Economía mundial y española: apuntes en tiempos de plomo

            Los acontecimientos graves por los que atraviesa la economía mundial, que afectan también a la española, aconsejan unas consideraciones que, por su naturaleza muy oscilante, trataremos de plantear desde sus factores más estructurales, sin descuidar los datos disponibles de carácter más coyuntural. El ejercicio no es fácil, por la gran volatilidad de la economía en este contexto. Dos son los bloques. El primero, el contexto que se ha abierto tras las medidas arancelarias de la administración norteamericana. El segundo, la posición de la economía española, con datos recientes de 2024 y 2025, ante esta compleja situación.

1. El tsunami de Trump

            Caídas de las bolsas mundiales, con la de Estados Unidos a la cabeza, situándose en índices de la pandemia. Las pérdidas en Wall Street se enfilan a más de 6 billones de dólares. En su conjunto, –10%, con derrumbes llamativos en los índices Nasdaq (–5,8%), Dow Jones (–5,5%), S&P 500 (–5,98%). Desplome de acciones de empresas emblemáticas (General Electric, –6%; Ford, –5,9%; General Motors, –4,2%; Apple, –9,2%; Microsoft, –2,3%) junto a instituciones bancarias (Bank of America, –11%; Goldman Sachs, –9,2%). Las grandes empresas tecnológicas (las denominadas Siete Magníficas: Apple, Amazon, Alphabet, Microsoft, Nvidia, Meta, Tesla) restan más de 980 mil millones de dólares de valor de mercado. Una auténtica sangría. En paralelo, desmoronamiento de las bolsas europeas y asiáticas, que arrojan descalabros del –5% en general. Los datos se corresponden al día siguiente del anuncio de Trump. Éste sigue empecinado en condenar a la economía mundial a una recesión sin sentido, con pérdidas para todo el mundo. Y atacando sin tregua a sus otrora aliados. Un reguero de incendios desencadenados hacia el caos.

            Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, ya ha advertido que los aranceles van a tener consecuencias mayores a las esperadas, y que es muy probable una crisis económica en Estados Unidos en los próximos meses, con sus corolarios en la economía planetaria. Una crisis en la que las tensiones inflacionistas pueden aparecer, de manera que el aterrizaje de los precios –que Powell ya daba por hecho– y el mantenimiento del crecimiento económico, se encuentran ahora mismo en entredicho. Se abren fuertes especulaciones sobre posibles bajadas de tipos de interés en un escenario de contracción; pero Powell no descarta mantener los tipos en su estado actual, ante el riesgo claro de inflación. Estaríamos, entonces, en un cuadro de estancamiento y aumento de precios, una estanflación que ya se conoció en la década de 1970. Hipótesis arriesgada, pero no descabellada. Arriesgada y descabellada, porque la inestabilidad es de gran intensidad, y las opciones de Trump y de su administración se van balanceando sin un aparente criterio racional: subidas de aranceles, luego parálisis en su aplicación, después nuevas amenazas efectivas de incrementos, su anulación temporal –con la única excepción de las tarifas a China–, etc. Todo falto de seguridad jurídica, de mínima previsión.

            Trump advierte que los aranceles resituarán a Estados Unidos en una potente senda de crecimiento. Esto no ha sucedido nunca en la historia económica de los últimos 120 años con tal política económica. Los aranceles se desplegaron tras la primera gran crisis del capitalismo, en 1873; y se retomaron con fuerza en la economía de entreguerras. En etapas económicas con unas características que poco tienen que ver con la actual. Todo con resultados negativos derivados de los cierres de las economías y en coyunturas en las que los grados de apertura de las mismas, siendo importantes, no eran tan elevados como los actuales. El inspirador del desaguisado actual, Stephen Miran, ha permeado a Trump una hoja de ruta de elevadísimo riesgo, que denota, además, un conocimiento limitado de la economía internacional, una ignorancia profunda de la historia económica y, sobre todo, el arrinconamiento de los elementos determinantes de la estructura productiva de Estados Unidos. Unos factores conviene subrayar:

  • Los aranceles se han impuesto a partir de datos erróneos, desde una fórmula con variables y resultados muy discutibles. Las cifras de partida ya han sido criticadas por economistas eminentes –Larry Summers, Georg Mankiw, Paul Krugman, entre otros– que no son representativos de corrientes heterodoxas.
  • Reindustrializar un país no se puede ajustar, tan solo, a una política comercial de “arruinar al vecino”, impulsando una política que algunos han definido como “sustitución de importaciones”. En efecto, esta fue una línea de actuación de muchos países en otras coyunturas muy especiales –con graves crisis desencadenadas o en contextos bélicos: recordemos, por ejemplo, casos de economías latinoamericanas entre los años 1930 y 1980, una práctica avalada por la CEPAL en términos teóricos y por el economista Raul Prebisch–.
  • Sustituir importaciones implica varios componentes, desde altos aranceles hasta subsidios a empresas nacionales, fuerte inversión estatal en sectores estratégicos, controles en los precios, tipos de cambio preferenciales y la formación de empresas estatales si las inversiones privadas eran parcas. En Estados Unidos, muchas industrias clave se han deslocalizado tanto en México como en países asiáticos, en sectores como el automovilístico y el tecnológico. La búsqueda de costes laborales unitarios más bajos fue el acicate para los empresarios que estimularon tal planteamiento.
  • Las acciones de la administración Trump y de Elon Musk no van en la línea de dotar a la economía pública de la fortaleza necesaria cuando se busca sustituir importaciones por producción nacional. Al contrario: el desmantelamiento de organismos públicos y la retracción de la inversión federal constituyen el frontispicio que abre una política económica e industrial interior que no va a conducir a la reindustrialización que se defiende. En definitiva: los aranceles no son, en absoluto, la palanca reindustrializadora que Trump dice, y su conformación obedece más a objetivos que se relacionan más directamente con presiones predatorias hacia todo el mundo, incluyendo países que eran considerados como amigos o aliados.
  • Las empresas estadounidenses que operan en el exterior es poco probable que accedan a cambiar esos costes laborales unitarios bajos que ahora tienen, con los aranceles que se van a desarrollar. El coste-beneficio va a ser, presumiblemente, seguir fabricando donde están.
  • Esta desindustrialización de la economía de Estados Unidos no es responsabilidad de los déficits comerciales del país; éstos han facilitado, no debe olvidarse, fuertes entradas de capital y la posibilidad de consolidar la fortaleza económica norteamericana, gracias a la importancia del dólar como moneda refugio. Que, además, cuenta con saldos positivos en su balanza de exportaciones de servicios tecnológicos y digitales hacia, por ejemplo, la Unión Europea (un superávit de 109 mil millones de euros para Estados Unidos en estos renglones): esta es una tangible herramienta de negociación para los europeos. No hay ni estafa ni abuso por parte del mundo hacia Estados Unidos. Lo que ofrece la administración Trump es dinamitar Bretton Woods y todo lo que representa: un multilateralismo en el que Estados Unidos se erigía como potencia central.
  • La financiarización de la economía explica muchos de los problemas de economía productiva que tiene Estados Unidos: la tasa de beneficios en empresas industriales es más baja que en empresas financieras y especulativas, desde sobre todo los años 1980 tras los procesos letales de des-regulación del sistema financiero y la derogación de la ley Glass-Stegall, una normativa decretada por Franklin Delano Roosevelt para paliar las consecuencias de la Gran Depresión, y que ponía coto a los desórdenes inversores y especulativos de una parte sustancial del sistema financiero. Es aquí donde cabe observar con mayor rigor el proceso gradual de desindustrialización: mayores rentabilidades en las finanzas en Wall Street que en apuntalar positivamente la economía industrial del país.
  • Una ecuación más realista se puede delinear: los aranceles van a encarecer las importaciones en Estados Unidos –a parte de lesionar las economías de otros continentes–, lo que va a inferir procesos plausibles de inflación, elevación de los costes del nivel de vida, incertidumbres empresariales, incrementos en la tasa de desempleo y una caída relevante de la demanda agregada por varios motivos centrales: el retroceso de la inversión pública, el despido de decenas de miles de trabajadores públicos, el desmantelamiento de oficinas y organismos importantes, relacionados con el mundo sanitario y con el educativo, junto al temor de la población inmigrante y su previsible retracción de consumo ante la inseguridad. Desmontar la economía pública parece ser un objetivo, para favorecer la entrada agresiva de la economía privada de la mano de los grandes consorcios que han empujado la victoria de Trump.

Los movimientos económicos se dinamizan de manera notable. El más significativo, el más directo, el más doloroso para Estados Unidos, el de China. Los dirigentes asiáticos han permanecido silentes mucho tiempo, a la expectativa. Pero han anunciado responder con aranceles a las importaciones norteamericanas y, esencialmente, la aplicación de severos controles a las exportaciones de tierras raras (gadolinio, disprosio, escandio, lutecio, etc.; China tiene en sus manos el 80% del comercio total de estas producciones) supone un golpe para la industria militar de Estados Unidos (en su producción de misiles, por ejemplo) y, a la par, a las industrias médica y electrónica. Dos vectores, el tecnológico y el militar, en los que la competencia entre Estados Unidos y China es acendrada. Difícil saber si todo esto puede reconsiderar la posición de Trump. Probablemente no. El daño ya está hecho, y su desbordamiento se está haciendo efectivo.

En efecto, los índices disponibles sobre confianza económica (Economic Policy Uncertainty Index, publicado por Blomberg), que engloban el comercio, colocan el indicador en una cota similar a la vivida durante la pandemia. Estados Unidos se lleva la palma en esta evolución, en la que la desconfianza, el miedo, la incertidumbre, presiden el comportamiento de inversores y ciudadanos. Estamos, como ya se ha dicho, ante una enorme volatilidad en los mercados financieros, con fuertes caídas de las bolsas desde el mal llamado “liberation day”. En tal contexto, las empresas tecnológicas son las que más están sufriendo, con caídas del 19% y 17% en Europa y en Estados Unidos, respectivamente. En este último país, todos los sectores –no así en Europa– están conociendo caídas significativas: empresas sanitarias, energéticas, financieras, industriales, inmobiliarias, etc., según datos de Bloomberg para el día 3 de abril. 

El pesimismo es lo que domina, y la euforia que se vislumbró ante el triunfo de Trump se ha alejado por completo, con conatos de disconformidad ante la política económica del mandatario, por parte de empresarios y representantes del Partido Republicano. Esta situación negativa se ha trasladado, a su vez, a los precios energéticos, que de alguna forma avanzan una posible recesión: caídas en los precios del petróleo y del gas. El agravamiento se acrecienta con la actitud del presidente estadounidense incrementando los aranceles a China, con la consiguiente respuesta de Pekín al elevar al 84% los aranceles ante la subida previa a más del 100% de las tarifas por parte de Estados Unidos: asistimos a una parálisis de una parte central del comercio internacional, un freno que puede extenderse a todo el mundo. Desglobalización, con una posibilidad tangible de entrar en recesión auto-inducida –insistimos en ello– por la administración Trump. China, en paralelo, pone a la venta bonos de deuda de Estados Unidos –China detenta una parte nada desdeñable de deuda pública norteamericana–, con el objetivo de devaluar su moneda y contrarrestar así una parte de las consecuencias de los aranceles. He aquí una munición de gran calado, que tiene un peligro latente: generar una crisis financiera relevante.

2. La resistente economía española frente a la tormenta

            En estas coordenadas, la economía española ostenta indicadores positivos. Un cierre de ejercicio 2024 con un crecimiento del 3,2%. La mitad de ese crecimiento, debido al consumo privado. Y éste explicable por el dinamismo del mercado laboral, con la creación de casi 500 mil puestos de trabajo, una disminución de la tasa de paro a poco más del 10%, y un crecimiento demográfico relevante. Expansión de las exportaciones de servicios, con una aportación al PIB de 0,4 puntos por parte del sector exterior. Y sin desequilibrios financieros: mantenimiento de la deuda privada, la que nuclea hogares y empresarios (125% sobre PIB; la media de la zona euro se sitúa en 153%); y de la deuda pública, que alcanza casi el 102% sobre PIB.

            Estos son los fundamentos para el desarrollo económico de 2025, en un entorno caracterizado por la elevada incertidumbre que ya hemos detallado: Trump y sus aranceles. El tsunami. Sin embargo, importantes instituciones económicas –Banco de España, FMI, CaixaBank, Funcas, entre otras– subrayan una posible prospectiva: España seguirá en esa senda robusta de crecimiento. El primer trimestre de 2025 se ha inaugurado con un aumento en la afiliación a la Seguridad Social, a una tasa media del 0,2%. Las horas trabajadas han aumentado (3,5% en términos interanuales), con incrementos de la productividad por ocupado y de la productividad por hora efectiva, con datos del INE y del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Las entidades económicas se han apresado en variar al alza las previsiones de crecimiento para España en 2025 (The Economist, Financial Times).

            Los cálculos que hacen los economistas deben estar presididos por la cautela en un contexto tan problemático como el actual. No obstante, las bases sólidas que antes hemos dibujado facilitan llegar a conclusiones concretas. La previsión del crecimiento económico para España se puede situar entorno al 2,5% –el dato casi cuadriplica el establecido para la media de la UE– toda vez que los impactos de los aranceles sobre nuestra estructura económica pueden suponer un ajuste aproximado de apenas 0,1 puntos porcentuales, por la menor exposición de la economía española a la estadounidense. En paralelo, las inversiones en bienes de equipo en el cuarto trimestre de 2024 crecieron un 7,6%, según datos del Banco de España y del INE. A su vez, se ha detectado un aumento en el ahorro de los hogares (más de un 14%). Este proceso dinámico se incardina, además, en una evolución controlada de los precios. De hecho, las instituciones consultadas prevén una moderación en la inflación: entorno al 2,5% en el curso del presente año, hasta llegar al umbral del 2% en 2026.

            Estas variables, que provienen de fuentes públicas y privadas de toda credibilidad y rigor, colocan la economía española en una posición más sólida en contraste con otras economías de la zona euro. Los avatares internacionales son los que pueden trastocar o matizar los indicadores expuestos. Hay problemas: vivienda, pobreza infantil, desigualdad, aspectos que no pueden enterrarse ante positivas cifras macroeconómicas. Y urgen a fomentar políticas específicas para atajarlos.

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