

1. Visiones sobre el turismo
El turismo supone el 14% del PIB en España, según los datos más recientes de la Contabilidad Nacional. Un porcentaje relevante, pero que merece una atención limitada por parte de las ciencias sociales. El turismo de masas como actividad importante en la economía y en la sociedad se genera desde la postguerra, a partir de 1945-1950. La expansión de políticas públicas y la configuración del Estado del Bienestar en Europa, suponen aspectos cruciales que explican la existencia de una demanda potencial de servicios de ocio. El turismo se vislumbra entonces como positivo para los países que empiezan a explotarlo: la entrada de divisas infería una inyección poderosa de dinero hacia sociedades que lo necesitaban y, a su vez, esto promovía la creación de empleos y paz social, lo que podía ser muy beneficioso para sociedades periféricas.
El turismo se ha observado desde perspectivas distintas, tanto desde los puntos de vista metodológico como teórico. Por un lado, como un conjunto de actividades, derivadas de decisiones de inversión, que han provocado cambios radicales en los territorios afectados, y nuevos escenarios sociales con la aparición de otros actores y relaciones de poder; economistas, politólogos y geógrafos son sus primordiales estudiosos. Por otro, como una fuente importante de externalidades ambientales, lo cual ha motivado la preocupación por establecer nuevas formas de medición –de carácter biofísico– al margen de las crematísticas; aquí destacan los economistas, los geógrafos y los biólogos. Un tercer bloque de análisis observa el turismo desde la esfera cultural: los diferentes impactos que ha provocado sobre estructuras históricamente más estables, de forma que esto supone distintos tipos de adaptación y respuesta al fenómeno turístico; el trabajo de historiadores, sociólogos y antropólogos ha sido clave en este campo. En cuarto término, un conjunto de investigaciones trata de ordenar, desde preceptos ideológicos distintos, el análisis económico del turismo. Se trata de trabajos que se enmarcan en los postulados convencionales de la teoría económica ortodoxa, de manera que ésta se aplica, con sus métodos y herramientas, a la investigación turística (fases de desarrollo económico, estudios de demanda y de mercados, análisis microeconómico). En paralelo, otras escuelas económicas han estudiado el turismo bajo ópticas dispares, que van desde aportaciones neoschumpeterianas (la destrucción-creadora hacia un nuevo sector), hasta la teoría de la regulación y la adopción de la lógica centro-periferia-colonialismo de los teóricos de la dependencia (con la idea latente de la economía-mundo wallersteniana).
El análisis del turismo se ha visto condicionado en muchas ocasiones por una visión mecánica: el paisaje, el clima, constituían elementos centrales que justificaban los despegues –tras una trayectoria por fases– Ahora bien, tal perspectiva no acierta a justificar porqué el turismo de masas aparece en una geografía determinada y no en otra, con parecidos o idénticos factores deterministas de partida (buen clima, paisaje agradable, buenas conexiones). ¿Qué explica entonces el inicio del turismo como fenómeno de masas, como sistema productivo? Unas consideraciones deben anotarse:
Estos cuatro puntos avanzan a conclusiones precisas. En primer lugar, el desarrollo económico turístico es un proceso histórico, es decir, debe explicarse en función de sus condiciones previas. Éstas facilitan e inciden en las nuevas inversiones, en los cambios en las estructuras productivas y laborales, de manera que estamos ante una nueva vía de formación bruta de capital y de acumulación. Ambas van dependiendo cada vez más de actividades en las que el concepto de “mercancía” física va despareciendo y es sustituido por la noción de mercancía como servicio, o de “servicio industrializado” (Rodrik 2015). En segundo término, los factores apuntados indican que, a parte de los análisis de demanda –que suelen ser los más frecuentados por la Economía para investigar el turismo–, urgen también estudios de oferta en un sentido amplio, que deben incluir el análisis microeconómico y su corolario macroeconómico: la concreción de una suma de trayectorias individuales, endógenas, que hace posible un cambio profundo que no sólo es exógeno (Agarwall et alter 2000).
2. Las periferias del placer
La acuñación de todo esto tuvo una expresión feliz: periferias del placer (Turner-Ash 1991). Según esto, esas periferias son guetos turísticos emplazados en regiones atrasadas que, desde los años 1970, proliferaban bajo dos condiciones esenciales: la buena conectividad aérea y la disponibilidad de muchas horas de sol. Estos espacios, próximos a las costas y, de alguna forma, blindados, rodeaban unos centros que generalmente eran pobres y poco conectados con otros más privilegiados. Ahora bien, estas llamadas periferias no tienen evoluciones parecidas –porque sus trayectorias históricas son heterogéneas–, ni pueden arbitrarse modelos turísticos de carácter generalista que satisfagan a todas ellas en sus diferentes cronologías.
La metodología de estudio del turismo de masas es débil (Pearce 1989). La repercusión de otros planteamientos epistemológicos ha sido escasa en los análisis sociales y económicos sobre el turismo. La visión que se ha perfilado sobre la irrupción turística, desde 1950, ha sido de una gran simpleza: se ha desgajado esta nueva actividad del proceso histórico, económico y político, como si esa erupción se hubiera producido sin causas objetivas y explicables. Al ser una actividad sin mercancía física, esa pretendida abstracción ha alimentado discursos de carácter “adanista”: el turismo como redentor de miserias, como nuevo Prometeo, como hacedor de sociedades modernas y avanzadas, todo frente a una profunda ignorancia sobre el pasado más inmediato. Las experiencias previas se ignoran; las capacidades económicas adaptativas, se marginan. Frente a esto, los estudios de geografía económica y de historia económica tienen potencialidades explicativas, siempre con análisis de casos, a partir de un empirismo desde el que elaborar, si cabe, teorías más amplias. En esta línea, ver el turismo de masas como una parte esencial del capitalismo actual –como una vía más de acumulación, en suma– facilita una mejor comprensión: no estamos ante actividades que surjan de la nada y que, además, sean inocuas para su entorno. Estamos ante la mercantilización de los territorios turísticos, desde el momento en que éstos –espacios diversos– se convierten entonces en mercancía.
3. El turismo como globalización
La globalización del turismo de masas ha introducido nuevos parámetros de estudio, relacionados con las nuevas relaciones de poder que emanan del desarrollo turístico. Esto ha motivado la inquietud investigadora en analizar un aspecto que ha sido poco explorado en los análisis turísticos: la función empresarial, el papel del capital en definitiva, tanto el que se afianza como un conglomerado transnacional, como el que se aferra a la vertebración de pequeñas y medianas empresas. Esta historia empresarial es, además, de gran interés, toda vez que en algunos ejemplos ya analizados se advierten importantes acumulaciones de capital que van de lo local a lo global, y que inciden en cambios económicos endógenos en las sociedades de procedencia y, a la vez, se insertan en estrategias más amplias que tienen en cuenta las posiciones en los mercados internacionales.
En esta visión integradora, los análisis sobre el turismo se centran en aspectos claves, como los efectos ambientales y la desigualdad, escrutados con una mirada distinta, de forma que se cuestiona la adopción del concepto de externalidad negativa como si se tratara de un factor ajeno a la actividad turística, y no una parte intrínseca a la misma (Mowforth-Munt 1998, Agarwal et alter 2000, Bianchi 2002, Ateljevic et alter 2007). Las economías occidentales presentan una nueva naturaleza en los servicios. Éstos tienen una función capital en la transición de estructuras industriales avanzadas hacia sectores sustentados en el conocimiento. De hecho, los servicios son actividades que más contribuyen a la creación de empleos intensivos en conocimiento, con la globalización económica como acicate primordial, que estimula los mercados financieros, técnicos, de alto valor añadido y, también, turísticos. Estas actividades ya no se caracterizan por una baja productividad, según se ha documentado en la literatura sobre el crecimiento de las economías desarrolladas. Así, la investigación sobre una muestra de treinta países miembros de la OCDE demostró el avance constante de los servicios de alto valor añadido, mientras que los tradicionales (servicios sociales y personales y hoteles y restaurantes) registraron aumentos de la productividad y los servicios modernos (transporte, intermediación financiera y telecomunicaciones) subrayaron cifras comparables a algunas actividades de alto crecimiento en el sector industrial.
4. Nuevos interrogantes
Se describen a continuación:
Los cinco factores enunciados suponen un reto para los economistas: tal vez sean éstos, juntos a los geógrafos y los economistas ecológicos, los que pueden proporcionar claves explicativas más potentes y completas –en un sentido holístico– sobre la evolución de una economía turística considerada, que supere las aportaciones –importantes, sin duda– de las corrientes más ortodoxas de estudio de la economía turística. Y que se piense en una idea clave: turismo no es solo turistas. Hay más complejidad y encadenamientos económicos en esta actividad productiva.
Bibliografía
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MOWFORTH, Martin; MUNT, Ian (1998), Tourism and sustainability: new tourism in the Third World, Routledge, Londres.
PEARCE, Douglas (1989), Tourism Development, Longman, Harlow.
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SESSA, Alberto (1983), Elements of Tourism Economics, Roma, Catal.
TURNER, Louis; ASH, John (1991), La horda dorada. El turismo internacional y la periferia del placer, Madrid, Endymion.
[1] La asunción de las tesis del desarrollo sostenible ha provocado, también en el análisis turístico, las magias verbales que acompañan a veces a este concepto. Se ha hablado de “turismo sostenible” a partir de la curva ambiental de Kuznets. En tal sentido, se ha expuesto que debe promoverse un turismo de calidad, que se asimila a alto poder adquisitivo y, por tanto, con menor impacto ecológico. La ecuación radicaría en la venida de menos turistas al territorio receptor, pero con más dinero, de forma que la rentabilidad se mantendría. Esta idea ha sido refutada en estudios de caso como el de las Seychelles, en donde se ha demostrado que los hoteles de mayor categoría son los que acaban siendo más agresivos con el medio ambiente; cf. Gössling et alter (2002).
Una equivalencia, la del título de este artículo, que recuerda poderosamente a ese “America First”, el reclamo publicitario trumpista, que ha galvanizado a una parte de la sociedad estadounidense. Buscar la esencia patria, la distinción superior, la supremacía, pero siempre pensando en quienes más tienen. Las derechas en España adoptan el concepto, lo castellanizan. La idea de esa equiparación ha surgido de una conversación con el sabio profesor de Filosofía e Historia de la Ciencia de la Universitat de les Illes Balears, José Antonio Marina. E infiere un planteamiento que, con diferentes derivadas, articula lo que podemos tildar como agenda económica conservadora, en la que intervienen las dos derechas en competición, pero sin diques de contención para colaborar entre ellas, siempre que la extrema marque la pauta. Eso está sucediendo.
En efecto, la configuración de los gobiernos autonómicos con las recientes convocatorias electorales, que han culminado en Andalucía, presenta unas características comunes, rasgos básicos que vertebran los ejecutivos regionales.
En primer lugar, la dependencia total de la ultraderecha: marca el programa, expande el relato. Esa dependencia se extiende a la agenda social. Los signos de retroceso son evidentes, y se observan en todos los gobiernos autonómicos en los que la incidencia de la ultraderecha es elevada. Ya no es teoría, o suposición; son hechos.
En segundo término, esos elementos se concretan en aspectos bien definidos, consultables:
Dos son los corolarios de todo esto: la eliminación de los instrumentos que existían para atajar la corrupción (con la supresión de oficinas al respecto, como en el caso de Baleares); y el desmantelamiento de todo lo que sea público, con el argumento de que es mejor la gestión y los servicios privados, también en los ámbitos sanitario y educativo.
La agenda tiene múltiples derivadas, con la “prioridad nacional” y lo que significa como frontispicio:
La agenda está definida. Se trasluce en sus vertientes autonómicas, y anuncia lo que se espera en la esfera nacional, a partir de unas elecciones generales, si se da el triunfo de esas dos derechas. Éstas, por diferentes voceros, han ido desgranando el meollo de la cuestión, ya sin recato alguno, lo que es de agradecer (si bien podemos intuir que existen más medidas draconianas que todavía no se han especificado): menos sector público, menos impuestos a los más ricos, menos prestaciones sociales, menos salario mínimo, menos pensiones públicas, menos lucha contra el cambio climático, menos sanidad, educación y servicios públicos. Lo positivo: que la ciudadanía está avisada. Y es ella la responsable de decidir qué futuro quiere para sus hijos y nietos. O esa “prioridad nacional” que equivale a una xenofobia institucional y una agenda regresiva; o el avance hacia mejoras sociales, económicas y culturales. Simple, se dirá. Pero no más que las soflamas que emanan de las palestras de esa “Ilustración Oscura”: el neo-reaccionarismo autoritario. El despeñadero, un precipicio hacia el retroceso.

La Soledat, el barrio de Palma inserto ahora en un proceso de reestructuración (dentro del Nou Llevant), fue durante decenios un barrio industrial –hasta bien entrada la década de 1970–, un núcleo productivo en el que se fabricaban tejidos, mantas –con Can Ribas como empresa emblemática–, zapatos –los míticos calzados Gorila, que todavía se recuerdan, con la pelotita de regalo, de la empresa Salom–, y toda una serie de mercancías que se exportaban y que también se vendían en el propio mercado interior. Un cosmos manufacturero que generaba cultura industrial y cultura obrera, explotación y resistencia. La zona mantiene todavía –aunque cada vez menos– los vestigios de la fisonomía de un urbanismo para trabajadores: viviendas bajas, con un pequeño corral o patio. Típico de las periferias proletarias de los siglos XIX y XX, cuando la industria era económicamente relevante. Y aquí lo era. Y mucho, con una iconografía reconocible. El dato es apabullante: un 30% de la población activa de Mallorca se enmarcaba en las actividades industriales, antes de la guerra civil. La Soledat, con grandes fábricas que aglutinaban a más de trescientos obreros –con importancia esencial del trabajo femenino e infantil– conformaba un núcleo emblemático de la industrialización palmesana. El barrio alimentaba ese 30% con actividades productivas en las que las mujeres eran determinantes, tanto para las empresas como para la reproducción de las familias obreras. Esto suele olvidarse demasiado cuando se analiza la economía.
Las fábricas disponían de tecnología avanzada. Los empresarios, conexiones muy intensas con el exterior. La clase trabajadora, una cohesión cultural y política. Tecnología, empresas, mercados, clases sociales: todo un mosaico identitario en el barrio, no muy diferente de lo que se estaba generando en el de Sant Martí en Barcelona (ahora, enmarcado en distrito 22@, con fuerte protagonismo de nuevas tecnologías) o en los suburbios industriales de Manchester (con reconversiones actuales hacia actividades terciarias de alto valor añadido). En ambos casos, se ha preservado el carácter industrial de esos nuevos distritos. Vemos esta importante progresión económica de la Soledat desde la segunda mitad del XIX en el sólido trabajo de investigación que hizo hace unos años el historiador económico Joan Roca Avellà (Llana, vapor, cotó i negoci, Documenta Balear, Palma 2006), un texto profundo y muy documentado sobre la empresa de Can Ribas.
La asociación de vecinos de la Soledat lleva años trabajando en la reivindicación de este histórico emplazamiento palmesano, con la idea de que cualquier actuación que se realice tenga presente la idiosincrasia del barrio y su pasado industrial. Miquel Vadell –arquitecto– Caterina Ramis –filóloga– y Carles Gispert –activista cultural–, con la presidencia del colectivo vecinal de Miquel Coll, no cejan en su idea de hacer habitable el lugar en el que nacieron y siguen viviendo, para mantener sus signos de identidad, siendo a su vez conscientes de los problemas que tiene la zona. E indicando la urgencia de que las instituciones apoyen iniciativas respetuosas de reconversión.
1. La división del mundo
Trump está abriendo diferentes focos internacionales, todos en plena tensión, con peligros nada despreciables. Venezuela y el Caribe, con un despliegue militar insólito, el mayor desde el final de la Guerra Fría, para bloquear –se llama– el narcotráfico; Nigeria, con bombardeos difíciles de justificar, con el objetivo de atacar células terroristas ausentes; Groenlandia, con claras pretensiones anexionistas, buscando sus riquezas; Gaza, con meridianas connivencias con el gobierno genocida israelí y con perspectivas de jugosos negocios inmobiliarios; Ucrania, con un patente posicionamiento a favor de las tesis de Putin y la posible repartición del territorio ucraniano, donde las tierras raras no son nada extrañas; Irán, una guerra espoleada por Israel con la connivencia absoluta de los Estados Unidos, para controlar las remesas petroleras hacia China. En todos estos frentes, dos son las características que les definen.
En primer lugar, el desvío de atención de los problemas internos de los Estados Unidos, agravados por la política trumpista. El crecimiento económico se retarda –a pesar de la fortaleza del último trimestre de 2025 e inicios de 2026–, y empiezan a haber tensiones en la inflación –por encima del 2% el objetivo de la Reserva Federal–, al mismo tiempo que las nuevas contrataciones se han debilitado. Hay que añadir, además, que la popularidad de Trump ha caído en picado, hecho destacado por medios como The New York Times y la CNN. Y, a su vez, en ciudades importantes de los Estados Unidos ha ido avanzando una ruidosa protesta contra la administración republicana, con resultados favorables para los demócratas.
Pero el segundo elemento tiene claves claramente económicas. No se persigue el narcotráfico ni el terrorismo ni las armas nucleares –estas son sendas excusas que suelen funcionar en la opinión pública–: se busca tener mejores accesos a fuentes de energía, materias primas y negocios particulares, familiares, del mismo presidente y de su entorno. En este contexto, algunos analistas han deslizado la posibilidad del estallido de un conflicto mundial, motivado por el enorme grado de incertidumbre y los movimientos espasmódicos de Trump, siempre imprevisibles. El tema se divulga para continuar generando temor en la población; pero, en principio, resulta difícil aceptar, desde el plano económico, que una guerra de grandes dimensiones pueda mantenerse, por un motivo central: los beneficios empresariales van ahora mismo como un tiro, hecho que se refleja en los balances de las empresas y en los movimientos bursátiles (hasta los ataques aéreos sobre Teherán). Es poco inteligente generar desorden y destrucción cuando se está ganando tanto dinero en este escenario, si bien siempre puede haber, como decíamos, actitudes imprevistas e impetuosas de dirigentes enloquecidos.
2. Economía volátil en tiempo de incertidumbre
Veamos, en este respeto, unas consideraciones económicas.
En primer lugar, Trump lo fía todo a la política arancelaria. En un primer momento, y atendiendo las desequilibrantes propuestas del republicano, los análisis señalaban previsibles caídas en el crecimiento económico, un repunte de la inflación y el incremento del paro. Sin embargo, los cambios que se han generado en función de las respuestas dadas por los países afectados han hecho que las tasas arancelarias se hayan moderado fuerza. Esto ayuda a explicar los resultados macroeconómicos de los últimos meses: un avance del PIB alrededor del 4%, a pesar de que se patentizan tensiones en los precios y una caída en la contratación.
En segundo lugar, el ataque constante y represivo en los centros de enseñanza superior y de investigación: recortes que superan los 2.500 millones de dólares y que inferirán la huida de capital humano. Hay que recordar que, a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos consolidó su poder sobre unas bases fundamentales: la función de la inversión, la política tributaria –con elevados impuestos a los ricos– y el papel decisivo de las universidades y centros de investigación. El impulso de instituciones permitió el trabajo de científicos, intelectuales, economistas y pensadores humanistas, las aportaciones de los cuales apuntalaron el avance de la ciencia, del conocimiento, e impactaron con sus ramificaciones y derivadas en un aumento de la productividad al rescoldo de proyectos innovadores.
Un tercer factor es el enfrentamiento radical con la Reserva Federal (FED), y con la figura de su principal Gobernador, Jerome Powell. El dilema de Powell está claro, con los datos de paro e inflación en la mano: medir qué valora más en sus decisiones conjuntas con el resto del board de la FED, mantener, subir o bajar los tipos de interés. En año electoral, Trump vuelve a reclamar bajadas relevantes de tipos: tendrá en breve la ocasión de colocar en un alto dirigente del banco central más afín a sus pretensiones. Todo ello, atemoriza a los inversores por la previsible pérdida de independencia del principal regulador financiero.
En cuarto punto, la ausencia de un planteamiento de inversión pública, más allá del gasto militar; y recortes enormes en vivienda, sanidad y lucha contra el cambio climático (más de un 20%). Los anuncios propagandísticos que ha hecho el mandatario sobre inversiones multimillonarias corresponden a proyectos de cariz privado, no al gasto federal directo.
Un quinto elemento hay que destacar, derivado de los cuatro factores anteriores: la riqueza de Trump prácticamente se ha triplicado desde que asumió la presidencia. Esta riqueza descansa sobre proyectos en criptomonedas con la connivencia de gobiernos extranjeros. A su vez, la importante relación con regímenes que disponen de fuerte liquidez de capitales –como Arabia y Qatar, por ejemplo–, facilitan el establecimiento de negocios inmobiliarios entre el republicano y su entorno familiar directo y los proyectos inversores que se puedan materializar en los Estados Unidos.
Los cinco aspectos que hemos delineado confluyen y promueven la incertidumbre, la volatilidad, el temor de los mercados y el incremento de la desigualdad, según las investigaciones más recientes de Branko Milanovic, Thomas Piketty y Gabriel Zucman. Esta inestabilidad se prolongará el 2026, espoleada por las tensiones geopolíticas: un arma que Trump utilizará para camuflar la decadencia económica de los Estados Unidos frente en China. Este es, sin duda, el liderazgo emergente.
3. Conclusión
Cuentan los historiadores Suetonio y Dion Casio que, en el año 40 de nuestra era, el emperador Calígula tomó una decisión estrafalaria, demostrativa de su inestabilidad mental: nombró cónsul a su caballo Incitatus. No se sabe si esto fue realmente efectivo, pues de lo que trataba de demostrar el césar era que las instituciones no funcionaban y que cualquiera, incluido su caballo, podía ser alguien en ellas. Casi dos mil años después, Donald Trump, que profesa como emperador in pectore, ha realizado una serie de nombramientos importantes en su ámbito más próximo, caracterizados por dos puntos definitorios: la incompetencia e inutilidad de los elegidos y el claro mensaje a las instituciones estadounidenses de que cualquiera, incluidos multimillonarios sin experiencia alguna en la cosa pública pueden regir los destinos de la nación, del imperio. Como si fuera gestionar un negocio particular: sin contrapesos, sin mecanismos de control, sin organismos fiscalizadores. Un “ordeno y mando” que encierra un peligroso desenlace: el cuestionamiento de la democracia. Pero, eso sí, con la garantía de un Estado al que detestan, pero del que todos ellos se quieren aprovechar. Son los caballos de Trump, que nos hacen galopar hacia el desastre –con el gran prócer a la cabeza–, a la vez que lanzan relinchos eufóricos mientras siegan la hierba a su paso. Igual que Otzar, otro caballo, sobre el que mandaba Atila. Y ya sabemos el resultado que profirió el rey de los hunos.
Todo esto podría quedar en una simple fábula o en una licencia literaria si no fuera porque, en efecto, los equinos de Trump están contribuyendo a destruir los resortes básicos de la economía mundial y las normas de las transacciones internacionales, dinamitando en paralelo los principales indicadores bursátiles de Wall Street, con el enfervorizado aplauso de una América profunda que no sabemos si se va despertando tras el sórdido sonido de los cascos de esos caballos. Y con el patético –y peligroso– narcisismo del nuevo Calígula, aplaudido por una cohorte de tecno-oligarcas que protagonizan este nuevo episodio del capitalismo.
La pérdida de confianza ante la evolución económica de Estados Unidos acrecienta la inestabilidad. Datos demoledores: venta masiva de dólares mientras se han ido revalorizando el franco suizo y el yen japonés, junto al oro; a la par que la deuda norteamericana (el bono a 30 años, por ejemplo) se acerca a una rentabilidad superior al 5% y complica su refinanciación (solo la deuda federal: 9 billones de dólares, que vence en pocos meses). Los consumidores estadounidenses van a sufrir directamente los corolarios letales en forma de tensiones inflacionistas y en el mercado de trabajo, fruto del despropósito desencadenado por un presidente obsesionado con aplicar aranceles y devolver una supuesta grandeza a un país que se ha beneficiado mucho de la globalización.
En un libro publicado en 2012 (¿Por qué fracasan los países?, Deusto, 2012), Daron Acemoglu y James Robinson utilizaban la historia económica para aportar una reflexión particular sobre el origen de la decadencia de las naciones. Se trataba de la cara “b”, digámoslo así, de la teoría de Adam Smith sobre la génesis de la riqueza de las naciones y sus causas. Los dos grandes libros del considerado como fundador de la economía moderna (La riqueza de las naciones, y la Teoría de los sentimientos morales) se han leído casi siempre de forma epidérmica, con énfasis acusados en sendos temas: la mano invisible –que, sin embargo, solo aparece una sola vez en los textos de Smith–, la división del trabajo –con la potente noción de especialización productiva–, la necesaria apertura comercial –rehuyendo del viejo mercantilismo, y con el enorme complemento de las aportaciones posteriores de David Ricardo– y la intervención pública en economía –a la que el escocés no era reacio en absoluto–. Pero no siempre se ha invocado la perspectiva de Smith sobre la justicia y la distribución económica, una cuestión determinante sin la que todo el edificio económico se acaba derruyendo.
Las investigaciones histórico-económicas de Acemoglu tratan de reconocer elementos concretos que expliquen la decadencia de unas naciones que, en muchos aspectos, podían tener características mejores que las conocidas para Inglaterra, donde se fraguó la revolución industrial. Acemoglu y Robinson contrastan otros factores explicativos que se enfrentan a la grandes teorías sobre los orígenes del crecimiento moderno. Sería demasiado prolijo exponerlo todo aquí. En una síntesis muy apretada y en absoluto completa, aquellas tesis preconizaban el crecimiento económico como un fenómeno abrupto, en línea con lo que expuso en su momento Walter Rostow en sus conocidas etapas del crecimiento (Rostow venía a decir que para industrializarse se debe seguir la pauta inglesa en diferentes fases, hasta llegar al take-off deslumbrante); o Alexander Gerschenkron, que centraba su modelo histórico-económico en la importancia de disponer recursos naturales, bancos poderosos y sectores tractores que arrastren en positivo todo el entramado económico.
Por su parte, Acemoglu y Robinson nos explican que la existencia de instituciones inclusivas es una importante baza explicativa de las disparidades en el crecimiento económico. Ahí, señalan, está el meollo de la cuestión: instituciones que se respeten y que velen por el cumplimiento de reglas, contrabalanceando al poder político establecido y, por tanto, en contra de la corrupción y de la apropiación en beneficio propio de los resortes del Estado. Las aportaciones de estos economistas son destacables en estos momentos, con la guerra en Oriente y la actitud de Israel y Estados Unidos, por un motivo básico: porque esas instituciones, que podían ser inclusivas, ahora están dejando de serlo. Y esto por la irrupción en el mundo de una manera de hacer política que va en contra de las reglas elementales de una normativa de convivencia. El poder del más fuerte es lo que se entroniza, y las instituciones que ese poder maneja se tornan en exclusivas, es decir, en excluyentes de cualquier tendencia de colaboración. La vulneración del derecho internacional constituye un ejemplo ilustrativo, un hecho que se ha visto en las acciones militares en Gaza, Venezuela e Irán.
Fijémonos que entidades como Naciones Unidas, Cámara de Representantes en Estados Unidos, incluso tribunales, todas ellas son solapadas cuando no despreciadas por la administración actual estadounidense, sin que esto genere respuestas más contundentes de carácter institucional, al margen de las protestas ciudadanas. Incluso se trata de generar instituciones paralelas –la denominada Junta de Paz, por ejemplo, creada en enero de 2026 por Trump– que sustituyan a las ya consagradas y homologadas por la gran mayoría de naciones del mundo, y que se plieguen a los deseos de su promotor. Sin reglas ni instituciones inclusivas que escruten su cumplimiento, la convivencia es imposible. Asistimos, por el contrario, a escenas que parecían impensables hace poco más de un año: invasiones, secuestros, expulsiones, arrestos, fallos judiciales, guerras, procesos en los que las instituciones cooperativas o encargadas de vigilar el cumplimiento de las normas, están ausentes o son directamente superadas por hechos consumados.
Las apariencias de un sistema democrático son cada vez más tenues, más frágiles. La vorágine en la que se ha entrado obedece tanto a la catadura moral de Trump y de quienes le rodean, como a las contradicciones internas en Estados Unidos que están provocando medidas como los aranceles, la expulsión de inmigrantes, la creación de otros entramados institucionales –como el ICE– que nada tienen que ver con la visión “inclusivista” de Acemoglu y Robinson. La duración de la guerra en Oriente, planeada por Israel y seguida por Estados Unidos, será lo que condicione buena parte de la evolución de la economía mundial. Por el momento, los signos que van apareciendo son preocupantes: aumento del precio de la energía –el petróleo puede rebasar los cien dólares el barril–, tensiones inflacionistas, reducción de las contrataciones laborales, contracciones comerciales y, sobre todo, una mayor inseguridad e incertidumbre que se suma a la que ya se tenía. Y era así por lo acontecido en Ucrania, en Gaza, y en otros focos –Somalia, por ejemplo– silenciados por las guerras que afectan más directamente a las economías occidentales. El ataque a Irán –un régimen execrable– alimenta los desequilibrios. Todo esto sucede con la parálisis de instituciones otrora inclusivas que, ahora, se encuentran paralizadas, amordazadas, ausentes, irrespetuosamente tratadas.
Las conclusiones de Acemoglu y Robinson, a partir de la revisión de multitud de casos de historia económica apuntan, al margen de los debates en la ciencia económica sobre los orígenes y las decadencias de las naciones, una vía clave: la importancia cultural, política y económica de que esas instituciones –ONU, Tribunal Supremo en Estados Unidos, Unión Europea, Organización Mundial del Comercio, entidades de todo tipo del mundo sanitario y cooperativo, etc.– sean respetadas o alcen claramente su voz. Y lo hagan ante el excluyente, el autoritario, el autócrata, el que está llevando, junto a la estupidez de sus acólitos, a un precipicio en cuyo borde se nos pide –se nos exige– que avancemos.
Viviendo “distópicamente” en el neocapitalismo
Las grandes crisis económicas de perfil sistémico suelen tener en la guerra, la bolsa y las finanzas una espoleta principal, si bien sus causas estructurales son más profundas. La excepción es la crisis de la pandemia en 2020, generada por la irrupción de un virus. En los últimos cien años, no habíamos visto una recesión económica que se hubiera iniciado y desarrollado a raíz de una causa biológica. Ahora bien, tampoco habíamos conocido crisis auspiciadas por un gobernante, Donald Trump, en un escenario macroeconómico relativamente positivo, en 2025-2026, tal y como han declarado, con criterio y datos, eminentes economistas norteamericanos (Paul Krugman, Janet Yellen, Larry Summers, Daron Acemoglu, Simon Johnson, entre otros). Cabe recordar que desde 2016, en estos últimos diez años, hemos vivido impactos económicos de primera magnitud: la COVID en 2020, la guerra de Ucrania desde 2022, el genocidio en Gaza desde 2024 y la guerra en Irán en 2026. Cuatro grandes conflictos, con decisiva incidencia en las economías más avanzadas, en apenas una década, sin contar otros focos de tensión geopolítica en el Sur global y la enorme devastación que suponen para sus países. A todo ello, sumemos otro factor distorsionador: los aranceles de la administración Trump desde 2025. En conjunto, un cúmulo de escenarios distópicos que han abocado al mundo hacia un contexto de enorme incertidumbre, con guerras como gran telón de fondo. Esta etapa del capitalismo –un sistema que muta como un ente biológico: no está en crisis terminal como, por ejemplo, argumentan Immanuel Wallerstein y Robert Kurz (Wallerstein, 1983; Kurz, 2021)– cuenta con unas características centrales –que se pueden desagregar en otras más específicas, de manera granular–, bajo la égida de la industria 4.0 o Cuarta Revolución Industrial:
La guerra comercial (2025-2026) y la guerra energética (2026): recesiones auto-inducidas
En ese contexto general, se auto-inducen distorsiones económicas, que están derivando en crisis de mayor calado, por parte de la administración de Estados Unidos, bajo el mandato de Donald Trump. La estación de salida es abril de 2025: la promulgación de aranceles a todo el mundo, la expulsión de fuerza de trabajo inmigrante y la bajada de impuestos a la franja más rica de la población. Dos son los objetivos perseguidos: reindustrializar Estados Unidos, y reducir los déficits comerciales. Apuntemos unas consideraciones entorno a ambas cuestiones.
1. Reindustrializar un país no se puede ajustar, tan solo, a una política comercial de “arruinar al vecino”, impulsando una estrategia que la teoría económica ha definido como “sustitución de importaciones” (Prebish, 1981). En efecto, esta fue una línea de actuación de muchos países en otras coyunturas muy especiales, con graves crisis desencadenadas o en contextos bélicos: recordemos, por ejemplo, casos de economías latinoamericanas entre los años 1930 y 1980. Sustituir importaciones implica varios componentes, desde altos aranceles hasta subsidios a empresas nacionales, fuerte inversión estatal en sectores estratégicos, controles en los precios, tipos de cambio preferenciales y la formación de empresas estatales si las inversiones privadas eran más limitadas. En Estados Unidos, muchas industrias clave se han des-localizado tanto en México como en países asiáticos, en sectores como el automovilístico y el tecnológico. La búsqueda de costes laborales unitarios más bajos fue el acicate para los empresarios que estimularon tal planteamiento.
2. Las acciones de la administración Trump no van en la línea de dotar a la economía pública de la fortaleza necesaria cuando se busca sustituir importaciones por producción nacional. Al contrario: el desmantelamiento de organismos públicos y la retracción de la inversión federal constituyen el frontispicio que abre una política económica e industrial interior que no conduce a la reindustrialización. Los aranceles no son, en absoluto, la palanca reindustrializadora que Trump dice, y su conformación obedece más a objetivos que se relacionan directamente con presiones predatorias hacia todo el mundo, incluyendo países que eran considerados como aliados.
Por otra parte, las empresas estadounidenses que operan en el exterior es poco probable que accedan a cambiar esos costes laborales unitarios bajos que ahora tienen, con los aranceles que se van a desarrollar. El coste-beneficio va a imponer, presumiblemente, seguir fabricando donde están. Esta desindustrialización de la economía de Estados Unidos no es responsabilidad de los déficits comerciales del país; éstos han facilitado, no debe olvidarse, fuertes entradas de capital y la posibilidad de consolidar la fortaleza económica norteamericana, gracias a la importancia del dólar como moneda refugio (Eichengreen, 2011). Estados Unidos, además, cuenta con saldos positivos en su balanza de exportaciones de servicios tecnológicos y digitales hacia, por ejemplo, la Unión Europea (un superávit de 109 mil millones de euros para Estados Unidos en estos renglones).
3. La financiarización de la economía explica muchos de los problemas de la economía productiva que tiene Estados Unidos: la tasa de beneficios en empresas industriales es más baja que en empresas financieras y especulativas desde, sobre todo, los años 1980 tras los procesos letales de des-regulación del sistema financiero y la derogación de la ley Glass-Stegall, una normativa decretada por Franklin Delano Roosevelt para paliar las consecuencias de la Gran Depresión (Lapavitsas, 2008). Es aquí donde cabe observar con mayor rigor el proceso gradual de desindustrialización: mayores rentabilidades en las finanzas en Wall Street que en apuntalar positivamente la economía industrial del país.
Una ecuación más realista se puede delinear. Los aranceles van a encarecer las importaciones en Estados Unidos –a parte de lesionar las economías de otros continentes–, lo que va a suponer inflación y tensiones en la política monetaria, elevación de los costes del nivel de vida, incertidumbres empresariales, incrementos en la tasa de desempleo y una caída relevante de la demanda agregada por varios motivos centrales: el retroceso de la inversión pública, el despido de decenas de miles de trabajadores públicos, el desmantelamiento de oficinas y organismos importantes, relacionados con el mundo sanitario y con el educativo, junto al temor de la población inmigrante y su previsible retracción de consumo ante la inseguridad.
Las consecuencias de los tres puntos anteriores son:
a/ La ralentización comercial con Europa. Las exportaciones europeas a Estados Unidos significan el 20% del total; entorno al 5% del PIB europeo. La industria química, de equipamientos, automovilística y maquinaria son los sectores más afectados por la política arancelaria de Trump. Igualmente, productos agroalimentarios como el aceite de oliva o los quesos reciben el impacto negativo correspondiente.
b/ Un re-direccionamiento del comercio de China. En 2015, un 66% de las exportaciones de China se desarrollaban en países avanzados; el dato se ha contraído hasta el 56% en 2023, mientras se ha incrementado en las naciones emergentes, entorno al 44% (CaixaBank Research, IM12, diciembre de 2024). Los flujos comerciales entre China y la Unión Europea se han estabilizado, mientras se han reducido hacia Estados Unidos y Japón. Además, países como México, Vietnam y otros emergentes ofrecen ya mercados alternativos a los productos y servicios chinos. Otro factor es remarcable: imponer un arancel draconiano a las importaciones chinas –una acción que piensa constantemente Trump– puede derivar a una depreciación del yuan; esto quizás represente una mejora en la competitividad de sus productos.
c/ Trump ha prometido una importante rebaja de impuestos. Esto representará mayores beneficios empresariales; y, al mismo tiempo, una reducción de ingresos fiscales cuya traslación al gasto público va a ser meridiana: recortes en servicios esenciales. Esa bajada de tributación tiene efectos-llamada a la inversión exterior. Pero, a su vez, fortalecerá al dólar. A ello debe añadirse la otra medida de Trump, la expulsión de fuerza de trabajo inmigrante, de manera que en conjunto esto reduce la oferta laboral; tal situación va a afectar al crecimiento económico por esa contracción de trabajadores (que se ubican en una gran mayoría en trabajos de servicios, de construcción y agrarios).
d/ Tensiones inflacionistas y en el mercado de trabajo, fruto del despropósito desencadenado por un presidente obsesionado con aplicar aranceles y devolver una supuesta grandeza a un país que se ha beneficiado mucho de la globalización. Tratar de reindustrializar Estados Unidos, al tiempo que se pretende finiquitar el déficit comercial y perseverar a la vez que el dólar sea una moneda capital en el mundo económico, rebajar los impuestos sobre todo a los más ricos –incrementando en el plazo inmediato el déficit público a más del 7% y, a su vez, la deuda a más del 125%, todo sobre PIB– constituye un cóctel de difícil, por no decir imposible, consecución. Es decir, el dólar y los bonos estadounidenses son dos caras de una misma moneda, y se empiezan a cuestionar como verdaderos valores refugio.
e/ La exploración para fomentar mercados con los que ya se opera, como los asiáticos, con China en posición preeminente. Para los damnificados con los aranceles de Trump, las posibilidades en este espacio son importantes, tanto para canalizar inversiones hacia el coloso asiático, como para recibirlas en aspectos como la microelectrónica, las energías renovables –China está avanzando a grandes pasos en este campo– o las conexiones incluso de carácter académico y formativo. Los augurios inversores en Vietnam pueden materializarse, igualmente, en el campo ferroviario. Son sendos ejemplos y no únicos: Corea del Sur y Japón forman parte de este bloque; también la apertura hacia los otros BRICS, gigantes económicos que facilitan anudar relaciones económicas prácticamente en todos los continentes, con accesos a energía, minerales y tierras raras, entre otros productos.
f/ La concreción de pactos multilaterales entre los principales bloques geopolíticos del mundo en esta fase de la globalización, con una incógnita grande puesta sobre Rusia mientras su estrategia bélica siga vigente. Y ello sin perder de vista los problemas estratégicos a los que se enfrenta el planeta, en todas sus áreas geográficas: la emergencia climática, la lucha contra la desigualdad, la preservación de un orden internacional y comercial regulado por instituciones aceptadas y respetadas, la investigación tecnológica con aplicaciones pacíficas y civiles. Es decir, áreas de inversión que justifican colaboraciones intensas entre el sector público y el privado.
Hacia la decadencia de Estados Unidos
Un tema recorre lo expuesto: la decadencia de Estados Unidos como única potencia mundial. Esto es cada vez más evidente, sin menoscabo que Estados Unidos es el país todavía con mayor capacidad militar y de innovación. Pero ese declive no proviene de lo que está acaeciendo con las medidas de Trump; sus orígenes arrancan antes. Y podríamos fijar una posible coyuntura en su génesis: el abandono de la convertibilidad dólar-oro a comienzos de 1970, por el presidente Nixon. Esto propició un proceso continuo de financiarización de la economía estadounidense, instigado por la des-regulación de la administración Reagan y la apertura de la era neoliberal. Desde esa década, se ha acelerado la desindustrialización de Estados Unidos, que ha podido inundar los mercados de dólares y adquirido con ellos las mercancías que los americanos dejaban de producir; o des-localizar industrias en países con mayores laxitudes laborales y con salarios más bajos. He ahí el déficit comercial, paralelo a una entrada masiva de capitales, tal y como ya hemos indicado.
Veamos unos datos: según se recoge en el Financial Times, desde 1990 Estados Unidos ha perdido más de cinco millones de empleos en el sector industrial; y ha ganado casi doce millones de puestos de trabajo en servicios empresariales y profesionales, y 3,3 millones en actividades de transporte y logística. Esto señala un mayor reclamo a las importaciones de todo aquello que, de forma voluntaria, se ha dejado de producir. A partir de la década de 1990, China y otras naciones del espacio asiático inician procesos galopantes de industrialización –con resultados desiguales y con crisis particulares– con la fabricación de mercancías utilizando en unos primeros estadios la tecnología occidental, pero también de forma acelerada activando aprendizajes en diferentes campos industriales y del conocimiento, con la ralentización de la dependencia hacia naciones avanzadas; recordemos: aeronáutica, industria naval, microelectrónica, industria sanitaria, maquinaria diversa, investigación y desarrollo, telecomunicaciones, etc., son esferas en las que el dominio chino es cada vez más patente. La clave final: la expansión enorme de las exportaciones. Asia vuelve a una escena económica como protagonista central, como era en el siglo XVIII.
Huir de la administración Trump, el principal agente distópico
Estos factores descritos, con Trump y su administración como impulsores, inquietan a las economías del mundo, que han pasado de una etapa de estupefacción inicial a otra en la que tratan de reubicarse, ante la volatilidad e improvisación en las decisiones de la Casa Blanca. Los economistas con visiones críticas y rigurosas tratan de entender el proceso y encauzar decisiones.
Paul De Grauwe, eminente profesor de la London School of Economics, ha indicado que el principal problema para Europa es Estados Unidos. Lo señala un experto de perfil liberal, un autor de prestigio por sus contribuciones en el campo de la economía internacional. Y remata: la Unión Europea debería aislar a Estados Unidos, en el sentido de optar por otras opciones asociativas, al tiempo de seguir avanzando en la estrategia inversora de la transición energética. La posición de De Grauwe subraya un claro europeísmo, que se sintetiza en reforzar los lazos intra-europeos y tener claro que cualquier otra opción –como la salida de la Unión, el mal ejemplo británico– es mucho más inquietante que permanecer en un grupo heterogéneo, pero con nexos comunes.
Branko Milanovic, otro investigador de interés por sus estudios sobre la desigualdad, acaba de publicar un libro (Milanovic, 2025) en el que defiende una tesis: lo que conocemos como liberalismo económico ostentaba dos facetas, reconocibles: por un lado, la adopción de bajos impuestos, privatizaciones de servicios públicos y todo un mosaico de desregulaciones; por otro, el empuje del libre comercio y de movimiento de capitales, con aranceles reducidos. Pero ahora, con Trump en el poder, este segundo factor está cambiando: proteccionismo económico –subida de aranceles–, chantajes políticos y financieros, menos globalización. Pero, sostiene Milanovic, el mantenimiento de lo apuntado en el primer factor, es decir: bajos impuestos, mayores desregulaciones y la apuesta por la liberalización total de los mercados. La des-globalización.
Dani Rodrik, en su más reciente trabajo (Rodrik, 2025), parte de una idea central: el modelo de globalización de las últimas décadas está en crisis. De hecho, la integración económica extrema ha supuesto un incremento de la desigualdad, de las tensiones políticas y la pérdida de cohesión social. Estaríamos, para Rodrik, ante el ocaso de la globalización como la teníamos entendida: la hiper-conexión mundial. Avanza Rodrik que urge recuperar a la clase media como fundamento de la democracia y reducir la desigualdad interna en cada país. Aquí se impone –subraya el autor– que los gobiernos asuman el liderazgo del desarrollo de las economías, junto a la creación de empleos de calidad relacionados, de manera preferente, con el sector servicios. En tal sentido, luchar contra el cambio climático, reducir los índices de pobreza y el refuerzo, como se decía, de la clase media, vertebran un “nuevo trilema” que, en este caso, no obliga a escoger necesariamente entre dos opciones de las tres propuestas, como exponía Rodrik en su primer trilema.
El historiador económico Carlos Marichal expone, en su último libro (Marichal, 2025), que nos encontramos en una fase definida sobre todo por el aumento de las desigualdades entre países, y porque las economías son más vulnerables a crisis globales. Marichal ahonda en los procesos de financiarización y las mayores inter-conexiones entre diferentes sectores productivos, con el dominio de las nuevas tecnologías.
Debe recordarse que, desde hace ya décadas y con las perspectivas más defensoras y acríticas del capitalismo –con Friedrich Hayek como máximo hacedor de doctrina– y de la enorme influencia de la Escuela de Chicago –con Milton Friedman al frente–, se está remachando una idea del capitalismo que descansa sobre un trípode: el beneficio, el derecho de propiedad y la libertad –sin que se llegue a definir qué se entiende por esto–. Se elude la defensa de la democracia representativa y las libertades civiles. Estas ideas de un acendrado neoliberalismo se desgranan y se desmontan, con una enorme fuerza intelectual, en las más de setecientas páginas –es decir, un trabajo muy documentado– del reciente libro de los historiadores de la ciencia Naomi Greskes y Erik Conway (Greskes-Conway, 2024). Los autores demuestran, con una apabullante profusión de datos, cómo las empresas han enseñado a aborrecer a los gobiernos y defender, sobre todo, el libre mercado, aunque ello suponga distorsionar los mecanismos intrínsecos al mismo (como, por ejemplo, la libre competencia: un axioma que ya proviene de La riqueza de las naciones de Adam Smith).
Frente a esas ideas de la bondad del capitalismo en su desarrollo de unos mercados en los que no debe existir ninguna regulación, y en donde el beneficio es el gran indicador totémico por encima de cualquier externalidad, los economistas “críticos” mencionados –De Grauwe, Milanovic, Rodrik, Marichal, Greskes, Conway–, en sus sólidos trabajos de investigación, corroboran unos elementos relevantes:
Los cuatro elementos apuntados han saltado por los aires con la guerra de Irán –y antes con la de Ucrania y en el genocidio en Gaza–. Este es el nuevo rostro del capitalismo: una vuelta, sin titubear, al siglo XIX. Huir de esa dura realidad, que se ha sublimado desde 2025 en el segundo mandato de Trump y sus derivadas ideológicas por todo el mundo, se debe formular con el reforzamiento de la Unión Europea, en sus vertientes energética, económica, financiera y en el sector exterior. En la construcción, en definitiva, de nuevos espacios colaborativos entre naciones, al margen de unos Estados Unidos si persisten en su deriva autocrática. Sería el fin de esta Gran Distopía.
Referencias
Eichengreen, Barry (2011): Exorbitant Privilege. The Rise and Fall of the Dollar and the Future of the International Monetary System, Oxford University Press.
Greskes, Naomi-Conway, Erik (2024): El gran mito, Capitán Swing.
Kurz, Robert (2021): La sustancia del capital, Enclave de Libros.
Lapavitsas, Costas (2008): El capitalismo financiarizado, Maia Ediciones.
Marichal, Carlos (2025): Historia mínima de la globalización moderna y contemporánea, Colegio de México.
Milanovic, Branko (2020): Capitalismo, nada más. El futuro del sistema que domina el mundo, Taurus.
Milanovic, Branko (2025): The Great Global Transformation-National Market Liberalism Multipolar World, Penguin.
Prebish, Raul (1981): Capitalismo periférico: crisis y transformación, CEPAL.
Rodrik, Dani (2025): The New Global Economic Order, firmado junto a Lili Yan Ing como coeditora, Routledge.
Varoufakis, Yanis (2024): Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo, Deusto.
Wallerstein, Immanuel (1983): El capitalismo histórico, Siglo XXI.
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