Austeridad y deflación

 

La caída de la demanda agregada es una de las consecuencias de la Gran Recesión. Los problemas bancarios, financieros, bursátiles, son una parte explicativa de la crisis; pero su carácter sistémico abraza distintos factores, siendo una de las consecuencias más precisas la debilidad del consumo que, a su vez, infiere un problema mayor: la deflación. Y ésta se vincula a las políticas de austeridad. Austeridad y deflación van unidas. Si se apuesta por la primera, como se ha hecho sin ambages, no puede uno alarmarse porque aparezca la segunda. Hasta hace poco tiempo, los economistas y los políticos europeos no se preocupaban en exceso por la caída o el estancamiento de los precios. La inflación sí constituía un foco claro de inquietud y de obsesión. Todo el mundo hablaba de los rescates bancarios, de las primas de riesgo y de los problemas financieros, como trípode esencial que debía rehacerse, mientras el crecimiento del paro se observaba como una consecuencia lamentable pero lógica de los ajustes aplicados. Pero pocas voces advirtieron del riesgo de deflación en Europa. Ante esto, escuchar a Christine Lagarde y Mario Draghi inquietarse, aunque veladamente, por la bajada de los precios en la eurozona, llena de estupor y satisfacción. De estupor, porque no se acierta a entender cómo es posible que las grandes instituciones que representan los nombres citados (FMI y BCE, respectivamente), no hubieran contemplado seriamente algo que la Historia Económica más reciente enseña. De satisfacción, porque vuelve a confirmarse algo que se rubricó con la actuación de Ben Bernanke al frente de la Reserva Federal (y que se recoge en su último libro, cuya lectura recomiendo: El valor de actuar): conocer la economía histórica ayuda a diagnosticar mejor.

La deflación (o des-inflación, una nueva jerga que se han sacado de la manga algunos expertos) está presente en la eurozona. No tiene los visos conocidos en la Gran Depresión, con caídas de precios de dos dígitos. Los economistas conocen suficientes ejemplos de procesos deflacionistas en la historia reciente. De hecho, antes de la Primera Guerra Mundial, con buena parte de los países adheridos al patrón oro, se apreciaron dos décadas de deflación seguidas de otros veinte años de inflación. La deflación se acaba asociando a la depresión durante la década de los años 1930; pero se conocen caídas severas de precios en escenarios de crecimientos acelerados en el período 1870-1896 –con el impulso de la Segunda Revolución Industrial–, en el que esta primera gran crisis del sistema capitalista se caracterizó por la expansión económica, la concentración de capital, el avance de las finanzas, la administración gerencial, los aumentos de producción y productividad y la caída de los precios. Una coyuntura en la que emerge el imperialismo económico y la feroz competencia comercial por parte de nuevas potencias.

Ahora bien, a partir de la Gran Recesión se han producido ya inflaciones negativas en el sur de Europa, relacionadas con retrocesos en los PIB, hasta llegar a tasas negativas. Y un claro estancamiento de los precios en España. Esta situación tiene sus causas, como decía, en las políticas de austeridad y en la falta de actuación del BCE. Se comprueba el desplome de los precios en 2009, un efecto rebote en 2010 y una bajada gradual desde 2011, con dos excepciones: Grecia, que se hunde sin remisión a distancia de los otros países (llega al 1 por ciento negativo en 2013); y Japón, único país que experimenta la recuperación en sus precios, frente al languidecimiento de los indicadores de Reino Unido, Estados Unidos, Alemania, Grecia, España y el conjunto de la Unión Europea. De alguna manera, Grecia y Japón sintetizan dos pautas distintas: una, la del país heleno, que se centra en la aplicación a ultranza de la austeridad, con consecuencias corrosivas; otra, que huye precisamente de esas políticas aplicadas durante largos quinquenios, con resultados paralizantes para su crecimiento económico, y que acaba por apostar por políticas monetarias expansivas. Cara y cruz para enfrentarse a una misma problemática: la crisis económica, la falta de crecimiento; y actuaciones expeditivas en ambos casos, pero en direcciones opuestas.

 

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