Crecimiento económico e inestable

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El economista no es un adivino

         ¿Cuándo se producirá la próxima crisis económica? ¿Qué actitud adoptarán los bancos centrales, en caso de que se produzca? Y los ahorradores y consumidores: ¿qué harán? ¿Qué podrán hacer los gobiernos? Estos interrogantes, de una obviedad palmaria –por tener incluso una formulación muy naïf– y de gran preocupación para agentes económicos y sociales, son los que se reclaman a los economistas. Más bien: se exigen respuestas a tales preguntas, de forma que se equipara el economista profesional a un gurú capaz de ser predictivo, un profeta en potencia: el poseedor de un acerbo privilegiado de información –que nadie más tiene–, con el que acotar las catástrofes. Pero como afirmaba el gran científico Niels Bohr, uno de los padres de la física atómica, resulta muy difícil hacer predicciones, y más si es sobre el futuro. Y Ernst Rutherford, que realizó una primera versión de la estructura del átomo, afirmaba que, en el campo de la ciencia, todo lo que no es física es coleccionar sellos. Así que convendría que los economistas situáramos con mayor modestia nuestras capacidades, y supiéramos moderar las elucubraciones.

         Los vaticinios que a veces se lanzan desde instituciones reputadas están más sesgados por una visión coyuntural que estructural; por una perspectiva excesivamente concreta, de forma que se alejan las reflexiones que puedan hablar más de tendencias económicas que de pretendidas exactitudes. Las certezas en economía no pueden aventurarse de manera estricta. Los economistas no somos físicos, que trabajan a partir de formulaciones empíricas que les permite intuir –e incluso acertar– lo que puede acontecer con los materiales y los problemas en los que investigan. En cualquier caso, su filosofía de la ciencia habita en territorios mucho más tangibles –o mejor aprehendidos–, y menos complicados de predecir, que las disciplinas de carácter social. Pero incluso en campos tan experimentales y materiales como la física, los principios de incertidumbre se encuentran presentes en la epistemología de la ciencia. Los modelos matemáticos aplicados en economía son de gran utilidad explicativa en muchos casos, y conforman herramientas que deben conocerse; pero no siempre delimitan con precisión las tendencias que se aproximan. La falta de capacidad de los economistas para predecir las crisis, un fenómeno que ha sido harto criticado por parte de muchos colectivos, constituye una piedra de toque evidente ante la imposibilidad de “profetizar” un futuro inmediato (ya no digamos si se habla de coordenadas cronológicas más amplias).

En nuestros análisis, el factor clave, que es la población, tiene una movilidad real. Las personas no siempre actúan de manera racional y, por tanto, no consumen de forma invariable con la óptica del principio de utilidad, con la perspectiva de un cálculo preciso, imbuido por una información casi perfecta. Esto, que se encuentra implícito en buena parte de los modelos teóricos de crecimiento, delinea un juego de ecuaciones y de cálculos matemáticos de gran elegancia, valiosos como ejercicio, pero no necesariamente útiles –de forma perenne– para describir y, sobre todo, aventurar el devenir.

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Multimillonarios

            En un reciente estudio del economista Gabriel Zucman, encargado por el gobierno de Brasil y presentado hace pocos meses, se propone la adopción de un tributo que afectaría a los multimillonarios del mundo. Zucman es profesor en la universidad de Berkeley y un reputado economista que ha sido galardonado por la American Economic Association. Ahí es nada. Zucman cuantifica que los mega-ricos en el mundo son unos tres mil, y el impuesto que él sugiere sería del 2% sobre la riqueza total de los magnates. El resultado previsible se puede cifrar, para este economista, entorno a los 250 mil millones de dólares. Como es natural, han surgido detractores inmediatos a esa medida, críticas que van desde la tesis de que los multimillonarios re-direccionarán sus inversiones hacia naciones con mejores condiciones fiscales; pasando por argumentos que defienden que esa política económica acabará por ser confiscatoria. Opiniones de manual que entroncan con una tendencia política que, además, estamos viendo en apariciones pre-electorales de Donald Trump: los impuestos deben bajarse al máximo –dice el empresario–, un axioma que marca las trayectorias en política tributaria de las fuerzas conservadoras y de ultraderecha. La gente, dicen esas voces, no está por el tema.

            Sin embargo, datos recientes desmienten estas premisas. En junio de 2024 se hizo pública una encuesta realizada por la empresa Ipsos (https://www.ipsos.com/es-es; ver también: https://globalcommonsalliance.org/news/tax-the-rich-say-a-majority-of-adults-across-171-g20-countries-surveyed/) con unos resultados muy claros: el 68% de los ciudadanos de 17 países del G20 apoyan la creación de un impuesto sobre el patrimonio de las personas ricas, para poder financiar cambios importantes en la economía y en el  estilo de vida; mientras el 11% se opone. Al mismo tiempo, las citadas consultas indican que el 70% respalda tasas más altas del impuesto sobre la renta a los ricos, y el 69% defiende tipos impositivos más elevados para las grandes empresas. Pero es que, además, muchos mil millonarios han declarado que consideran justo pagar más impuestos. Por ejemplo, Morris Pearl, ex dirigente de BlackRock y máximo responsable de la organización Patriotic Millionaires (https://patrioticmillionaires.org/who-we-are/), ha declarado que urge subir los impuestos a los más ricos –es decir, a gentes como él– para combatir la desigualdad. Y no sólo la desigualdad, ya que enfrentarla con más recursos ha de contribuir a preservar el planeta, de forma que esta medida impositiva se vincula, a su vez, con la lucha contra el cambio climático.

            La propuesta de Zucman se realizó en Brasil, como decíamos, en una reunión a la que asistieron responsables económicos y financieros de todo el mundo. Para el economista, esto supone un gran avance para la consecución de una fiscalidad que grave a buena parte de los multimillonarios, con independencia de su residencia fiscal y sobre la base –que según él es muy plausible– de que haya una masa crítica de países dispuestos a desarrollar esa medida. “No hay vuelta atrás”, señala. Mientras, aquí, algunos siguen sacando pecho bajando impuestos a las rentas altas.

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Turismo: el fuerte impacto del cambio climático

En un informe del Ministerio de Transición Ecológica, Impactos y riesgos derivados del cambio climático en España (https://adaptecca.es/sites/default/files/documentos/impactosyriesgosccespanawebfinal_tcm30-518210_0.pdf) se detallan impactos cruciales sobre vectores concretos, que afectan las actividades económicas y sus corolarios sociales: recursos hídricos, desertificación y suelos, ecosistemas terrestres, agricultura y ganadería, medios marino y urbano, costas, salud humana, energía, transportes e infraestructuras y turismo. Una agenda muy completa. En el caso del turismo de masas, la cuestión se ha puesto con mucha crudeza sobre la mesa, en un sentido claro: el incremento de las temperaturas, de mantenerse, va a afectar muy directamente a aquellas economías dependientes del turismo, por la posible traslación de visitantes hacia otros destinos menos calurosos. Esto es particularmente relevante en el caso de los países del sur de Europa, y en aquellas regiones con elevada especialización en las actividades turísticas.

            En efecto, el incremento de las temperaturas tiene costes económicos. Este aspecto agudiza la situación de incertidumbre económica. Científicos sociales y experimentales están trabajando, desde hace años, sobre el tema. En un reciente estudio del Joint Research Centre de la Comisión Europea (https://publications.jrc.ec.europa.eu/repository/handle/JRC120759), las conclusiones a las que se llegan son ilustrativas. El calor extremo afecta la capacidad de trabajo de las personas, y ello supone una menor productividad y, por tanto, menor producción económica. En esta investigación, se analizan los daños económicos presentes y futuros debido a la reducción de la productividad laboral causada por el calor extremo en Europa. Para el estudio de los impactos actuales, el objetivo se centra en las olas de calor que ocurrieron en cuatro años recientes, anormalmente calurosos (2003, 2010, 2015 y 2018). El análisis se contrasta, además, con datos del período 1981-2010. En los años seleccionados, los daños estimados atribuidos a las olas de calor ascendieron a entre el 0,3% y el 0,5% del PIB europeo. Sin embargo, las pérdidas identificadas fueron en gran medida heterogéneas en todo el espacio y mostraron impactos consistentes en el PIB superiores al 1% en las regiones más vulnerables.

Las proyecciones futuras indican que, para 2060, esos impactos podrían aumentar en Europa casi cinco veces en comparación con el período 1981-2010, si no se toman más medidas de mitigación o adaptación. Ello sugiere la presencia de efectos más pronunciados en las regiones donde ya se han producido estos daños. De hecho, la aseguradora Allianz Trade evaluó para 2023 una pérdida de 0,6 puntos al PIB mundial, como consecuencia de la ola de calor. Los bancos centrales están, a su vez, estudiando seriamente las evidentes externalidades del cambio climático, con proliferación de estudios al respecto y posicionamientos macro-prudenciales sobre el tema (véase, en relación al Banco de España: https://www.bde.es/wbe/es/areas-actuacion/sostenibilidad/informacion-institucional/banco-espana-y-cambio-climatico/).

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Los economistas debemos escuchar

         En un reciente curso en la UIMP en Santander, organizado por el CIS, se abordaron diferentes problemáticas, desde el campo de la Sociología, sobre los cambios en las sociedades actuales, con un énfasis más preciso en el caso español. En ese marco, la economía estuvo siempre latente. No en vano son cada vez más urgentes las colaboraciones entre economistas, sociólogos y politólogos –entre otros campos del conocimiento– para arbitrar con mayor capacidad los diagnósticos más razonables. Esto me lleva a centrarme en el terreno estricto de la economía, que muchos colegas presentan como la “física de las ciencias sociales”, con la pretensión de disponer de leyes implacables y de capacidades predictivas.

         Porque, veamos, hay preguntas recurrentes a la economía como ciencia social: ¿cuándo se producirá la próxima crisis económica? ¿Qué actitud adoptarán los bancos centrales, en caso de que se produzca? Y los ahorradores y consumidores: ¿qué harán? ¿Qué podrán hacer los gobiernos? Estos interrogantes, de una obviedad palmaria y de gran preocupación para agentes económicos y sociales, son los que se reclaman a los economistas, equiparados a gurús capaces de ser predictivos, profetas en potencia: el poseedor de un acerbo privilegiado de información –que nadie más tiene–, con el que acotar las catástrofes. Pero como afirmaba el gran científico Niels Bohr, uno de los padres de la física atómica, resulta muy difícil hacer predicciones, y más si son sobre el futuro. Y Ernst Rutherford, que realizó una primera versión de la estructura del átomo, afirmaba que, en el campo de la ciencia, todo lo que no es física es coleccionar sellos. Convendría que los economistas situáramos con mayor modestia nuestras capacidades, y supiéramos moderar las respuestas que frecuentemente damos a cuestiones como las enunciadas más arriba.

         Los vaticinios que a veces se lanzan desde instituciones reputadas están más sesgados por una visión coyuntural que estructural; por una perspectiva concreta, de forma que se alejan las reflexiones que puedan hablar más de tendencias económicas que de pretendidas exactitudes. Las certezas en economía no pueden aventurarse de manera estricta. Los economistas no son físicos, que trabajan a partir de formulaciones empíricas que les permiten intuir –e incluso acertar– lo que puede acontecer con los materiales y los problemas en los que investigan. En cualquier caso, su filosofía de la ciencia habita en territorios mucho más tangibles –o mejor aprehendidos–, y menos complicados de predecir –aunque no siempre, como es natural, dado el rico debate que se dio en esta ciencia desde principios del siglo XX–, que las disciplinas de carácter social. Pero incluso en campos tan experimentales y materiales como la física, los principios de incertidumbre se encuentran presentes en la epistemología de la ciencia. Los modelos matemáticos aplicados en economía son de gran utilidad explicativa en muchos casos, y conforman herramientas que deben conocerse; pero no siempre delimitan con precisión las tendencias que se aproximan. La falta de capacidad de los economistas para predecir y comentar las crisis constituye una piedra de toque evidente ante la imposibilidad de “profetizar” un futuro inmediato.

En nuestros análisis, el factor clave, que es la población, tiene una movilidad real. Las personas no siempre actúan de manera racional y, por tanto, no consumen de forma invariable con la óptica del principio de utilidad, con la perspectiva de un cálculo preciso, imbuido por una información casi perfecta y simétrica. Esto, que se encuentra implícito en buena parte de los modelos teóricos de crecimiento, delinea un juego de ecuaciones y de cálculos matemáticos de gran elegancia, valiosos como ejercicio, pero no necesariamente útiles para describir y, sobre todo, aventurar el devenir. Conviene recordar estas consideraciones cuando el economista se adentra en el proceloso terreno de los vaticinios. Lo sensato: trabajar, a partir de buenas bases de datos, sobre posibles tendencias. Y abrirse a componentes científicos holísticos, con la modestia de querer aprender, sinceramente, de colegas –biólogos, ingenieros, sociólogos, historiadores, físicos, químicos– cuyos trabajos resultan cada vez más decisivos para una comprensión global de los hechos económicos.

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Instalados en la incertidumbre económica

            La incertidumbre dificulta la adopción de previsiones con un grado aceptable de seguridad, toda vez que los escenarios son muy volátiles, insertos en lo que Adam Tooze ha calificado como “policrisis” (El apagón. Cómo el coronavirus sacudió la economía mundial. Crítica, Barcelona, 2022). Varios factores justifican esto:

  1. El desarrollo de la guerra de Ucrania, sin perspectivas de un fin en el corto plazo, con vaivenes constantes en el contexto bélico, con rápidas respuestas por parte de las potencias occidentales para atenuar los incrementos en los precios energéticos –que se observaron al inicio del conflicto–;
  2. La guerra entre Israel y Hamás, con derivadas hacia otros espacios del mundo oriental, con protagonismo importante en los ataques en el golfo del mar Rojo, una zona estratégica comercial;
  3. Las convocatorias electorales en el planeta durante 2024, que afectan a más de 3.000 millones de personas: comicios en los que, desde la óptica de la representación política de la democracia, se dirimen la permanencia o la negación de la misma. En este caso, lo que acontezca en la Eurozona y en Estados Unidos será determinante ante esa dicotomía.

El punto 3) es de un futuro cuyas consecuencias seguramente se verán con mayor nitidez a partir de 2025. En cuanto a los puntos 1) y 2), el epicentro de análisis está en la evolución de los precios. Las disrupciones que han supuesto estos acontecimientos determinaron un tangible proceso inflacionario en el 1), que ha inferido el despliegue de políticas económicas que han contribuido a paliar los efectos de los incrementos de los precios; mientras que en el 2) no se patentizan, por el momento, aumentos relevantes en los precios. Sendos ejemplos al respecto. El precio del barril de petróleo Brent subió ligeramente a fines de enero de 2024, de forma que su cotización se situaba, en esa última semana, entorno a los 80 dólares. Los suministros no se resintieron en esas fechas. En cuanto al precio del gas, cae hasta 27€MWh también a fines de enero de 2024; la causa: el bajo consumo motivado por las condiciones climatológicas y, a su vez, la existencia de stocks abundantes. Los mercados de futuros para 2024 suscriben un mantenimiento a la baja de los precios del petróleo y del gas (sin embargo, cabe advertir que estas previsiones no siempre se cumplen; pero constituyen un indicador recurrente para agentes económicos e instituciones). Recuérdese, a su vez, que estas variables están sujetas a las evoluciones que se produzcan en la geopolítica. No hay certezas posibles. Pero las evidencias empíricas delatan que la inflación se está conteniendo desde enero de 2023 hasta enero de 2024, según las informaciones del Banco Central Europeo y de Eurostat.

El PIB ostenta un crecimiento débil, que arranca del tercer trimestre de 2023 y se mantiene en las primeras semanas de 2024. Las previsiones del Banco Central Europeo, Banco de España y Eurostat concretan un consenso para los próximos tres años. Los datos para la Eurozona son lo que se calificado como un “aterrizaje suave”, una búsqueda de estabilidad económica en un mundo inestable. Atentos a esas evoluciones.

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La desigualdad, un reto económico central

La incertidumbre preside todo análisis económico en el momento presente. Marcar tendencias –que incluye, igualmente, previsibles errores– es lo más razonable que puede hacerse, bajando el diapasón de las exigencias a la ciencia económica, en el sentido de aportar certezas que, presumiblemente, deberían emanar de unas “leyes” que, de facto, no existen. En el marco de esta coyuntura, la gran desigualdad de las rentas es una característica destacada en el crecimiento económico actual. Esto se añade a las encrucijadas –de todo tipo– que está comportando el cambio climático: transiciones energéticas y emergencias que afectan no solo a gobiernos, administraciones y grupos empresariales y sindicatos, sino también a la esfera financiera, con preocupación latente en el conjunto de los bancos centrales del mundo (S. Dikau-U. Volz, 2021; C. González-S. Nuñez, 2021; E. Jones, 2021). Según Oxfam, 85 personas tienen el mismo volumen de riqueza que la mitad menos rica de la población mundial. Esto obliga a adoptar sistemas de transferencia y tributarios cada vez más progresivos, en forma de subvenciones a la creación de empleo (T. Piketty, 2022).

Ahora bien, los trabajos que se van divulgando comienzan a surtir efecto entre la ciencia económica y, al mismo tiempo, impregnan pensamientos y discursos en el ámbito político, con aportaciones consideradas antes como infrecuentes. En este sentido, un libro reciente coordinado por Olivier Blanchard y Dani Rodrik compila un haz compacto de trabajos con firmas destacables (Philippe Aghion, Daron Acemoglu, Larry Summers, Gregory Mankiw, entre otras), cuyas reflexiones giran en torno a un aspecto esencial: el avance de la desigualdad (O. Blanchard-D. Rodrik, 2022). Para España, se ha publicado un importante conjunto de investigaciones bajo la coordinación editorial de Berna Leon, Javier Carbonell y Javier Soria (2024), con aportaciones de treinta especialistas que profundizan en el diagnóstico del desarrollo de la desigualdad y sobre medidas concretas para embridarla. La temática se abordó, igualmente, en un reciente Foro de Davos, el sancta santorum de la narrativa económica convencional, cuyas argumentaciones son trasladables después a todas las esferas del mundo de la economía. Aquí, en este ambiente ortodoxo, se presentó un texto, firmado por grandes empresarios multimillonarios, que se hacían eco de los problemas que se vislumbran tras el avance imparable de la desigualdad, con recomendaciones sorprendentes: estos empresarios reclaman, entre otras cosas, la urgencia en subirles impuestos. A ellos: tanto en la renta como en el patrimonio. Una declaración insólita, que choca con la obstinación en reducir la tributación por parte de partidos e instituciones conservadoras, en un escenario severo de crisis.

Tras esta declaración, la idea de activar políticas redistributivas se refuerza en el actual proceso de nueva globalización. En esta, los retos son enormes, de perfil civilizatorio, con la desigualdad creciente como telón de fondo. Y para alcanzar objetivos razonables de bienestar se necesita dinero. Este no escasea. El tema radica en su justa redistribución. De hecho, los firmantes del texto empresarial enfatizan la necesidad de la persecución del fraude fiscal y en desvelar la evasión tributaria hacia paraísos fiscales. Un aspecto central sobre el que Gabriel Zucman ha aportado datos demoledores (G. Zucman, 2014; J. Urry, 2017): en los paraísos fiscales se esconden 6 billones de euros, que supone la depredación a los Estados de unos 130.000 millones de euros en impuestos. Este número se asemeja a la suma de las partidas Next Generation que recibirá España en los próximos años. Según Branko Milanovic, en este mundo globalizado buena parte de los partidos políticos se han quedado sin ideas para cortar la desigualdad, mientras los millonarios siguen dando cantidades astronómicas a políticos que, antes o después, les devolverán el favor. Un ejemplo: en las presidenciales norteamericanas de 2016, el 0,01% más adinerado de la población aportó el 40% de las donaciones de campaña (B. Milanovic, 2021).

En otro libro reciente, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman arguyen que, entre otras herramientas, las políticas tributarias directas sobre renta, patrimonio y sucesiones forman una estrategia esencial para corregir los desequilibrios que provocan las artimañas legales, para eludir el pago de impuestos (E. Saez-G. Zucman, 2022). A su vez, Zucman, junto a Lucas Chancel y Thomas Piketty, es codirector del más reciente trabajo que se ha realizado sobre la desigualdad global, publicado en 2022 (https://dds.cepal.org/redesoc/publicacion?id=5585).  Los datos y análisis presentados se basan en el trabajo de más de 100 investigadores durante cuatro años, en todos los continentes. Contribuyen a la base de datos de Desigualdad Mundial, una vasta red que colabora con instituciones estadísticas, autoridades fiscales, universidades y organizaciones internacionales para armonizar, analizar y difundir datos internacionales comparables sobre desigualdad.

Ahora bien, la preocupación por la desigualdad no es nueva. En 1955, Simon Kuznets hizo el primer intento de estudiar la relación entre el nivel de ingresos y la desigualdad (S. Kuznets, 1955). Utilizando datos de Estados Unidos, Inglaterra y Alemania, evidenció el deterioro de la distribución del ingreso en las primeras etapas de desarrollo; y, después, una mejora espoleada por el crecimiento económico. Sugirió que el aumento de la desigualdad en los países en desarrollo era parte de un proceso inevitable, que conduce al desarrollo y, como posible explicación de este patrón, propuso la concentración del ahorro y la urbanización. A partir de este punto, empezaron una serie de estudios teóricos y empíricos, para evidenciar lo que Kuznets había mostrado. Pero una pregunta siempre ha estado presente, de forma subliminal, en todas estas aportaciones: ¿por qué debería importarnos la desigualdad si ésta es una fuente intrínseca del proceso social? Por dos razones: la primera se debe a la preocupación de que los altos niveles de desigualdad socavan el proceso de desarrollo de un país determinado; y la segunda pertenece al campo filosófico, puesto que este fenómeno sería el resultado de un sistema económico injusto, ya sea por la adhesión a una de las interpretaciones de los principios subyacentes a una distribución justa que han sido expuestos por John Rawls (2000); o por la percepción de los miembros de una sociedad que, independientemente de las bases que apoyan su posición, exige un cambio de sistema que permita mejorar su estado de bienestar.

La desigualdad está repartida, con la concentración del capital en pocas manos y la superioridad de sus rendimientos en relación con los del trabajo. Un escenario estructural que se debe abordar, en este contexto de crecimiento presidido por la incertidumbre.

Bibliografía

Blanchard, O.-Rodrik, D. (Directores) (2022): Combatiendo la desigualdad. Deusto, Barcelona.

Dikau, S.-Volz, U. (2021): “Central bank mandates, sustainability objectives and the promotion of green finance”, Ecological Economics, vol. 184, 107022.

González, C.-Nuñez, S. (2021): Markets, Financial Institutions and Central Banks in the Face of Climate Change: Challenges and Opportunities. Banco de España, occasional paper núm. 2126.

Jones, E. (2021): “El BCE y el cambio climático”, Cuadernos de Información Económica, núm. 274.

Kuznets, S. (1955): “Economic Growth and Income Inequality”, American Economic Review, 45 (1), 1-28.

Leon, B.-Carbonell, J.-Soria, J. (Editores) (2024): La desigualdad en España. Lengua de Trapo-Círculo de Bellas Artes, Madrid.

Manera, C. (2015): La extensión de la desigualdad. Austeridad y estancamiento. Catarata, Madrid.

Milanovic, B. (2021): Capitalismo, nada más. Taurus, Barcelona.

Piketty, T. (2022): Una breve historia de la igualdad. Deusto, Madrid.

Rawls, J. (2000): Teoría de la justicia. Fondo de Cultura Económica, Madrid.

Saez, E.-Zucman, G. (2022): El triunfo de la injusticia. Taurus, Barcelona.

Urry, J. (2017): Offshore. La deslocalización de la riqueza. Capitán Swing, Madrid.

Zucman, G. (2014): La riqueza oculta de las naciones. Pasado&Presente, Barcelona.

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Industria y servicios: ¿condenados a entenderse?

La industria se considera como una actividad sólida, con recorridos históricos. Pero el turismo de masas, por ejemplo, no es una actividad económica coyuntural ni episódica. Pero revuelve por completo una estructura económica e infiere un fenómeno: la desindustrialización. Industria y servicios: en ambos casos, la relación entre salarios y productividad es importante, en dos frentes:

  1. Por la competencia de los países más desarrollados, con rendimientos crecientes y economías muy dinámicas que aumentan la productividad y facilitan la reducción de sus salarios de eficiencia. Esto penaliza otras economías que tienen sectores productivos con rendimientos decrecientes. El desenlace es que los primeros exportan, mientras los segundos sucumben, de manera que conocen el desempleo y la caída de los salarios.
  2. La industria resistente, que no ha desaparecido por completo en la fase anterior, se encuentra en una nueva encrucijada: la competencia de países emergentes, con rendimientos crecientes, salarios muy bajos y normativas laborales y ambientales permisivas, lo que estimula procesos de deslocalización productiva que buscan más des-regulaciones y menos control. Estamos ante un nuevo golpe a la industria de los países más desarrollados. Es, en definitiva, el libre funcionamiento de las fuerzas del mercado, que inciden en mayores desequilibrios regionales, siempre en un marco de desequilibrio.

Detectamos dos diferencias sustanciales entre los servicios y la industria. En primer lugar, algunos servicios son comercializables, de manera que ostentan cada vez más importancia en el comercio mundial. Se trata, sobre todo, de actividades muy intensivas en conocimiento, que generan pocos puestos de trabajo. En segundo término, en naciones en desarrollo los servicios absorben los excesos de mano de obra, en actividades con productividades bajas e intensivas en fuerza laboral. Esto constituye un importante cuello de botella, toda vez que estas ocupaciones no pueden ampliarse sin ejercer una relación real de intercambio muy desfavorable contra si mismas; es decir, reduciendo los precios de los servicios lo que, en definitiva, equivale a contraer los salarios.

            Las economías occidentales presentan una nueva naturaleza en los servicios. Éstos tienen una función capital en la transición de estructuras industriales avanzadas hacia sectores sustentados en el conocimiento. De hecho, los servicios son actividades que más contribuyen a la creación de empleos intensivos en conocimiento. Estas actividades ya no se caracterizan por una baja productividad, según se ha documentado en la literatura sobre el crecimiento de las economías desarrolladas. Así, una investigación sobre una muestra de treinta países miembros de la OCDE demostró el avance de los servicios de alto valor añadido, mientras que los tradicionales (servicios sociales y personales y hoteles y restaurantes) registraron aumentos de la productividad y los servicios modernos (transporte, intermediación financiera y telecomunicaciones) subrayaron cifras comparables a algunas actividades de alto crecimiento en el sector industrial. Atención a todo esto.

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España, una economía resistente y dinámica

1. El fracaso de los profetas

            Fracasaron los augures del precipicio. No llega la hecatombe que preveían algunos analistas con lecturas muy interesadas, y que aireaban algunas formaciones políticas. Los datos de la economía española se mantienen en senda de crecimiento. Lo dicen el INE, CaixaBankResearch, Banco de España, BBVAResearch, Comisión Europea, FMI. Todos…menos esos “algunos” a los que nos referíamos. Rubrica la positividad Paolo Gentiloni, Comisario de Economía, UE: España está en mejor forma que el resto de la eurozona. El crecimiento económico en España: entorno del 2%, con control paulatino de la inflación. Trayectos que los profetas de la catástrofe no atinaban. España ha recuperado más fuelle económico que Francia, según datos de Eurostat, a partir del cierre de las Cuentas Nacionales del cuarto trimestre de 2023. No hay apocalipsis. Lo venimos diciendo desde hace mucho tiempo. Se confirma una vez más. Con datos. No con percepciones ni con torturas estadísticas: con variables homologadas por las principales instituciones económicas.

            ¿Qué más vemos en esta economía española? Factores positivos: dinamismo del crédito, del consumo privado, del consumo público, mayor resiliencia a las subidas de precios de la energía, intenso crecimiento de la ocupación, menor inflación en contraste con la UE, relevancia del turismo, importancia de las exportaciones de servicios no turísticos, mejora de competitividad. Pero atención con estos otros: debilidad de las inversiones, endeudamiento relevante, anemia industrial, adecuación a las nuevas reglas fiscales –todavía escasamente definidas– de la UE (datos concretos: en las fuentes enunciadas más arriba).

            En tal contexto, la complacencia no es buena consejera. Pero tampoco lo es anunciar las plagas de Egipto cada dos por tres: la mentira tiene las patas cortas. Sobre lo dicho más arriba, ¿qué podemos afirmar, sugerir, reflexionar? Veamos algunas claves. Dinamizar la inversión: persistir en los “activos intangibles” (tecnología, conocimiento), que no es una invención teórica, sino que viene avalada por números; seguir invirtiendo en TIC (que va en aumento desde el año 2000); analizar la productividad, que probablemente presenta dualismos (sectores con productividad alta, frente a otros con productividades débiles); seguir por la apuesta hacia la transición energética, la digitalización y los servicios sociales. Problemas: encajar esto con esas reglas fiscales que van a requerir mayor control del gasto público…a la vez que desde la misma UE se reclaman esfuerzos en asignar más recursos a las partidas que (entre otras que podrían acoplarse) hemos anotado antes. Aquí se abren posibilidades de actuaciones en política tributaria. Andreu Missé comentaba, hace poco, la publicación del libro Los ricos no pagan IRPF. Un texto firmado por dos técnicos de Gestha (poca broma). Diagnóstico: homologar nuestra fiscalidad a la media comunitaria. Estamos a 38.000 millones de euros de menores ingresos fiscales. Pensemos lo que se podría hacer con ellos, de tenerlos. En paralelo, hay quien sigue confiando en reducir la capacidad tributaria, bajando impuestos a las rentas altas. Las cifras no dan. Aprendámoslo: la importancia de lo público.

2. Vindicación de lo público…con datos previos

            Veamos. Datos positivos de inflación general para España. De las más bajas de la Eurozona, por debajo de la de Alemania. Previsiones de instituciones internacionales: seguirá esta tendencia bajista. Un hecho que ya se está viendo, también, en Estados Unidos. La liberación de los corsés comerciales, provenientes de la guerra, hace efectiva una mejor circulación de las mercancías. Sobre todo, del gas licuado. El shock de oferta se ha ido limando con el tiempo, por fortuna. Si a ello le sumamos el tope ibérico, el resultado micro es potente: reducción en la factura energética de los hogares. Con otro dato relevante: el acopio de gas en la Eurozona llega ya al 90%, de manera que no se otean dificultades de suministro. Pero, además, como recordaba hace poco la profesora Mariana Mazzucato, en el caso de España la inflación también se ha reducido por la gratuidad del transporte público y, esencialmente, por la fiscalidad sobre los beneficios caídos del cielo a empresas energéticas oligopolísticas. Todo un acerbo de políticas públicas que demuestran una realidad innegable: la economía pública está siendo determinante para evitar serios problemas a consumidores y empresas, lo cual no quiere decir que desaparezcan. Pero la inacción o dejar que el mercado, de forma espontánea, resolviera las ecuaciones hubiera conducido a una depresión en la economía. Tal y como aconteció en el pasado más inmediato, con la crisis financiera de 2008.

            Negar la relevancia del sector público y de sus gestores forma parte del acerbo ideológico de la economía y de la política más ortodoxas, menos permeable a buscar otras soluciones a los retos que se tienen. Estas encrucijadas tienen perfiles nítidos, y no son temas de futuro. Están presentes, y algunos los han negado arrinconando las aportaciones de la ciencia. El cambio climático, la emergencia energética, la digitalización, el envejecimiento de la población, factores que tienen –y tendrán todavía más– corolarios claros en los mercados de trabajo. Debates abiertos, con aluvión de datos. Igualmente, en las políticas de migración y de pensiones. No es extraño, por tanto, que instituciones financieras estén trabajando sobre estos temas, e incluso desde los bancos centrales se estimulen investigaciones que aportan datos, argumentos, modelos matemáticos, para encarar tales envites. En diferentes reuniones científicas al respecto, con presencia de representantes del Banco Central Europeo, Reserva Federal, Banco de Inglaterra, Banco de España, entre otras entidades, se ha trabajado con intensidad, a partir de documentos concretos. Con matices y diferenciaciones argumentales, se defiende en buena parte de ellos la reivindicación de que el sector público debe intervenir, en coordinación con los instrumentos de política monetaria. Aspecto relevante, a discutir, a debatir, a repensar. Tras las esperadas convulsiones electorales, se debe dar tiempo a volver, con serenidad y rigor, a esos temas. Blindarlos de la cacofonía acientífica de los ignorantes.

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Artículo en el International Journal of Emerging Markets

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