La sonrisa de Ernest Lluch

 

Empiezan a conocerse algunos cambios importantes en la política española. Propuestas que críticos pueden considerar cosméticas, pero que tienen alto valor moral y político. Fuerte calado social. Por un lado, la decisión de auxiliar al barco Aquarius, con más de 600 migrantes abandonados en el Mediterráneo, tras negativas sucesivas de Italia y Malta a recibirlos en sus respectivos puertos. Todo en el marco de un continente que envejece, que necesita población joven y condiciones adecuadas para ejercer trabajos que, en el fondo, nos van beneficiar a todos. Por otro, la recuperación de la sanidad universal, un derecho eliminado en 2012 por el gobierno del PP, bajo el pretexto de los recortes presupuestarios y la invocación a la “herencia” recibida: ese mantra al que los conservadores se han aferrado para justificar sus propias medidas disfrazadas de un liberalismo mal entendido. La austeridad, en su formulación más ideologizada, ha supuesto ajustes muy severos en el gasto social. Y al abrigo de esas políticas restrictivas, el fomento de actitudes anti-solidarias. Este ha sido y es el círculo vicioso de esa agenda. Políticas que infieren mensajes y argumentos xenófobos, como se ha revelado en declaraciones de gobiernos europeos (incluso en Alemania, lo cual ha generado problemas internos en el gabinete de la canciller Merkel). Bajo ópticas muy parecidas, esta situación se aprecia también en Estados Unidos, donde la política proteccionista de Trump –una estrategia que va a suponer un tiro en el propio pie de la economía norteamericana, como se comprobará cuando se revisen los indicadores macroeconómicos– se incardina en soflamas preventivas hacia el extranjero, con recortes prácticos en políticas sociales: la sanidad, de forma específica. La sanidad como gran caballo de batalla, para dirimir formas dispares de hacer política.

En el caso de España, el nuevo gobierno socialista ha propulsado la recuperación de la sanidad universal, pública y gratuita. Para todos. Es esta una medida de gran profundidad, que reverdece la antigua Ley de Sanidad defendida y promulgada por un economista humanista que se llama Ernest Lluch. He tenido a Lluch en la mente durante todos estos días, de forma más intensa, recordándole. A Ernest le echo mucho de menos, como académico, como político y como amigo. He revisado vivencias, reuniones, encuentros lúdicos, palabras, conversaciones. En relación a este aspecto de la sanidad, recupero un comentario: me dijo que uno de los días más felices de su vida fue cuando, precisamente, se aprobó la Ley de Sanidad. “Me fui a dormir con una gran tranquilidad de espíritu”, apostilló el profesor Lluch, revisitando el Consejo de Ministros en el que se promulgó esa transcendental norma. Ley que proporcionaba la universalidad, y que situaba la estructura sanitaria española entre las mejores –quizás la mejor– del mundo, envidia de muchos países.

Si Ernest estuviera aquí, estoy seguro que sonreiría, feliz, ante el retorno de “su” criatura, por la que bregó denostadamente para hacerla nacer. Le debemos mucho a Lluch. Y también a este gobierno que hace renacer un derecho que nunca debió ser cercenado.

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