Publicación en el Journal of Post Keynesian Economics (conjuntamente con Ferrán Navinés y Javier Franconetti):

“Going out of the Great Recession? Contrast between the United States and Europe: Proposed work from economic history, 1960–2014”

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Publicación en Revista de Economía Mundial (conjuntamente con José Pérez-Montiel): “Permanent Demand and Private investment in the General Theory: an empirical investigation”

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Publicación en el Review of Keynesian Economics, conjuntamente con José Pérez-Montiel

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Publicación en el European Journal of Tourism, conjuntamente con Oscar Dejuán y José Pérez-Montiel

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Curriculum Vitae. Actualización: 16 de septiembre de 2021

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Reducir impuestos y mantener gastos: cuadrando círculos

¿Queremos una sanidad pública de calidad? ¿Deseamos una buena educación pública? ¿Pretendemos unos servicios sociales públicos, próximos a la ciudadanía? ¿Buscamos infraestructuras adecuadas para las necesidades de nuestros entornos? Si usted ha respondido que sí a estos interrogantes, entonces se le debe informar que se necesita dinero –y no poco– para cubrir esas demandas. Los servicios esenciales de un Estado del Bienestar, la gran conquista de la Europa post-bélica, requieren de importantes recursos. Y éstos provienen, básicamente, de la capacidad recaudatoria de los Estados, a parte de los procesos de endeudamiento de los mismos. Desde 1945/1950, la presión fiscal creció en Europa y en Estados Unidos para culminar objetivos esenciales: apuntalar las recuperaciones económicas atrasadas y desarrollar políticas públicas de mejoras sociales.

Los tramos de renta más elevados tuvieron, en las economías occidentales, una presión fiscal entre el 60 % e incluso el 85 %, según investigaciones recientes de Thomas Piketty y Branko Milanovic. Todo con gobiernos liberales, conservadores, laboralistas, demócratas y republicanos: sin excepción. El crecimiento económico no se resintió; se creció con fuerza, tanto en Europa como en Estados Unidos y Japón, al tiempo que se mejoraban sustancialmente las condiciones de vida de la población. Mayores infraestructuras «silenciosas» de todo tipo: sanitarias, educativas, formativas, de investigación, sociales; al lado de las infraestructuras físicamente más visibles: carreteras, edificios, autopistas, puentes, estaciones. Subir impuestos fue crucial para establecer estos fundamentos que, sobre todo en la vieja Europa, conocemos; el caso de Estados Unidos es diferente: desde los años 1980, el tipo fiscal más elevado se ha ido reduciendo hasta llegar a poco más del 20 %. Ricos más ricos; la potente clase media formada desde 1945, en declive. Los datos tampoco mienten en este sentido, y pueden consultarse tanto en las bases del FMI como del Banco Mundial.

Cuando hoy se prometen rebajas de impuestos como el gran frontispicio de la acción en política económica, junto a la flexibilización de los mercados, quienes hacen tales propuestas deben explicar, claramente, dónde activarán la tijera. Con menos ingresos, la capacidad de acción en políticas públicas se reduce: lo vimos durante la Gran Recesión, con contracciones estrepitosas de los ingresos tributarios, que redundaron en problemas para cuadrar las cuentas públicas. Porque no se puede afirmar, de manera tan frívola, que se reducirán los impuestos a la vez que se mantendrán los resortes básicos del Estado del Bienestar. Esto no es posible; más aún: nunca ha sucedido en la historia económica. Si los proponentes asumen que reducirán impuestos, y ello comportará ajustes presupuestarios en el capítulo de gastos, y lo dicen, el anuncio es honesto. Pero si se trata de cuadrar círculos, haciendo creer que se dispone de una capacidad técnica mágica, eso tiene un nombre: engaño.

Los equipos económicos que proponen tal dislate deben esforzarse para ser más convincentes. Porque un anuncio electoral es gratis; su aplicación, sin recortes, imposible.

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Ante la propuesta conservadora: impuestos y socialdemocracia

De nuevo, el conservadurismo político habla que deben bajarse los impuestos. Pero atención: su reducción va a impactar sin remedio sobre las actuaciones en políticas públicas. En tal sentido, pobreza y desigualdad parecen haber aumentado, a tenor de los datos de Oxfam Intermón: los multimillonarios han visto incrementar su fortuna en más de un 15%, mientras la renta del 50% de los más pobres se contrajo un porcentaje similar, más del 11% (cifras de 2018-2019). Hay una clara base fiscal, explicativa. Según Oxfam, las naciones más desfavorecidas pierden 170 mil millones de dólares cada año por las evasiones fiscales de las grandes firmas y de las fortunas más poderosas. Todo ello infiere una penalización tremenda sobre los servicios públicos, en un proceso descontrolado de opacidad fiscal y salida de flujos monetarios hacia paraísos fiscales.

En España, según Andreu Missé, el deterioro económico de la última década ha supuesto que el 27% de la población española se encuentre en riesgo de exclusión social. El economista citado utiliza datos de Eurostat. Estamos hablando de unos 12 millones de personas, hecho que se traduce en impactos graves sobre la salud, tal y como indica Missé: la diferencia de esperanza de vida de las personas entre los barrios más ricos y más pobres de Barcelona llega a 11 años, y en Madrid a 7 años. Esto difiere poco de las investigaciones más recientes desarrolladas en el campo de la historia económica, aplicadas a las regiones de España en los siglos XIX y XX.

Sin embargo, los dogmas neoliberales se instalaron sin apenas resistencias por parte de la socialdemocracia europea. Pero para ésta sería suficiente con que recuperara sus viejos idearios de justicia, democracia y equidad, frente a un neoliberalismo que cantaba las excelencias de los grupos de individuos buscando su propio provecho, mientras el Estado debía cubrir los trabajos de Defensa y orden. Y poco más. El resto, al mercado. La clave radica en un pasado que conformó el Estado del Bienestar más que en un futuro que no sabemos descifrar, porque es imposible. El desarrollo capitalista está comportando nuevos retos: las dislocaciones ecológicas, el envejecimiento de la sociedad, el incremento del paro juvenil, la mayor inserción de la mujer en los mercados de trabajo, la nanotecnología, la automatización productiva, elementos que dibujan los desafíos de la nueva revolución industrial. Aquí los hilados son nuevos, pero la acción de tejer debería recordar cómo se hizo antes. La socialdemocracia tiene experiencia histórica y aportaciones teóricas identificables. La economía liberal que escribieron Smith, Ricardo, Mill y otros, y que perfeccionaron con obras magistrales Jevons y Marshall, hasta culminar en Keynes, tiene poco que ver con el neoliberalismo que afianza su poder en el grueso del pensamiento económico actual. La fortaleza teórica y práctica de la socialdemocracia es clara. El problema es que los socialdemócratas deben creerlo, con la adopción de esos nuevos retos enunciados. En paralelo, el recetario conservador es inmutable: flexibilizar mercados, bajar impuestos. Camino al precipicio.

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Distintos capitalismos

            En un reciente libro, Branko Milanovic (Capitalismo, nada más. El futuro del sistema que domina el mundo, Taurus, Madrid, 2020) se pregunta qué tipo de capitalismo puede triunfar en el futuro. La afirmación supone diferentes tipologías del capitalismo, en esencia: el capitalismo político y el meritocrático. Sin embargo, el autor defiende que, con todo, el capitalismo es el único gran modelo plausible. De alguna manera, esta idea de Milanovic –el capitalismo entendido en sus diferentes formas, algo que suele ignorarse con frecuencia– recuerda los estudios de Anthony Wrigley (Cambio, continuidad y azar: carácter de la revolución industrial, Crítica, Barcelona, 1988), cuando explicaba la existencia de dos tipos de capitalismo en los albores de la revolución industrial y, por consiguiente, dos tipos de crecimiento: el orgánico, sustentado sobre recursos naturales como el agua, el viento, el aire o la fuerza muscular; y el mineral, edificado sobre la combustión de energías fósiles. Poco o bajo crecimiento de la productividad en un caso (la economía orgánica) frente a la elevación de la productividad por superación de los estrechos límites de la naturaleza (la economía mineral). A su vez, la tesis del “triunfo” del sistema económico capitalista, que Milanovic desgrana con grandes matices y datos a lo largo de su trabajo, parece que diera la razón a Francis Fukuyama (El fin de la Historia, Crítica, Barcelona, 1992), en su teoría que, en síntesis, defiende la universalización de la democracia liberal occidental como forma final de gobierno humano (Josep Fontana publicó una crítica demoledora e inmediata a la aportación de Fukuyama, en La historia después del fin de la historia, Crítica, Barcelona, 1992).

            Como se decía, Milanovic nos habla del capitalismo político y del capitalismo meritocrático. El primero, que el autor define también como “autoritario”, está representado por China y se ha extendido a otros países de Asia –Singapur, Vietnam, Birmania– y de Europa y África –Rusia y naciones del Cáucaso, Asia Central, Etiopía, Argelia y Ruanda–. El segundo tipo de capitalismo, el meritocrático liberal, se ha expandido de forma gradual en Occidente en los últimos doscientos años. Lo subrayable de la aportación de Milanovic es que realiza un análisis profundo de ambas tipologías, a la vez que concluye que el capitalismo ha conseguido un éxito importante en la transmisión de sus objetivos, convenciendo a la población. La filosofía de John Rawls (Teoría de la justicia, FCE, México, 1971) se encuentra en esta idea del economista: que las acciones de los individuos manifiestan y refuerzan los valores generales en los que se sustenta el sistema social. Ambos capitalismos compiten entre si, y tal vez sea este el gran contexto general en el que se va a mover el desarrollo de la economía mundial en los próximos años, con contradicciones de gran calado. La más importante, sin lugar a dudas, va a ser el impacto ecológico que, tanto uno como otro capitalismos, están infringiendo al capital natural y los activos ambientales de la naturaleza: un factor que debería pesar cada vez más en el cuadro de decisiones de las políticas económicas.

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Cambio climático letal

            Catorce mil artículos revisados, años de investigación de multitud de científicos, contrastes con casos concretos, todo para llegar a esta conclusión inquietante desde el Panel Internacional del Cambio Climático: ya vamos tarde para atajar los problemas que está provocando el cambio del clima, una amenaza advertida hace años, desde la década de los setenta, por el Club de Roma, por científicos dedicados a tratar los impactos ecológicos del crecimiento y por el movimiento ecologista.

      Frente a estas evidencias de la ciencia, en años recientes aparecían en los medios de comunicación artículos firmados por otros académicos –y también creadores de opinión sin base científica alguna– que iban en una dirección optimista en el campo ambiental. Se hablaba de una economía de la abundancia, donde la escasez desaparecería gracias al impulso de la ciencia y de la tecnología. Los ejemplos que solían argüirse eran variados: la obtención de energía limpia, el desarrollo de las renovables, supondría, según tales previsiones, un mundo de energía infinita a coste casi cero. La síntesis artificial de alimentos constituía otro campo en dicho avance: la generación de comida infinita, creada en laboratorio, a partir de células madre y a costes decrecientes; esto afectaría igualmente a la producción de carne sintética creada sin animales.

Esta confianza absoluta en los progresos técnicos elude el funcionamiento de los principios físicos de la termodinámica, toda vez que para obtener la mayor cantidad posible de energía solar se van a necesitar importantes stocks de capital cuya generación va a requerir el consumo de la energía convencional en sus primeros estadios. La filosofía que impregna las ideas más convencionales proviene de los discursos más asimilados por la economía académica, bajo dos preceptos: la existencia de recursos infinitos; y lo que se ha venido a calificar como teorías energéticas del valor, es decir, la tesis de que el desarrollo científico proporcionará toda la energía necesaria para reciclar. Es el “dogma energético” criticado por el gran economista Nicholas Georgescu-Roegen.

            El cambio climático ya está sacudiendo principios e instituciones muy ortodoxas: afecta también a las finanzas. Según un estudio reciente (Dikau, S.-Volz, U.: “Central bank mandates, sustainability objectives and the promotion of green finance”, Ecological Economics, vol. 184, junio 2021), los 135 bancos centrales analizados han asumido que el cambio climático posiblemente tenga implicaciones significativas no solo para sus operaciones básicas, sino que también se plantea la cuestión de su papel más amplio en el tratamiento de los riesgos y la mitigación relacionados con el cambio climático. La inquietud es patente. Claro y raso: la mayoría de los bancos centrales deberán incorporar los riesgos climáticos y de mitigación en sus marcos de implementación de políticas para salvaguardar de manera eficiente y exitosa la estabilidad financiera y de precios. El coste de no involucrar al banco central en la promoción de las finanzas sostenibles puede llegar a ser muy alto. Finanzas y clima. Clima y economía: nuevas ecuaciones.

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El Mediterráneo y sus islas: un frágil ecosistema en transformación. Presentación en el Club de Roma, 18 de mayo de 2021

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