Turismo e industria

            Una industria desmesurada es un problema, básicamente social y ambiental. Entendamos esto: las dos grandes revoluciones industriales (1780-1940) supusieron transformaciones prometeicas en la economía, en la sociedad y en la cultura, aparte de en la política. Esto fue una gran transformación, que analizó críticamente Karl Polanyi. Esas pautas industriales supusieron niveles importantes de explotación laboral –trabajo infantil constante, bajos salarios para las mujeres–, contaminación en los barrios obreros –con elevados índices de desnutrición y mortalidad infantil– y esperanzas de vida muy inferiores en contraste con las zonas urbanas habitadas por las clases pudientes.

            El turismo desmesurado conforma un problema con otros perfiles, pero con resultados paralelos, en los terrenos social y ecológico. Indicadores sobre producción y consumo de recursos básicos en una economía turística afectada por un exceso de visitantes y de actividad, denotan tensiones profundas en cuatro capítulos esenciales: los recursos hídricos, la producción de residuos, la contaminación atmosférica y la ocupación depredadora del territorio. Los servicios que se desprenden de la actividad turística tienen, además, derivadas sociales: una mayor segmentación laboral, la diversidad de una clase media que en su conjunto puede retroceder, las pérdidas de arraigo cultural.

            En este aspecto, el contraste con el mundo industrial se trasluce en que en este último la conformación de clases sociales admitió un hecho profusamente estudiado: la formación de clases con sus propias conciencias de clase, en el sentido que nos ha enseñado Edward P. Thompson. La tercerización, por el contrario, infiere la disolución de las referencias culturales e históricas y la dificultad en la adscripción social.

            Pero ni la industria es un anatema del que hay que huir, ni lo es el turismo. La industrialización generó cambios económicos, sociales y culturales relevantes. El turismo también. En ambos casos con claroscuros. Las crisis industriales y agrarias, con causas diversas, abonaron el camino hacia el despegue y la consolidación de las economías de servicios y, entre estas, del turismo. En este, el modelo sigue funcionando desde el momento en que sigue generando enormes beneficios empresariales –cosa que no sucedía cuando estallaron las crisis en la industria–. Pero tiene este modelo severos contratiempos, derivados de sus excesos y de los impactos ambientales, espaciales y culturales que está promoviendo.

            Ahora, las reflexiones sobre el cambio de modelo económico se centran en una afirmación que ya es común a muchos análisis: la diversificación. Y activarla desde el interior de esos servicios avanzados. Con una industria y un turismo dimensionados –se deben evitar los desbordamientos–, y una mayor conexión entre ambos: este puede ser el horizonte para alcanzar. Esto no lo hará solo el mercado; este sin duda puede condicionar muchísimo. Pero la iniciativa de transitar hacia otra forma de desarrollarse ha de ser de carácter público, en colaboración con el sector privado. No es un invento; ya ha sucedido en otras etapas. Y se debe aprender de ello.

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