Productividad y salarios

Llega a España –abril de 2018– John Williams, presidente de la Reserva Federal de San Francisco, y lanza el mensaje, titular de muchos periódicos: los salarios van a subir poco, porque la productividad es baja. La afirmación, referida a la economía americana, pero extendida a otras economías, se ha reiterado por parte de otros economistas y policy makers. William señala esto, pero otras tres cosas más, igualmente de interés: la preocupación por el proteccionismo económico de Trump; los problemas del déficit público americano, que se arrastrarán con la reforma fiscal de la nueva administración; y la necesidad de incrementar los ingresos (o, como contrapartida, recortar gastos). El colofón es, a su vez, relevante: los bancos centrales han de actuar agresivamente en coyunturas de crisis. Estos cuatro aspectos resultan cruciales en el contexto económico presente; de ellos, el que más se invoca es el del decrecimiento de la productividad, una pieza medular en el proceso de crecimiento económico que se relaciona, de forma intrínseca, con la capacidad y el talento del capital humano y de la inversión tecnológica.

La pregunta es si la productividad ha sido tan baja, en relación con la evolución de los salarios. Los datos invitan a conclusiones a veces confusas. En un reciente trabajo publicado en Financial Times (https://www.ft.com/content/2e4bcbe4-18ab-11e8-9376-4a6390addb44), Rana Foroohar ha trabajado con información de la misma Reserva Federal; recoge curvas de las ganancias reales de los trabajadores (ganancias promedio por hora de producción) y la productividad en sectores no agrarios. Las evoluciones de ambas magnitudes son elocuentes: entre 1947 y 1980, salarios en alza cabalgaban sobre la productividad, de forma que se cumplía esa regla de que los sueldos se debían acoplar al aumento o disminución de la productividad; pero a partir de los inicios de esa última década, el gap se ha disparado, hasta el punto que estamos ante un incremento notable de la productividad –que pasa de un índice 100 en 1947 a otro cercano a 450 en 2017–, mientras que los salarios, que partían también de un índice 100 en 1947, se estabilizan en algo menos que el 200 entre 1980 y 2017. La pérdida salarial es notoria, si se relaciona con la trayectoria de la productividad. De manera que resulta difícil entender la aseveración de John Williams, habida cuenta que los datos, que provienen además de la propia institución, la FED, le contradicen.

El contraste entre el salario-hora y la productividad, ya descrito, conforma un escenario nuevo en el que la presión se ejerce, de manera esencial, sobre los costes laborales unitarios y, de forma preferente, sobre los salarios. A éstos se les suele culpabilizar de posibles problemas de competitividad. Pero no resulta fácil argumentar que la evolución salarial que hemos señalado pueda dar lugar a algo que descarrile la suerte de las empresas, que gozan de márgenes de ganancias récord. El salario de los trabajadores podría aumentarse a costa de recortar los beneficios empresariales, habida cuenta que los peligros inflacionistas no se ven por ningún lado, aunque se tensaran al alza los sueldos.

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