Más política fiscal: ¿Keynes de nuevo?

Desde este espacio, he defendido en diferentes entregas y desde hace mucho tiempo la debilidad –incluso la inexistencia– de la recuperación económica en su total sentido: ésta será efectiva cuando impregne igualmente el mundo del trabajo. Por el contrario, informaciones de todo tipo, oficiales y de opinión, enaltecen el final de la Gran Recesión, poniendo fechas aleatorias más que discutibles. Se ha vuelto, en cierta medida, a una reedición de la euforia económica, algo difícil de explicar con las variables disponibles. Dijimos que 2017 no iba a ser un año de sólida recuperación –incluso hablamos de recaída– en el conjunto de Europa, a tenor de indicadores muy débiles: el más relevante, el de la inversión; y, a su lado, la evolución de la inflación, una señal precisa que los economistas tenemos para valorar con mayor énfasis la trayectoria económica. Los datos al respecto corroboran tales premoniciones, a mediados de 2017: siguen siendo anémicos. La muestra: 1,3% de inflación ante el objetivo del 2% del BCE. La demanda no tira. Y no lo hace porque las recetas aplicadas están ya exhaustas. En ese contexto, el encuentro de Jackson Hole (Wyoming), que ha reunido a los principales banqueros centrales del mundo e insignes próceres de la economía planetaria, no augura nada positivo.

Dos posiciones destacan, en el marco oficial del cónclave: la de Janet Yellen, de la FED norteamericana, subyugada por el “marrón” de la lidia con Donald Trump, que pone en entredicho las medidas dinamizadoras del crédito iniciadas por Bernanke con el estallido de la Gran Recesión; y Mario Draghi, poderoso líder del BCE, que acaricia la idea de ir retirando gradualmente las compras mensuales de deuda pública y repiensa una subida en los tipos de interés. La política monetaria está cerca del agotamiento, tal y como venimos advirtiendo desde hace muchos meses. Tipos nominales y reales de interés cercanos al cero no están ejerciendo un estímulo plausible en las inversiones privadas, hecho que comporta la mayor segmentación de la zona euro en dos mitades clamorosas: un norte ya recuperado –con Alemania a la cabeza–, y un sur con severas dificultades –siendo Grecia su ejemplo más dramático, pero no el único: Italia, Portugal y España siguen manteniendo profundos problemas en sus mercados de trabajo, datos que se sumergen ante las cifras macroeconómicas–.

Tal situación, comprobable con las estadísticas oficiales, está obligando al FMI y al BCE a considerar subidas salariales como fórmula efectiva para reactivar la demanda agregada. Una heterodoxia en toda regla que obedece, no hay que engañarse, a la evidente preocupación por mantener la estabilidad no sólo económica, sino también política. Lo ha dicho varias veces Draghi; lo rubrica Lagarde al señalar que los países más “saneados” se adhieran a una política de crecimiento de rentas del trabajo, subiendo los salarios.

En la citada reunión de Wyoming se han presentado investigaciones –recogidas sintéticamente en el Financial Times, información que debo a Jorge Fabra–; concretamente, una firmada por los profesores Alan Auerbach y Yurly Gorodnichenko, de la Universidad de Berkeley, indica que se abren márgenes para evitar las crisis incrementando el gasto público. El trabajo contrarresta la opinión de que los países deberían limitar dicho gasto en recesiones. De hecho –se afirma–, “la aceleración del gasto público en una economía agitada puede mejorar la salud fiscal de un país, incluso cuando la deuda pública ya es alta”, de forma que se generan esperanzas de que los gobiernos tengan mayor alcance para luchar contra futuras crisis. Recordemos algunos factores existentes, y apuntémoslos:

·      Inversión privada raquítica, con participación sobre el PIB que es la más reducida desde la década de 1990, a pesar de la drástica reducción de los tipos de interés;

·      Alejamiento de la convergencia real entre los países, a partir de la observación de sus rentas per cápita: mayor segmentación europea;

·      Incremento de la desigualdad, medido por los índices de Gini y con indicadores como AROPE, que delatan los desequilibrios sociales de España y sus comunidades autónomas;

·      Innovación tecnológica a la baja, por la reducción inversora, pública y privada;

·      Atonía en el movimiento de los precios.

Estos problemas no se van a resolver con la obstinación ciega en seguir aplicando los mismos recetarios que no están desatascando las capacidades reales de las economías europeas. Funcionar en la ola del ciclo puede ser positivo para los gobiernos de forma coyuntural; pero no previene de consecuencias letales futuras, tal y como nos enseña la historia económica. El corolario parece claro: Europa estaría en una situación muy parecida a la tesis de estancamiento secular, preconizada por Larry Summers y Bradford DeLong, aseveración que estos dos importantes economistas, ex-mandatarios de la administración norteamericana y profesores en Harvard y Berkeley, respectivamente, hacen extensiva también a las economías más avanzadas del planeta, incluyendo la de Estados Unidos. En línea parecida, el profesor Jason Furman, de Harvard, antiguo consejero económico de Obama, lo ha expuesto en la cumbre de Wyoming con una declaración pasmosa por sincera: “Hemos estado dando malos consejos catastróficamente a los países con altos ratios deuda/PIB”. Sus palabras se avienen con otros trabajos académicos de primera fila, muy recientes. Por citar algunos: de Paul Romer (2016), siempre candidato al premio Nobel de Economía, que explica el escaso realismo de los modelos económicos que se están aplicando durante la Gran Recesión; el de Narayana Kocherlakota (2016), expresidente de la FED de Minneapolis, señalando los errores de la teoría macroeconómica en el abordaje de la crisis; o de Steve Keen (2017), catedrático de Economía en la Universidad de Kingston, que augura posibles nuevas crisis financieras, bajo la inspiración de las teorías del gran economista, ya fallecido, Hyman Minsky.

En definitiva, ante el agotamiento de la política monetaria, se reabre la posibilidad de la política fiscal expansiva. Alemania tiene margen al respecto, con lo que además puede reducir sus desequilibrios externos. Las vías que se dibujan no son nada novedosas. Los gobiernos las han puesto en práctica en otros momentos. Recuérdese que a raíz de la caída de Lehman Brothers, en septiembre de 2008, se abrazaron los preceptos keynesianos para salir del atolladero, lo cual facilitó repuntes tangibles en el crecimiento económico, observables en los primeros meses de 2010. La irrupción de la austeridad, que extremó el ideario neoliberal nacido en los años 1980, ha supuesto lo que algunos autores –como el catedrático de la UAM Emilio Ontiveros– han calificado de “década perdida” para Europa. Coincido plenamente con él en la necesidad de adoptar programas de inversión más extensos e intensos, que pueden ser una vez más prioritarios para la recuperación efectiva de Europa, tesis que se ha mantenido estos últimos años en esta columna, a parte de en publicaciones académicas presentadas en foros universitarios desde 2013. Pero esto debe comportar, al mismo tiempo, el avance de los salarios. Una vez más: ¿la vuelta de Keynes?

 

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