Capital, capitalismo y Estados Unidos

            Pregunta de calado: ¿está en guerra el capital? Y, ampliando la derivada, ¿el capitalismo? La respuesta es “no”, desde una perspectiva digamos que convencional (o belicista), aunque se es consciente de que esto es discutible (al respecto, véanse las aportaciones de John Mearsheimer, de la Universidad de Chicago, que habla de un “realismo ofensivo” y de la posibilidad del estallido de una guerra mundial; Graham Allison, de la Universidad de Harvard, que replica la “trampa de Tucídides” –el desafío de una potencia emergente a otra consolidada–, la probabilidad de la guerra por tanto; y Mary Kaldor, de London School of Economics, que expone que vamos hacia guerras económicas y tecnológicas). Ahora bien, el conflicto evita –por el momento– la batalla abierta, física, militar, con tintes mundialistas –si bien existen focos dramáticos localizados–, para encuadrarse en otras coordenadas.

Veamos algunas cifras. Según las series históricas de Corporate Profits en Estados Unidos, los beneficios empresariales han aumentado de manera constante desde 2019, con 2,5 billones de dólares, hasta 4 billones en 2025. En el caso de la Unión Europea, la participación de los beneficios en el valor añadido se ha situado entorno al 40% entre 2019 y 2024. Magnitudes muy destacadas.

            Ahora bien, si nos adentramos en la economía de Estados Unidos, los datos son contundentes. Los aliados de la OTAN y miembros de la Unión Europea tienen 3,3 billones de dólares en bonos del Tesoro de Estados Unidos. Tres veces más que China. Todo en un contexto de incremento de la deuda estadounidense sobre PIB: 123%. Otras variables son relevantes, y afectan a la evolución de la desigualdad en el país norteamericano: el 20% de los más ricos realiza el 60% del gasto total en consumo. El 80% más pobre realiza el 40%, según la Oficina de Estadísticas Laborales norteamericana. Un desequilibrio social cada vez más visible.

            En este escenario de incremento de la deuda estadounidense, de la desigualdad y de las cifras que se van conociendo sobre el control de aquella deuda por parte de tenedores extranjeros, la administración Trump está abriendo más boquetes a la economía internacional. E, igualmente, a la sensación de seguridad interior en el propio país. Se agudiza un período de fuerte incertidumbre en el que, no obstante, los indicadores de inflación y de crecimiento económico, ambos positivos, están sorprendiendo por el momento, si bien debe auscultarse con precisión lo que se vaya a culminar en 2026.

            En ese contexto de crispación geopolítica, espoleada por Trump y su administración, vemos una clara hostilidad hacia Europa –que, no se olvide, significa el 20% del comercio de Estados Unidos–, no debe relegarse que el viejo continente posee el 40% de los bonos del Tesoro estadounidense –según cálculos del Financial Times–, una cifra considerable. La idea de equilibrio no se halla en la cabeza de Trump ni de sus gurús económicos, más preocupados por fijar condiciones draconianas en el exterior, sin tener en cuenta los problemas directos, internos, que se derivan de tales despliegues.

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El Informe Fènix

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Turismo e industria

            Una industria desmesurada es un problema, básicamente social y ambiental. Entendamos esto: las dos grandes revoluciones industriales (1780-1940) supusieron transformaciones prometeicas en la economía, en la sociedad y en la cultura, aparte de en la política. Esto fue una gran transformación, que analizó críticamente Karl Polanyi. Esas pautas industriales supusieron niveles importantes de explotación laboral –trabajo infantil constante, bajos salarios para las mujeres–, contaminación en los barrios obreros –con elevados índices de desnutrición y mortalidad infantil– y esperanzas de vida muy inferiores en contraste con las zonas urbanas habitadas por las clases pudientes.

            El turismo desmesurado conforma un problema con otros perfiles, pero con resultados paralelos, en los terrenos social y ecológico. Indicadores sobre producción y consumo de recursos básicos en una economía turística afectada por un exceso de visitantes y de actividad, denotan tensiones profundas en cuatro capítulos esenciales: los recursos hídricos, la producción de residuos, la contaminación atmosférica y la ocupación depredadora del territorio. Los servicios que se desprenden de la actividad turística tienen, además, derivadas sociales: una mayor segmentación laboral, la diversidad de una clase media que en su conjunto puede retroceder, las pérdidas de arraigo cultural.

            En este aspecto, el contraste con el mundo industrial se trasluce en que en este último la conformación de clases sociales admitió un hecho profusamente estudiado: la formación de clases con sus propias conciencias de clase, en el sentido que nos ha enseñado Edward P. Thompson. La tercerización, por el contrario, infiere la disolución de las referencias culturales e históricas y la dificultad en la adscripción social.

            Pero ni la industria es un anatema del que hay que huir, ni lo es el turismo. La industrialización generó cambios económicos, sociales y culturales relevantes. El turismo también. En ambos casos con claroscuros. Las crisis industriales y agrarias, con causas diversas, abonaron el camino hacia el despegue y la consolidación de las economías de servicios y, entre estas, del turismo. En este, el modelo sigue funcionando desde el momento en que sigue generando enormes beneficios empresariales –cosa que no sucedía cuando estallaron las crisis en la industria–. Pero tiene este modelo severos contratiempos, derivados de sus excesos y de los impactos ambientales, espaciales y culturales que está promoviendo.

            Ahora, las reflexiones sobre el cambio de modelo económico se centran en una afirmación que ya es común a muchos análisis: la diversificación. Y activarla desde el interior de esos servicios avanzados. Con una industria y un turismo dimensionados –se deben evitar los desbordamientos–, y una mayor conexión entre ambos: este puede ser el horizonte para alcanzar. Esto no lo hará solo el mercado; este sin duda puede condicionar muchísimo. Pero la iniciativa de transitar hacia otra forma de desarrollarse ha de ser de carácter público, en colaboración con el sector privado. No es un invento; ya ha sucedido en otras etapas. Y se debe aprender de ello.

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Renovación como Consejero del Consejo de Gobierno del Banco de España, 2026-2032

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Turismo de masas, ¿industria invisible?

1. Visiones sobre el turismo

El turismo supone el 14% del PIB en España, según los datos más recientes de la Contabilidad Nacional. Un porcentaje relevante, pero que merece una atención limitada por parte de las ciencias sociales. El turismo de masas como actividad importante en la economía y en la sociedad se genera desde la postguerra, a partir de 1945-1950. La expansión de políticas públicas y la configuración del Estado del Bienestar en Europa, suponen aspectos cruciales que explican la existencia de una demanda potencial de servicios de ocio. El turismo se vislumbra entonces como positivo para los países que empiezan a explotarlo: la entrada de divisas infería una inyección poderosa de dinero hacia sociedades que lo necesitaban y, a su vez, esto promovía la creación de empleos y paz social, lo que podía ser muy beneficioso para sociedades periféricas.

            El turismo se ha observado desde perspectivas distintas, tanto desde los puntos de vista metodológico como teórico. Por un lado, como un conjunto de actividades, derivadas de decisiones de inversión, que han provocado cambios radicales en los territorios afectados, y nuevos escenarios sociales con la aparición de otros actores y relaciones de poder; economistas, politólogos y geógrafos son sus primordiales estudiosos. Por otro, como una fuente importante de externalidades ambientales, lo cual ha motivado la preocupación por establecer nuevas formas de medición –de carácter biofísico– al margen de las crematísticas; aquí destacan los economistas, los geógrafos y los biólogos. Un tercer bloque de análisis observa el turismo desde la esfera cultural: los diferentes impactos que ha provocado sobre estructuras históricamente más estables, de forma que esto supone distintos tipos de adaptación y respuesta al fenómeno turístico; el trabajo de historiadores, sociólogos y antropólogos ha sido clave en este campo. En cuarto término, un conjunto de investigaciones trata de ordenar, desde preceptos ideológicos distintos, el análisis económico del turismo. Se trata de trabajos que se enmarcan en los postulados convencionales de la teoría económica ortodoxa, de manera que ésta se aplica, con sus métodos y herramientas, a la investigación turística (fases de desarrollo económico, estudios de demanda y de mercados, análisis microeconómico). En paralelo, otras escuelas económicas han estudiado el turismo bajo ópticas dispares, que van desde aportaciones neoschumpeterianas (la destrucción-creadora hacia un nuevo sector), hasta la teoría de la regulación y la adopción de la lógica centro-periferia-colonialismo de los teóricos de la dependencia (con la idea latente de la economía-mundo wallersteniana).

El análisis del turismo se ha visto condicionado en muchas ocasiones por una visión mecánica: el paisaje, el clima, constituían elementos centrales que justificaban los despegues –tras una trayectoria por fases– Ahora bien, tal perspectiva no acierta a justificar porqué el turismo de masas aparece en una geografía determinada y no en otra, con parecidos o idénticos factores deterministas de partida (buen clima, paisaje agradable, buenas conexiones). ¿Qué explica entonces el inicio del turismo como fenómeno de masas, como sistema productivo? Unas consideraciones deben anotarse:

  • Las experiencias previas cuentan para la adopción de nuevas decisiones de inversión, que comportan al mismo tiempo cambios culturales y otras relaciones de poder;
  • La existencia de economías más abiertas a los mercados permite un mayor conocimiento de los mismos y mejores procesos de adaptabilidad;
  • La flexibilidad de los factores de producción –sobre todo del trabajo–, reconocida históricamente, conforma un valor para encarar nuevos retos;
  • El aprovechamiento positivo de las condiciones de la demanda.

Estos cuatro puntos avanzan a conclusiones precisas. En primer lugar, el desarrollo económico turístico es un proceso histórico, es decir, debe explicarse en función de sus condiciones previas. Éstas facilitan e inciden en las nuevas inversiones, en los cambios en las estructuras productivas y laborales, de manera que estamos ante una nueva vía de formación bruta de capital y de acumulación. Ambas van dependiendo cada vez más de actividades en las que el concepto de “mercancía” física va despareciendo y es sustituido por la noción de mercancía como servicio, o de “servicio industrializado” (Rodrik 2015). En segundo término, los factores apuntados indican que, a parte de los análisis de demanda –que suelen ser los más frecuentados por la Economía para investigar el turismo–, urgen también estudios de oferta en un sentido amplio, que deben incluir el análisis microeconómico y su corolario macroeconómico: la concreción de una suma de trayectorias individuales, endógenas, que hace posible un cambio profundo que no sólo es exógeno (Agarwall et alter 2000).

2. Las periferias del placer

            La acuñación de todo esto tuvo una expresión feliz: periferias del placer (Turner-Ash 1991). Según esto, esas periferias son guetos turísticos emplazados en regiones atrasadas que, desde los años 1970, proliferaban bajo dos condiciones esenciales: la buena conectividad aérea y la disponibilidad de muchas horas de sol. Estos espacios, próximos a las costas y, de alguna forma, blindados, rodeaban unos centros que generalmente eran pobres y poco conectados con otros más privilegiados. Ahora bien, estas llamadas periferias no tienen evoluciones parecidas –porque sus trayectorias históricas son heterogéneas–, ni pueden arbitrarse modelos turísticos de carácter generalista que satisfagan a todas ellas en sus diferentes cronologías.

            La metodología de estudio del turismo de masas es débil (Pearce 1989). La repercusión de otros planteamientos epistemológicos ha sido escasa en los análisis sociales y económicos sobre el turismo. La visión que se ha perfilado sobre la irrupción turística, desde 1950, ha sido de una gran simpleza: se ha desgajado esta nueva actividad del proceso histórico, económico y político, como si esa erupción se hubiera producido sin causas objetivas y explicables. Al ser una actividad sin mercancía física, esa pretendida abstracción ha alimentado discursos de carácter “adanista”: el turismo como redentor de miserias, como nuevo Prometeo, como hacedor de sociedades modernas y avanzadas, todo frente a una profunda ignorancia sobre el pasado más inmediato. Las experiencias previas se ignoran; las capacidades económicas adaptativas, se marginan. Frente a esto, los estudios de geografía económica y de historia económica tienen potencialidades explicativas, siempre con análisis de casos, a partir de un empirismo desde el que elaborar, si cabe, teorías más amplias. En esta línea, ver el turismo de masas como una parte esencial del capitalismo actual –como una vía más de acumulación, en suma– facilita una mejor comprensión: no estamos ante actividades que surjan de la nada y que, además, sean inocuas para su entorno. Estamos ante la mercantilización de los territorios turísticos, desde el momento en que éstos –espacios diversos– se convierten entonces en mercancía.

3. El turismo como globalización

            La globalización del turismo de masas ha introducido nuevos parámetros de estudio, relacionados con las nuevas relaciones de poder que emanan del desarrollo turístico. Esto ha motivado la inquietud investigadora en analizar un aspecto que ha sido poco explorado en los análisis turísticos: la función empresarial, el papel del capital en definitiva, tanto el que se afianza como un conglomerado transnacional, como el que se aferra a la vertebración de pequeñas y medianas empresas. Esta historia empresarial es, además, de gran interés, toda vez que en algunos ejemplos ya analizados se advierten importantes acumulaciones de capital que van de lo local a lo global, y que inciden en cambios económicos endógenos en las sociedades de procedencia y, a la vez, se insertan en estrategias más amplias que tienen en cuenta las posiciones en los mercados internacionales.

            En esta visión integradora, los análisis sobre el turismo se centran en aspectos claves, como los efectos ambientales y la desigualdad, escrutados con una mirada distinta, de forma que se cuestiona la adopción del concepto de externalidad negativa como si se tratara de un factor ajeno a la actividad turística, y no una parte intrínseca a la misma (Mowforth-Munt 1998, Agarwal et alter 2000, Bianchi 2002, Ateljevic et alter 2007). Las economías occidentales presentan una nueva naturaleza en los servicios. Éstos tienen una función capital en la transición de estructuras industriales avanzadas hacia sectores sustentados en el conocimiento. De hecho, los servicios son actividades que más contribuyen a la creación de empleos intensivos en conocimiento, con la globalización económica como acicate primordial, que estimula los mercados financieros, técnicos, de alto valor añadido y, también, turísticos. Estas actividades ya no se caracterizan por una baja productividad, según se ha documentado en la literatura sobre el crecimiento de las economías desarrolladas. Así, la investigación sobre una muestra de treinta países miembros de la OCDE demostró el avance constante de los servicios de alto valor añadido, mientras que los tradicionales (servicios sociales y personales y hoteles y restaurantes) registraron aumentos de la productividad y los servicios modernos (transporte, intermediación financiera y telecomunicaciones) subrayaron cifras comparables a algunas actividades de alto crecimiento en el sector industrial.

4. Nuevos interrogantes

            Se describen a continuación:

  1. La aplicabilidad del concepto “industria turística” al turismo de masas. Los elementos básicos y descriptivos de esta industria son: los recursos turísticos (naturales y humanos), las instalaciones receptivas (hoteles, hostales, segundas residencias, residencias para trabajadores, almacenes de alimentos), los servicios directos (agencias de viaje, alquileres de vehículos, guías, oficinas de información), las infraestructuras básicas y culturales (medios de transporte, de comunicación, complejos deportivos y recreativos) (Sessa 1983). Desde la Geografía, y a partir de preceptos de la Ecología Industrial, se ha propuesto que a esa noción de industria turística se incorpore el análisis del Complex Adaptative Tourism Systems, un concepto que parte de los postulados de la Ecología y de la economía ecológica y que persigue trabajar el turismo en unas coordenadas de sistema abierto y cambiante –en el que el componente biológico y la tercera ley de la Termodinámica actúan siempre–, de forma que se confronta con la teoría económica neoclásica de sistema económico cerrado (y más influenciado por la Física newtoniana; cf. Farrell-Twining 2004).
  2. En relación al punto anterior, son sectores heterogéneos los que intervienen en la confección de los productos turísticos: éstos los forman diferentes aportaciones que a la vez cubren actividades que no son turísticas. En efecto, se aprecian dos diferencias sustanciales entre los servicios y la manufactura:
  3. Algunos servicios son comercializables, de manera que son cada vez más determinantes en el comercio mundial: actividades muy intensivas en conocimiento, pero que generan pocos puestos de trabajo.
  4. En países avanzados, los servicios absorben los excesos de mano de obra, en actividades con productividades bajas e intensivas en fuerza laboral. Esto constituye una importante restricción, ya que estas ocupaciones no pueden ampliarse sin ejercer una relación real de intercambio muy desfavorable contra si mismas: se reducen los precios de los servicios lo que, en definitiva, equivale a contraer los salarios. Esta autolimitación lamina las capacidades de desarrollo en economías de servicios con calificaciones medias-bajas –menos intensivas en conocimiento–, si no se exploran nuevas perspectivas de inversión y, por tanto, de empleo en otras actividades.
  5. Estos productos finales se consumen en el lugar de origen; por consiguiente, es determinante el componente territorial. Y el “producto” es, a su vez, dispar: el paisaje, el espacio, el conjunto de la oferta, pero también el propio turista se convierte en un “producto” del sistema de producción turística.
  6. Esta realidad hace que otros factores sean cada vez más importantes en los análisis de la economía turística:
  7. Las externalidades ambientales, entendidas como parte del sistema económico y, por tanto, analizables para superar los problemas que puedan generar en el destino turístico. Aquí, las nociones de “capacidad de carga” o la utilización de indicadores metabólicos del sistema productivo, aparecen como nuevos retos para identificar con mayor precisión los impactos del turismo.[1]
  8. El problema ambiental no se reduce a la evolución del crecimiento económico, toda vez que el PIB no representa una medida efectiva de control del medio ambiente. Esto afecta tanto al sector industrial como al de servicios. En tal aspecto, los mercados, la tecnología y las políticas ambientales tienen un papel fundamental. Ahora bien, las regulaciones ambientales son más severas en un contexto social más consciente, y con formas claras de defensa y de compensación de las externalidades. Así pues, esas regulaciones deben ser efectivas tanto en etapas de fuerte crecimiento económico –y turístico– como en fases de contracción, en las que pueden generarse laxitudes a la hora de enfrentar las externalidades ambientales.
  9. Las finanzas y la circulación dinámica de los capitales relacionados con el turismo, hechos que facilitan las inversiones hacia territorios en fases iniciales en la actividad turística (en los segmentos de sol y playa); o diversificar activos en zonas más maduras (en los hoteles urbanos);
  10. La incorporación al proceso de globalización de áreas menos integradas a causa de la estrategia de desarrollo turístico.
  11. La estacionalidad del turismo de masas constituye un debate permanente. ¿Cómo superar esa estacionalidad? Este interrogante es frecuente para políticos y expertos. Pero conviene considerar que la estacionalidad es un factor definitorio del turismo de masas, sobre todo si éste se vincula a ofertas de invierno (nieve) o de primavera-verano (sol y playa). En esa misma línea, las características de los mercados laborales –tiempos de vacaciones en determinadas fechas– convierten en “estacionales” muchos flujos turísticos. Los factores climáticos también inciden en la superación o mantenimiento de la estacionalidad: espacios con climas más estables (como destinos del Caribe o, en España, las islas Canarias) permiten una oferta más homogénea que, en cualquier caso, depende de que los clientes ajusten a ella su tiempo de ocio. Ahora bien, este aspecto mantiene una relación directa con otro que a veces se ignora: romper con la estacionalidad supone extender las externalidades del modelo turístico a todos los meses del año. Conocer tal impacto presupone, por un lado, ser conscientes de que la actividad turística produce externalidades que son distintas a la actividad industrial, pero que igualmente son detectables; por otro, elaborar los indicadores concretos de medición.

Los cinco factores enunciados suponen un reto para los economistas: tal vez sean éstos, juntos a los geógrafos y los economistas ecológicos, los que pueden proporcionar claves explicativas más potentes y completas –en un sentido holístico– sobre la evolución de una economía turística considerada, que supere las aportaciones –importantes, sin duda– de las corrientes más ortodoxas de estudio de la economía turística. Y que se piense en una idea clave: turismo no es solo turistas. Hay más complejidad y encadenamientos económicos en esta actividad productiva.

Bibliografía

AGARWAL, Sheela; BALL, Rich; SHAW, Gareth; WILLIAMS, Alan M. (2000), “The geography of tourism production: uneven disciplinary development”, Tourism Geographies,vol. 2, núm. 3.

ATELJEVIC, Irena; PRITCHARD, Annette; MORGAN, Nigel (Eds.) (2007), The critical turn in tourism studies, Oxford, Elsevier.

BIANCHI, Raoul (2002), “Towards a new political economy of global tourism” a SHARPLEY, Richard;

FARRELL, Bryan H.; TWINING-WARD, Louise (2004), “Reconceptualizing tourism”, Annals of tourism research,vol. 31 núm. 2.

GÖSSLING, Stefan; HANSSONB, Carina B.; HÖRSTMEIERC, Oliver; SAGGE, Stefan (2002), “Ecological footprint analysis as a tool to assess tourism sustainability”, Ecological Economics, vol. 43, núms. 2-3.

MOWFORTH, Martin; MUNT, Ian (1998), Tourism and sustainability: new tourism in the Third World, Routledge, Londres.

PEARCE, Douglas (1989), Tourism Development, Longman, Harlow.

RODRIK, Dani (2015), “Premature Deindustrialization”, School of Social Science, IAS, núm. 107.

SESSA, Alberto (1983), Elements of Tourism Economics, Roma, Catal.

TURNER, Louis; ASH, John (1991), La horda dorada. El turismo internacional y la periferia del placer, Madrid, Endymion.


[1] La asunción de las tesis del desarrollo sostenible ha provocado, también en el análisis turístico, las magias verbales que acompañan a veces a este concepto. Se ha hablado de “turismo sostenible” a partir de la curva ambiental de Kuznets. En tal sentido, se ha expuesto que debe promoverse un turismo de calidad, que se asimila a alto poder adquisitivo y, por tanto, con menor impacto ecológico. La ecuación radicaría en la venida de menos turistas al territorio receptor, pero con más dinero, de forma que la rentabilidad se mantendría. Esta idea ha sido refutada en estudios de caso como el de las Seychelles, en donde se ha demostrado que los hoteles de mayor categoría son los que acaban siendo más agresivos con el medio ambiente; cf. Gössling et alter (2002).

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Prioridad nacional=xenofobia institucional y agenda regresiva

            Una equivalencia, la del título de este artículo, que recuerda poderosamente a ese “America First”, el reclamo publicitario trumpista, que ha galvanizado a una parte de la sociedad estadounidense. Buscar la esencia patria, la distinción superior, la supremacía, pero siempre pensando en quienes más tienen. Las derechas en España adoptan el concepto, lo castellanizan. La idea de esa equiparación ha surgido de una conversación con el sabio profesor de Filosofía e Historia de la Ciencia de la Universitat de les Illes Balears, José Antonio Marina. E infiere un planteamiento que, con diferentes derivadas, articula lo que podemos tildar como agenda económica conservadora, en la que intervienen las dos derechas en competición, pero sin diques de contención para colaborar entre ellas, siempre que la extrema marque la pauta. Eso está sucediendo.

            En efecto, la configuración de los gobiernos autonómicos con las recientes convocatorias electorales, que han culminado en Andalucía, presenta unas características comunes, rasgos básicos que vertebran los ejecutivos regionales.

            En primer lugar, la dependencia total de la ultraderecha: marca el programa, expande el relato. Esa dependencia se extiende a la agenda social. Los signos de retroceso son evidentes, y se observan en todos los gobiernos autonómicos en los que la incidencia de la ultraderecha es elevada. Ya no es teoría, o suposición; son hechos.

En segundo término, esos elementos se concretan en aspectos bien definidos, consultables:

  • El negacionismo climático, con lo que las derechas se ponen del lado de la ignorancia más supina frente a las aportaciones incontestables de la ciencia;
  • El negacionismo de la violencia de género, camuflando esto en una extensión del concepto –como violencia familiar–, y escondiendo el hecho determinante que son las mujeres el objetivo recurrente y mayoritario de esa violencia, avalado por datos;
  • El desprecio hacia la memoria histórica y la oposición a toda propuesta (como la denominada Ley de Nietos) que signifique restañar –si ello es posible– las heridas provocadas por la dictadura;
  • La reducción de ayudas sociales, consideradas como subvenciones a ONG’s u otras entidades comprometidas con la cohesión social, bautizadas despectivamente como “chiringuitos”;
  • El odio hacia la población migrante, obviando –la estulticia no tiene límites, por lo que se ve– que esa demografía es esencial para el funcionamiento de la economía, tal y como se revela en diferentes estudios científicos;
  • La bajada de impuestos, sobre todo a las capas de población con mayor renta y patrimonio, con la justificación que el dinero está mejor en los bolsillos de los contribuyentes, pero soslayando que eso va a depreciar los servicios públicos estratégicos, generar más déficit público e incrementar la deuda pública.

Dos son los corolarios de todo esto: la eliminación de los instrumentos que existían para atajar la corrupción (con la supresión de oficinas al respecto, como en el caso de Baleares); y el desmantelamiento de todo lo que sea público, con el argumento de que es mejor la gestión y los servicios privados, también en los ámbitos sanitario y educativo.

La agenda tiene múltiples derivadas, con la “prioridad nacional” y lo que significa como frontispicio:

  • La asfixia a la financiación de las universidades públicas y de la enseñanza pública en general –el caso de Madrid es ilustrativo–, de forma que el profesorado público de todas las escalas se convierte en enemigo a batir;
  • La contracción de las asignaciones a I+D+i, un ninguneo militante hacia la progresión científica;
  • La transfusión de dinero hacia conglomerados privados en la sanidad –Madrid, de nuevo, pero no es el único caso–;
  • La reducción de la inversión pública justificada por ajustes presupuestarios, entre otras facetas.

La agenda está definida. Se trasluce en sus vertientes autonómicas, y anuncia lo que se espera en la esfera nacional, a partir de unas elecciones generales, si se da el triunfo de esas dos derechas. Éstas, por diferentes voceros, han ido desgranando el meollo de la cuestión, ya sin recato alguno, lo que es de agradecer (si bien podemos intuir que existen más medidas draconianas que todavía no se han especificado): menos sector público, menos impuestos a los más ricos, menos prestaciones sociales, menos salario mínimo, menos pensiones públicas, menos lucha contra el cambio climático, menos sanidad, educación y servicios públicos. Lo positivo: que la ciudadanía está avisada. Y es ella la responsable de decidir qué futuro quiere para sus hijos y nietos. O esa “prioridad nacional” que equivale a una xenofobia institucional y una agenda regresiva; o el avance hacia mejoras sociales, económicas y culturales. Simple, se dirá. Pero no más que las soflamas que emanan de las palestras de esa “Ilustración Oscura”: el neo-reaccionarismo autoritario. El despeñadero, un precipicio hacia el retroceso.

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Las Islas Industriales. El modelo industrial de Baleares en el Mediterráneo

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Expectativas económicas

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Recordando el pasado industrial del barrio obrero de La Soledat, en Palma

            La Soledat, el barrio de Palma inserto ahora en un proceso de reestructuración (dentro del Nou Llevant), fue durante decenios un barrio industrial –hasta bien entrada la década de 1970–, un núcleo productivo en el que se fabricaban tejidos, mantas –con Can Ribas como empresa emblemática–, zapatos –los míticos calzados Gorila, que todavía se recuerdan, con la pelotita de regalo, de la empresa Salom–, y toda una serie de mercancías que se exportaban y que también se vendían en el propio mercado interior. Un cosmos manufacturero que generaba cultura industrial y cultura obrera, explotación y resistencia. La zona mantiene todavía –aunque cada vez menos– los vestigios de la fisonomía de un urbanismo para trabajadores: viviendas bajas, con un pequeño corral o patio. Típico de las periferias proletarias de los siglos XIX y XX, cuando la industria era económicamente relevante. Y aquí lo era. Y mucho, con una iconografía reconocible. El dato es apabullante: un 30% de la población activa de Mallorca se enmarcaba en las actividades industriales, antes de la guerra civil. La Soledat, con grandes fábricas que aglutinaban a más de trescientos obreros –con importancia esencial del trabajo femenino e infantil– conformaba un núcleo emblemático de la industrialización palmesana. El barrio alimentaba ese 30% con actividades productivas en las que las mujeres eran determinantes, tanto para las empresas como para la reproducción de las familias obreras. Esto suele olvidarse demasiado cuando se analiza la economía.

            Las fábricas disponían de tecnología avanzada. Los empresarios, conexiones muy intensas con el exterior. La clase trabajadora, una cohesión cultural y política. Tecnología, empresas, mercados, clases sociales: todo un mosaico identitario en el barrio, no muy diferente de lo que se estaba generando en el de Sant Martí en Barcelona (ahora, enmarcado en distrito 22@, con fuerte protagonismo de nuevas tecnologías) o en los suburbios industriales de Manchester (con reconversiones actuales hacia actividades terciarias de alto valor añadido). En ambos casos, se ha preservado el carácter industrial de esos nuevos distritos. Vemos esta importante progresión económica de la Soledat desde la segunda mitad del XIX en el sólido trabajo de investigación que hizo hace unos años el historiador económico Joan Roca Avellà (Llana, vapor, cotó i negoci, Documenta Balear, Palma 2006), un texto profundo y muy documentado sobre la empresa de Can Ribas.

La asociación de vecinos de la Soledat lleva años trabajando en la reivindicación de este histórico emplazamiento palmesano, con la idea de que cualquier actuación que se realice tenga presente la idiosincrasia del barrio y su pasado industrial. Miquel Vadell –arquitecto– Caterina Ramis –filóloga– y Carles Gispert –activista cultural–, con la presidencia del colectivo vecinal de Miquel Coll, no cejan en su idea de hacer habitable el lugar en el que nacieron y siguen viviendo, para mantener sus signos de identidad, siendo a su vez conscientes de los problemas que tiene la zona. E indicando la urgencia de que las instituciones apoyen iniciativas respetuosas de reconversión.

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El desastre social de Trump

1. La división del mundo

Trump está abriendo diferentes focos internacionales, todos en plena tensión, con peligros nada despreciables. Venezuela y el Caribe, con un despliegue militar insólito, el mayor desde el final de la Guerra Fría, para bloquear –se llama– el narcotráfico; Nigeria, con bombardeos difíciles de justificar, con el objetivo de atacar células terroristas ausentes; Groenlandia, con claras pretensiones anexionistas, buscando sus riquezas; Gaza, con meridianas connivencias con el gobierno genocida israelí y con perspectivas de jugosos negocios inmobiliarios; Ucrania, con un patente posicionamiento a favor de las tesis de Putin y la posible repartición del territorio ucraniano, donde las tierras raras no son nada extrañas; Irán, una guerra espoleada por Israel con la connivencia absoluta de los Estados Unidos, para controlar las remesas petroleras hacia China. En todos estos frentes, dos son las características que les definen.

En primer lugar, el desvío de atención de los problemas internos de los Estados Unidos, agravados por la política trumpista. El crecimiento económico se retarda –a pesar de la fortaleza del último trimestre de 2025 e inicios de 2026–, y empiezan a haber tensiones en la inflación –por encima del 2% el objetivo de la Reserva Federal–, al mismo tiempo que las nuevas contrataciones se han debilitado. Hay que añadir, además, que la popularidad de Trump ha caído en picado, hecho destacado por medios como The New York Times y la CNN. Y, a su vez, en ciudades importantes de los Estados Unidos ha ido avanzando una ruidosa protesta contra la administración republicana, con resultados favorables para los demócratas.

Pero el segundo elemento tiene claves claramente económicas. No se persigue el narcotráfico ni el terrorismo ni las armas nucleares –estas son sendas excusas que suelen funcionar en la opinión pública–: se busca tener mejores accesos a fuentes de energía, materias primas y negocios particulares, familiares, del mismo presidente y de su entorno. En este contexto, algunos analistas han deslizado la posibilidad del estallido de un conflicto mundial, motivado por el enorme grado de incertidumbre y los movimientos espasmódicos de Trump, siempre imprevisibles. El tema se divulga para continuar generando temor en la población; pero, en principio, resulta difícil aceptar, desde el plano económico, que una guerra de grandes dimensiones pueda mantenerse, por un motivo central: los beneficios empresariales van ahora mismo como un tiro, hecho que se refleja en los balances de las empresas y en los movimientos bursátiles (hasta los ataques aéreos sobre Teherán). Es poco inteligente generar desorden y destrucción cuando se está ganando tanto dinero en este escenario, si bien siempre puede haber, como decíamos, actitudes imprevistas e impetuosas de dirigentes enloquecidos.

2. Economía volátil en tiempo de incertidumbre

Veamos, en este respeto, unas consideraciones económicas.

En primer lugar, Trump lo fía todo a la política arancelaria. En un primer momento, y atendiendo las desequilibrantes propuestas del republicano, los análisis señalaban previsibles caídas en el crecimiento económico, un repunte de la inflación y el incremento del paro. Sin embargo, los cambios que se han generado en función de las respuestas dadas por los países afectados han hecho que las tasas arancelarias se hayan moderado fuerza. Esto ayuda a explicar los resultados macroeconómicos de los últimos meses: un avance del PIB alrededor del 4%, a pesar de que se patentizan tensiones en los precios y una caída en la contratación.

En segundo lugar, el ataque constante y represivo en los centros de enseñanza superior y de investigación: recortes que superan los 2.500 millones de dólares y que inferirán la huida de capital humano. Hay que recordar que, a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos consolidó su poder sobre unas bases fundamentales: la función de la inversión, la política tributaria –con elevados impuestos a los ricos– y el papel decisivo de las universidades y centros de investigación. El impulso de instituciones permitió el trabajo de científicos, intelectuales, economistas y pensadores humanistas, las aportaciones de los cuales apuntalaron el avance de la ciencia, del conocimiento, e impactaron con sus ramificaciones y derivadas en un aumento de la productividad al rescoldo de proyectos innovadores.

Un tercer factor es el enfrentamiento radical con la Reserva Federal (FED), y con la figura de su principal Gobernador, Jerome Powell. El dilema de Powell está claro, con los datos de paro e inflación en la mano: medir qué valora más en sus decisiones conjuntas con el resto del board de la FED, mantener, subir o bajar los tipos de interés. En año electoral, Trump vuelve a reclamar bajadas relevantes de tipos: tendrá en breve la ocasión de colocar en un alto dirigente del banco central más afín a sus pretensiones. Todo ello, atemoriza a los inversores por la previsible pérdida de independencia del principal regulador financiero.

En cuarto punto, la ausencia de un planteamiento de inversión pública, más allá del gasto militar; y recortes enormes en vivienda, sanidad y lucha contra el cambio climático (más de un 20%). Los anuncios propagandísticos que ha hecho el mandatario sobre inversiones multimillonarias corresponden a proyectos de cariz privado, no al gasto federal directo.

Un quinto elemento hay que destacar, derivado de los cuatro factores anteriores: la riqueza de Trump prácticamente se ha triplicado desde que asumió la presidencia. Esta riqueza descansa sobre proyectos en criptomonedas con la connivencia de gobiernos extranjeros. A su vez, la importante relación con regímenes que disponen de fuerte liquidez de capitales –como Arabia y Qatar, por ejemplo–, facilitan el establecimiento de negocios inmobiliarios entre el republicano y su entorno familiar directo y los proyectos inversores que se puedan materializar en los Estados Unidos.

Los cinco aspectos que hemos delineado confluyen y promueven la incertidumbre, la volatilidad, el temor de los mercados y el incremento de la desigualdad, según las investigaciones más recientes de Branko Milanovic, Thomas Piketty y Gabriel Zucman. Esta inestabilidad se prolongará el 2026, espoleada por las tensiones geopolíticas: un arma que Trump utilizará para camuflar la decadencia económica de los Estados Unidos frente en China. Este es, sin duda, el liderazgo emergente.

3. Conclusión

            Cuentan los historiadores Suetonio y Dion Casio que, en el año 40 de nuestra era, el emperador Calígula tomó una decisión estrafalaria, demostrativa de su inestabilidad mental: nombró cónsul a su caballo Incitatus. No se sabe si esto fue realmente efectivo, pues de lo que trataba de demostrar el césar era que las instituciones no funcionaban y que cualquiera, incluido su caballo, podía ser alguien en ellas. Casi dos mil años después, Donald Trump, que profesa como emperador in pectore, ha realizado una serie de nombramientos importantes en su ámbito más próximo, caracterizados por dos puntos definitorios: la incompetencia e inutilidad de los elegidos y el claro mensaje a las instituciones estadounidenses de que cualquiera, incluidos multimillonarios sin experiencia alguna en la cosa pública pueden regir los destinos de la nación, del imperio. Como si fuera gestionar un negocio particular: sin contrapesos, sin mecanismos de control, sin organismos fiscalizadores. Un “ordeno y mando” que encierra un peligroso desenlace: el cuestionamiento de la democracia. Pero, eso sí, con la garantía de un Estado al que detestan, pero del que todos ellos se quieren aprovechar. Son los caballos de Trump, que nos hacen galopar hacia el desastre –con el gran prócer a la cabeza–, a la vez que lanzan relinchos eufóricos mientras siegan la hierba a su paso. Igual que Otzar, otro caballo, sobre el que mandaba Atila. Y ya sabemos el resultado que profirió el rey de los hunos.

            Todo esto podría quedar en una simple fábula o en una licencia literaria si no fuera porque, en efecto, los equinos de Trump están contribuyendo a destruir los resortes básicos de la economía mundial y las normas de las transacciones internacionales, dinamitando en paralelo los principales indicadores bursátiles de Wall Street, con el enfervorizado aplauso de una América profunda que no sabemos si se va despertando tras el sórdido sonido de los cascos de esos caballos. Y con el patético –y peligroso– narcisismo del nuevo Calígula, aplaudido por una cohorte de tecno-oligarcas que protagonizan este nuevo episodio del capitalismo.

            La pérdida de confianza ante la evolución económica de Estados Unidos acrecienta la inestabilidad. Datos demoledores: venta masiva de dólares mientras se han ido revalorizando el franco suizo y el yen japonés, junto al oro; a la par que la deuda norteamericana (el bono a 30 años, por ejemplo) se acerca a una rentabilidad superior al 5% y complica su refinanciación (solo la deuda federal: 9 billones de dólares, que vence en pocos meses). Los consumidores estadounidenses van a sufrir directamente los corolarios letales en forma de tensiones inflacionistas y en el mercado de trabajo, fruto del despropósito desencadenado por un presidente obsesionado con aplicar aranceles y devolver una supuesta grandeza a un país que se ha beneficiado mucho de la globalización.

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