Esto va más allá de unas elecciones
El periodista Enric Juliana lo indicó en una entrevista reciente: lo que se va a dirimir en las elecciones generales no es, simplemente, la alternancia de partidos; es la confrontación de dos modelos. Juliana no profundizó más sobre esta idea, que es de gran interés. Lo que venimos escribiendo, lo que vamos leyendo, lo que estamos investigando, delinea de hecho esa tesis, con datos objetivos, con materiales cuantitativos y cualitativos. No es una elucubración. En efecto, de forma directa y sin rodeos: lo que está en juego es la pervivencia o no del Estado del Bienestar tal y como lo conocemos hoy, con todos sus defectos que se han de corregir, con sus enormes virtudes que se han de enaltecer, con la urgencia que tiene ampliar sus perímetros. Y de ahí se derivan los dos modelos socioeconómicos que se van planteando con más nitidez en estos días por parte de diferentes voceros, pero que se pergeñaban en aportaciones anteriores.
Uno, que se inscribe en reforzar los resortes básicos del bien común derivado del Estado del Bienestar –sanidad, pensiones, vivienda, educación, servicios sociales, investigación, transición energética, etc.–, a partir de la decidida actuación de las administraciones en ser inversoras de primera instancia, tal y como indica la profesora Mariana Mazzucato (Bien común, Taurus, 2026). Es la función de un Estado que pre-distribuye al tiempo que también puede redistribuir; que se avanza a los problemas y que pone su maquinaria presupuestaria para atajarlos, con una política tributaria progresiva. En colaboración con el sector privado.
Otro, que se escuda –cuando se presenta bajo un ropaje más canónico– en inquietarse ante elevados déficits y deudas públicos (rara vez se hace mención, sin embargo, a las deudas privadas), lo que infiere –se dice con solemnidad– la urgencia en recortar gastos; pero cuando se presenta sin esa máscara “profesional” aparece el verdadero rostro del dislate ideológico (el ejemplo más elocuente es la posición en el tema de las pensiones por parte de la derecha y la ultraderecha, que ya se ven en el gobierno), sustentado en unos preceptos económicos que se han revelado, siempre, fallidos. Es, claro y raso, la austeridad: un fracaso conocido en Grecia, Italia, Portugal, España, Alemania, Francia, Escandinavia, Argentina, Chile, por poner ejemplos en los que los casos de estudios son apabullantes, con corolarios negativos: bajadas de salarios, reducción de inversiones, recortes en prestaciones sociales incluidas las pensiones, incremento del paro y crecimiento del déficit público y, por ende, de la deuda pública. Los números sobre esto están disponibles en las bases de datos de Eurostat, del INE y del FMI, entre otras instituciones. Esto se apreció con enorme y dramática intensidad durante la Gran Recesión (sobre todo esto, con profusión de datos: Carles Manera, Economía en crisis, Libros de la Catarata, 2025; Clara Mattei, Escapar del capitalismo, Capitán Swing, 2026).
Dos modelos enfrentados
Estas dos concepciones estilizadas resumen los dos modelos en el terreno de la economía, siendo conscientes de que las derivadas que se concretan a partir de ahí son múltiples. Los dos modelos –economía social de mercado frente al austericidio– tienen sus nichos políticos (las fuerzas progresistas en el primer caso; derecha y ultraderecha en el segundo), y el más poderoso de los dos –por el dinero que maneja: el que defiende la austeridad y el ultraliberalismo– cuenta con soportes constantes por parte de instituciones conservadoras, inversores milmillonarios y gobiernos afines. Lo estamos viendo en muchos países, desde Latinoamérica –con Argentina como piedra de toque– hasta una Unión Europea en la que anidan caballos troyanos que pretenden dinamitar el entramado europeísta desde sus entrañas. Todo bajo los auspicios de la presidencia de Estados Unidos y connivencias explícitas de Rusia junto al silencio ruidoso de China. La geopolítica forma parte de este mosaico de situaciones, en las que se mezclan: los conflictos bélicos –Ucrania, Irán– y las guerras híbridas –Ceuta–, la lucha por el liderazgo económico mundial, las tensiones financieras y los problemas derivados de los procesos demográficos.
En el terreno social, los dos modelos recogen consecuencias implementadas por las políticas económicas que se han desplegado. La llegada al poder de Donald Trump, heredando un país con indicadores macroeconómicos relativamente positivos (inflación al 2,9%, tasa de paro al 4,5%, aumento de las contrataciones laborales, movimientos bursátiles al alza; la fuente es la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos y Bloomberg), dio pasó a la génesis de una crisis autoinducida, inexplicable desde la lógica económica, con la promulgación de aranceles, la expulsión de inmigrantes y la bajada drástica de impuestos a los más ricos. Tres palancas con las que se ha pretendido reducir los déficits comerciales e iniciar una fantasmagórica reindustrialización en el “cinturón del óxido” estadounidense. Todo malogrado, con dos consecuencias letales: el repunte de la inflación –cercana ya al 4%– y la reducción de las contrataciones laborales. Probablemente, la Reserva Federal deberá subir los tipos de interés a fines de octubre, en la antesala de las elecciones de medio mandato.
Pero, lo más significativo –esto que está influyendo en los comicios de todo el planeta– es la adopción de una liturgia política que descansa sobre los principios ideológicos de la ultraderecha: la invocación de una patria que ha perdido, pretendidamente, sus señas de identidad; el envolvimiento en la bandera; el nacionalismo económico y racial contra los inmigrantes; las soflamas simples y falsas para resolver problemas complejos; la militarización; y los principios de una autoridad incuestionable. La reedición, en suma, de un neofascismo de nuevo cuño (como señala en su reciente libro Federico Finchelstein, Aspirantes a fascistas, Taurus, 2025) pero con ingredientes reconocibles en los huevos de la serpiente de las décadas de 1920-1930. Esto es lo que se esconde tras el austericidio (Clara Mattei, El orden del capital, Capitán Swing, 2025).
Conclusión
El debate electoral en España no es de alternancia, solamente. Es –reiteramos– de preservar, apuntalar y extender el Estado del Bienestar, la defensa del derecho internacional, la crítica a los genocidios contra los pueblos, la lucha por la multilateralidad y el respeto internacional. Esto equivale a defender la democracia. Enfrente: quienes persiguen reducir el bien común amenazando con semi-privatizar las pensiones, retirar ayudas sociales, recortar la sanidad y la educación públicas favoreciendo las privadas e incrementar el gasto militar relacionado con políticas belicistas y la sumisión a preceptos dictados por una potencia exterior. Es la economía de la motosierra: el cuestionamiento de una democracia que es un importante obstáculo para que esos objetivos sean cumplidos. A su vez, las derivas culturales y sociales son enormes, con el mantenimiento o la derogación de: la Memoria Histórica, las leyes progresistas –aborto, igualdad de género, eutanasia, reforma laboral, etc.– y el respeto a la diversidad lingüística en España.
Las opciones progresistas están en un lado, el que ha defendido y avalado el Estado del Bienestar y proporciona factores de convivencia y cohesión social, con evidencias explícitas. La derecha y la ultraderecha están enfrente, radicalizadas con un lenguaje de una dureza extrema que contempla insultos, bulos, mentiras y tergiversaciones. Que no se lea maniqueísmo alguno en este axioma: los datos son imbatibles al respecto, como por ejemplo las posiciones parlamentarias en relación con normas, decretos y leyes favorecedores de las clases media y trabajadora. Es suficiente con consultar las actas del Congresos de los Diputados; o escrutar lo que aparece en tertulias, artículos y ruedas de prensa. Como, igualmente, basta con escuchar lo que dirigentes conservadores y ultras están avanzando. Vamos a escoger entre dos modelos, que se incardinarán en dos formas distintas de entender las relaciones sociales, culturales, políticas y económicas. Esto es lo que, realmente, está en juego el 29 de noviembre.