Europa, España, 2016: augurios económicos, realidades económicas

Augurios y realidades: aquí van una serie de reflexiones que sitúan unos puntos de debate de cara a 2016:

  1. La dureza de la austeridad se mantendrá. No se atisban cambios en este punto: las políticas de severidad presupuestaria dominarán las estrategias de los gobiernos. El control del déficit y la visión por reducir la deuda conforman sendas columnas sobre las que pivota un gran ausente: la inversión, desaparecida en buena parte de las agendas gubernamentales, hecho que difícilmente conducirá a un crecimiento económico robusto.
  2. Se consolidará el paro en Europa. Se ha llegado a una tasa del 12 por ciento en el conjunto de la Unión Europea, el dato más negativo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Europa no remonta, y eso tiene dos corolarios nítidos: la fuerte caída de la demanda, que conduce a la deflación de los precios; y un aumento de la desigualdad, que aviva la desesperación e instala la descohesión social. Las cifras de Eurostat golpean: el 20 por ciento de los europeos más ricos gana cinco veces más que el 20 por ciento más pobre. La situación se inscribe en una realidad que no se quiere ver desde los gobiernos: con bajos crecimientos económicos, los efectos redistributivos son menores.
  3. Son posibles otras políticas económicas diferentes a las de Europa: se están llevando a término en Estados Unidos y Japón, con resultados positivos. Las palancas: una mayor expansión fiscal, con el objetivo de recuperar la ocupación. Estados Unidos crece al 4 por ciento en 2015; y se prevé que lo haga a más del 3 en los próximos dos años, con una baja tasa de paro que puede situarse entorno al 6,5 por ciento. Por su parte, la potente inyección de liquidez del gobierno y de su banco central coloca una perspectiva de inflación del 2 por ciento (cuando se venía de un escenario de deflación desde 1992, a partir de la aplicación del mismo recetario que ahora se promueve en Europa).
  4. Se debe pensar en varios elementos, a pesar del componente heterodoxo que les define. Uno: procesos efectivos de quitas de deuda (en la línea anunciada en un trabajo del FMI; Reinhart-Rogoff, 2013). Dos: bajada de tipos de interés hasta el 0 por ciento en la zona euro. Tres: mayor regulación en las actuaciones de la banca comercial por parte del Banco Central Europeo, con la finalidad de drenar créditos. Cuatro: subida salarial en Alemania, para neutralizar la vía de la competitividad en el sur de Europa por la reducción de salarios –las devaluaciones interiores– y, a su vez, dinamizar la demanda interna teutona, lo cual impactaría positivamente en la economía de la eurozona. Cinco: programa potente de inversión pública que piense en dos datos cruciales: el mantenimiento del paro en la Europa del sur es inasumible; al tiempo que es insostenible el aumento de la desocupación de la población juvenil. Ambos factores alientan la desconfianza hacia el espacio europeo e incentivan la desafección y la ruptura del proyecto europeísta.

Para encarar esto, un interrogante se impone, con el caso de España como referente: ¿hemos tocado fondo, con la austeridad? Difícil saberlo. Durante esta crisis, hemos leído y oído decir esto en otras ocasiones, siempre con intenciones positivas, pero con un claro error de diagnóstico. Las cifras disponibles indican, vistas en perspectiva, que fregamos el suelo en el verano de 2009, y que las medidas de expansión fiscal y de inversión pública contribuyeron a que se produjera un rebote del PIB, hasta el punto de obtener datos positivos en 2010. Para España, hay informaciones que pueden ser invocadas por los optimistas en el curso de 2014. Las más significativas: crecimiento de las exportaciones, descenso de la prima de riesgo hasta los 120-140 puntos en el cuarto trimestre de 2014, o la contracción ligera del PIB en los últimos trimestres de 2013. Pero esas cifras no sumergen otras altamente preocupantes: la deuda pública se acerca al 100 por ciento del PIB, el crédito ha caído y el paro se ha confirmado en el 23 por ciento y, previsiblemente, se instalará, tal vez con un punto menos, en los próximos dos años. La población activa se ha desmoronado y la estacionalidad marca el espejismo de un aparente repunte económico. En paralelo, la reforma de las pensiones va a provocar una pérdida del poder adquisitivo de los pensionistas. Repasemos tres puntos concretos, que contribuyen a evaluar nuestro interrogante:

a) Se ha corregido el déficit público: casi tres puntos en cuatro años, desde 2010. Pero a un coste demoledor y con un crecimiento brutal de la deuda pública. No se incluyen aquí 41.300 millones de euros destinados a los rescates bancarios. El déficit se ha reducido recortando gasto social, sobre todo en sanidad, educación y dependencia. Los incrementos impositivos han servido más bien poco: la anemia económica ha paralizado la recaudación. Resultado: para 2013, se alcanzó un 7 por ciento de déficit sobre PIB, medio punto arriba de lo marcado por la Comisión Europea. No se ha cumplido en 2014 y se cerrará 2015 sin alcanzar el objetivo sobre el que ha pivotado toda la política económica del gobierno.

b) Los salarios han caído, siguiendo la senda de Grecia, Portugal, Irlanda y Eslovenia, según datos de Eurostat. La pérdida del salario real en España: el 15 por ciento, desde 2011. Y ello a pesar del desmoronamiento del mercado de trabajo. Resultado: se han perdido más de 600.000 empleos desde la implantación de la reforma laboral. No hay negociaciones colectivas. La precariedad se afianza. La población juvenil sin ocupación alcanza más del 50 por ciento. En Europa, se constatan diferencias importantes tanto en materia de salarios como de productividad a nivel de las regiones. España es el país de las cinco principales economías de la Unión Europea con menor salario medio y con un descenso más acusado en el período 2009-2014. En tal sentido, es importante que se desarrollen políticas tendentes a incrementar la productividad y el salario real en las regiones españolas. La productividad media depende de factores relacionados con el desarrollo industrial, la actividad del turismo, el stock de capital por trabajador y el capital humano, es decir, educación y gasto en investigación. La política económica encaminada a disminuir los salarios en el sur de Europa, impuesta para el período 2009-2013, tiene muchas desventajas y no es eficiente.

c) La desigualdad crece. Entre 2007 y 2013, el riesgo de pobreza y exclusión social ha aumentado en España, por encima del conjunto de Europa. La causa central: las políticas de recortes sociales sobre, entre otros, unos ejes básicos. Primero: el gradual desmantelamiento de los servicios sociales desde 2010. Segundo: la bajada de los salarios que, además, tienen un peso más reducido en la distribución de la renta, mientras se incrementa la cuota correspondiente a los beneficios empresariales (los salarios han perdido 3,8 puntos porcentuales, y han pasado de una participación del 57 por ciento del PIB al 53 por ciento). Tercero: descenso del umbral de la pobreza en 7.355 euros anuales, poco más de 150 euros ente 2011 y 2012. Cuarto: endurecimiento para acceder a prestaciones sociales y alargamiento en el tiempo de situación de desempleo.

Esta visión más crítica no se distancia de algunas de las observaciones llevadas a cabo por economistas con un perfil de carácter más “técnico”. Este es el caso del último trabajo de David Taguas, un libro póstumo que propone cuatro fases de la Gran Recesión en España, a la vez que se inscriben una serie de datos que ilustran la evolución de la economía española: desde superávits hasta déficits relevantes, en un escenario de caída brutal de los ingresos tributarios, y con la aplicación de dos procesos de consolidación fiscal que se corresponden con dos gobiernos distintos, uno socialista y el otro conservador. Taguas también señala que las políticas expansivas fomentaron la recuperación económica, si bien a partir de ésta la atención se centró sobre todo en la sostenibilidad de esas políticas fiscales que había desempeñado un papel crucial en el avance de la economía. Ahora bien, la reducción del gasto público, la reforma de las administraciones y las bajadas de impuestos conforman tres piezas del recetario de Taguas, que le alejan de la óptica más heterodoxa en el enfoque de la Gran Recesión, a pesar de que se muestra escéptico en que sea factible cumplir con los objetivos del déficit público. En tal sentido, la presentación del proyecto de los Presupuestos Generales del Estado para 2016, de una irrealidad clamorosa, legará al nuevo gobierno la dura decisión de aplicar nuevas medidas de recortes y más austeridad.

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