Platón debe quedar en Europa

El tema griego se ha complicado en exceso. La equidistancia no es buena consejera para confirmar un diagnóstico preciso. Tampoco lo es la orientación excesivamente tendenciosa hacia una de las partes. En tal aspecto, lo más recomendable es apoyarse en los datos. Y éstos son meridianos. Grecia ha realizado ya muchos ajustes. Nadie puede argumentar que ha permanecido silente o sin acciones, como muy a menudo se caricaturiza. Nunca antes, en tiempos de paz, un gobierno hizo tantos trastoques a sus cuentas públicas y afectó tanto a sus servicios sociales.

Las cifras, que tomo de Eurostat y de la Hellenic Statistical Agency, son ilustrativas; algunas de ellas eran recordadas por el ministro Yanis Varoufakis en una de sus recientes intervenciones en el Eurogrupo. Veamos. En Grecia, y siempre tomando como referencia 2007-2008, los salarios han caído un 37%. El consumo de la población se ha reducido un 33% y las pensiones se han contraído un 48%. El empleo del sector público ha menguado en un 30% y el paro se ha enfilado al 27%, mientras la economía sumergida sintetiza el 34% de la ocupación actual, la población joven emigra (la pérdida de capital humano es muy relevante), la inversión productiva es raquítica y la deuda pública supera el 180% sobre el PIB. Los precios se resienten ante esta gravísima recesión, que tiene múltiples variables como vemos: estamos ante una deflación del -2,1%, en mayo de 2015. La pulsión de la demanda es anémica.

Éstos y no otros son los resultados tangibles, objetivos, del ajuste heleno. El corolario es dramático: se ha perdido prácticamente el 30% de la riqueza en Grecia, un fenómeno desconocido, insisto, en una coyuntura de paz. Estas cifras que, reitero, he tomado de organismos oficiales, no conmueven a la cúpula europea, que también las conoce. Ésta sigue empecinada en que Grecia debe centrarse en devolver sus créditos, como sea y al coste social que sea, al margen de las consecuencias que ello tenga. La ceguera no puede ser más lamentable, con el agravante de que se otorga la responsabilidad total de la situación a la actitud de Atenas: aquí residen, al parecer, peligrosos izquierdistas que ponen en jaque a toda la Unión. Los voceros conservadores se han encargado de divulgar esa tesis: Aznar, Rajoy, Cameron, Junckers; la cosa no parece ir con ellos. Y a éstos se añade la sórdida cantinela del FMI, una institución que no hace más que equivocarse, y que sólo acierta cuando corrige sus erráticas y erróneas posiciones, como se demostró, con claridad total, en los desaguisados calculados por Olivier Blanchard y su equipo en relación a los multiplicadores aplicados para evaluar el impacto sobre el crecimiento de la contracción de la inversión pública. Todo un ejercicio de patinazo sobre las espaldas de los sectores más vulnerables de la sociedad.

Frente a esto, los acreedores de Grecia están reclamando más sacrificios a un pueblo ya exhausto y a un gobierno que está, literalmente, ahogado. Estas peticiones descansan sobre unos ejes claros: las pensiones, las privatizaciones, la política fiscal y el mercado laboral. Vean unas características comunes, que podemos sintetizar con un solo concepto: flexibilidad máxima, es decir, colocar el mercado laboral prácticamente sin negociaciones colectivas, con salarios a la baja, nueva contracción de las pensiones (del orden del 1% sobre el PIB) y subidas, eso sí, de la tributación indirecta (del IVA, en esencia). Fíjense: se pide a un enfermo grave que se levante, deje los sueros que le asisten, trabaje más, rinda más, pague más…y se recupere. Y se sugiere que se le sangre más para limpiar con mayor ahínco sus circuitos maltrechos. Todo un arsenal medieval que, paradójicamente, persigue en su enunciado modernizar un país que urge de otras medidas, que nada tienen que ver con la severidad luterana de la austeridad tal y como se está aplicando.

Me dirán que mi visión también es sesgada. Probablemente. Pero mi sesgo descansa en cifras, no en planteamientos ideológicos inamovibles. Preguntémonos: ¿Por qué el FMI no tiene empacho alguno en auxiliar a Ucrania, tal y como se recoge en la plataforma Zero Hedge (http://www.zerohedge.com), aunque este país haya declarado que no va a poder pagar la deuda, mientras se niega eso mismo a Grecia? ¿Quiere, de verdad, el FMI, un acuerdo sensato para la nación helena? ¿Es consciente el FMI que incurrió en ilegalidades al conceder créditos a un país que se diagnosticaba como quebrado? ¿A quién pretendía salvar, el FMI: a los griegos o a los bancos europeos? Estas y otras cuestiones son las que debiera contestar Lagarde, que tiene en el interior de su institución muchos economistas sensatos que han advertido, oficiosamente, algo tan obvio como esto: que Grecia no puede pagar la deuda, que debe renegociarse y que ello comportará, indefectiblemente, una quita. Por cierto: tal y como la Historia Económica nos demuestra para otros casos parecidos, sin que nadie se rasgara las vestiduras ni pensara que todo se hunde por hacerlo.

La caverna siguen manteniendo sus sombras, para que no sepamos exactamente qué está pasando. La divisa de los economistas oficiales y de los gobiernos a los que asesoran es nítida: se debe ser oscuro, ya que no se puede ser profundo. Pero en estas actuaciones teológicas, necesitamos que Platón emerja y diluya esas nebulosas. Europa no debería plantearse, de forma tan inconsciente, la posibilidad de que Grecia abandone la Eurozona. Platón debe quedar. Y las sombras, evaporarse.

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