Desaceleración de la economía

Desaceleración. La economía se desacelera: en Estados Unidos, en la Unión Europea, en España. El concepto se usa como arma arrojadiza, como pretexto para la crítica: se adscribe a quien gobierna. Y se le des-cualifica. El relato es simple: hasta que gobernaron unos, todo iba bien; cualquier cambio de gobierno ha implicado la caída en la senda del crecimiento. Sería por tanto necesario que aquéllos, los anteriores, regresaran. Igualmente, la tentación se repite cuando se observa un crecimiento económico robusto con un gobierno adversario –y se le niega cualquier responsabilidad en ese crecimiento–, pero al ralentizarse el PIB la culpabilidad se le adjudica. En todos estos asertos hay una aproximación a la verdad –la economía se está desacelerando, a tenor de los datos disponibles–; y muchas tergiversaciones interesadas –los crecimientos y sus caídas se adjudican en su totalidad a los gobiernos–. Veamos, pues, aquello que aparece como más real, más identificable con la situación objetiva.

Las previsiones en el crecimiento económico se están reconsiderando a la baja. Lo están haciendo todas las instituciones consultadas (FUNCAS, Banco de España, FMI, Comisión Europea, INE en su reciente informe trimestral). El ciclo económico “expansivo” puede estar llegando a su fin, con todas las dificultades que tiene augurar esto. Existen otras condiciones importantes –que se apuntaron ya en esta columna– y que, cada vez más, se van confirmando. Primera: las subidas de tipos de interés en la Unión Europea (la Reserva Federal de Estados Unidos acaba de hacer una de esas subidas, al 2,25). La munición monetaria se quiere recargar, ya que está exhausta. Seguimos, sin embargo, sin desplegar todas las posibilidades de la política fiscal. El BCE hará, en breve: subir tipos de interés y retirar estímulos (compras de deudas), es decir, se eliminará la liquidez monetaria existente. Segunda: la subida de los precios de la energía, ya anunciada por países productores, y que forma parte de toda una estrategia especulativa en los mercados energéticos. Y tercera: el enorme endeudamiento existente, evaluado por el propio FMI en 182 billones de dólares, una cifra descomunal que, directamente, es impagable.

Estos tres elementos de carácter general van a condicionar las evoluciones particulares de las economías nacionales. A los factores apuntados deben añadirse otras posibles amenazas: la nueva saturación del mercado inmobiliario, proceso que afecta igualmente al sistema financiero. En España, todo esto coloca el futuro económico en un escenario cuando menos de gran incertidumbre, con algún indicador que ya se avanza: la caída en el consumo, un dato puesto de relieve en el reciente informe trimestral del INE y que retrotrae la desaceleración –ojo– al último trimestre de 2017, que se agrava por el gap existente entre la evolución salarial y la de los precios. La demanda interior puede resentirse. Los economistas no profetizamos el futuro: siempre fallamos cuando lo hacemos. Pero los datos expuestos, públicos y contrastados, invitan cuando menos a no dejarse llevar ni por euforias excesivas ni tampoco por catastrofismos interesados.

 

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