La desigualdad, un reto económico central

La incertidumbre preside todo análisis económico en el momento presente. Marcar tendencias –que incluye, igualmente, previsibles errores– es lo más razonable que puede hacerse, bajando el diapasón de las exigencias a la ciencia económica, en el sentido de aportar certezas que, presumiblemente, deberían emanar de unas “leyes” que, de facto, no existen. En el marco de esta coyuntura, la gran desigualdad de las rentas es una característica destacada en el crecimiento económico actual. Esto se añade a las encrucijadas –de todo tipo– que está comportando el cambio climático: transiciones energéticas y emergencias que afectan no solo a gobiernos, administraciones y grupos empresariales y sindicatos, sino también a la esfera financiera, con preocupación latente en el conjunto de los bancos centrales del mundo (S. Dikau-U. Volz, 2021; C. González-S. Nuñez, 2021; E. Jones, 2021). Según Oxfam, 85 personas tienen el mismo volumen de riqueza que la mitad menos rica de la población mundial. Esto obliga a adoptar sistemas de transferencia y tributarios cada vez más progresivos, en forma de subvenciones a la creación de empleo (T. Piketty, 2022).

Ahora bien, los trabajos que se van divulgando comienzan a surtir efecto entre la ciencia económica y, al mismo tiempo, impregnan pensamientos y discursos en el ámbito político, con aportaciones consideradas antes como infrecuentes. En este sentido, un libro reciente coordinado por Olivier Blanchard y Dani Rodrik compila un haz compacto de trabajos con firmas destacables (Philippe Aghion, Daron Acemoglu, Larry Summers, Gregory Mankiw, entre otras), cuyas reflexiones giran en torno a un aspecto esencial: el avance de la desigualdad (O. Blanchard-D. Rodrik, 2022). Para España, se ha publicado un importante conjunto de investigaciones bajo la coordinación editorial de Berna Leon, Javier Carbonell y Javier Soria (2024), con aportaciones de treinta especialistas que profundizan en el diagnóstico del desarrollo de la desigualdad y sobre medidas concretas para embridarla. La temática se abordó, igualmente, en un reciente Foro de Davos, el sancta santorum de la narrativa económica convencional, cuyas argumentaciones son trasladables después a todas las esferas del mundo de la economía. Aquí, en este ambiente ortodoxo, se presentó un texto, firmado por grandes empresarios multimillonarios, que se hacían eco de los problemas que se vislumbran tras el avance imparable de la desigualdad, con recomendaciones sorprendentes: estos empresarios reclaman, entre otras cosas, la urgencia en subirles impuestos. A ellos: tanto en la renta como en el patrimonio. Una declaración insólita, que choca con la obstinación en reducir la tributación por parte de partidos e instituciones conservadoras, en un escenario severo de crisis.

Tras esta declaración, la idea de activar políticas redistributivas se refuerza en el actual proceso de nueva globalización. En esta, los retos son enormes, de perfil civilizatorio, con la desigualdad creciente como telón de fondo. Y para alcanzar objetivos razonables de bienestar se necesita dinero. Este no escasea. El tema radica en su justa redistribución. De hecho, los firmantes del texto empresarial enfatizan la necesidad de la persecución del fraude fiscal y en desvelar la evasión tributaria hacia paraísos fiscales. Un aspecto central sobre el que Gabriel Zucman ha aportado datos demoledores (G. Zucman, 2014; J. Urry, 2017): en los paraísos fiscales se esconden 6 billones de euros, que supone la depredación a los Estados de unos 130.000 millones de euros en impuestos. Este número se asemeja a la suma de las partidas Next Generation que recibirá España en los próximos años. Según Branko Milanovic, en este mundo globalizado buena parte de los partidos políticos se han quedado sin ideas para cortar la desigualdad, mientras los millonarios siguen dando cantidades astronómicas a políticos que, antes o después, les devolverán el favor. Un ejemplo: en las presidenciales norteamericanas de 2016, el 0,01% más adinerado de la población aportó el 40% de las donaciones de campaña (B. Milanovic, 2021).

En otro libro reciente, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman arguyen que, entre otras herramientas, las políticas tributarias directas sobre renta, patrimonio y sucesiones forman una estrategia esencial para corregir los desequilibrios que provocan las artimañas legales, para eludir el pago de impuestos (E. Saez-G. Zucman, 2022). A su vez, Zucman, junto a Lucas Chancel y Thomas Piketty, es codirector del más reciente trabajo que se ha realizado sobre la desigualdad global, publicado en 2022 (https://dds.cepal.org/redesoc/publicacion?id=5585).  Los datos y análisis presentados se basan en el trabajo de más de 100 investigadores durante cuatro años, en todos los continentes. Contribuyen a la base de datos de Desigualdad Mundial, una vasta red que colabora con instituciones estadísticas, autoridades fiscales, universidades y organizaciones internacionales para armonizar, analizar y difundir datos internacionales comparables sobre desigualdad.

Ahora bien, la preocupación por la desigualdad no es nueva. En 1955, Simon Kuznets hizo el primer intento de estudiar la relación entre el nivel de ingresos y la desigualdad (S. Kuznets, 1955). Utilizando datos de Estados Unidos, Inglaterra y Alemania, evidenció el deterioro de la distribución del ingreso en las primeras etapas de desarrollo; y, después, una mejora espoleada por el crecimiento económico. Sugirió que el aumento de la desigualdad en los países en desarrollo era parte de un proceso inevitable, que conduce al desarrollo y, como posible explicación de este patrón, propuso la concentración del ahorro y la urbanización. A partir de este punto, empezaron una serie de estudios teóricos y empíricos, para evidenciar lo que Kuznets había mostrado. Pero una pregunta siempre ha estado presente, de forma subliminal, en todas estas aportaciones: ¿por qué debería importarnos la desigualdad si ésta es una fuente intrínseca del proceso social? Por dos razones: la primera se debe a la preocupación de que los altos niveles de desigualdad socavan el proceso de desarrollo de un país determinado; y la segunda pertenece al campo filosófico, puesto que este fenómeno sería el resultado de un sistema económico injusto, ya sea por la adhesión a una de las interpretaciones de los principios subyacentes a una distribución justa que han sido expuestos por John Rawls (2000); o por la percepción de los miembros de una sociedad que, independientemente de las bases que apoyan su posición, exige un cambio de sistema que permita mejorar su estado de bienestar.

La desigualdad está repartida, con la concentración del capital en pocas manos y la superioridad de sus rendimientos en relación con los del trabajo. Un escenario estructural que se debe abordar, en este contexto de crecimiento presidido por la incertidumbre.

Bibliografía

Blanchard, O.-Rodrik, D. (Directores) (2022): Combatiendo la desigualdad. Deusto, Barcelona.

Dikau, S.-Volz, U. (2021): “Central bank mandates, sustainability objectives and the promotion of green finance”, Ecological Economics, vol. 184, 107022.

González, C.-Nuñez, S. (2021): Markets, Financial Institutions and Central Banks in the Face of Climate Change: Challenges and Opportunities. Banco de España, occasional paper núm. 2126.

Jones, E. (2021): “El BCE y el cambio climático”, Cuadernos de Información Económica, núm. 274.

Kuznets, S. (1955): “Economic Growth and Income Inequality”, American Economic Review, 45 (1), 1-28.

Leon, B.-Carbonell, J.-Soria, J. (Editores) (2024): La desigualdad en España. Lengua de Trapo-Círculo de Bellas Artes, Madrid.

Manera, C. (2015): La extensión de la desigualdad. Austeridad y estancamiento. Catarata, Madrid.

Milanovic, B. (2021): Capitalismo, nada más. Taurus, Barcelona.

Piketty, T. (2022): Una breve historia de la igualdad. Deusto, Madrid.

Rawls, J. (2000): Teoría de la justicia. Fondo de Cultura Económica, Madrid.

Saez, E.-Zucman, G. (2022): El triunfo de la injusticia. Taurus, Barcelona.

Urry, J. (2017): Offshore. La deslocalización de la riqueza. Capitán Swing, Madrid.

Zucman, G. (2014): La riqueza oculta de las naciones. Pasado&Presente, Barcelona.

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Industria y servicios: ¿condenados a entenderse?

La industria se considera como una actividad sólida, con recorridos históricos. Pero el turismo de masas, por ejemplo, no es una actividad económica coyuntural ni episódica. Pero revuelve por completo una estructura económica e infiere un fenómeno: la desindustrialización. Industria y servicios: en ambos casos, la relación entre salarios y productividad es importante, en dos frentes:

  1. Por la competencia de los países más desarrollados, con rendimientos crecientes y economías muy dinámicas que aumentan la productividad y facilitan la reducción de sus salarios de eficiencia. Esto penaliza otras economías que tienen sectores productivos con rendimientos decrecientes. El desenlace es que los primeros exportan, mientras los segundos sucumben, de manera que conocen el desempleo y la caída de los salarios.
  2. La industria resistente, que no ha desaparecido por completo en la fase anterior, se encuentra en una nueva encrucijada: la competencia de países emergentes, con rendimientos crecientes, salarios muy bajos y normativas laborales y ambientales permisivas, lo que estimula procesos de deslocalización productiva que buscan más des-regulaciones y menos control. Estamos ante un nuevo golpe a la industria de los países más desarrollados. Es, en definitiva, el libre funcionamiento de las fuerzas del mercado, que inciden en mayores desequilibrios regionales, siempre en un marco de desequilibrio.

Detectamos dos diferencias sustanciales entre los servicios y la industria. En primer lugar, algunos servicios son comercializables, de manera que ostentan cada vez más importancia en el comercio mundial. Se trata, sobre todo, de actividades muy intensivas en conocimiento, que generan pocos puestos de trabajo. En segundo término, en naciones en desarrollo los servicios absorben los excesos de mano de obra, en actividades con productividades bajas e intensivas en fuerza laboral. Esto constituye un importante cuello de botella, toda vez que estas ocupaciones no pueden ampliarse sin ejercer una relación real de intercambio muy desfavorable contra si mismas; es decir, reduciendo los precios de los servicios lo que, en definitiva, equivale a contraer los salarios.

            Las economías occidentales presentan una nueva naturaleza en los servicios. Éstos tienen una función capital en la transición de estructuras industriales avanzadas hacia sectores sustentados en el conocimiento. De hecho, los servicios son actividades que más contribuyen a la creación de empleos intensivos en conocimiento. Estas actividades ya no se caracterizan por una baja productividad, según se ha documentado en la literatura sobre el crecimiento de las economías desarrolladas. Así, una investigación sobre una muestra de treinta países miembros de la OCDE demostró el avance de los servicios de alto valor añadido, mientras que los tradicionales (servicios sociales y personales y hoteles y restaurantes) registraron aumentos de la productividad y los servicios modernos (transporte, intermediación financiera y telecomunicaciones) subrayaron cifras comparables a algunas actividades de alto crecimiento en el sector industrial. Atención a todo esto.

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España, una economía resistente y dinámica

1. El fracaso de los profetas

            Fracasaron los augures del precipicio. No llega la hecatombe que preveían algunos analistas con lecturas muy interesadas, y que aireaban algunas formaciones políticas. Los datos de la economía española se mantienen en senda de crecimiento. Lo dicen el INE, CaixaBankResearch, Banco de España, BBVAResearch, Comisión Europea, FMI. Todos…menos esos “algunos” a los que nos referíamos. Rubrica la positividad Paolo Gentiloni, Comisario de Economía, UE: España está en mejor forma que el resto de la eurozona. El crecimiento económico en España: entorno del 2%, con control paulatino de la inflación. Trayectos que los profetas de la catástrofe no atinaban. España ha recuperado más fuelle económico que Francia, según datos de Eurostat, a partir del cierre de las Cuentas Nacionales del cuarto trimestre de 2023. No hay apocalipsis. Lo venimos diciendo desde hace mucho tiempo. Se confirma una vez más. Con datos. No con percepciones ni con torturas estadísticas: con variables homologadas por las principales instituciones económicas.

            ¿Qué más vemos en esta economía española? Factores positivos: dinamismo del crédito, del consumo privado, del consumo público, mayor resiliencia a las subidas de precios de la energía, intenso crecimiento de la ocupación, menor inflación en contraste con la UE, relevancia del turismo, importancia de las exportaciones de servicios no turísticos, mejora de competitividad. Pero atención con estos otros: debilidad de las inversiones, endeudamiento relevante, anemia industrial, adecuación a las nuevas reglas fiscales –todavía escasamente definidas– de la UE (datos concretos: en las fuentes enunciadas más arriba).

            En tal contexto, la complacencia no es buena consejera. Pero tampoco lo es anunciar las plagas de Egipto cada dos por tres: la mentira tiene las patas cortas. Sobre lo dicho más arriba, ¿qué podemos afirmar, sugerir, reflexionar? Veamos algunas claves. Dinamizar la inversión: persistir en los “activos intangibles” (tecnología, conocimiento), que no es una invención teórica, sino que viene avalada por números; seguir invirtiendo en TIC (que va en aumento desde el año 2000); analizar la productividad, que probablemente presenta dualismos (sectores con productividad alta, frente a otros con productividades débiles); seguir por la apuesta hacia la transición energética, la digitalización y los servicios sociales. Problemas: encajar esto con esas reglas fiscales que van a requerir mayor control del gasto público…a la vez que desde la misma UE se reclaman esfuerzos en asignar más recursos a las partidas que (entre otras que podrían acoplarse) hemos anotado antes. Aquí se abren posibilidades de actuaciones en política tributaria. Andreu Missé comentaba, hace poco, la publicación del libro Los ricos no pagan IRPF. Un texto firmado por dos técnicos de Gestha (poca broma). Diagnóstico: homologar nuestra fiscalidad a la media comunitaria. Estamos a 38.000 millones de euros de menores ingresos fiscales. Pensemos lo que se podría hacer con ellos, de tenerlos. En paralelo, hay quien sigue confiando en reducir la capacidad tributaria, bajando impuestos a las rentas altas. Las cifras no dan. Aprendámoslo: la importancia de lo público.

2. Vindicación de lo público…con datos previos

            Veamos. Datos positivos de inflación general para España. De las más bajas de la Eurozona, por debajo de la de Alemania. Previsiones de instituciones internacionales: seguirá esta tendencia bajista. Un hecho que ya se está viendo, también, en Estados Unidos. La liberación de los corsés comerciales, provenientes de la guerra, hace efectiva una mejor circulación de las mercancías. Sobre todo, del gas licuado. El shock de oferta se ha ido limando con el tiempo, por fortuna. Si a ello le sumamos el tope ibérico, el resultado micro es potente: reducción en la factura energética de los hogares. Con otro dato relevante: el acopio de gas en la Eurozona llega ya al 90%, de manera que no se otean dificultades de suministro. Pero, además, como recordaba hace poco la profesora Mariana Mazzucato, en el caso de España la inflación también se ha reducido por la gratuidad del transporte público y, esencialmente, por la fiscalidad sobre los beneficios caídos del cielo a empresas energéticas oligopolísticas. Todo un acerbo de políticas públicas que demuestran una realidad innegable: la economía pública está siendo determinante para evitar serios problemas a consumidores y empresas, lo cual no quiere decir que desaparezcan. Pero la inacción o dejar que el mercado, de forma espontánea, resolviera las ecuaciones hubiera conducido a una depresión en la economía. Tal y como aconteció en el pasado más inmediato, con la crisis financiera de 2008.

            Negar la relevancia del sector público y de sus gestores forma parte del acerbo ideológico de la economía y de la política más ortodoxas, menos permeable a buscar otras soluciones a los retos que se tienen. Estas encrucijadas tienen perfiles nítidos, y no son temas de futuro. Están presentes, y algunos los han negado arrinconando las aportaciones de la ciencia. El cambio climático, la emergencia energética, la digitalización, el envejecimiento de la población, factores que tienen –y tendrán todavía más– corolarios claros en los mercados de trabajo. Debates abiertos, con aluvión de datos. Igualmente, en las políticas de migración y de pensiones. No es extraño, por tanto, que instituciones financieras estén trabajando sobre estos temas, e incluso desde los bancos centrales se estimulen investigaciones que aportan datos, argumentos, modelos matemáticos, para encarar tales envites. En diferentes reuniones científicas al respecto, con presencia de representantes del Banco Central Europeo, Reserva Federal, Banco de Inglaterra, Banco de España, entre otras entidades, se ha trabajado con intensidad, a partir de documentos concretos. Con matices y diferenciaciones argumentales, se defiende en buena parte de ellos la reivindicación de que el sector público debe intervenir, en coordinación con los instrumentos de política monetaria. Aspecto relevante, a discutir, a debatir, a repensar. Tras las esperadas convulsiones electorales, se debe dar tiempo a volver, con serenidad y rigor, a esos temas. Blindarlos de la cacofonía acientífica de los ignorantes.

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Artículo en el International Journal of Emerging Markets

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Cambios en la economía española

 

            Se aprecian signos que denotan aspectos novedosos en la economía española. Nuestro equilibrio económico descansa sobre tres pilares básicos: la capacidad de las exportaciones, un mercado laboral resistente y el desarrollo de los servicios turísticos. Pero, atención, no solo de éstos. Aquellas actividades de servicios que no son estrictamente turísticos están conociendo evoluciones positivas. Y, lo más interesante: esos servicios, o parte de ellos, se exportan. Un signo interesante que sugiere reorientaciones productivas. Hablamos de trabajos que se relacionan con las telecomunicaciones, con consultorías, con aspectos vinculados al transporte, incluso con producciones informáticas. La cifra: en 2014 esas exportaciones suponían el 5% del PIB; ahora es el 7%, con subidas notorias en el segundo trimestre de 2023, según el Banco de España. En concreto: más de 45 mil millones de euros: el 22% del total de las exportaciones. Para nuestro regulador bancario, estas cifras se relacionan con los impactos que tienen los fondos Next Generation EU. Fondos que marcan unos objetivos clave en sus prioritarias destinaciones: digitalización, transición energética, retos demográficos, lucha contra el cambio climático, vectores que auguran inversiones en áreas que están generando importantes efectos multiplicadores en partes del tejido productivo español.

            Con todo, se impone la cautela, la prudencia. Pero lo que no debe ignorarse es que España encabeza hoy las exportaciones de servicios empresariales e informáticos, en contraste con otras economías europeas, con balances mucho más positivos si se ponen en paralelo los datos de Alemania, Italia y Francia. De hecho, agregando guarismos, las exportaciones de esos servicios citados por parte de España han aumentado casi un 34% frente a poco más del 10% de la Unión Europea.

            ¿Estamos ante un cambio de modelo de crecimiento? No resulta sencillo confirmar tal aseveración. La disparidad regional de la economía española no facilita extraer conclusiones que podrían ser apresuradas, si nos dejamos llevar por los datos expuestos, cuyo análisis debe ser más profundo. Lo que es indiscutible es que las oportunidades que se han abierto con los fondos Next Generation, junto a la noción de que urgen cambios que cualifiquen más y mejor nuestro capital humano, son factores de una importancia medular. Y se impone un elemento caudal: la capacidad que se debería tener de retención de ese capital humano, formado aquí y que, por la naturaleza de nuestro mercado laboral, parte de él tiende a buscar oportunidades en otros países. Las cifras que hemos indicado sugieren que existen empresas e iniciativas públicas que se encuentran en este terreno de emprendimiento: cambiar las condiciones de la producción y de la distribución. Deberíamos conocer qué acontece en las regiones: aquí, investigaciones que se realicen sobre estos aspectos deberían contar con la participación de administraciones públicas, universidades, empresarios, sindicatos y sociedad civil, en un orden preciso de gobernanza efectiva. Este es el futuro si se pretende consolidar el cambio de modelo de crecimiento.

 

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Cumbre climática en Dubái

La Cumbre del Clima de Dubái ha actualizado la gran derivada del cambio climático, una evidencia científica negada, una y otra vez, por formaciones políticas conservadoras y por un reducido número de científicos, frente al alud de datos, variables, investigaciones y argumentos emanados desde la mayor parte de las universidades y centros de investigación de todo el mundo, incluido el Panel Internacional sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas, que inciden en el grave problema que ya se está generando.

En este contexto, el antropólogo económico Jason Hickel acaba de publicar en castellano un libro de interés en el panorama de la economía actual (Menos es más. Cómo el decrecimiento salvará al mundo, Capitán Swing, Madrid, 2023). Este trabajo fue considerado el libro del año por el Financial Times. Poca broma, por tanto. La aportación de Hickel es prolija, con gran cantidad de datos y evidencias sobre el colapso ecológico y la necesidad de replantearnos el concepto de crecimiento económico. En cualquier caso, exigiría comentarios extensos, de entre los que destacamos uno: reorientar nuestra visión sobre la evolución de la economía, excesivamente cuantitativa, y abogar por desarrollos más cualitativos. Todo con la pretensión de rebajar el consumo de combustibles fósiles y preservar activos centrales del capital natural planetario: bosques, selvas, océanos, ríos, tierras, aire.

El tema no es nuevo. En 1972 se publicó el primer Informe Meadows, que instaba a repensar el crecimiento económico –abogando por el crecimiento cero–, y atendía a las consecuencias que ya se determinaban en el planeta por la acción económica del hombre y, sobre todo, por la voracidad en el consumo de combustibles fósiles. Este trabajo, coordinado por la bióloga Donatella Meadows, del MIT, exponía diferentes posibles escenarios a partir de la simulación informática del programa World3. Advertía que, incluso en el menos lesivo, era imperioso trabajar en una nueva dirección en la economía, para evitar dos consecuencias: el aumento de la contaminación atmosférica y la acumulación imparable de residuos.

La tesis del equipo de Meadows se calificó como neomalthusiana, al establecer relaciones directas entre crecimiento económico, avance demográfico e impacto ecológico. Una progresión geométrica en la población que no se correspondía con la existencia de unos recursos escasos, no renovables y, por tanto, finitos (Donatella Meadows et alter, Los límites del crecimiento, Aguilar, Madrid, reedición de 2012). Un torpedo en la línea de flotación de la ortodoxia económica que, poco después de la publicación del texto, se concentraba en rebatir las políticas keynesianas. Oportunidad de oro para los monetaristas. Nacía un nuevo marco, la era neoliberal, que recuperaba liturgias fallidas del patrón-oro, emergía con fuerza, y suponía un estímulo para la economía más desarrollista en el plano físico, haciendo caso omiso a las contribuciones recogidas por el equipo de científicos dirigidos por Meadows.

La cumbre de Dubái remite a todo ello. Y nos recuerda, una vez más, que el tiempo se agota. Urgen transformaciones, más allá de la retórica.

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Publicación en The Economic and Labour Relations Review, junto a José Pérez Montiel, Ferran Navinés y Javier Franconetti

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Turismo en España: ¿sector en crisis, 2008-2022?

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Consenso social ante los retos económicos

Política fiscal y política monetaria se deben imbricar para hacer frente a los importantes desafíos económicos actuales: el cambio climático, la cuestión demográfica y la automatización gradual de la producción. Una vía de trabajo la ha propuesto Mariana Mazzucato: la perspectiva de lo que denomina “misiones” económicas. Estas misiones se sustentan sobre tres pilares básicos:

1. Información fluida, identificar la información más relevante, asegurarse de que pueda desarrollar el proyecto la gente más preparada.

2. Liderazgo, asunción de riesgos y adaptación; importancia de la captación de talento.

3. Coordinación de políticas de distintos campos, para encontrar sinergias.

Esta trilogía es contraria a lo que Mazzucato denomina “paradoja de la complejidad”: cuanto más complejos son los asuntos de una política, más se compartimenta su elaboración y se divide entre diferentes departamentos, que llegan a competir entre sí. Además, esto puede producir una tentación por parte de los gobernantes: externalizar procesos que podrían ser asumidos, a costes más ajustados, por las propias administraciones. El miedo a la toma de decisiones, el temor al fracaso, a caer con estrépito en algunos temas, hace rehuir del compromiso público y traspasar la responsabilidad a consultoras privadas. Éstas tarifan con precios a menudo mucho más elevados. Se escudan en vender mayores eficiencias que no siempre se cumplen: por ejemplo la privatización de los servicios ferroviarios en Gran Bretaña, un fracaso sin paliativos que obligó a re-nacionalizar la empresa, tras encarecimientos de tarifas, incumplimiento horario y falta de inversiones en mantenimientos; o los primeros pasos en la gestión de la COVID-19 en Estados Unidos y Gran Bretaña, con fracasos monumentales que se vieron en la mayor incidencia de contagios, por la obsesión en externalizar procedimientos sanitarios. Y a costes tremendos para el erario público.

Las misiones deben formar parte de un consenso social: he aquí un gran objetivo de carácter socio-económico. Se necesita este enfoque, esta gobernanza, que infiere asociaciones entre el sector público y el privado, cuyo objetivo sea resolver los problemas acuciantes de la sociedad. Las políticas deben recuperar el propósito público, es decir, generar beneficios para la ciudadanía y establecer objetivos que superen la estricta lógica de la ganancia crematística. Se debe catalizar la inversión, la innovación y la colaboración entre los agentes económicos. No implica escoger sectores individuales a los que ayudar; se deben identificar problemas que puedan canalizar colaboraciones entre muchos sectores distintos. Tenemos esto ya encima: los desafíos inherentes al Next Generation. Y aquí hay otro reto intelectual para la economía: no se trata solo de corregir mercados, sino de crearlos. Ante esto, se necesita un sector privado con el que pueda interactuar el gobierno. Esto afecta también a la sociedad civil: creación de valor, entendido como esfuerzo colectivo.

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Alerta con retirar pronto los estímulos económicos

            División de pareceres en el Banco Central Europeo, que también afecta a los gobiernos, según crónicas diferentes: política monetaria y política fiscal. El sector “duro”, en el que están representantes de los llamados países frugales, son partidarios de retirar los estímulos monetarios y económicos ante el repunte de la inflación. El sector “blando”, más flexible, se muestra inquieto ante la subida de los precios, pero consciente de que no pueden cometerse los mismos errores que se observaron durante la Gran Recesión, tras la retirada de estímulos que estaban funcionando desde 2008 hasta principios de 2010. Se dirime, en esencia, la subida o el mantenimiento de los tipos de interés. E, igualmente, la política de inversiones y ayudas. Temas vitales, claves. En tal contexto, la situación de la Unión Europea es distinta a la de Estados Unidos: aquí la inflación se ha encumbrado más, mientras parece más estable en el ámbito comunitario europeo. Sin embargo, la Comisión Europea mantiene un horizonte de control de precios, en un contexto que se caracterizaría por la estabilización en los de la energía y la desaparición gradual de los desajustes entre la oferta y la demanda. Deseo que obedece a una amplia batería de datos.

En tal sentido, son importantes los mensajes de cautela, a causa de la incertidumbre que se produce en la economía, ante posibles tomas de decisiones presididas más por preceptos ideológicos que técnicos. Los movimientos al alza de los precios impulsan lo que puede calificarse como “miedo a los mercados”, un proceso que se conoció en 1937 en pleno desarrollo del New Deal en Estados Unidos, y que motivó la retirada prematura de inversiones y otras ayudas. La consecuencia: la caída del PIB a partir de 1938. En 2010, tras dos años de políticas fiscales más expansivas en Europa, se apreció una orientación similar: la austeridad impuso la urgencia en equilibrar las cuentas públicas, reducir las inversiones y controlar los créditos; una reedición de aquel “miedo a los mercados”, consagrada además por la subida de los tipos de interés por parte de Jean Claude Trichet, máximo dirigente del BCE. Desenlace: persistencia de la recesión en la Unión Europea hasta 2013.

Mientras tanto, el mantenimiento de los estímulos monetarios en Estados Unidos por parte de la FED con reducciones en los tipos de interés, impidió el agravamiento económico y consagró la recuperación en 2009. El presidente del banco central estadounidense, el historiador económico Ben Bernanke, republicano y conservador –premio Nobel de Economía–, tenía un activo intangible crucial, de gran utilidad en su decisión de no subir los tipos de interés: sabía historia económica, ya que su tesis doctoral había versado sobre el crack de 1929. E hizo lo contrario que aplicó Roy A. Young, el presidente de la FED entre 1927 y 1930: la subida de tipos de interés para pinchar la burbuja bursátil. Craso error que condujo, entre otros factores, a la Gran Depresión. Hasta un monetarista extremo –y muy conservador– como Milton Friedman ha criticado lo que hizo Young tras el desplome de Wall Street. Lecciones a tener en cuenta.

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