Los distritos innovadores: a propósito del libro de Miguel Barceló Roca

            El ingeniero y economista Miquel Barceló Roca, experto de larga trayectoria y con dilatada experiencia de gestión, acaba de publicar un libro importante: Innocities (Barcelona 2020). Aquí se recogen experiencias y argumentos a favor de lo que el autor califica como Distrito Innovador, con una característica central: su relación directa, simbiótica, con la ciudad, con el entorno urbano. En efecto, la transformación digital y la globalización impulsan un nuevo modelo de ciudad, con la valoración del talento, la interrelación entre actividades productivas y la aceleración de tiempo y procesos. Miquel Barceló Roca explicita cinco subsistemas en estos distritos innovadores (y los cito casi textualmente): el urbanístico, que define los espacios; la estrategia económica, adaptada a las características de cada ciudad y territorio; el sistema tecnológico y de conocimiento; el social, el entramado poblacional en el que se asienta y con el que debe interactuar y retroalimentarse; y la gobernanza propia, que conecta a cada subsistema y lidera las acciones de cada ámbito. Además, hace de nexo de unión entre los organismos públicos y privados, así como con la ciudadanía.

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Nos debemos dinero a nosotros mismos

Un artículo firmado por cien economistas, publicado en cinco importantes periódicos europeos –El País, entre ellos–, ha removido un tema que, hasta ahora, era considerado anatema: la deuda pública y su reestructuración, en el marco de la eurozona. Este espacio económico tiene, en el terreno de las deudas públicas y sus consecuencias, una realidad compleja: los países menos desarrollados, los del sur de Europa, se encuentran constreñidos por la existencia de una moneda sobrevalorada. A esto deben añadirse factores internos, de estructura productiva, que infieren a su vez déficits externos.

Durante la Gran Recesión, la austeridad expansiva aplicada a esas naciones supuso la devaluación salarial y la exigencia de controlar déficit y deuda. Estos elementos significaron la precariedad laboral y social y una dificilísima situación para las capas vulnerables de la sociedad. Durante la Gran Reclusión, estamos viendo cambios relevantes en relación a la austeridad expansiva. De entrada, la política monetaria del BCE ha dado un giro copernicano, para centrar los esfuerzos en preservar los países con déficits públicos muy profundos. La conexión con la política fiscal se ha hecho palpable. Incluso aquellos gobiernos que eran severos en aplicar la austeridad, han optado por relajar el déficit público ante los desequilibrios provocados por la pandemia.

En tal contexto, los gobiernos han decidido implementar programas de inversión. Un factor que incide en el avance del déficit. Su financiación se ajusta a la emisión de deuda soberana, adquirida por inversores o monetizada por el BCE. El dinero, a partir de ahí, lo crea la banca privada, cuando concede créditos a empresas y familias. Los balances de los bancos recogen el resultado de esas operaciones. Los interrogantes que se abren son varios; el más importante: la devolución de la deuda. Toda esta, tanto la vencida como la emitida de nuevo para refinanciar, la está comprando el BCE, o bien los bancos comerciales con dinero prestado por el propio BCE. Si los países de la eurozona no pagaran esa deuda, tal decisión no perjudicaría a inversores ni a ahorradores: la deuda está prestada por el banco central a sus llamemos clientes, los gobiernos de la eurozona. Nos prestamos dinero a nosotros mismos. Y la fuerza del euro es clara: el pago de impuestos u otras obligaciones en euros, junto a las exportaciones en esta moneda, son hechos que lo confirman. El superávit comercial del área es de 25,8 mil millones de euros en noviembre de 2020, según Eurostat, dato que subraya la robustez monetaria.

Lo que se está produciendo en la economía europea es que el gasto público –ERTES, inversiones, subvenciones– se puede pagar con emisiones de deuda, lo que provoca déficits públicos financiados por el banco central. Este monto de deuda no crea problemas en el futuro mientras la inflación esté controlada bajo parámetros razonables. Esto garantiza la sostenibilidad presupuestaria de los gobiernos, si ese segmento de la deuda es condonado –bajo la forma técnica que se decida– para que, a su vez, esos gobiernos puedan disponer de mayores recursos para encarar los retos que tienen planteados.

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Estímulos económicos frente a consolidación fiscal

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Estimular la economía hasta donde sea necesario. La Historia Económica como referente

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Economía y territorio. El retorno de un debate clásico

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Los retos de los mercados. Presentación on line en la Universidad Politécnica de Cartagena, Universidad de Murcia y Ayuntamiento Molina de Segura, diciembre de 2020

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Curso 2020-2021. TEMA 8. De la Gran Recesión a la Gran Reclusión

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Diez años sin María (27 de diciembre 2010-26 de diciembre 2020)

 Subía, María Erbina, con dos rosas rojas encendidas en las mejillas, desde las Ramblas, rompiendo Colón, hacia Montjuic. Destilando sudor limpio de lavanda, la excitación y el esfuerzo la hacían sonreír al paso de las flores, con el ácido aroma del salitre de la Barceloneta. Venía de Torrent de Vidalet 42, donde desgranaba horas y vivencias, temores y esperanzas. Joven, con la fortaleza de los veinte años, cada día jalonaba la misma rutina en aquellos meses de 1938: caminaba apresuradamente hasta Passeig de Gràcia, para enfilar a Plaça Catalunya, y de ahí, al gran paseo hasta el mar, con la vista puesta en el castillo de Montjuic.

 María recorría la Travessera de Gràcia, pasaba ante pequeñas tiendas de ultramarinos desprovistos, se iluminaba en los atardeceres, kilómetro va y viene, tras hora y media larga a pie desde Montjuic. Llegaba a la vivienda de Torrent de Vidalet, una pequeña finca recia con un gran portón que resonaba al abrirse. El recelo de los goznes iniciaba comentarios de protocolo con los vecinos, las miradas furtivas de los jóvenes a aquella refugiada vasca en casa catalana, la chica que había llegado penosamente huyendo de la toma de Bilbao por las tropas de Franco. En Barcelona: fuego, bombas, aviones, refugio, muerte, desesperanza.

María se instaló sin querer en un sueño, más bien una pesadilla, en la que aparecían la ausencia del padre –desaparecido en el frente del Norte, en una columna de la CNT–, la dispersión de la madre y las tres hermanas pequeñas –éstas enviadas junto a otros niños al sur de Francia; aquélla, con el juicio perdido por la soledad y la incertidumbre-  el encarcelamiento del prometido –militar fiel a la República condenado por la República–, víctima de la corrupción de las conciencias. Sí, María se hallaba en un laberinto sin resolución aparente: entera, honesta y serena, sus pasos parecían siempre guiados por una especie de designio superior, intangible, protector. De las numerosas vías que se le presentaron, tuvo la fortuna de escoger siempre el mejor sendero, la trayectoria más positiva. Estos avatares la hicieron llegar a Barcelona, tras un tortuoso recorrido por Euskadi, Cantabria y algunas poblaciones de Catalunya como Alella.

María, esbelta y delgada, oscura la frente con una mata de pelo azabache, la tez pálida, los ojos envueltos en largas cortinas de pestañas, la risa franca, la lágrima presta, el corazón roto por una guerra incomprensible para ella, perdió, como tantos otros, la dulce vida de una adolescencia serena. Hija de un obrero metalúrgico y de una mujer inusualmente culta, ávida lectora de periódicos y con el corazón y la cabeza en la izquierda, María, su hija mayor, asimiló unos códigos de conducta que entrelazaban el cristianismo popular y los vientos de un socialismo que salpicaba fábricas y lugares de Portugalete. Todo un microcosmos que se tambaleó, lacerante, en 1936.

Ya van diez años sin su presencia física, sin su fina piel, sin sus risas, sus besos y comentarios. La echamos de menos cada día, por lo que había sido, por lo que era. Por lo que nos enseñó a sus hijos y nietos. Siempre, viva, entre nosotros.

 

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Demanda que cae, camino a la deflación

Instituciones económicas de toda solvencia (como Funcas) ha indicado que España cerrará la inflación con un –0,3% en 2020. La previsión de esta caída de los precios la suscribe también el Banco de España. El gobierno tiene otros cálculos: plantea un crecimiento de los precios de un 0,9%, en tasas positivas, para 2021. Sea cual sea la previsión que se acerque más a la realidad, el hecho es que estamos insertos en una espiral en la que la caída de los precios es un signo inequívoco de que nos encontramos ante un problema de demanda. El umbral para los precios se marcó, desde Europa, en un 2%, a raíz del Tratado de Maastricht. Sin embargo, la trayectoria más reciente de ese indicador, como decimos, se aleja de la frontera del 2% y se acerca más hacia el 0. El precipicio de la deflación, de la caída de los precios, es real, e infiere conductas económicas precisas.

De entrada, quien tiene ahorros y capacidad de gasto contrae sus decisiones a la espera de que los precios todavía se “deprecien” más. En paralelo, los productores ralentizan sus inversiones, toda vez que lo que se produce se cotiza menos en los mercados. El corolario se traslada al mercado de trabajo: menos producción, menos consumo, salarios más bajos, menos contrataciones. Todo esto no es nuevo: existen ya suficientes casos en la historia económica que delatan situaciones parecidas. De hecho, las grandes crisis económicas del capitalismo, desde la primera acaecida en 1873, siguiendo con las de 1929 y 2008 –y ahora, con la del coronavirus– presentan el signo de la deflación. Sólo las crisis energéticas de 1973 y 1979 tuvieron, en este punto, un perfil distinto: aumento del paro junto a inflación, un fenómeno que los economistas bautizaron como estanflación.

Ahora, esta evolución de los precios obliga a seguir actuando en la política monetaria. De hecho, el Banco Central Europeo ha roto todos los dogmas presentes hasta marzo de 2020: se discute, ahora, una revisión sobre esa frontera del 2% en el nivel de inflación. A su vez, la política fiscal, que incumbe más a los gobiernos, debe poner en marcha los motores de la inversión de manera acentuada, aunque esto comporte dislocaciones en las cuentas públicas: incrementos de deuda y déficit. Algunos expertos consideran que la llegada de los paquetes de inversión desde Europa contribuirán a “engrasar” la economía, y la grasa visible va a ser, aseguran, el repunte de los precios. Porque se habrá expandido la demanda: el consumo, la inversión.

Todo esto contiene derivadas que se desprenden hacia el análisis de las deudas soberanas de los países y los mecanismos para hacerlas menos lesivas, un aspecto que deberá abordarse cuando aparezcan mejores perspectivas tangibles de recuperación económica. Se habla de 2022, 2023 e incluso 2024. Nadie tiene certezas en este escenario en el que estamos trabajando, presidido por la incertidumbre motivada, de origen, no por una causa económica, sino por un agente biológico. Los economistas no están preparados para realizar augurios convincentes ante un problema que es epidemiológico. Y deberán atender lo que digan los científicos sanitarios al respecto.

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Jordi Nadal, In Memoriam

El miércoles de madrugada, pasadas las doce, me entran sendos mensajes en el móvil: de Jordi Catalan y de Álex Sánchez, profesores de la Universitat de Barcelona, colegas y buenos amigos. Me dicen que el doctor Jordi Nadal ha fallecido. Desaparece, físicamente, quizás el último de los grandes maestros vivos de la Historia Económica, persona de amplia cultura, formación humanista, vehemente y con convicciones que expresaba sin tapujos, rigor imbatible, crítico feroz. Siempre directo: de una pieza. Siempre estricto. Su relación con el Grupo de Estudios de Historia Económica de la UIB fue relevante. Vino a nuestra universidad en varias ocasiones. Conferencias, cursos, seminarios, presentación de un libro sobre el desarrollo industrial de Balears en el Colegio de Ingenieros (donde ofreció una brillante exposición sobre las turbinas hidráulicas), largas conversaciones sobre economía, sobre industria, sobre política industrial. Nos apreciábamos. Siempre estaba disponible, sin contrapartidas.

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