió el trabajo de científicos, intelectuales, economistas y pensadores humanistas, las aportaciones de los cuales apuntalaron el avance de la ciencia, del conocimiento, e impactaron con sus ramificaciones y derivadas en un aumento de la productividad al rescoldo de proyectos innovadores.

Un tercer factor es el enfrentamiento radical con la Reserva Federal (FED), y con la figura de su principal Gobernador, Jerome Powell. El dilema de Powell está claro, con los datos de paro e inflación en la mano: medir qué valora más en sus decisiones conjuntas con el resto del board de la FED, mantener, subir o bajar los tipos de interés. En año electoral, Trump vuelve a reclamar bajadas relevantes de tipos: tendrá en breve la ocasión de colocar en un alto dirigente del banco central más afín a sus pretensiones. Todo ello, atemoriza a los inversores por la previsible pérdida de independencia del principal regulador financiero.

En cuarto punto, la ausencia de un planteamiento de inversión pública, más allá del gasto militar; y recortes enormes en vivienda, sanidad y lucha contra el cambio climático (más de un 20%). Los anuncios propagandísticos que ha hecho el mandatario sobre inversiones multimillonarias corresponden a proyectos de cariz privado, no al gasto federal directo.

Un quinto elemento hay que destacar, derivado de los cuatro factores anteriores: la riqueza de Trump prácticamente se ha triplicado desde que asumió la presidencia. Esta riqueza descansa sobre proyectos en criptomonedas con la connivencia de gobiernos extranjeros. A su vez, la importante relación con regímenes que disponen de fuerte liquidez de capitales –como Arabia y Qatar, por ejemplo–, facilitan el establecimiento de negocios inmobiliarios entre el republicano y su entorno familiar directo y los proyectos inversores que se puedan materializar en los Estados Unidos.

Los cinco aspectos que hemos delineado confluyen y promueven la incertidumbre, la volatilidad, el temor de los mercados y el incremento de la desigualdad, según las investigaciones más recientes de Branko Milanovic, Thomas Piketty y Gabriel Zucman. Esta inestabilidad se prolongará el 2026, espoleada por las tensiones geopolíticas: un arma que Trump utilizará para camuflar la decadencia económica de los Estados Unidos frente en China. Este es, sin duda, el liderazgo emergente.

3. Conclusión

            Cuentan los historiadores Suetonio y Dion Casio que, en el año 40 de nuestra era, el emperador Calígula tomó una decisión estrafalaria, demostrativa de su inestabilidad mental: nombró cónsul a su caballo Incitatus. No se sabe si esto fue realmente efectivo, pues de lo que trataba de demostrar el césar era que las instituciones no funcionaban y que cualquiera, incluido su caballo, podía ser alguien en ellas. Casi dos mil años después, Donald Trump, que profesa como emperador in pectore, ha realizado una serie de nombramientos importantes en su ámbito más próximo, caracterizados por dos puntos definitorios: la incompetencia e inutilidad de los elegidos y el claro mensaje a las instituciones estadounidenses de que cualquiera, incluidos multimillonarios sin experiencia alguna en la cosa pública pueden regir los destinos de la nación, del imperio. Como si fuera gestionar un negocio particular: sin contrapesos, sin mecanismos de control, sin organismos fiscalizadores. Un “ordeno y mando” que encierra un peligroso desenlace: el cuestionamiento de la democracia. Pero, eso sí, con la garantía de un Estado al que detestan, pero del que todos ellos se quieren aprovechar. Son los caballos de Trump, que nos hacen galopar hacia el desastre –con el gran prócer a la cabeza–, a la vez que lanzan relinchos eufóricos mientras siegan la hierba a su paso. Igual que Otzar, otro caballo, sobre el que mandaba Atila. Y ya sabemos el resultado que profirió el rey de los hunos.

            Todo esto podría quedar en una simple fábula o en una licencia literaria si no fuera porque, en efecto, los equinos de Trump están contribuyendo a destruir los resortes básicos de la economía mundial y las normas de las transacciones internacionales, dinamitando en paralelo los principales indicadores bursátiles de Wall Street, con el enfervorizado aplauso de una América profunda que no sabemos si se va despertando tras el sórdido sonido de los cascos de esos caballos. Y con el patético –y peligroso– narcisismo del nuevo Calígula, aplaudido por una cohorte de tecno-oligarcas que protagonizan este nuevo episodio del capitalismo.

            La pérdida de confianza ante la evolución económica de Estados Unidos acrecienta la inestabilidad. Datos demoledores: venta masiva de dólares mientras se han ido revalorizando el franco suizo y el yen japonés, junto al oro; a la par que la deuda norteamericana (el bono a 30 años, por ejemplo) se acerca a una rentabilidad superior al 5% y complica su refinanciación (solo la deuda federal: 9 billones de dólares, que vence en pocos meses). Los consumidores estadounidenses van a sufrir directamente los corolarios letales en forma de tensiones inflacionistas y en el mercado de trabajo, fruto del despropósito desencadenado por un presidente obsesionado con aplicar aranceles y devolver una supuesta grandeza a un país que se ha beneficiado mucho de la globalización.

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Curriculum completo actualizado a 21 de mayo de 2026

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Trump rompiendo las instituciones

            En un libro publicado en 2012 (¿Por qué fracasan los países?, Deusto, 2012), Daron Acemoglu y James Robinson utilizaban la historia económica para aportar una reflexión particular sobre el origen de la decadencia de las naciones. Se trataba de la cara “b”, digámoslo así, de la teoría de Adam Smith sobre la génesis de la riqueza de las naciones y sus causas. Los dos grandes libros del considerado como fundador de la economía moderna (La riqueza de las naciones, y la Teoría de los sentimientos morales) se han leído casi siempre de forma epidérmica, con énfasis acusados en sendos temas: la mano invisible –que, sin embargo, solo aparece una sola vez en los textos de Smith–, la división del trabajo –con la potente noción de especialización productiva–, la necesaria apertura comercial –rehuyendo del viejo mercantilismo, y con el enorme complemento de las aportaciones posteriores de David Ricardo– y la intervención pública en economía –a la que el escocés no era reacio en absoluto–. Pero no siempre se ha invocado la perspectiva de Smith sobre la justicia y la distribución económica, una cuestión determinante sin la que todo el edificio económico se acaba derruyendo.

            Las investigaciones histórico-económicas de Acemoglu tratan de reconocer elementos concretos que expliquen la decadencia de unas naciones que, en muchos aspectos, podían tener características mejores que las conocidas para Inglaterra, donde se fraguó la revolución industrial. Acemoglu y Robinson contrastan otros factores explicativos que se enfrentan a la grandes teorías sobre los orígenes del crecimiento moderno. Sería demasiado prolijo exponerlo todo aquí. En una síntesis muy apretada y en absoluto completa, aquellas tesis preconizaban el crecimiento económico como un fenómeno abrupto, en línea con lo que expuso en su momento Walter Rostow en sus conocidas etapas del crecimiento (Rostow venía a decir que para industrializarse se debe seguir la pauta inglesa en diferentes fases, hasta llegar al take-off deslumbrante); o Alexander Gerschenkron, que centraba su modelo histórico-económico en la importancia de disponer recursos naturales, bancos poderosos y sectores tractores que arrastren en positivo todo el entramado económico.

            Por su parte, Acemoglu y Robinson nos explican que la existencia de instituciones inclusivas es una importante baza explicativa de las disparidades en el crecimiento económico. Ahí, señalan, está el meollo de la cuestión: instituciones que se respeten y que velen por el cumplimiento de reglas, contrabalanceando al poder político establecido y, por tanto, en contra de la corrupción y de la apropiación en beneficio propio de los resortes del Estado. Las aportaciones de estos economistas son destacables en estos momentos, con la guerra en Oriente y la actitud de Israel y Estados Unidos, por un motivo básico: porque esas instituciones, que podían ser inclusivas, ahora están dejando de serlo. Y esto por la irrupción en el mundo de una manera de hacer política que va en contra de las reglas elementales de una normativa de convivencia. El poder del más fuerte es lo que se entroniza, y las instituciones que ese poder maneja se tornan en exclusivas, es decir, en excluyentes de cualquier tendencia de colaboración. La vulneración del derecho internacional constituye un ejemplo ilustrativo, un hecho que se ha visto en las acciones militares en Gaza, Venezuela e Irán.

Fijémonos que entidades como Naciones Unidas, Cámara de Representantes en Estados Unidos, incluso tribunales, todas ellas son solapadas cuando no despreciadas por la administración actual estadounidense, sin que esto genere respuestas más contundentes de carácter institucional, al margen de las protestas ciudadanas. Incluso se trata de generar instituciones paralelas –la denominada Junta de Paz, por ejemplo, creada en enero de 2026 por Trump– que sustituyan a las ya consagradas y homologadas por la gran mayoría de naciones del mundo, y que se plieguen a los deseos de su promotor. Sin reglas ni instituciones inclusivas que escruten su cumplimiento, la convivencia es imposible. Asistimos, por el contrario, a escenas que parecían impensables hace poco más de un año: invasiones, secuestros, expulsiones, arrestos, fallos judiciales, guerras, procesos en los que las instituciones cooperativas o encargadas de vigilar el cumplimiento de las normas, están ausentes o son directamente superadas por hechos consumados.

Las apariencias de un sistema democrático son cada vez más tenues, más frágiles. La vorágine en la que se ha entrado obedece tanto a la catadura moral de Trump y de quienes le rodean, como a las contradicciones internas en Estados Unidos que están provocando medidas como los aranceles, la expulsión de inmigrantes, la creación de otros entramados institucionales –como el ICE– que nada tienen que ver con la visión “inclusivista” de Acemoglu y Robinson. La duración de la guerra en Oriente, planeada por Israel y seguida por Estados Unidos, será lo que condicione buena parte de la evolución de la economía mundial. Por el momento, los signos que van apareciendo son preocupantes: aumento del precio de la energía –el petróleo puede rebasar los cien dólares el barril–, tensiones inflacionistas, reducción de las contrataciones laborales, contracciones comerciales y, sobre todo, una mayor inseguridad e incertidumbre que se suma a la que ya se tenía. Y era así por lo acontecido en Ucrania, en Gaza, y en otros focos –Somalia, por ejemplo– silenciados por las guerras que afectan más directamente a las economías occidentales. El ataque a Irán –un régimen execrable– alimenta los desequilibrios. Todo esto sucede con la parálisis de instituciones otrora inclusivas que, ahora, se encuentran paralizadas, amordazadas, ausentes, irrespetuosamente tratadas.

Las conclusiones de Acemoglu y Robinson, a partir de la revisión de multitud de casos de historia económica apuntan, al margen de los debates en la ciencia económica sobre los orígenes y las decadencias de las naciones, una vía clave: la importancia cultural, política y económica de que esas instituciones –ONU, Tribunal Supremo en Estados Unidos, Unión Europea, Organización Mundial del Comercio, entidades de todo tipo del mundo sanitario y cooperativo, etc.– sean respetadas o alcen claramente su voz. Y lo hagan ante el excluyente, el autoritario, el autócrata, el que está llevando, junto a la estupidez de sus acólitos, a un precipicio en cuyo borde se nos pide –se nos exige– que avancemos.

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La Gran Distopía. Un nuevo capitalismo, inmerso en guerras

Viviendo “distópicamente” en el neocapitalismo

Las grandes crisis económicas de perfil sistémico suelen tener en la guerra, la bolsa y las finanzas una espoleta principal, si bien sus causas estructurales son más profundas. La excepción es la crisis de la pandemia en 2020, generada por la irrupción de un virus. En los últimos cien años, no habíamos visto una recesión económica que se hubiera iniciado y desarrollado a raíz de una causa biológica. Ahora bien, tampoco habíamos conocido crisis auspiciadas por un gobernante, Donald Trump, en un escenario macroeconómico relativamente positivo, en 2025-2026, tal y como han declarado, con criterio y datos, eminentes economistas norteamericanos (Paul Krugman, Janet Yellen, Larry Summers, Daron Acemoglu, Simon Johnson, entre otros). Cabe recordar que desde 2016, en estos últimos diez años, hemos vivido impactos económicos de primera magnitud: la COVID en 2020, la guerra de Ucrania desde 2022, el genocidio en Gaza desde 2024 y la guerra en Irán en 2026. Cuatro grandes conflictos, con decisiva incidencia en las economías más avanzadas, en apenas una década, sin contar otros focos de tensión geopolítica en el Sur global y la enorme devastación que suponen para sus países. A todo ello, sumemos otro factor distorsionador: los aranceles de la administración Trump desde 2025. En conjunto, un cúmulo de escenarios distópicos que han abocado al mundo hacia un contexto de enorme incertidumbre, con guerras como gran telón de fondo. Esta etapa del capitalismo –un sistema que muta como un ente biológico: no está en crisis terminal como, por ejemplo, argumentan Immanuel Wallerstein y Robert Kurz (Wallerstein, 1983; Kurz, 2021)– cuenta con unas características centrales –que se pueden desagregar en otras más específicas, de manera granular–, bajo la égida de la industria 4.0 o Cuarta Revolución Industrial:

  • Inversiones en nuevas tecnologías: inteligencia artificial, robótica, procesos avanzados de automatización, nanotecnología, biotecnología, economía de datos.
  • Canalización hacia sectores determinados: telecomunicaciones, informática avanzada tanto en hardware como en software, energías renovables, transportes privados y de masas con procesos híbridos, industria militar.
  • Diferenciaimportante entre los beneficios empresariales en los sectores productivos convencionales y los obtenidos en los procesos de financiarización, a favor de estos segundos.
  • Avance de la homoploutia según el concepto de Branko Milanovic (Milanovic, 2020): nuevas élites que concentran altos ingresos laborales y de capital; se trataría, en las franjas más poderosas, de magnates tecnofeudales, en expresión de Yanis Varoufakis (Varoufakis, 2024).
  • División geopolítica, con la creación de espacios definidos por nuevas potencias. Acentuación de la división del trabajo en esos espacios: unos piensan, diseñan, generan conocimiento; otros producen físicamente. La lógica centro-periferia no se pierde, aunque se sofistica.
  • Aumento de las tensiones político-económicas: las bases energéticas y minerales como elementos de codicia y depredación. La conformación de un neo-imperialismo con la irrupción de China y Rusia como agentes efectivos, junto a las viejas metrópolis históricas, que tiene en el Sur global un campo esencial de actuación con la captura de minerales, tierras raras y componentes energéticos.
  • Estados Unidos pierde fuerza, que va ganando de forma solvente China. El gigante asiático entra en aquella lógica centro-periferia, pero ha cambiado notablemente su orientación: avances notorios en sectores clave como la industria naval, robótica, energías renovables, producción de maquinaria de todo tipo, industria ferroviaria, producción sanitaria, industria aeroespacial, componentes informáticos e inteligencia artificial.
  • Mayor segmentación de la clase trabajadora y de la clase media, con recuperación de postulados neofascistas/populistas, que anidan en partes significativas de esos grupos sociales: xenofobia, racismo, ultra-proteccionismo económico.
  • Desafíos esenciales, con asunciones desiguales entre los diferentes espacios geopolíticos: el cambio climático, las desigualdades socio-económicas, el desarrollo demográfico, la preservación del capital natural, las escaseces energéticas e hídricas, la redistribución de la renta y la adopción de herramientas tributarias nuevas.

La guerra comercial (2025-2026) y la guerra energética (2026): recesiones auto-inducidas

            En ese contexto general, se auto-inducen distorsiones económicas, que están derivando en crisis de mayor calado, por parte de la administración de Estados Unidos, bajo el mandato de Donald Trump. La estación de salida es abril de 2025: la promulgación de aranceles a todo el mundo, la expulsión de fuerza de trabajo inmigrante y la bajada de impuestos a la franja más rica de la población. Dos son los objetivos perseguidos: reindustrializar Estados Unidos, y reducir los déficits comerciales. Apuntemos unas consideraciones entorno a ambas cuestiones.

1. Reindustrializar un país no se puede ajustar, tan solo, a una política comercial de “arruinar al vecino”, impulsando una estrategia que la teoría económica ha definido como “sustitución de importaciones” (Prebish, 1981). En efecto, esta fue una línea de actuación de muchos países en otras coyunturas muy especiales, con graves crisis desencadenadas o en contextos bélicos: recordemos, por ejemplo, casos de economías latinoamericanas entre los años 1930 y 1980. Sustituir importaciones implica varios componentes, desde altos aranceles hasta subsidios a empresas nacionales, fuerte inversión estatal en sectores estratégicos, controles en los precios, tipos de cambio preferenciales y la formación de empresas estatales si las inversiones privadas eran más limitadas. En Estados Unidos, muchas industrias clave se han des-localizado tanto en México como en países asiáticos, en sectores como el automovilístico y el tecnológico. La búsqueda de costes laborales unitarios más bajos fue el acicate para los empresarios que estimularon tal planteamiento.

2. Las acciones de la administración Trump no van en la línea de dotar a la economía pública de la fortaleza necesaria cuando se busca sustituir importaciones por producción nacional. Al contrario: el desmantelamiento de organismos públicos y la retracción de la inversión federal constituyen el frontispicio que abre una política económica e industrial interior que no conduce a la reindustrialización. Los aranceles no son, en absoluto, la palanca reindustrializadora que Trump dice, y su conformación obedece más a objetivos que se relacionan directamente con presiones predatorias hacia todo el mundo, incluyendo países que eran considerados como aliados.

Por otra parte, las empresas estadounidenses que operan en el exterior es poco probable que accedan a cambiar esos costes laborales unitarios bajos que ahora tienen, con los aranceles que se van a desarrollar. El coste-beneficio va a imponer, presumiblemente, seguir fabricando donde están. Esta desindustrialización de la economía de Estados Unidos no es responsabilidad de los déficits comerciales del país; éstos han facilitado, no debe olvidarse, fuertes entradas de capital y la posibilidad de consolidar la fortaleza económica norteamericana, gracias a la importancia del dólar como moneda refugio (Eichengreen, 2011). Estados Unidos, además, cuenta con saldos positivos en su balanza de exportaciones de servicios tecnológicos y digitales hacia, por ejemplo, la Unión Europea (un superávit de 109 mil millones de euros para Estados Unidos en estos renglones).

3. La financiarización de la economía explica muchos de los problemas de la economía productiva que tiene Estados Unidos: la tasa de beneficios en empresas industriales es más baja que en empresas financieras y especulativas desde, sobre todo, los años 1980 tras los procesos letales de des-regulación del sistema financiero y la derogación de la ley Glass-Stegall, una normativa decretada por Franklin Delano Roosevelt para paliar las consecuencias de la Gran Depresión (Lapavitsas, 2008). Es aquí donde cabe observar con mayor rigor el proceso gradual de desindustrialización: mayores rentabilidades en las finanzas en Wall Street que en apuntalar positivamente la economía industrial del país.

Una ecuación más realista se puede delinear. Los aranceles van a encarecer las importaciones en Estados Unidos –a parte de lesionar las economías de otros continentes–, lo que va a suponer inflación y tensiones en la política monetaria, elevación de los costes del nivel de vida, incertidumbres empresariales, incrementos en la tasa de desempleo y una caída relevante de la demanda agregada por varios motivos centrales: el retroceso de la inversión pública, el despido de decenas de miles de trabajadores públicos, el desmantelamiento de oficinas y organismos importantes, relacionados con el mundo sanitario y con el educativo, junto al temor de la población inmigrante y su previsible retracción de consumo ante la inseguridad.

Las consecuencias de los tres puntos anteriores son:

a/ La ralentización comercial con Europa. Las exportaciones europeas a Estados Unidos significan el 20% del total; entorno al 5% del PIB europeo. La industria química, de equipamientos, automovilística y maquinaria son los sectores más afectados por la política arancelaria de Trump. Igualmente, productos agroalimentarios como el aceite de oliva o los quesos reciben el impacto negativo correspondiente.

b/ Un re-direccionamiento del comercio de China. En 2015, un 66% de las exportaciones de China se desarrollaban en países avanzados; el dato se ha contraído hasta el 56% en 2023, mientras se ha incrementado en las naciones emergentes, entorno al 44% (CaixaBank Research, IM12, diciembre de 2024). Los flujos comerciales entre China y la Unión Europea se han estabilizado, mientras se han reducido hacia Estados Unidos y Japón. Además, países como México, Vietnam y otros emergentes ofrecen ya mercados alternativos a los productos y servicios chinos. Otro factor es remarcable: imponer un arancel draconiano a las importaciones chinas –una acción que piensa constantemente Trump– puede derivar a una depreciación del yuan; esto quizás represente una mejora en la competitividad de sus productos.

c/ Trump ha prometido una importante rebaja de impuestos. Esto representará mayores beneficios empresariales; y, al mismo tiempo, una reducción de ingresos fiscales cuya traslación al gasto público va a ser meridiana: recortes en servicios esenciales. Esa bajada de tributación tiene efectos-llamada a la inversión exterior. Pero, a su vez, fortalecerá al dólar. A ello debe añadirse la otra medida de Trump, la expulsión de fuerza de trabajo inmigrante, de manera que en conjunto esto reduce la oferta laboral; tal situación va a afectar al crecimiento económico por esa contracción de trabajadores (que se ubican en una gran mayoría en trabajos de servicios, de construcción y agrarios).

d/ Tensiones inflacionistas y en el mercado de trabajo, fruto del despropósito desencadenado por un presidente obsesionado con aplicar aranceles y devolver una supuesta grandeza a un país que se ha beneficiado mucho de la globalización. Tratar de reindustrializar Estados Unidos, al tiempo que se pretende finiquitar el déficit comercial y perseverar a la vez que el dólar sea una moneda capital en el mundo económico, rebajar los impuestos sobre todo a los más ricos –incrementando en el plazo inmediato el déficit público a más del 7% y, a su vez, la deuda a más del 125%, todo sobre PIB– constituye un cóctel de difícil, por no decir imposible, consecución. Es decir, el dólar y los bonos estadounidenses son dos caras de una misma moneda, y se empiezan a cuestionar como verdaderos valores refugio.

e/ La exploración para fomentar mercados con los que ya se opera, como los asiáticos, con China en posición preeminente. Para los damnificados con los aranceles de Trump, las posibilidades en este espacio son importantes, tanto para canalizar inversiones hacia el coloso asiático, como para recibirlas en aspectos como la microelectrónica, las energías renovables –China está avanzando a grandes pasos en este campo– o las conexiones incluso de carácter académico y formativo. Los augurios inversores en Vietnam pueden materializarse, igualmente, en el campo ferroviario. Son sendos ejemplos y no únicos: Corea del Sur y Japón forman parte de este bloque; también la apertura hacia los otros BRICS, gigantes económicos que facilitan anudar relaciones económicas prácticamente en todos los continentes, con accesos a energía, minerales y tierras raras, entre otros productos.

f/ La concreción de pactos multilaterales entre los principales bloques geopolíticos del mundo en esta fase de la globalización, con una incógnita grande puesta sobre Rusia mientras su estrategia bélica siga vigente. Y ello sin perder de vista los problemas estratégicos a los que se enfrenta el planeta, en todas sus áreas geográficas: la emergencia climática, la lucha contra la desigualdad, la preservación de un orden internacional y comercial regulado por instituciones aceptadas y respetadas, la investigación tecnológica con aplicaciones pacíficas y civiles. Es decir, áreas de inversión que justifican colaboraciones intensas entre el sector público y el privado.

Hacia la decadencia de Estados Unidos

Un tema recorre lo expuesto: la decadencia de Estados Unidos como única potencia mundial. Esto es cada vez más evidente, sin menoscabo que Estados Unidos es el país todavía con mayor capacidad militar y de innovación. Pero ese declive no proviene de lo que está acaeciendo con las medidas de Trump; sus orígenes arrancan antes. Y podríamos fijar una posible coyuntura en su génesis: el abandono de la convertibilidad dólar-oro a comienzos de 1970, por el presidente Nixon. Esto propició un proceso continuo de financiarización de la economía estadounidense, instigado por la des-regulación de la administración Reagan y la apertura de la era neoliberal. Desde esa década, se ha acelerado la desindustrialización de Estados Unidos, que ha podido inundar los mercados de dólares y adquirido con ellos las mercancías que los americanos dejaban de producir; o des-localizar industrias en países con mayores laxitudes laborales y con salarios más bajos. He ahí el déficit comercial, paralelo a una entrada masiva de capitales, tal y como ya hemos indicado.

Veamos unos datos: según se recoge en el Financial Times, desde 1990 Estados Unidos ha perdido más de cinco millones de empleos en el sector industrial; y ha ganado casi doce millones de puestos de trabajo en servicios empresariales y profesionales, y 3,3 millones en actividades de transporte y logística. Esto señala un mayor reclamo a las importaciones de todo aquello que, de forma voluntaria, se ha dejado de producir. A partir de la década de 1990, China y otras naciones del espacio asiático inician procesos galopantes de industrialización –con resultados desiguales y con crisis particulares– con la fabricación de mercancías utilizando en unos primeros estadios la tecnología occidental, pero también de forma acelerada activando aprendizajes en diferentes campos industriales y del conocimiento, con la ralentización de la dependencia hacia naciones avanzadas; recordemos: aeronáutica, industria naval, microelectrónica, industria sanitaria, maquinaria diversa, investigación y desarrollo, telecomunicaciones, etc., son esferas en las que el dominio chino es cada vez más patente. La clave final: la expansión enorme de las exportaciones. Asia vuelve a una escena económica como protagonista central, como era en el siglo XVIII.

Huir de la administración Trump, el principal agente distópico

            Estos factores descritos, con Trump y su administración como impulsores, inquietan a las economías del mundo, que han pasado de una etapa de estupefacción inicial a otra en la que tratan de reubicarse, ante la volatilidad e improvisación en las decisiones de la Casa Blanca. Los economistas con visiones críticas y rigurosas tratan de entender el proceso y encauzar decisiones.

Paul De Grauwe, eminente profesor de la London School of Economics, ha indicado que el principal problema para Europa es Estados Unidos. Lo señala un experto de perfil liberal, un autor de prestigio por sus contribuciones en el campo de la economía internacional. Y remata: la Unión Europea debería aislar a Estados Unidos, en el sentido de optar por otras opciones asociativas, al tiempo de seguir avanzando en la estrategia inversora de la transición energética. La posición de De Grauwe subraya un claro europeísmo, que se sintetiza en reforzar los lazos intra-europeos y tener claro que cualquier otra opción –como la salida de la Unión, el mal ejemplo británico– es mucho más inquietante que permanecer en un grupo heterogéneo, pero con nexos comunes.

            Branko Milanovic, otro investigador de interés por sus estudios sobre la desigualdad, acaba de publicar un libro (Milanovic, 2025) en el que defiende una tesis: lo que conocemos como liberalismo económico ostentaba dos facetas, reconocibles: por un lado, la adopción de bajos impuestos, privatizaciones de servicios públicos y todo un mosaico de desregulaciones; por otro, el empuje del libre comercio y de movimiento de capitales, con aranceles reducidos. Pero ahora, con Trump en el poder, este segundo factor está cambiando: proteccionismo económico –subida de aranceles–, chantajes políticos y financieros, menos globalización. Pero, sostiene Milanovic, el mantenimiento de lo apuntado en el primer factor, es decir: bajos impuestos, mayores desregulaciones y la apuesta por la liberalización total de los mercados. La des-globalización.

            Dani Rodrik, en su más reciente trabajo (Rodrik, 2025), parte de una idea central: el modelo de globalización de las últimas décadas está en crisis. De hecho, la integración económica extrema ha supuesto un incremento de la desigualdad, de las tensiones políticas y la pérdida de cohesión social. Estaríamos, para Rodrik, ante el ocaso de la globalización como la teníamos entendida: la hiper-conexión mundial. Avanza Rodrik que urge recuperar a la clase media como fundamento de la democracia y reducir la desigualdad interna en cada país. Aquí se impone –subraya el autor– que los gobiernos asuman el liderazgo del desarrollo de las economías, junto a la creación de empleos de calidad relacionados, de manera preferente, con el sector servicios. En tal sentido, luchar contra el cambio climático, reducir los índices de pobreza y el refuerzo, como se decía, de la clase media, vertebran un “nuevo trilema” que, en este caso, no obliga a escoger necesariamente entre dos opciones de las tres propuestas, como exponía Rodrik en su primer trilema.

            El historiador económico Carlos Marichal expone, en su último libro (Marichal, 2025), que nos encontramos en una fase definida sobre todo por el aumento de las desigualdades entre países, y porque las economías son más vulnerables a crisis globales. Marichal ahonda en los procesos de financiarización y las mayores inter-conexiones entre diferentes sectores productivos, con el dominio de las nuevas tecnologías.

            Debe recordarse que, desde hace ya décadas y con las perspectivas más defensoras y acríticas del capitalismo –con Friedrich Hayek como máximo hacedor de doctrina– y de la enorme influencia de la Escuela de Chicago –con Milton Friedman al frente–, se está remachando una idea del capitalismo que descansa sobre un trípode: el beneficio, el derecho de propiedad y la libertad –sin que se llegue a definir qué se entiende por esto–. Se elude la defensa de la democracia representativa y las libertades civiles. Estas ideas de un acendrado neoliberalismo se desgranan y se desmontan, con una enorme fuerza intelectual, en las más de setecientas páginas –es decir, un trabajo muy documentado– del reciente libro de los historiadores de la ciencia Naomi Greskes y Erik Conway (Greskes-Conway, 2024). Los autores demuestran, con una apabullante profusión de datos, cómo las empresas han enseñado a aborrecer a los gobiernos y defender, sobre todo, el libre mercado, aunque ello suponga distorsionar los mecanismos intrínsecos al mismo (como, por ejemplo, la libre competencia: un axioma que ya proviene de La riqueza de las naciones de Adam Smith).

            Frente a esas ideas de la bondad del capitalismo en su desarrollo de unos mercados en los que no debe existir ninguna regulación, y en donde el beneficio es el gran indicador totémico por encima de cualquier externalidad, los economistas “críticos” mencionados –De Grauwe, Milanovic, Rodrik, Marichal, Greskes, Conway–, en sus sólidos trabajos de investigación, corroboran unos elementos relevantes:

  • La importancia de las instituciones, que deben respetarse y hacerse más inclusivas;
  • El protagonismo decisivo de los gobiernos en las grandes decisiones económicas;
  • La desmitificación de la existencia de un mercado como institución cuasi perfecta que debe funcionar sin intromisión alguna;
  •  La necesidad de preservar de manera escrupulosa las normas internas y externas para la buena consecución de las economías.

Los cuatro elementos apuntados han saltado por los aires con la guerra de Irán –y antes con la de Ucrania y en el genocidio en Gaza–. Este es el nuevo rostro del capitalismo: una vuelta, sin titubear, al siglo XIX. Huir de esa dura realidad, que se ha sublimado desde 2025 en el segundo mandato de Trump y sus derivadas ideológicas por todo el mundo, se debe formular con el reforzamiento de la Unión Europea, en sus vertientes energética, económica, financiera y en el sector exterior. En la construcción, en definitiva, de nuevos espacios colaborativos entre naciones, al margen de unos Estados Unidos si persisten en su deriva autocrática. Sería el fin de esta Gran Distopía.

Referencias

Eichengreen, Barry (2011): Exorbitant Privilege. The Rise and Fall of the Dollar and the Future of the International Monetary System, Oxford University Press.

Greskes, Naomi-Conway, Erik (2024): El gran mito, Capitán Swing.

Kurz, Robert (2021): La sustancia del capital, Enclave de Libros.

Lapavitsas, Costas (2008): El capitalismo financiarizado, Maia Ediciones.

Marichal, Carlos (2025): Historia mínima de la globalización moderna y contemporánea, Colegio de México.

Milanovic, Branko (2020): Capitalismo, nada más. El futuro del sistema que domina el mundo, Taurus.

Milanovic, Branko (2025): The Great Global Transformation-National Market Liberalism Multipolar World, Penguin.

Prebish, Raul (1981): Capitalismo periférico: crisis y transformación, CEPAL.

Rodrik, Dani (2025): The New Global Economic Order, firmado junto a Lili Yan Ing como coeditora, Routledge.

Varoufakis, Yanis (2024): Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo, Deusto.

Wallerstein, Immanuel (1983): El capitalismo histórico, Siglo XXI.

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El FMI cabalga a sus viejos galopes: “Prepárense para lo peor…”

            La frase, lapidaria, es de Kristalina Gueorguieva, directora-gerente del Fondo Monetario Internacional. La dirigente la expuso analizando las consecuencias económicas de la guerra de Irán. Anunció además que el FMI actualizará sus previsiones de crecimiento económico y de evolución de las economías en breve tiempo. Esas previsiones serán, como es lógico, a la baja, y seguramente veremos diferenciaciones claras según el espacio geopolítico. El relato del FMI entra en los parámetros canónicos de la institución, cuando valora escenarios difíciles. Las medidas a adoptar suelen ser invariables, con la única excepción que conocimos a raíz de la pandemia: aquí el FMI, junto a otros organismos, recomendaron una enorme laxitud fiscal, la palanca de la inversión y la superación de reglas fiscales existentes de control del déficit y la deuda.

            En las recientes palabras de Gueorguieva, los ejes que se presentan son los de siempre: control en el gasto, nada de medidas económicas que no sean de carácter colectivo entre los países, subidas de tipos de interés, etc. Un prontuario ya conocido, enfocado a atajar más un shock de demanda que de oferta. Que es lo que es: es la tensión de la oferta, es decir, los problemas en el avituallamiento energético, lo que está tensionando al alza los precios del petróleo y, por ende, de otros insumos esenciales. La inflación no la está generando el “sobrecalentamiento” de la economía, es decir, un exceso de consumo y de subidas salariales desproporcionadas. Los precios suben porque la guerra ha colapsado las vías comerciales para el tráfico de energía, un proceso que ya hemos conocido en 2022 con la guerra de Ucrania. Atajar esa situación con disposiciones que afectan a la demanda (subidas de los tipos de interés, por ejemplo; o excesiva cautela en la política fiscal) va a agravar la situación. Pero Gueorguieva dijo una cosa más: nada de bajar impuestos. Ojo a esto, para aquellos que lo basan todo en ello.

            El “prepárense para lo peor” es un mensaje con base real, pero que denota una gran exageración. Se está diciendo que nada será como antes: dirigentes y analistas lo subrayan. Estamos, sin duda, ante una neo-globalización, con una característica central: la emergencia de varias superpotencias que compiten sin tregua, siendo China y Estados Unidos las más determinantes. Pero con Rusia e India presentes también en ese tablero.

            Sin embargo, la dialéctica histórica no avala esas tesis de un cierto adanismo político: se ha pasado por muchos escenarios calamitosos, incluso peores que el actual, y el mundo ha seguido avanzando, a pesar de que también se nos anunciaba que nos preparásemos para lo peor. Sin embargo, lo peor es mantener recetas económicas que, demostrativamente, han fracasado. Eso es lo peor. Las soluciones no están en contraer más la demanda, la inversión, encarecer las hipotecas, frente a una inflación que, siendo más alta de lo prescrito por las instituciones económicas, no tiene elementos tan catastróficos como a veces se divulga. Un poco de reflexión más pausada sería de agradecer, para dar tranquilidad a una población que ya está alterada en esta incertidumbre.

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«Infierno fiscal»… ¿dónde están los demonios?

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Migraciones: esenciales para el crecimiento económico

            Se ha abierto un debate ficticio, a raíz de los acuerdos de las derechas en Extremadura. Se “demoniza” la migración, y se llegan a comunicar medidas que se enfrentan a la propia Constitución. Esa llamada “prioridad nacional” o “arraigo” rompe el principio de igualdad y falsea completamente la realidad social y económica. La pretensión de extender esto a todas las comunidades autónomas y, por elevación, a toda España si se llega a gobernar tras unas elecciones generales, choca, además, con las normativas existentes en la Unión Europea.

Como siempre, vayamos a los datos, tomados del INE y de la EPA. España supera los diez millones de personas nacidas en el extranjero en 2026. La economía depende de la población activa, de forma que sin migraciones la población no solo no crecería, sino que perdería activos. Esto por un motivo central: los migrantes significan entorno al 15% de los ocupados. Traducción: suponen el 57% del crecimiento de la población activa y casi el 45% del aumento del empleo reciente. Esto es fundamental para cubrir puestos de trabajo, donde falta mano de obra en un contexto de envejecimiento de la población española.

            Las migraciones explican el 47% del crecimiento del PIB desde 2022, y aportan 1,5 puntos porcentuales al crecimiento anual. Conclusión: sin esas corrientes migratorias, el crecimiento económico sería mucho menor, con corolarios claros, ya que suponen la alta tasa de actividad laboral y la contribución esencial a la Seguridad Social. En definitiva: aportan más de lo que reciben en el capítulo del gasto público. ¿Por qué?

            Porque la mayoría de los migrantes están en edad de trabajar, ocupando sectores como el de los cuidados, la hostelería, la agricultura y la construcción. Y ello facilita que trabajadores españoles puedan acceder a empleos más cualificados. A su vez, todo permite sostener con mayor solvencia el sistema de pensiones. Ignorar todo esto, que telegráficamente se ha expuesto es de una enorme irresponsabilidad económica y social. Y humanitaria, con atisbos de odio.

            En ese contexto, vayamos a Extremadura. En esta región, la población aumentó muy poco, apenas 600 personas. Esto se debe a la migración, toda vez que la comunidad autónoma pierde activos naturales: más defunciones que nacimientos. El tema en Extremadura se agrava por la salida de población hacia otras regiones (Madrid, Cataluña, País Vasco), buscando nuevas oportunidades. Las causas de todo ello son de carácter estructural: falta de empleo, bajos salarios, alta tasa de paro juvenil, dificultades de emancipación. La medida estrella adoptada por el nuevo gobierno regional centra su fuerza en un problema inexistente, en un componente ideológico que huye del rigor de los datos y que coloca a un migrante que lleva años trabajando sin la documentación adecuada en una situación de enorme vulnerabilidad. No es un “efecto llamada”, como se viene diciendo. Aplicar esto a toda persona no nacida en el país salpica no solo a colectivos extracomunitarios, sino a los de la misma Unión y a otros como los del Reino Unido. Un desatino que tendrá sin duda respuestas desde Bruselas.

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