El FMI cabalga a sus viejos galopes: “Prepárense para lo peor…”

            La frase, lapidaria, es de Kristalina Gueorguieva, directora-gerente del Fondo Monetario Internacional. La dirigente la expuso analizando las consecuencias económicas de la guerra de Irán. Anunció además que el FMI actualizará sus previsiones de crecimiento económico y de evolución de las economías en breve tiempo. Esas previsiones serán, como es lógico, a la baja, y seguramente veremos diferenciaciones claras según el espacio geopolítico. El relato del FMI entra en los parámetros canónicos de la institución, cuando valora escenarios difíciles. Las medidas a adoptar suelen ser invariables, con la única excepción que conocimos a raíz de la pandemia: aquí el FMI, junto a otros organismos, recomendaron una enorme laxitud fiscal, la palanca de la inversión y la superación de reglas fiscales existentes de control del déficit y la deuda.

            En las recientes palabras de Gueorguieva, los ejes que se presentan son los de siempre: control en el gasto, nada de medidas económicas que no sean de carácter colectivo entre los países, subidas de tipos de interés, etc. Un prontuario ya conocido, enfocado a atajar más un shock de demanda que de oferta. Que es lo que es: es la tensión de la oferta, es decir, los problemas en el avituallamiento energético, lo que está tensionando al alza los precios del petróleo y, por ende, de otros insumos esenciales. La inflación no la está generando el “sobrecalentamiento” de la economía, es decir, un exceso de consumo y de subidas salariales desproporcionadas. Los precios suben porque la guerra ha colapsado las vías comerciales para el tráfico de energía, un proceso que ya hemos conocido en 2022 con la guerra de Ucrania. Atajar esa situación con disposiciones que afectan a la demanda (subidas de los tipos de interés, por ejemplo; o excesiva cautela en la política fiscal) va a agravar la situación. Pero Gueorguieva dijo una cosa más: nada de bajar impuestos. Ojo a esto, para aquellos que lo basan todo en ello.

            El “prepárense para lo peor” es un mensaje con base real, pero que denota una gran exageración. Se está diciendo que nada será como antes: dirigentes y analistas lo subrayan. Estamos, sin duda, ante una neo-globalización, con una característica central: la emergencia de varias superpotencias que compiten sin tregua, siendo China y Estados Unidos las más determinantes. Pero con Rusia e India presentes también en ese tablero.

            Sin embargo, la dialéctica histórica no avala esas tesis de un cierto adanismo político: se ha pasado por muchos escenarios calamitosos, incluso peores que el actual, y el mundo ha seguido avanzando, a pesar de que también se nos anunciaba que nos preparásemos para lo peor. Sin embargo, lo peor es mantener recetas económicas que, demostrativamente, han fracasado. Eso es lo peor. Las soluciones no están en contraer más la demanda, la inversión, encarecer las hipotecas, frente a una inflación que, siendo más alta de lo prescrito por las instituciones económicas, no tiene elementos tan catastróficos como a veces se divulga. Un poco de reflexión más pausada sería de agradecer, para dar tranquilidad a una población que ya está alterada en esta incertidumbre.

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