Turismo: el gran debate

El turismo supone en torno al 14% del PIB en países como España, Italia y Francia. En economías regionales turísticas, ese porcentaje se eleva de forma notoria. Es decir, no estamos ante un sector económico residual: es determinante, articula proyectos empresariales, puestos de trabajo, inversiones, estrategias públicas. Es un modelo de éxito. Y el debate sobre su posible sustitución responde muchas veces a conclusiones pre-establecidas, enfatizándose las innegables externalidades negativas que comportan las actividades turísticas. Esto también se observó con la irrupción de las industrializaciones, con duros impactos sociales y ecológicos. Contraponer la industria al turismo como antagonistas –se lee mucho sobre esto–, es tal vez un error en el escenario actual de las economías maduras de servicios.

El turismo constituye un desafío para expertos, políticos, trabajadores, empresas, y para la sociedad. Pero también no se puede relegar que existen componentes endógenos, de las propias estructuras económicas y sociales, que no pueden ignorarse. El debate se centra en diferentes interrogantes, que no son únicos y que, seguro, infieren nuevas derivadas:

•          ¿Cómo reorientar una economía especializada en turismo?

•          ¿Es posible diversificar esta economía en un margen temporal preciso y razonable?

•          ¿Qué intervención debe tener el sector público?

•          ¿Como vertebrar los flujos financieros en el proceso de adaptación?

En resumen: ¿cómo hacerlo?; y, ¿quién lo hace?

La orientación de la economía turística no se puede hacer sin una colaboración efectiva público-privada. No hay decretos leyes que regulen de forma inmediata las transformaciones económicas cuando salpican cambios sectoriales. Se persigue retardar el crecimiento de un sector motor –el turístico, con todas sus derivaciones– para “crear” otras actividades que lo sustituyan. Pero reorientar una economía comporta ingredientes esenciales:

a)         La voluntad de los poderes ejecutivos –municipales, regionales, nacionales– para hacerlo;

b)        La cooperación de las empresas privadas;

c)         La concurrencia de la sociedad civil y de los sindicatos;

d)        La capacidad financiera para encarar los proyectos que surjan;

e)         La apuesta para formar un capital humano, no necesariamente tecnológico ni universitario;

f)         La palanca básica de la inversión;

g)        La empatía política para el tema en cuestión, huyendo de visiones partidistas y/o electoralistas.

Una gran complejidad. En economías regionales especializadas, como la balear, significa que estamos hablando de un proceso más largo en el tiempo del que se puede prever. En todo modelo económico, el vector temporal no se debe rehuir, ya que condiciona las decisiones. Éstas pueden variar en los cronogramas establecidos, y las capacidades adaptativas resultarán vitales. Se trata de visualizar las líneas de tendencia que se van marcando a las políticas económicas, donde inversiones públicas y privadas, colaboraciones financieras y entramados sociales y económicos tendrían que trabajar entrelazados: en ejes de planificación estratégica, que redefinan la pauta de crecimiento. Una pauta en la que el turismo, en Balears, debe seguir siendo el tractor primordial.

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