Anwar Shaikh: ¿construyendo otra “teoría general?

Anwar Shaikh, fallecido recientemente, profesor de The New School for Social Research, ha publicado un libro, intenso y extenso, sobre la evolución económica, sustentado sobre un compendio de vastísimas lecturas, aportaciones propias de teoría económica y un bagaje matemático robusto (Shaikh, 2023). Varios factores destacan. Primeramente, la contribución recoge el grueso de la investigación de su autor, es decir, más de treinta años de investigación económica –con peso relevante de la historia económica–. En segundo término, por la extensión y complejidad del trabajo, que trata de construir una especie de nueva “teoría general” económica, en la que los temas se abordan desde postulados teóricos, pero con una gran carga empírica. La realidad es, pues, el punto de salida. Y esta idea metodológica enfrenta al autor a la visión abstracta de la teoría neoclásica. En esta estación de partida, Shaikh tiene como acompañantes teóricos a los economistas clásicos –Adam Smith, David Ricardo, pero, sobre todo, Karl Marx–, cuyas enseñanzas resultan mucho más atractivas para el economista que los argumentos que emanan de la economía dominante.

El objetivo de Shaikh con esta monumental investigación es, de alguna forma, impulsar un marco que acomode, en el pensamiento post-keynesiano, una idea básica que emana de la economía de Marx: que el proceso de acumulación es impulsado por la rentabilidad del capital, y que la demanda agregada tiene a su vez un gran impacto en la producción y el desempleo. En paralelo, el autor reivindica las luchas laborales como un elemento clave para determinar los salarios reales, una estrategia que considera crucial en el contexto de una actuación del capital que mantiene –incluso en una situación de normalidad– una cantidad de mano de obra desempleada para incidir, por tanto, en la fijación de los salarios. Es la búsqueda de la superación de la síntesis neo-clásica de Paul Samuelson (2018; véase también Ronclaglia, 2019, con posiciones críticas), por otra nueva, de difícil conceptualización (¿keynesiano-marxista?).

El libro de Shaikh es difícil, complejo, muy erudito y, al mismo tiempo, impregnado de una apuesta teórica, nunca amagada por el autor, que no elude un conocimiento profundo y preciso de otras contribuciones procedentes de escuelas antagónicas de pensamiento. La estructura de la obra facilita la lectura y análisis más segmentados. Veamos algunos de los factores fundamentales que el autor aborda, y que resultan substanciales para las investigaciones en historia económica:

1. La noción de competencia perfecta. La postura de Shaikh es, en esta importante cuestión, radical: la idea de competencia perfecta forma parte, para él, de ese mundo de abstracción e irreal, hipotético. Aquí, indica el autor, se nos ha dicho con reiteración que la economía funciona en competencia perfecta, donde consumidores y empresas trabajan para conseguir resultados positivos para ambos. Para Shaikh, el keynesianismo también incurre en esta óptica, desde el momento en que se habla de posibles “imperfecciones” (que hacen por tanto “imperfecto” un sistema que funciona). Sin embargo, para Shaikh la competencia que realmente se produce es definida como una guerra de todos contra todos. Y que el autor resume en: lucha entre trabajo y capital, entre capital y capital, entre trabajo y trabajo; una pugna, pues, recíproca, que no se aviene con la lectura edulcorada de la economía de mercado. En este escenario, dice Shaikh, las empresas se abocan a reducir costes para contribuir a fijar precios más competitivos. Este hecho afecta a todos los segmentos empresariales –los más modestos o medios, pero también los más poderosos–, toda vez que siempre entran nuevos jugadores en el mercado, con costes más bajos y, por tanto, con nuevas tensiones en los mercados ya existentes. Esto, para Shaikh, no son puras “imperfecciones”, toda vez que se trata de un factor esencial en el funcionamiento del capitalismo. Así pues, el autor prefiere más hablar de competencia “real” que de competencia “perfecta”. De hecho, explica que la competencia existe, probada por datos empíricos. Esto provoca “turbulencias” en los mercados, inherentes a las contradicciones que surgen en las relaciones que se operan en los mismos. Aquí adquieren gran relevancia las diferencias en los comportamientos de los agentes económicos, tanto los individuales como los colectivos. Esto hace que el autor señale que existan monopolios con tasas de beneficio persistentemente elevadas, pero que cada empresa –al margen de las anteriores– acaba por definir sus márgenes de ganancias. La pregunta que cabe formularse entonces –y que no siempre aclara Shaikh– es si la economía se encarrila hacia un proceso de convergencia en una tasa “común” de beneficio empresarial; o, si, por el contrario, la propia realidad individual –por la complejidad que encarna– no facilita esa convergencia.

En este sentido, el autor relaciona salarios y productividad. Shaikh subraya que los ingresos que se generan en la producción provocan tensiones y conflictos entre los trabajadores y los poseedores del capital. El autor plantea hipótesis que abrazan tanto la producción como el consumo, y que aplica a las empresas. Para Shaikh el salario real se ha de situar entre dos límites, uno inferior –que está de alguna forma determinado históricamente– y otro superior –relacionado de manera directa con la productividad del trabajo–. Las luchas individuales entre capital y trabajo portan a una relación particular entre salario medio y productividad, en el marco de una situación de estabilidad en el conflicto capital-trabajo de cada empresa. Y esas luchas rompen con la tesis de los principios de igualación de precios y ganancias: en ambos casos, los resultados forman parte de un conflicto y no son una convención o una premisa dada (como defiende la teoría neoclásica). En tal aspecto, la conflictividad social, el enfrentamiento por las contradicciones que se generan entre el capital y el trabajo, se encuentra en la base de estos factores, que las explicaciones más convencionales dan como supuestas de entrada: una cierta armonía en la fijación de precios –fruto de sucesivos encuentros en los mercados por parte de los agentes económicos–, y unas tasas de ganancias que vienen pre-figuradas en la mente de los empresarios.

2. La relevancia de la tasa de ganancia. La cuestión de la competencia tiene esta derivada crucial, que Shaikh interrelaciona con la tasa de interés e, igualmente, con la inversión y el crecimiento económico. Según el autor, el tipo de interés es la referencia que incumbe a la rentabilidad del capital que se deposita en los bancos en lugar de ser activado en procesos de inversión. Esta es una señal clara que puede cotejarse con las expectativas reales de beneficios en los mercados: ese diferencial entre tipo de interés y tasa de ganancia neta acaba por impulsar –o no– la inversión (tal y como preconizaban Marx y Keynes). Pero de nuevo Shaikh recuerda la realidad compleja de la economía: en ésta coexisten diferentes perfiles empresariales, de forma que el beneficio neto de cada uno de ellos puede variar, en función de su situación particular. Con todo, el autor anota la idea de un nivel “normal” que aplica a la igualación en las tasas de beneficio neto sólo a las empresas más rentables del mercado. La crítica a la microeconomía neoclásica aparece aquí con toda evidencia, de forma que Shaikh se posiciona, en este aspecto, al lado de aportaciones precedentes como las de Steve Keen (2015), con su crítica hacia los extendidos preceptos microeconómicos neoclásicos.

3. Contradicción entre capital y trabajo. Dice Shaikh: “la capacidad del factor trabajo es empleada por el capital, pero no es producida por él”. O, en otros términos: los trabajadores pueden tener –al menos teóricamente, diría yo, en contraste con la afirmación del autor– una capacidad autónoma de decisión. En tal sentido, la defensa de Shaikh se centra en un elemento esencial, a su juicio: la lucha por los derechos laborales. Este aspecto conduce a otras aseveraciones del autor: según él, ni en los modelos neoclásicos –cosa que parece más obvia– ni en los post-keynesianos, se comenta la función –digámoslo así– económica de los trabajadores. Éstos, de hecho, se encuentran incapacitados en la determinación del reparto salarial. Los motivos argumentados por Shaikh son claros: en el enfoque neoclásico, el salario viene marcado por la condición de pleno empleo; mientras que en el post-keynesianismo es la productividad y el margen fijado por las empresas. No hay, pues, espacio para una respuesta autónoma del factor trabajo.

4. Una demanda efectiva vinculada a la expansión del crédito bancario. Shaikh defiende, de entrada, que ahorro e inversión no son independientes, contraponiendo tal idea a la de Keynes, que aseguraba la independencia de ambas variables. Shaikh indica, en tal sentido, que en el ámbito doméstico, en la economía de los hogares, este planteamiento es cierto; pero no lo ve así en la esfera empresarial. Para Shaikh, el ahorro de la empresa se relaciona directamente con su estrategia de inversión, con su tasa inversora. Con datos concretos, el autor constata que en Estados Unidos la tasa de ahorro empresarial –que afecta a los negocios– se correlaciona con la tasa de inversión. En ese contexto, Shaikh concluye que el desarrollo del gasto, que implica la demanda efectiva, es posible si se amplia y extiende el crédito bancario. Esto infiere un incremento de la deuda comercial –alimentada por las nuevas inversiones provenientes de la expansión financiera–, lo cual supone a su vez una mayor demanda de fuerza de trabajo. Shaikh lo expresa así: se estaría entonces ante una caída del denominado por Marx “ejército de reserva”. Lo cual, a su vez, puede condicionar el crecimiento futuro: más expansión inversora, más demanda de crédito –influenciada por la capacidad de ahorro de las empresas–, más necesidades de contratar trabajadores, salarios tal vez más elevados y, en su conjunto, un impacto relevante sobre la rentabilidad de las empresas. Dos ideas-fuerza surgen entonces: primera, la tasa de ganancia aparece de nuevo en el discurso del economista; segunda, la inviabilidad de reducción del paro mediante políticas fiscales y monetarias adecuadas, tesis que defiende la economía keynesiana y la post-keynesiana.

Llegados a este punto, se exponen a continuación algunas reflexiones críticas:

  1. La perspectiva que se dibuja es pesimista. Esto no es una crítica en si misma, toda vez que el autor aporta baterías ingentes de datos que van en esa dirección. Shaikh es consciente de esta conclusión de carácter muy general; pero de alguna forma nos está indicando que es muy difícil solventar uno de los problemas estructurales más importantes del capitalismo –la generación de grandes bolsas de desempleo– con los instrumentos convencionales de la economía. La filosofía del autor se centra más en resultados que pueden surgir de procesos de lucha en el marco de las contradicciones del sistema capitalista, pero con escasa concreción. O, tal vez, de la aplicación de una nueva política económica que no se explicita con la claridad necesaria. En tal sentido, quizás sea el autor demasiado severo con las capacidades que tiene la política económica de corte keynesiano, y que se han revelado efectivas en un período histórico dilatado (1945-1980, grosso modo). Este puede ser un aspecto en el que incidir en futuras investigaciones.
  2. Sería importante que hubiera referencias más amplias de las crisis económicas, habida cuenta que el National Economic Research detalla su cronología. La riqueza de fuentes en Estados Unidos, que Shaikh conoce muy bien, contribuiría a establecer algo que la literatura económica sobre las crisis suele obviar, con algunas excepciones: que es posible datarlas con variables regulares y que, por tanto, podemos identificar comportamientos que se han ido repitiendo en el curso de las grandes crisis económicas pero que, sorprendentemente, pocos economistas contemplan. En tal aspecto, Shaikh fue quizás uno de los pocos economistas académicos que identificó la emergencia de la crisis de 2008, gracias precisamente al procesamiento de datos clave, esenciales para la historia económica: la evolución de la tasa de ganancia, entre ellos.[1] Esta posición de Shaikh es más solvente que la de otros científicos sociales de izquierdas que, o bien insisten en la idea de que el capitalismo está en fase terminal (como Ernest Mandel, 1969; o Immanuel Wallerstein, 2004) –que se antoja muy larga–; o que experimenta crisis permanentes, sin precisar cronologías (Giovanni Arrighi, 2014; David Harvey, 2020). Esforzarse por datar es importante en economía; y aquí, de nuevo, la historia económica juega un papel determinante.
  3. Esto puede servir, entonces, para una finalidad que la obra de Shaikh no pretende: Shaikh no realiza augurios, no actúa de mago como lo han hecho y hacen economistas académicos de la economía convencional –los mismas que aventuraban la desaparición de los ciclos económicos, con premios Nobel de Economía algunos de ellos–. Aquí peca de modesto. Porque el volumen de datos de los que dispone, junto al análisis económico que realiza, sí que faculta para intuir algunas claves, en función de lo que el mismo autor ha desgranado en su investigación. Dicho esto, debe aplaudirse su cautela para no incurrir en mesianismos económicos, algo mucho más prudente que, por ejemplo, las afirmaciones de Eugene Fama, premio Nobel de Economía, casi negando la existencia de una recesión o, peor todavía, indicando que es imposible predecirla, toda vez que las fluctuaciones económicas no siguen patrón alguno (a parte de aseverar que en un mercado en donde existiesen inversores inteligentes y bien informados, los títulos serían valorados apropiadamente y reflejarían toda la información disponible; pero hay muy pocos mercados en los que se dé esta coincidencia: de nuevo, el modelo por delante de la realidad. Véase García Estévez, 2017).
  4. Los análisis sobre la evolución reciente del capitalismo son muy abundantes, y desde ópticas metodológicas e ideológicas muy diferentes. Para Shaikh, y sintetizando muchísimo, nos encontramos ante la lucha de todos contra todos y, más específicamente, resalta el autor el conflicto capital-trabajo. Esto es muy diferente a lo que defienden la escuela neoclásica: la colaboración social como guía, determinada por un mercado eficiente que asigna a su vez puntos de equilibrio, de manera autónoma, y en donde todos ganan (y si alguno pierde, tal vez es porque lo merece). En ambas polaridades, los post-keynesianos se remueven incómodamente. Para superar este escollo, Shaikh plantea esta llamemos “nueva teoría general”, que se edifica abordando la economía en los niveles macro y micro: todo un reto para un economista que nunca ha escondido su orientación marxista. Pero afinar todas estas cuestiones requeriría un mayor esfuerzo de síntesis, desde la base de reconocimiento de la decisiva aportación para la discusión sobre la economía como ciencia en crisis.
  5. Una “teoría general” actual –que parece ser la óptica teórica de Shaikh– no puede eludir, de ninguna forma, los problemas ambientales que está generando el sistema capitalista. Aquí el economista tiene un flanco en el que incidir en futuras investigaciones, a partir de los fundamentos que defiende en el libro.

Los trabajos de Shaikh son, en suma, necesarios y de enorme utilidad para los economistas académicos –y para los que no lo son– que quieran aproximarse, sin prevenciones ideológicas, a la aportación de un científico social que nos obsequia con unas aportaciones para entender la evolución de la economía actual.


[1] Sin embargo, este aspecto de la caída de la tasa de ganancia ha abierto debates interesantes en el ámbito de los economistas marxistas. La literatura al respecto es amplia; citamos como ejemplo más paradigmático la posición del economista japonés Nobuo Okishio, que elaboró en 1961 un teorema –que lleva su nombre– indicando que la introducción de nueva tecnología en los procesos productivos debe reducir los costes, por lo que esas nuevas tecnologías no disminuirán la tasa de ganancia; es más, ésta puede aumentar. Por su parte, Shaikh contraargumenta admitiendo que el nuevo proceso productivo surgido con la aplicación de mejor tecnología puede elevar la tasa de ganancia –tal y como indica el economista nipón–, pero también afirma que ello no invalida el hecho de que descienda dicha tasa en el medio plazo. La crítica principal de Shaikh es que Okishio olvida la fuerte competencia inherente al sistema capitalista –con reiteradas guerras de precios– y que su teorema se adscribe más bien a la tesis de competencia perfecta de Leon Walras. Véase Shaikh (2024). Se entiende la tasa de ganancia como la relación entre el beneficio y el conjunto del capital invertido. Sobre el teorema de Okishio, Astarita (2010).

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