La economía norteamericana pierde fuelle (Manhattan, de nuevo. Estancia de trabajo en New School for Social Research)

Iniciamos casi tres semanas de trabajo en NSSR, siguiendo la colaboración que ya mantuvimos el año 2016, con el departamento de Storical Studies –dirigido por el profesor Federico Finchelstein– y con los contactos con el departamento de Economics –dirigido por el profesor Anwar Shaikh–. Acabamos de llegar a Nueva York y las primeras impresiones indican un hecho: la economía americana se ralentiza. Y lo hace, sobre todo, en su dimensión más endógena, la que afecta al consumo de los ciudadanos: éstos están gastando menos, hasta el punto que el crecimiento trimestral de la economía es el más bajo desde hace tres años: 0,7%. El dato se aleja con estrépito de la cifra que se obtuvo en el último trimestre de 2016, todavía del orden del 2,5%, todavía con el presidente Obama. Y, al mismo tiempo, se encuentra a gran distancia del objetivo marcado por el presidente Trump, que habla de un crecimiento del 4%. Los datos expuestos proceden del Departamento de Comercio de Estados Unidos, y afinan más: entre el segundo trimestre de 2014 y el último de 2016, el PIB se mantenía más cercano al 2,5% que al 1%. El cambio, por tanto, es relevante.

Estas cifras recientes han alimentado la promesa de rebajas fiscales. Trump y sus asesores piensan, de hecho, que el consumo se ha resentido por los “grilletes de los impuestos”, de manera que el reciente anuncio de una reducción significativa de la fiscalidad se ha convertido en un eje estratégico de la administración Trump. La decisión va a significar la pérdida de unos dos billones de dólares de recaudación tributaria, al tiempo que se anuncia un plan ambicioso de infraestructuras y un mayor gasto militar. Tres piezas –recorte de impuestos, incremento de gastos en armas y en infraestructuras– que forman parte del recetario de manual de los conservadores norteamericanos. Hicieron algo muy parecido en la época Reagan y, con menor calado pero con la misma inercia, en las etapas de los Bush. Los resultados no se hicieron esperar mucho: los incrementos de déficits fueron descomunales –particularmente en el mandato de Reagan, ciego creyente de la curva de Laffer–, hasta el punto que el presupuestario y el comercial se expandieron de forma casi paralela.

Trump parece ir en la misma línea de trabajo. Ahora bien, los movimientos bursátiles han recibido con aplausos tales promesas y anuncios. El índice Standars&Poors 500 ha subido un 5% en los primeros cien días de Trump: la euforia en Wall Street no se corresponde con la prudencia de los consumidores estadounidenses, que probablemente ven con mayor cautela los avatares futuros. Algunos elementos conducen a la preocupación:

a) Las declaraciones belicistas de Trump, localizadas sobre todo en relación con el mar de China, y bajo la óptica de los intereses geopolíticos norteamericanos en el área. Al mismo tiempo, no puede descuidarse la necesidad del presidente norteamericano de ofrecer una imagen de fuerza hacia el exterior. La existencia en dicha área geográfica de líderes desequilibrados –como el de Corea del Norte–, junto a otros imprevisibles –como Putin–, hace pensar en una escalada militar en la zona que podría desencadenar un conflicto regional de dimensiones inquietantes.

b) El gasto en infraestructuras tendrá como contraste el recorte del gasto social. Esto es lo que siempre ha acontecido en la economía norteamericano cuando se han realizado soflamas parecidas a las expuestas por Trump. Se intenta contener el déficit desbocado a fuerza de segar las inversiones de carácter social. No es arriesgado presuponer que en los próximos meses tal vez asistamos a una recuperación del PIB de Estados Unidos, que no se traducirá en una mejora de la calidad de vida de su población y, probablemente, en un incremento de los índices de desigualdad.

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