El crecimiento económico no se improvisa. Apuntes desde el World Economic History Congress, en Kyoto, Japón

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Albert O. Hirschman y Marina Mazucatto

En el análisis de los procesos de crecimiento económico, los modelizadores tienden a considerar, de forma subliminal, que el crecimiento no conoce (o lo hace poco) de bases históricas. Es como si el haz tecnológico de nuevo cuño, surgido al calor del talento privado (y con escasa predisposición del sector público) fuera el propulsor de una ruptura abrupta, casi prometeica, en la que fuerzas escondidas (e inventos amagados) se acabaran por desvelar, tras concretos “eurekas”. La noción rompedora, tajante, del avance técnico, junto al pionerismo empresarial, parecieran ser claves convincentes que explicarían los progresos económicos. La tesis se ha enraizado. Se comenta con asiduidad que el papel del Estado debe ser cada vez menor en cualquier proceso de decisión estratégica de la economía: su función sólo se debe circunscribir a facilitar que el mercado funcione de manera “correcta” –sin que lleguemos a entender qué significa esto– y, en todo caso, a corregir los “fallos” de ese mercado pretendidamente sabio y perfecto.

Vean, por tanto, sendos mensajes. Primero: el cambio tecno-económico suele ser abrupto. Segundo: las fuerzas del mercado son sus impulsores. Soy consciente de que esto es una simplificación excesiva de la argumentación; pero no tengo dudas de que sus bases se adecuan a tal caricatura. Los estudios de Historia Económica y los análisis de la economía del desarrollo con ópticas más holísticas y no circunscritas de forma rígida a modelizaciones matemáticas, han demostrado algo que, no por obvio, debe ser subrayado, habida cuenta que, como he dicho, suele tenerse en poca consideración: los encadenamientos económicos acaban por definir el crecimiento, lo justifican y lo impelen hacia nuevos escenarios. Lean ahí a Albert O. Hirschman, un gran economista demasiado ignorado por el mundo académico, que escribió un precioso volumen a principios de los años 1960 en el que, con estudios de caso, acababa por rubricar esta importante teoría, una idea que no desencajaba con los preceptos schumpeterianos: los linkages, los encadenamientos experienciales, algo intangible que, sin embargo, descansa sobre elementos muy concretos (el saber hacer, por ejemplo, aplicado a una gama extensa de posibilidades), en una evolución adaptativa que hace de agentes económicos aparentemente marginales los protagonistas esenciales del proceso. Encadenar la economía significa algo simple y, a la vez, complejo: entender que nada se improvisa, y que Prometeo no deja de ser una figura mitológica que, para nada, nos ofrecerá el fuego a espaldas del dios supremo, y nos hará salir, casi de la nada, de las tinieblas para entrar en la senda del crecimiento imparable. El desarrollo económico es un proceso holístico, acumulativo, con avances y retrocesos, que infiere empeños experienciales: lo que se aprendió en un sector se aplica a otro distinto, con la utilización de la cultura económica y de mercado adquirida, con el aprendizaje tecnológico y organizativo en expansión.

Esto, que parece sencillo, no lo es tanto. Los economistas siempre parecemos esperar algo nuevo, inesperado, espontáneo, que romperá las barreras que constriñen una economía en crisis para abrir las espuertas de una nueva fase de expansión. Contar con lo que se tiene y adaptarse a los mercados con el capital humano disponible y con el que puede ser impulsado desde otra diagnosis, se revela como un reto importante para la política económica. Pero requiere un visión distinta del proceso de crecimiento.

Y vayamos al segundo punto: el papel del Estado. Su trascendencia ha sido, históricamente, crucial para apoyar y promover el conocimiento y el cambio técnico. Ignorar esto, como se está haciendo hoy en día, revela un enorme sesgo histórico y, lo que es más grave, supone empecinarse en una receta que es, una vez más, errónea, sólo sustentada por la teología de la fe ciega y acrítica. En un trabajo muy reciente, Marina Mazucatto ha enfatizado, con ejemplos irrefutables y argumentos de difícil combate frontal, que el Estado ha sido mucho más emprendedor que lo que suponen la mayor parte de los políticos y el mainstream académico. Reducir los comentarios sobre el Estado a cuestionar sistemáticamente el sector público, tildándolo de forma invariable como ineficiente y despilfarrador, es estar alejado de la realidad. Lo he escrito en otras ocasiones, hace ya bastantes meses: fíjense como la Gran Recesión se acaba imputando a la economía pública, que debe realizar recortes brutales en sus cuentas, como si fuera, ese sector público, el responsable primero del desencadenamiento de la crisis. La economía financiera sigue campando a sus anchas, y no parecen funcionar los correctivos prometidos para que se pusiera coto a los desmanes realizados por los financieros y especuladores: éstos sí son, objetivamente, los padres de la Gran Recesión, los que confiaron sin mácula en un mercado borracho o los que, sabiéndolo, callaron para obtener más beneficios arruinando a miles de personas y empresas. Sepámoslo: el ataque constante al sector público en aras de una liberalización económica vinculada a una mayor libertad en todos los sentidos, supone tergiversar la realidad, una realidad que es demostrable con datos concretos, a los que remito en las páginas de la profesora Mazucatto.

Pensaba en todo esto en el curso de una visita al museo tecnológico de la empresa Toyota, en Nagoya, Japón. Un prodigio de didáctica económica y tecnológica al servicio y para el conocimiento de la población nipona (y, por supuesto, de todo el mundo). La tecnología imitativa de los japoneses, ejemplarizada con el caso de la firma de Toyoda (luego Toyota) recoge la adaptación de tecnologías británica, suiza, alemana y norteamericana a la realidad nipona y, a su vez, constituye un acicate para su propia innovación. El textil japonés será importante, no sólo por su producción de tejidos que se exportarán a todo el mundo, sino también por su orientación a la producción de maquinaria necesaria para el sector, con la irrupción de procesos, ya pioneros, de cadenas de montaje para la fabricación de telares mecánicos. Diseño, estudio, observación, captación de experiencias próximas, aprendizaje del conocimiento ajeno, apertura de mercados, consideración empresarial con los productores, conforman piezas básicas que ensamblan un encadenamiento continuo de actividades. Éstas se aplicarán, a partir de los años 1930, en el sector puntero del automóvil: lo aprendido en el textil se va extender a una nueva actividad. En ella se utilizarán metodologías ya conocidas: estudiar, analizar, diseñar, captar, aprender, enseñar, diversificar. La capacitación histórica de un sector alimenta a otro; los estímulos del Estados aguijonean a su vez el cambio económico. Sin caer en mitificaciones gratuitas ni en hagiografías acientíficas, estamos ante esta situación que comentaba al principio y que deberíamos considerar mucho más los economistas: el crecimiento se aprende ejerciéndolo; ni es abrupto, ni se improvisa, ni existen manos invisibles que lo dirigen. Reconocer esto no como una ideología, ni como una cuestión de fe, sino sobre los fundamentos de la ciencia económica, significaría un gran paso para poder formar economistas con criterios más amplios y humanistas, y no tan escorados en preceptos normativos, con las matemáticas como fin en si mismas en lugar de herramienta crucial para los científicos sociales.

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