Pensamiento económico y desigualdad: un flash telegráfico

La desigualdad se ha convertido en un tema central, hoy en día, en la disciplina económica. Bien es verdad que existe un componente ideológico innegable para abordar dicha temática; pero incluso desde parámetros de economía convencional se aprecian inquietudes académicas para analizar un proceso que, a pesar del crecimiento económico, aparece de forma evidente, con un claro recrudecimiento desde la década de 1980.

Resulta imposible compilar todo lo que, de forma directa o indirecta, han escrito y debatido los economistas desde la formación de lo que podríamos calificar como “Economía Moderna”: desde Adam Smith, para ser precisos. Pero se puede obtener un diagnóstico claro de esa evolución de pensamiento y recoger ideas fuerza que, de alguna forma, todavía se encuentran presentes en la economía actual. Ésta es la que, entonces, debe articular las políticas económicas adecuadas para encarar los resultados obtenidos por los científicos sociales –economistas, sociólogos, historiadores, biólogos, médicos–, con un tangible planteamiento holístico.

Dos son las preocupaciones centrales en los denominados economistas clásicos: los problemas en la distribución de la renta y la reflexión “moral” sobre la economía, aspectos ambos que inciden de forma notoria en la noción de desigualdad. Aquí son tres los colosos a escudriñar: Adam Smith, David Ricardo y Thomas Malthus. Los tres inciden en la idea de un cierto “estado estacionario”, una especie de bloqueo tecnológico que, a tenor del empuje demográfico, va a generar enormes dificultades en la distribución de la renta. Aquí, la insuficiencia de la producción frente al avance poblacional, el marcado proceso de división del trabajo que promociona, a su vez, conductas egoístas y particulares, y los límites físicos mismos de la economía suponen un triángulo vital para una economía de carácter orgánico. La economía, por tanto, desde la que escribían y reflexionaban estos tres grandes. En éstos la preocupación social se encuentra siempre larvada: los hombres son sujetos activos y pasivos de la economía, y junto a las aportaciones más celebradas por los economistas liberales –la mano invisible, el egoísmo económico, la división del trabajo, la especialización–, particularmente Smith y Ricardo patentizan claras visiones de filosofía moral, rara vez enaltecidas por el mainstream académico: la necesidad de garantizar un salario de subsistencia y la noción de justicia –un antecedente rowlsiano– se avanza en el discurso del economista: sin el gran edificio de la justicia, llega a escribir Adam Smith, la economía no tiene sentido. He aquí, por tanto, sendos factores, determinantes, de la idea de desigualdad en el conjunto de un crecimiento económico en transición –una economía orgánica de base natural a otra inorgánica de base mineral–, con signos todavía anémicos en los crecimientos de la productividad, de la renda o de la producción.

Es con Stuart Mill y con Marx cuando esta evolución recoge ya las contradicciones más flagrantes de la nueva pauta productiva. Estamos ante un economista de corte netamente liberal y otro profundamente distinto, aunque respetuoso con el acerbo cultural de sus predecesores. A la antigua y raquítica productividad, movida por la fuerza del agua, el viento, la sangre, le releva un aumento notable de la productividad desde 1830, auspiciada por los nuevos componentes que entran en la economía: el carbón mineral y la máquina de vapor. La concentración se hace carne; la productividad despega; el trabajo se especializa y, a la vez, se precariza; los asalariados, pretendidamente libres, se hallan ahora sometidos a la tiranía de unos patrones que, tecnológicamente, se hallan en la vanguardia del progreso. En ese escenario escriben Mill y Marx: el primero, para reivindicar el ataque a la enorme desigualdad que se está generando con la revolución industrial, desigualdad que enfatiza en el terreno social y en el de género, con trabajo de enorme significación; el segundo, para subrayar que la desigualdad, medible a través de las plusvalías generadas, es producto de un sistema económico, el capitalista, cuya razón de ser es seguir impulsando su proceso de acumulación en el que el ser humano no es más que una pieza del engranaje. Las clases sociales serían, en tan sentido, la conformación clara, nítida, de la desigualdad, con sus diferenciaciones en renta, cultura, vivienda, emplazamiento, segregación. En este contexto, no cabe duda que otros pensadores actuaron movidos por inquietudes parecidas: los socialistas fabianos, por ejemplos, encararon la desigualdades sociales con propuestas imaginativas –relacionadas con la distribución centralizada de excedentes– que trataban de huir de la mayor radicalidad emanada de los escritos de Marx y de Engels.

En este contexto, se arma la revolución marginalista, la escuela neoclásica, con economistas eminentes entre sus filas, pero que considerará relativamente poco el tema de la desigualdad. La economía se observa como la física de las ciencias sociales, y el componente matemático se instala con fuerza: interesa analizar sobre todo cómo funcionan los mercados, y se considera la pobreza y la desigualdad como productos del crecimiento. Ahora bien, unos nombres merecen ser mencionados y comentados, en el marco de dicha escuela de pensamiento. El primero, Jevons, un economista que muere muy joven y que acuña, precisamente, el concepto de “utilidad marginal”. Sus preocupaciones van mucho más allá de las tradicionalmente asignadas a este inquieto pensador: sus trabajos sobre series de precios, relacionándolos con la evolución de la temperatura, constituye uno de los primeros ejercicios sólidos, desde el campo económico, para determinar algo tan actual hoy en día como las externalidades ecológicas del crecimiento económico. Para Jevons, los diferenciales de renta conforman, a su vez, un factor clave que condiciona el desarrollo económico. Esto, precisamente, es lo que enfatizará Alfred Marshall en sus Principios de Economía: he aquí la biblia de los neoclásicos, el libro esencial que, curiosamente, muchos de sus seguidores ni tan siquiera han leído. Vemos en Marshall su aportación clave en este ámbito con la “paradoja de la pobreza”: ¿cómo librarse de aquellos males que nacen en la sociedad por falta de riqueza material?, se pregunta Marshall. El economista de Cambridge afirma llegar a la economía como disciplina para aliviar la degradación de los pobres. Los trabajos de Von Thünen representan, en tal sentido, una guía para Marshall, aportaciones relacionadas con la distribución de la renta, que el economista germánico había abordado, inquieto por el mantenimiento del orden social la preocupación por encontrar formas de distribución más adecuadas. Los factores éticos se instalan en el discurso marshaliano, con evidentes connotaciones en el ámbito de la desigualdad social, a pesar de que el grueso de sus aportaciones, más comentadas y divulgadas, sigan siendo los trabajos de economía industrial y de los fundamentos de una economía en equilibrio.

Es precisamente este equilibrio aparente, dogma de fe sine qua non, el que acaba por cuestionar John Maynard Keynes, discípulo directo de Marshall, economista sacudido ante la multiplicidad de problemas de todo tipo (financieros, de sobre producción, de escasez de demanda, de deflación, de desigualdad social) que se iban forjando con la Segunda Revolución Industrial y los cambios inherentes a nuevos paradigmas tecno-económicos (petróleo, acero, automóvil, aviación, química). El contexto económico no puede ser más formativo para el inteligente economista de Bloomsbury: presente en los acuerdos de Versalles, crítico acérrimo de los mismos con un libro memorable, investigador infatigable dotado de gran inteligencia e intuición, Keynes asiste a la consolidación del patrón-oro como mecanismo de cambio y al liberalismo económico como doctrina. Ambos chirrían a raíz del crack de 1929, a pesar de la obstinación enfermiza por mantenerlos. Keynes rompe reglas ante la ortodoxia: la crisis está haciendo perder una cuarta parte de las riquezas generadas en Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña y, por extensión, el conjunto de Europa. La proliferación de pobres, desvalidos, desocupados, marginados, es asfixiante. El fiel de esa balanza tan descompensada va a ser, entonces, el papel del Estado: la capacidad de éste para generar efectos multiplicadores en la economía que acabarán por favorecer el crecimiento económico, el incremento de los salarios, la recuperación de los precios y, en definitiva, paliar la desigualdad creciente. Estamos ante otra biblia: la Teoría General. El trabajo provoca grandes polémicas de todo tipo: técnicas, pero sobre todo de carácter ideológico. Pero la aplicación de las premisas keynesianas en el New Deal facilitaron la recuperación parcial de la economía estadounidense, que cayó de nuevo en el pozo en 1937, tras la retirada de los estímulos de demanda que estaban resolviendo de manera efectiva los problemas de desigualdad de renta.

La Segunda Guerra Mundial impone un cambio radical en el mundo. La división de éste tras la Paz de Yalta infiere sendas concepciones políticas, culturales y económicas. En el mundo occidental, las preocupaciones radican, entre otras, en demostrar la efectividad del sistema capitalista sobre el denominado “comunismo”. Algunos economistas tratan, en tal sentido, de utilizar los nuevos instrumentales económicos, provenientes de la macroeconomía keynesiana, para demostrar que la desigualdad podría ser una fenómeno inherente en las primeras fases del crecimiento económico, pero que se corregiría con el tiempo. Esta es la base teórica de la curva de Simon Kuznets, un experto en series estadísticas, que utiliza las matemáticas y el cálculo para evaluar, a partir de series históricas, la evolución de la renta en países concretos. La advertencia de Kuznets, y sobre todo sus conclusiones empíricas, eran de gran calado: la desigualdad aparece, sin negarlo, en las primeras fases del crecimiento económico; ahora bien, éste acaba por inducir cambios importantes en la estructura económica que afectan la estructura social, de forma que la desigualdad va desapareciendo de manera gradual. Dicho de otra forma: crezcan ustedes lo más que puedan, no se inquieten si hay desigualdades flagrantes, porque el maná del crecimiento acabará por equilibrar la situación social. El paradigma recuerda mucho las fases del crecimiento económico de Rostow, tan en boga en las teorías del crecimiento económico en los años 1960 y 1970: deben ustedes crecer a partir de unas fases concretas, explícitas, con características específicas (inversión técnica, división y especialización laboral), tal y como hizo Gran Bretaña en su revolución industrial; verán entonces una gran pista de despegue, cuando todos los indicadores económicos se empiecen a disparar: su economía irá hacia un take-off sostenido. Este es el crecimiento que elude la desigualdad.

Ahora bien, estas tesis, mucho más ideologizadas, fluyen a pesar del dominio macroeconómico keynesiano (con Paul Samuelson y John Kenneth Galbraith como sumos sacerdotes de la escuela; y Philips como experto que señalaba la correlación inversa entre la evolución de la tasa del paro y la de la inflación). Y, a su vez, son criticadas desde parámetros igualmente ideológicos: la economía de la dependencia (con tintes neokeynesianos y neomarxistas) inciden en la desigualdad planetaria poniendo en solfa el cumplimiento a rajatabla de la curva de Kuznets (la “U” invertida), y hablan de “centros”, “periferias” y “semiperiferias”, siguiendo la pauta de la sociología del desarrollo de Immanuel Wallerstein y de los heterodoxos economistas Samir Amin, André Gunder Frank, Luis Vitale, Ernest Mandel, Hosea Jaffe (que incluso hacen un paralelismo de la desigualdad planetaria siguiendo el libro de George Orwell, 1984) y de los expertos de la CEPAL. Paul Baran y Paul Sweezy se erigen en los grandes referentes de esta escuela de pensamiento. Ahora bien, entre este conjunto de autores, muy prolífico y activista –con visiones, en algún caso, que reclaman la necesidad de revoluciones políticas–, emergen nombres que trabajan sin corsés ideológicos tan estrictos. Es aquí donde cabe situar las aportaciones seminales de Branco Milanovic, Amartya Sen y Emmanuel Atkinson. Éstos han trabajado bases muy potentes de indicadores que colocan la desigualdad como un factor más a tener en cuenta en los grandes presagios de la economía convencional. Su procedencia académica en instituciones como el Banco Mundial, el acceso a unos materiales extraordinarios y una capacidad teórica y técnica para procesarlos, hace que los trabajos de estos dos autores sirvan de base científica, sólida y útil para los científicos sociales del mundo, y para los economistas de manera especial. Estas contribuciones se nutren de estudios empíricos: he aquí su enorme valor. Y ese empirismo no descansa tan sólo sobre amplios fajos de estadísticas dispersas que se acaban colocando, hábilmente, en un programa informático. No; la historia económica juega aquí un papel central, historia económica que debe recurrir a los trabajos de campo, de archivo, como placenta básica para construir nuevos indicadores. Tales trabajos, que delatan la desigualdad, serán recibidos por economistas del desarrollo con ópticas no tan radicales como algunos de los citados anteriormente, pero con una “nueva radicalidad”, mucho más efectiva: la que vincula la superación de la desigualdad a la justicia y la democracia en una economía con un mercado sometido a mayores reglas y controles, sin el liberalismo salvaje que ha presidido su pauta conductual. Esto es, justamente, lo que sabido tabular, de manera solvente, Thomas Piketty: el análisis del capital en el siglo XXI bebe de fuentes enormes de datos históricos, se retrotrae a trescientos años, se centra en pocas formalidades matemáticas (utiliza, sobre todo, estadística descriptiva), hace transparentes los materiales y conduce a una conclusión fundamental: el sistema provoca desigualdad, que puede ser medida, ahora sí, con mayor profusión de datos y con mejores instrumentos que los utilizados por Kuznets.

Fíjense: hemos empezado hablando de mercado, de justicia, de sentimientos morales, de distribución de la renta, ideas todas ellas que presiden la preocupación de gran parte de los economistas, y que nos ha servido para seleccionar algunos de ellos, lo que han marcado una aportación genuina y acumulativa para la ciencia económica. Un firme hilo conductor. Seguro que el relato tiene lagunas: es lógico que así sea. El lector deberá secarlas con material bibliográfico de pensamiento económico, como manuales u otros trabajos. Pero no tengo ninguna duda de que si ustedes se quedan con los nombres básicos aquí citados y sus ideas fuerza, podrán entender el desarrollo de los procesos de desigualdad y, a su vez, los empeños del crecimiento económico. Desigualdad y economía siempre han ido unidas; en algunos períodos, y en función de las teorías aplicadas, esta relación ha sido más llevadera; en otros, la primera se ha acabado instalando. Pero no se engañen: no son procesos inocuos, ni abstractos, ni aparecen “de la nada”; tras ellos están las personas agazapadas en las estructuras productivas, tienen su posición definida, sus intereses particulares (egoístas, como diría el gran Smith)… y ello provoca distribuciones inequitativas en la distribución de la renta: lo que llamamos, en suma, la desigualdad.

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