En la muerte de Giovanni Sartori

La defunción del sociólogo Giovanni Sartori es una pérdida importante que se suma a la también reciente de Zygmund Bauman. Estamos ante dos colosos del pensamiento contemporáneo. Frente el vacío de ideas o la confusión de las mismas en un mundo convulso, releer los textos de Sartori –como hacerlo con los de Bauman– aporta sentido, iluminación y coherencia a la fabricación de una sólida teoría que huye de relatos prefabricados, de abandonos ideológicos en aras de un mercado des-regulado e incapaz para resolver los graves problemas que afectan a la civilización: desigualdad, precariedad, problemas ecológicos, polarización social. Batman, más ubicado en una izquierda alternativa pero realista, y Sartori, un liberal abierto huyendo de la demagogia de manual, han conformado un sólido bloque de pensamiento que es de gran utilidad para una izquierda des-nortada que ha arrinconado señas inequívocas de su identidad histórica. En ambos autores encontramos una reivindicación constante por la democracia, una afirmación que pudiera parecer peregrina u obvia, pero que no lo es en absoluto. En este punto, es pertinente el recordatorio a otro grande, Amartya Sen, el economista que plantea la simbiosis inequívoca entre justicia y democracia, una nueva teoría de los sentimientos morales que evoca a Adam Smith.

La izquierda, fragmentada como siempre, mirándose el ombligo como casi siempre, reduce sus pugnas a una conjura interna. En ésta pierden todos, de manera que la máxima ley de la estupidez humana de otro científico social extraordinario, Carlo Cipolla, se cumple a machamartillo. No parece haber tregua en esto, y la seducción de un mercado transnacional descontrolado ha seducido a la socialdemocracia europea –y española–, mientras en su izquierda pululan grupos que se enconan en unos principios que se presentan como intocables. No es fácil conjuntar esto con el ejercicio de gobernar, un hecho que es en realidad lo que esperan los ciudadanos, más que soflamas que lucen mucho en los salones de la divinidad intelectual.

Lo dijo Sartori: en ocasiones, debe anteponerse la ética de la responsabilidad a la de los principios. Es decir, la ética que persigue trabajar empíricamente por el bien común desde las palestras del poder, ejerciéndolo. La ética sin transformación se convierte en una abstracción filosófica, mientras quienes remueven los resortes de la acción política sonríen congraciados al ver que el problema se reduce a un número tras las pancartas. Por esto, el mejor homenaje a Sartori es leerlo de nuevo. Y aprender de sus múltiples lecciones, sobre las que la izquierda debe tomar más notas efectivas que diatribas ingeniosas.

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