Tiempos de pactos, lecciones para la izquierda

Vienen tiempos de pactos, de consensos. En una etapa caracterizada por mayorías absolutas intransigentes, se ha levantado una polvareda de nuevos deseos, con el concurso de otros partidos decisivos en el tablero electoral. Éstos se auto-adjudican la capacidad de minar el peso de las denominadas “castas” o “élites extractivas”, en una jerga más económica. Se reniega del monolitismo granítico de una mayoría absoluta, que se considera “estable”, pero que lamina la discusión democrática; pero cuando esa realidad se rompe y puede abrirse paso un estado político de mayor complicidad entre fuerzas afines –al menos, en algunos puntos–, la cerrazón configura la estrategia de los pretendidos salvadores. La complejidad se entroniza, y eso no debería ser nada peyorativo: casi toda Europa está trabajando con mosaicos políticos diversos. La táctica electoralista y el parapetarse tras los principios, pueden ser argucias que forman parte de una misma moneda: la vieja política, esa que se lamina.

Refugiarse en las esencias puede acabar aturdiendo al personal. Los partidos progresistas, que saben que tendrán que acudir a pactos si quieren desbancar a la derecha, deben concretar una hoja de ruta plausible, en función de las disponibilidades y márgenes que deja el presupuesto público. Pensar que la llegada de la izquierda al poder abrirá un camino de rosas presupuestario (es decir, que habrá dinero para todo) es ignorar una realidad tozuda, que nada tiene que ver con dejación de principios ni renuncias a los mismos, y más con bisoñeces en el ejercicio de la gestión pública. Se deberán priorizar acciones. Y, por tanto, descartar y ralentizar otras. Todo no va a ser posible: prometerlo sin matices es tergiversar la realidad. Negociar esto tras el 26 de junio será todavía mucho más difícil: entonces, las esencias fluirán y la gente se aferra a ese aroma ante lo desconocido. Una huida inútil.

Por eso, la izquierda debe controlar y modular ese tarro de las esencias, esos principios inamovibles, para evitar que el cofre de la derecha acabe por engullirlo todo, tarro incluido, sus esencias y, lo que peor, las esperanzas de la gente.

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