Izquierdas, Economía: la Cuarta Vía

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Deuda privada: lección de la Gran Recesión

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El nuevo mainstream económico

La política fiscal es una herramienta esencial, junto a la monetaria, en esta coyuntura de incertidumbre y dificultades sobrevenidas. Tres aspectos emergen entonces:

  • La importancia de incidir sobre una subida salarial, que pasa necesariamente por el aumento del salario mínimo interprofesional;
  • Considerar de manera efectiva –y no sólo retórica– la productividad y la inflación como vectores a tener en cuenta para la fijación salarial;
  • La estrategia por derogar la reforma laboral, que ha consolidado precisamente la precariedad contractual, y ha incidido en la permanencia del paro juvenil y en la calidad de empleo, componentes básicos del mercado de trabajo.

En estas coordenadas, describir políticas progresistas desde el lado de la oferta no abunda en un factor substancial: la procedencia de los recursos públicos para hacerlas posibles. Esto supone pensar en una política fiscal que sea, efectivamente, progresiva. E, igualmente, activar nuevas propuestas de fiscalidad ambiental, más acordes con los graves problemas de externalidades que existen hoy en día; a su vez, recuperar los impuestos sobre el patrimonio y sobre sucesiones –este último, de gran capacidad recaudatoria–, que conforman sendas piezas que debieran ser consideradas. Al mismo tiempo, indicar que el potencial de la economía sólo se afecta a través de políticas de oferta supone una idea subyacente: la del funcionamiento perfecto de los mercados, en los que las rigideces y los efectos histéresis no juegan papel alguno. Como si los años de austeridad no hubiesen deprimido la demanda, con efectos duraderos y estructurales sobre la capacidad de crecimiento, incluso después de ser retiradas las medidas contractivas. En conclusión: una política fiscal activa y expansiva tiene la capacidad de aumentar el stock de capital y, por tanto, contribuye a mejorar la productividad y la tendencia del crecimiento. Esto lo están entendiendo ahora en el FMI, la OCDE, el Banco Mundial y la nueva administración norteamericana: entidades nada sospechosas de recalcitrante extremismo.

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La deflación como problema económico. Publicación en la revista Sistema

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CURRICULUM ACTUALIZADO A 16 DE ABRIL 2021

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Indicadores biofísicos para medir una economía regional de servicios maduros: el caso de las Islas Baleares. Investigación publicada en el Journal Symphonya. Emerging Issues in Management

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Deflación, inflación, estímulos

El debate sobre el repunte de la inflación se ha abierto. Algunos que abogaban por un incremento del gasto, una expansión de la política fiscal que acompañara a la monetaria, señalan ahora que la inflación va a ser una seria amenaza en 2021 y 2022, precisamente a causa de ese crecimiento. La advertencia viene desde Estados Unidos, tras dos paquetes de estímulos de dos billones de dólares. Sabemos que un perfil de inflación en términos aceptables acompaña etapas de crecimiento económico intenso: por ejemplo, entre 1870 y 1913, con crecimientos del PIB del 2,19% en Europa y 3,94% en Estados, con inflación superior al 3,5%; o entre 1950 y 1973, cuando la inflación en la Europa occidental fue del 4,3%, en una fase en la que el gasto público en los países de la OCDE pasó del 25% sobre PIB en 1950 al 36,6% en 1973, mientras la productividad crecía al 5,83% en Alemania y 2,57% en Estados Unidos y la oferta monetaria se expandía a una tasa anual del 10% en Alemania y del 4% en Estados Unidos entre 1950 y 1973 (todos los datos en: Maddison Project: http://www.ggdc.net/maddison/; OCDE, http://stats.oecd.org/indexaspx; y S. Marglin-J. Schor, Edits: The Golden Age of Capitalism. Reinterpreting the Post War Experience, Clarendon Press, Oxford, 1990). Por tanto, es razonable pensar que los precios remontarán por el impacto de los estímulos fiscales durante el covid-19, y que la vigilancia de los bancos centrales contribuirá a una regulación adecuada; de hecho, la preocupación por los escenarios de deflación sigue estando presente, sobre todo en la eurozona. Seguimos con demandas anémicas. No parece que esto vaya a cambiar ni en 2021 ni en 2022: los impactos de los fondos europeos no se apreciarán de manera inmediata.

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Estímulos económicos: el plasma necesario

En un reciente libro, Branko Milanovic (Capitalismo, nada más. El futuro del sistema que domina el mundo, Taurus, Madrid, 2020) se pregunta qué tipo de capitalismo puede triunfar en el futuro. La afirmación supone diferentes tipologías del capitalismo, que se bifurcan y coexisten en el sistema económico; en esencia: el capitalismo político y el meritocrático. Sin embargo, el autor defiende que, con todo, el capitalismo es el único gran modelo plausible. De alguna manera, esta idea de Milanovic –el capitalismo entendido en sus diferentes formas, algo que suele ignorarse con frecuencia– recuerda los estudios ya clásicos de Anthony Wrigley (Cambio, continuidad y azar: carácter de la revolución industrial, Crítica, Barcelona, 1988), cuando explicaba la existencia de dos tipos de capitalismo en los albores de la revolución industrial y, por consiguiente, dos tipos de crecimiento: el orgánico, sustentado sobre recursos naturales como el agua, el viento, el aire o la fuerza muscular; y el mineral, edificado sobre la combustión de energías fósiles. Poco o bajo crecimiento de la productividad en un caso (la economía orgánica) frente a la elevación de la productividad por superación de los estrechos límites de la naturaleza (la economía mineral). A su vez, la tesis del “triunfo” del sistema económico capitalista, que Milanovic desgrana con grandes matices y datos a lo largo de su trabajo, parece que diera la razón a Francis Fukuyama (El fin de la Historia, Crítica, Barcelona, 1992), en su teoría que, en síntesis, defiende la universalización de la democracia liberal occidental como forma final de gobierno humano (Josep Fontana publicó una crítica demoledora e inmediata a la aportación de Fukuyama, en La historia después del fin de la historia, Crítica, Barcelona, 1992).

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Revisitando a Adam Smith

Estado mínimo, reducción de impuestos, des-regularización de los mercados financieros, flexibilidad del mercado laboral, despido libre, libre circulación de capitales… Éstas son premisas básicas del neoliberalismo. Sus defensores subrayan las bondades de un sistema de estas características, capaz, dicen, de proporcionar bienestar generalizado e, incluso, reducir las desigualdades. Una idea casi virginal de la actuación de los agentes económicos: todos trabajan con información simétrica en mercados abiertos, en igualdad de condiciones, sin cortapisa alguna por parte de los poderes públicos, observados como nefastos para el desempeño de la economía. Un individualismo a ultranza; la semblanza del hombre hecho a si mismo a costa del esfuerzo, del sacrificio y del egoísmo.

Los apóstoles de estos programas tienen referentes teóricos potentes. La escuela austríaca –Von Misses, Hayek– serían los profetas esenciales –Schumpeter es otra cosa: su realismo chocó mucho con los apologetas del mercado–, seguidos muy de cerca por Milton Friedman y la poderosa escuela de Chicago. Pero la visión más liberal de la economía remite, igualmente, a la economía clásica: aquí se invoca de forma recurrente a Adam Smith y David Hume (en tal aspecto, es muy recomendable la lectura del reciente trabajo de Dennis C. Rasmussen, El infiel y el profesor, Arpa Ideas, Barcelona, 2018). La riqueza de las naciones es un libro de cabecera, del que se extraen aquellos párrafos que se presumen elocuentes para defender las prácticas que se desarrollan: librecambio, división del trabajo, mano invisible que regula los mercados, egoísmo acendrado de los agentes. Pero nulas referencias a algo que tenga que ver con comportamientos éticos o morales, aspectos ambos que sí preocuparon mucho a Adam Smith, pero que se omiten de manera deliberada.

Debe recordarse que Adam Smith publicó dos libros clave: La teoría de los sentimientos morales La riqueza de las naciones, por este orden. El primero, poco citado en las Facultades de Economía, se adentra en los principios de la moral: la moralidad, dice Smith, deriva de los sentimientos más que de la razón. Y en tal contexto cita cuatro elementos esenciales en su teoría moral: la simpatía, la utilidad, la justicia y la religión. Baste con exponer que el economista escocés es contrario a las premisas de Thomas Hobbes y Bernard Mandeville, en el sentido de que todos los actos, todos los sentimientos, se explican mediante el egoísmo. Según Smith, la justicia es la única virtud indispensable para el sustento de la sociedad: es el armazón sin el que todas las piezas caerían al suelo. Y la corrección de todas las dislocaciones económicas y sociales deben ser asumidas por los gobiernos.

Cuando se leen declaraciones impetuosas sobre la necesidad de bajar impuestos, contraer la función de los gobiernos, cerrar fronteras o poner altos aranceles a productos externos, ideas que vimos en el anterior presidente de los Estados Unidos, en mandatarios europeos y en dirigentes políticos españoles, deberíamos remitir a estos ignorantes a los clásicos. Que los lean. Y que no traten de engañarnos haciendo uso en vano de sus palabras.

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La caída del PIB en Baleares: la “zona cero” de la crisis

            El Banco de España ha presentado los resultados de cierre provisional del PIB regional. La cifra para Balears es demoledora: una caída del 27%. Las previsiones del Govern se acercaban al 31%, con revisión posterior que ubicaba el dato entorno al 25%. Las del CES, en los peores escenarios, entre el 11% y el 22% (publicadas en dos documentos). El INE planteará en un futuro próximo su cierre de esos cálculos, que previsiblemente oscilarán en una horquilla entre el 20% y el 27% de pérdida de riqueza para las islas. Estos datos advierten del desastre económico que ha supuesto –que está suponiendo– el covid-19 para Balears, sea cual sea la referencia que se adopte.

            Esto coloca a la economía regional en un escenario insólito: el impacto económico es parecido al que sacudió la economía norteamericana a raíz del crack de 1929 –con un desplome del PIB del 25%–, y se acerca a lo acontecido en la economía griega durante la Gran Recesión –una pérdida cercana al 26%–. Son cifras de economía de guerra; de colapso en la estructura económica. Para Balears, es el mayor desmoronamiento de todas las economías regionales en 2020. Ante esto, ¿qué escenarios se abren? Resulta difícil realizar augurios económicos, cuando se depende de la evolución de un virus y de la actitud de la gente ante él: el grado de responsabilidad de la población, junto a la celeridad por culminar el proceso de vacunación. La visión del futuro económico depende de esto: los epidemiólogos tienen más registros que los economistas para aventurar escenarios posibles. Los modelos de aquéllos sirven poco ante las sacudidas de las olas contaminadoras.

            Salir de esta crisis va a ser más difícil para Balears, a pesar de los enormes esfuerzos de las administraciones públicas en su conjunto, cosa que debe aplaudirse. Estos esfuerzos justifican que esas dramáticas cifras de caída del PIB, junto a sus corolarios en el mercado laboral y en los tejidos productivo y social, se puedan encarar. La cifra de economía de guerra, a la que nos referíamos, no está dando paso, por fortuna, a escenarios bélicos. La economía pública se revela como determinante en todas sus esferas: desde la macroeconomía hasta los ámbitos más cercanos al mundo empresarial y del consumo familiar. Pocas veces antes, en los tiempos más recientes, habíamos visto tanto consenso en este aspecto: desde el FMI hasta la Comisión Europea, pasando por diferentes instituciones económicas, se está abogando por la actuación de los gobiernos, de la política fiscal en definitiva, para complementar la expansión de la política monetaria.

            Los fondos europeos ayudarán a la recuperación. Urge, además, un planteamiento estratégico de futuro para Balears: hay trabajo hecho al respecto (el dictamen 2030 del CES, por ejemplo); se trata de usarlo y mejorarlo. Dos aspectos emergen: demostrar capacidad de gestión (eficacia y eficiencia) ante las autoridades europeas; y evitar caer en las premuras de siempre. Presionar al máximo a los gestores para que, por ejemplo, cambien el modelo de crecimiento con la llegada de fondos, comunicando frustración si ese cambio no se observa, no ayudará nada a una consecución positiva.

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