La fuerza del trabajo

            Una importante huelga se ha convocado en Estados Unidos, desde un sector industrial tradicional de su economía: la del automóvil. Más de 140 mil trabajadores, con un epicentro en Detroit, y con peticiones relevantes, como el incremento del 40% del salario, el mismo que se han subido los directivos de las principales empresas del sector. El tema está generando inquietud en los dirigentes económicos norteamericanos, toda vez que, se indica, la progresión del conflicto puede abrigar una recesión en la economía de Estados Unidos. Y extenderse a todo el mundo. Se ha evaluado un primer impacto de la huelga: cerca de seis mil millones de dólares, en las primeras dos semanas.

            Las reclamaciones de los trabajadores de Detroit y de otros centros productores no es descabellada, aunque a primera vista parezca excesiva. Los beneficios en la industria del automóvil en Estados Unidos han aumentado en los últimos años, y ello ha promovido la repartición de dividendos y de bonus a gerentes y directivos de esas firmas. Los trabajadores exigen incrementos similares en sus salarios, siendo su base de cotización mucho menor que la de sus jefes y directivos. El tema nos remite a un aspecto determinante: los fenómenos de redistribución de la riqueza que se va generando. Y, al mismo tiempo, nos sitúa en otro debate de profundidad en las organizaciones empresariales: la participación de representaciones sindicales en los consejos de administración de los consorcios. Esto, que ya es moneda corriente en países del norte de Europa –incluyendo Alemania–, tiene por el momento un difícil encaje en el interior del capitalismo norteamericano –y, cabe señalar también, en países del sur de la Unión Europea–.

            De alguna forma, ese planteamiento más participativo de los trabajadores en los órganos de dirección y decisión de las empresas rompe con el esquema que diseñó Milton Friedman, premio Nobel de Economía, máximo exponente de la Chicago School, y gran inspirador de la política económica desplegada en el Chile de Pinochet: las empresas solo deben preocuparse por ganar el máximo dinero posible –independientemente de cómo lo hagan–, y repartir dividendos a sus accionistas. Cualquier acción social, al margen de ese cometido central, es considerado como un lastre para el desarrollo empresarial. Ya no digamos si, además, para Friedman, en el seno de la dirección se escuchan voces de sindicalistas. Vade retro.

            La importancia de la participación sindical en economía se ha demostrado en la práctica en casos de economías regionales. Los más ilustrativos: los italianos y algunos alemanes, por recordar solo pocos ejemplos. Aquí, la desindustrialización y caída de la renta se pudo atajar con mecanismos de colaboración público-privada y con el concurso de la administración. Emilia Romagna, Marche, Toscana –la lista se puede extender– constituyen muestras significativas: distritos industriales en los que trabajadores, empresarios y políticos colaboraron empáticamente, y levantaron las economías en declive. Un modelo de planificación económica, estratégica, con la visión puesta en el mercado; también en la corrección de los desequilibrios. Para aprender.

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El precio del calor

            El incremento de las temperaturas tiene costes económicos. Este aspecto agudiza la situación de incertidumbre económica. Científicos sociales y experimentales están trabajando, desde hace años, sobre el tema. Los resultados son inquietantes e inducen a pensar seriamente en la introducción de parámetros biofísicos y ambientales en el despliegue de las políticas económicas de los gobiernos.

En un reciente estudio del Joint Research Centre de la Comisión Europea (Garcia Leon, D., Casanueva, A., Standardi, G., Burgstall, A., Flouris, A. y Nybo, L.: Current and projected regional economic impacts of heatwaves in Europe, NATURE COMMUNICATIONS, ISSN 2041-1723, 12 (1), 2021, p. 5807, JRC120759.  https://publications.jrc.ec.europa.eu/repository/handle/JRC120759), las conclusiones a las que se llegan son ilustrativas. El calor extremo socava la capacidad de trabajo de las personas, lo que supone una menor productividad y, por tanto, menor producción económica. En esta investigación, se analizan los daños económicos presentes y futuros debido a la reducción de la productividad laboral causada por el calor extremo en Europa. Para el estudio de los impactos actuales, el objetivo se centra en las olas de calor que ocurrieron en cuatro años recientes, anormalmente calurosos (2003, 2010, 2015 y 2018). El análisis se contrasta, además, con datos correspondientes al período histórico 1981-2010. En los años seleccionados, los daños totales estimados atribuidos a las olas de calor ascendieron a entre el 0,3% y el 0,5% del producto interior bruto (PIB) europeo. Sin embargo, las pérdidas identificadas fueron en gran medida heterogéneas en todo el espacio y mostraron impactos consistentes en el PIB superiores al 1% en las regiones más vulnerables.

Las proyecciones futuras indican que, para 2060, esos impactos podrían aumentar en Europa casi cinco veces en comparación con el período 1981-2010, si no se toman más medidas de mitigación o adaptación. Ello sugiere la presencia de efectos más pronunciados en las regiones donde ya se han producido estos daños. De hecho, la aseguradora Allianz Trade evalúa en una pérdida de 0,6 puntos al PIB mundial, como consecuencia de la ola de calor. Los bancos centrales están, a su vez, estudiando seriamente las evidentes externalidades del cambio climático, con proliferación de estudios al respecto y posicionamientos macroprudenciales sobre el tema (véase, en relación al Banco de España: https://www.bde.es/wbe/es/areas-actuacion/sostenibilidad/informacion-institucional/banco-espana-y-cambio-climatico/).

En paralelo, un informe del Ministerio de Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Impactos y riesgos derivados del cambio climático en España (https://adaptecca.es/sites/default/files/documentos/impactosyriesgosccespanawebfinal_tcm30-518210_0.pdf) se detallan impactos cruciales sobre vectores concretos: recursos hídricos, desertificación y suelos, ecosistemas terrestres, agricultura y ganadería, medios marino y urbano, costas, salud humana, energía, transportes e infraestructuras y turismo. Una agenda muy completa. El tema preocupa y ocupa. Solo negligentes e ignorantes se empecinan en negarlo.

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Antropoceno económico

Las condiciones meteorológicas extremas que hemos experimentado recientemente son solo un suave signo de lo que podría estar por venir. Pero creo que tenemos tiempo, un tiempo que deberíamos dedicar a enfriar el planeta para hacerlo más robusto.

JAMES LOVELOCK

Contra los negacionistas del cambio climático

            La emergencia climática tiene manifestaciones cada vez más evidentes e inquietantes. El Mediterráneo ardiendo sería el cuadro más próximo geográficamente, con incendios descontrolados que se explican por las elevadas temperaturas –totalmente inusuales, superiores a los 42 grados–. Pero también observamos afectaciones durísimas en Estados Unidos, con masivos incendios y riadas; y en Asia, donde se han alcanzado temperaturas de 50 grados en regiones de China. Esta nueva era se ha bautizado con el nombre de Antropoceno, con un inicio que puede datarse a principios del siglo XVIII, cuando a partir de la máquina de vapor de Thomas Newcomen –que luego perfeccionó James Watt– se adquirió la capacidad de transformar el mundo físico a escala muy amplia (sobre todo esto: James Lovelock, Novaceno. La próxima era de la hiperinteligencia, Paidós, Barcelona, 2021).

            El concepto Antropoceno se utilizó por vez primera en los años ochenta por Eugene Stoermer, ecólogo que estudió el impacto de la contaminación industrial sobre la fauna y la flora de los lagos que actúan como frontera entre Canadá y Estados Unidos. Se extendió su formulación, desde la década de 2000, con los trabajos de Paul Crutzen, premio Nobel de Química en 1995. Su conclusión fue que la actividad humana estaba teniendo efectos negativos muy directos y que, además, podían extenderse a nivel global. El concepto plantea cuestiones de gran relevancia; la más importante: ¿cómo encajamos los humanos en la red de la vida? Una red que se sustenta en la noción de una “naturaleza barata”, bajo el prisma de que la suma de actividad de la acción humana y la naturaleza infiere una crisis planetaria. Diríamos que es una aplicación de la “ley del valor” del capitalismo, que se sustenta sobre qué priorizar en esa red de la vida. Ya sabemos la elección: la sobreexplotación de los recursos no renovables –fósiles y minerales (Antonio Valero-Alicia Valero, Thanatia. Los límites minerales del planeta, Icaria, Barcelona, 2021)–, sin tener en cuenta para nada los principios esenciales de la física termodinámica, que matiza de manera notoria la noción mecánica de la newtoniana (una detallada visión de todo esto en: Michio Kaku, La ecuación de Dios, Debate, Barcelona, 2022).

Debe recordarse, sin embargo, que unos años antes, en 1972, se publicó el primer Informe Meadows, que instaba a repensar el crecimiento económico –abogando por el crecimiento cero–, y atendía a las consecuencias que ya se determinaban en el planeta por la acción económica del hombre y, sobre todo, por la voracidad en el consumo de combustibles fósiles. Este trabajo, coordinado por la bióloga Donatella Meadows, del MIT, exponía diferentes posibles escenarios a partir de la simulación informática del programa World3. Advertía que, incluso en el menos lesivo, era imperioso trabajar en una nueva dirección en la economía, para evitar dos consecuencias: el aumento de la contaminación atmosférica y la acumulación imparable de residuos.

La tesis del equipo de Meadows se calificó como neomalthusiana, al establecer relaciones directas entre crecimiento económico, avance demográfico e impacto ecológico. Una progresión geométrica en la población que no se correspondía con la existencia de unos recursos escasos, no renovables y, por tanto, finitos (Donatella Meadows et alter, Los límites del crecimiento, Aguilar, Madrid, reedición de 2012). Un torpedo en la línea de flotación de la ortodoxia económica que, poco después de la publicación del texto, se concentraba en rebatir la curva de Philips y, por extensión, las políticas keynesianas –una oportunidad de oro para los monetaristas–, y establecer directrices estrictas frente a los procesos de estanflación que se estaban alumbrando. Nacía un nuevo marco, la era neoliberal, que recuperaba liturgias fallidas del patrón-oro, emergía con fuerza, y suponía un estímulo para la economía más desarrollista en el plano físico, haciendo caso omiso a las contribuciones recogidas por el equipo de científicos dirigidos por Meadows.

Antropoceno: el contenido del concepto

Queremos decir con ello que ya existía, antes de la patente del concepto Antropoceno, una noción clara de que los fenómenos naturales que se podían detectar y estudiar por parte de físicos, biólogos, naturalistas y climatólogos, se estaban descontrolando o incrementando en sus indicadores básicos –la temperatura, el número de incendios o de tormentas agresivas y desproporcionadas, entre otros– por un agente causal: la actividad económica humana. La profesión de los economistas ha llegado relativamente tarde a todo esto, en contraste con las contribuciones de los científicos experimentales. La termodinámica no operaba en las mentes de los economistas, insertos en una ontología en la que los recursos parecían infinitos y las consecuencias del crecimiento económico desparecían en la naturaleza. Por eso, sabemos que esta tesis del crecimiento cero fue mal recibida y criticada por la economía académica, que vio en ella la pretensión de buscar un crecimiento de carácter estacionario, similar al que describían los economistas clásicos y, especialmente, el que relataba Thomas Malthus. Esa “ciencia lúgubre”, calificativo preciso del filósofo Thomas Carlyle para definir la economía como disciplina.

Ahora bien, la teoría del crecimiento cero tuvo mayor difusión de la que sus detractores esperaban; pero siempre se consideró una excentricidad. El Panel Internacional sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), una entidad impulsada por las Naciones Unidas, con un importante elenco de científicos y científicas de todas las disciplinas, acotaba más las previsiones de Meadows y aportaba diferentes baterías de datos y argumentos. Pero el núcleo del relato era el mismo: el hombre, como primordial generador de las tangibles externalidades ambientales que se estaban provocando por el excesivo consumo de combustibles fósiles. En definitiva, por los modelos de crecimiento expansionistas, cuanto a la utilización de recursos no renovables y la emisión de gases contaminantes y residuos.

            La idea del Antropoceno ha estado, por tanto, presente, aunque su formulación explícita llegara en la década de 1980. En todos los ejemplos expuestos, un hilo los articula: la noción de aceleración, vinculada a la velocidad y a la expansión, aspectos que afectan tanto a la combustión del carbón en una máquina de vapor, al desarrollo extraordinario de la electrónica o al crecimiento demográfico desde la primera revolución industrial, por citar solo algunos ejemplos de los muchos que pueden invocarse. Dos indicadores son inquietantes y esclarecedores, según el físico Lawrence Krauss (El cambio climático, Pasado&Presente, Barcelona, 2022).

Primero: la abundancia de carbono en la atmósfera antes de la industrialización era de 600 mil millones de toneladas, a las que se han añadido, a fecha actual, 500 mil millones de toneladas más ya en la era antropocénica. De persistir el ritmo de emisiones hasta 2100, se sumarían un total de 2,2 billones de toneladas adicionales a la atmósfera. Y segundo, esto infiere el aumento del nivel del mar a largo plazo de unos 25 cm, que incluye la fusión de las capas de hielo. Si las emisiones de CO2 prosiguen al ritmo actual, el aumento que podemos esperar es, según Krauss, de un metro, aproximadamente.

            Susan Solomon, química atmosférica del MIT, una autoridad mundial en las consecuencias del cambio climático, ha trabajado con datos climáticos que se remontan a 1800, con previsiones hacia el 3000. La conclusión más importante es que el rápido aumento de temperatura que se ha producido con la imparable emisión de CO2 en los últimos cincuenta años se detiene cuando cesan las emisiones. Pero, en cambio, la temperatura no disminuye durante los siguientes mil años, a pesar de que las concentraciones de CO2 van disminuyendo. Dos factores deben destacarse. El primero es que los océanos tardan en mezclar y equilibrar el calor adicional que se ha ido acumulando en el planeta por el efecto invernadero. Por tanto, los océanos se seguirán calentando tras el cese del calor adicional, mientras que los continentes almacenan menos calor y se enfrían más rápidamente. El segundo elemento a subrayar, para Solomon, es la urgencia en seguir trabajando para enfriar el planeta: sus conclusiones, lejos de ser un argumento disuasorio para luchar contra el cambio climático, es un acicate para combatirlo, desde la confianza en la aportación de la tecnología y, al mismo tiempo, del comportamiento de consumidores y productores (Susan Solomon, “ Risks to the stratospheric ozone shield in the Anthropocene”, Ambio, 50, 1, 2021).

Combatir la deliberada ignorancia con datos

            Existe una bibliografía apabullante sobre el tema del cambio climático y el Antropoceno (véase el reciente libro de Dipesh Chakrabarty, El clima de la Historia en una época planetaria, Alianza Editorial, Madrid, 2022, con amplísimo contenido bibliográfico). Es decir: no puede argumentarse ignorancia alguna ante los avances científicos sobre el tema. Porque los trabajos disponibles no solo tienen un radio de acción estrictamente científico o académico: existen ya múltiples productos editoriales que comunican las encrucijadas que se abren con el cambio climático, cuyas consecuencias ya no son simples enunciados teóricos, sino que tienen claramente traslaciones prácticas, visuales, explícitas: la explosión de incendios desaforados, lluvias torrenciales, incrementos en las temperaturas, representan claros exponentes de un grave problema, generado por la actividad económica humana, que no debería ser ignorado y mucho menos rechazado por los representantes políticos.

            De hecho, el Antropoceno, que obedece a una visión más “física” del problema ambiental, ha permitido otras derivadas y conceptos, como el de Capitaloceno, formulado por vez primera en 2009 por el ecólogo Andreas Malm (Andreas Malm, Capital fósil, Capitán Swing, Madrid, 2020), que se ha expandido a partir de los trabajos del historiador y geógrafo Jason Moore (entre otros: Jason Moore, El capitalismo en la trama de la vida, Traficantes de Sueños, Madrid, 2021). Aquí, se amplían las coordenadas, a pesar de que esto ha generado debates de profundidad. En síntesis: entender el capitalismo como una manera de organizar la naturaleza, una digamos “ecología-mundo”, que vertebra la acumulación de capital, la búsqueda del poder y la producción de la naturaleza en sucesivas evoluciones históricas. Infiere cambios biosféricos entendidos como transformaciones antropogénicas. Una nueva era ecozoica: un término bautizado por el historiador Thomas Berry en 1992, caracterizado por la noción consciente del problema ecológico por parte de la humanidad, que se opone a la era tecnozoica o etapa de máxima explotación de los recursos del planeta. Del desinterés a la preocupación. A la inquietud.

            El concepto y la idea del Antropoceno se va a quedar entre nosotros, porque tiene la potencialidad científica para exponer, holísticamente, las grandes transformaciones que se han producido desde el ensamblaje, en 1712, de la mítica máquina de Newcomen. Y, en efecto, las capacidades explicativas radican en una metodología transversal de la ciencia, en sus vectores distintos: ciencias sociales, ciencias experimentales, perspectivas históricas, un nudo del que emanan nudos conductores hacia diferentes disciplinas, como la física, la química, la economía, la biología, etc.

            Los economistas debemos tener las antenas bien dispuestas para leer, estudiar y sistematizar aportaciones de otros colegas –procedentes de las ciencias experimentales; pero no solo de ellas–. Porque la sinergia entre todos es lo que está permitiendo avanzar en el conocimiento de las características de esta nueva era antropocénica. Esto debería estar mucho más presente en las enseñanzas de la Economía en nuestras Facultades. Y debería estar en el frontispicio de los programas de los políticos.

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Turismo: la ruta expansiva

            El nuevo Ejecutivo balear indica sus preferencias en la economía turística: levantar las medidas de contención, emanadas durante las legislaturas del gobierno anterior. El grueso de esas medidas concentraban esfuerzos en una moratoria para nuevas plazas turísticas, habida cuenta que las existentes –unas 450.000– son ya apabullantes. Pero, en paralelo, otra iniciativa aprobada por el gobierno de izquierdas se está replanteando para ser derogada: la limitación al número de cruceros –tres al día, en estos momentos–. Simplificando, la deducción de únicamente estas dos actuaciones previsibles –al margen de otras– supone una apuesta por ampliar el número de visitantes a las islas. Es decir: crecer en cantidad. Todo en un contexto en el que voces autorizadas, desde el terreno científico, advierten de las dificultades que generarían los incrementos de las temperaturas en el panorama turístico, en forma de una reducción de visitantes.

Poner más leña en la caldera puede tener sendas consecuencias: más plazas, más gente, más incremento demográfico, en un caso. O, en otro: más plazas… pero con menos visitantes por las condiciones climáticas, con lo que la construcción de nuevas infraestructuras turísticas sería, entonces, otro gran derroche inmobiliario y, por extensión, económico. Cuidado, pues, con el principio de incertidumbre. Es curioso que esta visión expansionista del gobierno conservador se avenga poco con manifestaciones de importantes hoteleros, que defendían, no hace mucho, la necesidad de regular y dosificar las plazas turísticas. Declaraciones aparentemente preocupadas por la masificación del destino balear. El contrapunto lo ofrece la Federación Hotelera que, por boca de su presidenta, ha aplaudido el giro copernicano del gobierno conservador. Se ha pasado de asentir las iniciativas del pasado gobierno de izquierdas –muy generoso con el empresariado hotelero–, a denostarlo en público y abrazar, en pocas horas, la ruta de siempre: crecer sin cortapisas. Ah, esa noción acrítica del concepto de libertad. Sintonía perfecta entre el Ejecutivo de la presidenta Prohens y la principal patronal turística. La ruta de siempre.

En el contexto: narrativas retóricas que urgen a preservar el medio ambiente. Inquietud teórica sobre el cambio climático, que imbuye la elaboración de planes poco conocidos de circularidad económica. Un relato forjado en conceptos reconocibles, a veces vacuos. Superados con las nuevas propuestas: real politik para contentar a los grupos empresariales, otrora –¿recuerdan los tiempos pandémicos?– proclives a la intervención pública en la economía, pero ahora, ay, defensores de la libertad de actuación en un mercado con cada vez más congestión en aquellos espacios litorales, objetos de deseo del turismo de masas que busca alicientes.

Más plazas, más pernoctaciones, más visitantes es una ecuación que se cerrará con más efectos-llamada demográficos. En definitiva: más gente en las islas. El denominador –la población–, en aumento; frente a un numerador –el PIB– que crece, pero menos. Con un cociente claro: una renta per cápita en descenso.

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Turismo: hablemos del cambio de modelo

            Las advertencias en cuanto al impacto del cambio climático sobre el turismo son reiteradas. El aumento de las temperaturas en el sur de Europa, y en el área mediterránea con cabeceras turísticas esenciales, como Balears, sugiere que los potenciales turistas dejarán de venir a esos destinos históricos ante un clima excesivamente caluroso y hostil. El diagnóstico sobre el tema está avalado por investigaciones solventes. La llamada de atención, intensa y amparada en datos, recuerda los augurios que se hicieron en la década de los años setenta acerca del calentamiento del planeta y de la necesidad de reducir de manera drástica el crecimiento económico.

            Ahora bien, la siguiente fase, entrelazada con la que hemos descrito –la diagnosis–, debe abrir nuevas perspectivas para la política económica. Cómo encarar un problema –cambio climático y turismo– que, en su epicentro, infiere un tema central: transformar el modelo productivo. En los últimos años, se ha hablado y escrito mucho sobre este aspecto y sus derivadas, e incluso se ha cuestionado esa denominación (“cambio de modelo”). Esto último es de menor enjundia. Porque, dígase como se diga, el hecho es que si aceptamos, como indica la ciencia, que los incrementos de las temperaturas van a incidir sobre el comportamiento del turismo de masas en aquellas zonas más afectadas por ese malestar climático, lo que se dibuja es evidente: reorientar la actividad turística y diversificar el tejido productivo en las regiones altamente especializadas en esa “industria invisible”. Y es en este punto donde se crujen las costuras.

            Un cambio en la pauta productiva de una economía supone costes de transición: no son costes cero. Se requieren esfuerzos, públicos y privados, si lo que se persigue es atajar los problemas detectados y ofrecer otras vías de crecimiento y desarrollo. En estos escenarios, las posiciones pueden polarizarse. Por un lado, quienes creen que el diagnóstico de la amenaza climática, sin negarlo, no es tan negativo como se pregona, de manera que se puede seguir trabajando el día a día, sin pensar en nada más que en los números de la próxima temporada turística. Por otra parte, quienes pretenden cambios rápidos, casi abruptos, con la argumentación –que es real– de que el tiempo se va agotando ante el avance del cambio del clima. En medio de ese fragor se suelen encontrar los policymakers, los que deben activar las políticas y aportar soluciones.

            Un cambio de modelo no se hace ni por decreto ni por un alud de voluntarismo. Se ejecuta a través de la gobernanza y con liderazgo explícito, con planificación estratégica, con inversiones: públicas y privadas. El mercado solo puede actuar en negativo, al adaptarse a un retroceso turístico por causas climáticas. El cortoplacismo es el primordial talón de Aquiles de la economía turística. Esto incide sobre gestores públicos y empresarios, instalados en el expansionismo cuantitativo del modelo, a pesar de que se puedan hacer ejercicios voluntariosos de preocupación ecológica. Ante lo que se presume como futuro, se impone hablar, sí, de cambio de modelo. O éste lo hará el mercado: sin más.

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Financiación autonómica y fiscalidad

            Un reciente análisis de la Generalitat de Catalunya sobre la liquidación del modelo de financiación autonómico correspondiente al ejercicio 2021, y que se ha liquidado en 2023, ofrece resultados de interés. En primer término, la capacidad tributaria de las regiones arrojan cifras que ya conocíamos: Madrid, Balears y Catalunya encabezan el mayor esfuerzo per cápita (la media nacional es 2.679 euros, y el dato para Balears es 3.248 euros). Se persiste en una tendencia que se ha visto en años anteriores, de tal manera que las regiones más “ricas” –pongámoslo así– aportan más per cápita al sistema. En segundo lugar, si pasamos ahora a los recursos que se perciben, siendo la media nacional de 2.910 euros per cápita, Balears clava el dato: está en esos 2.910 euros per cápita, es decir, está en la media, ocupando el puesto 9 sobre el conjunto de las regiones, por delante de Catalunya, Madrid, Canarias, Andalucía, Murcia y País Valencià.

            El modelo aprobado en 2008 –y que se debería haber renovado en 2014–, prueba, una vez más, que Balears ha llegado al objetivo que se planteó en las islas desde la sociedad civil –con el Cercle d’Economia como pivote básico– hasta el propio Parlament: estar en la media de financiación per cápita. Llevamos ya varios años, con ligeras oscilaciones, en ese estado: siempre muy cercanos o superando, incluso, esa media nacional. Esto ha permitido obtener recursos importantes para la economía pública balear, en fases de expansión de nuestra economía, cuando se han generado incrementos en las recaudaciones fiscales (particularmente, en el IRPF y en el IVA). Y todo esto, junto a otros vectores de ingreso, se ha traducido en asignaciones presupuestarias más expansivas, particularmente en sanidad y en educación.

            No sabemos cuándo se abrirá el melón de la nueva financiación. Pero lo que está claro –los números de los últimos años son elocuentes, tanto los de Fedea-CSIC, como los de la Generalitat de Catalunya o los del Ministerio de Hacienda– es que la negociación de Balears debe partir de una premisa diferente de la que partimos en 2007, cuando iniciamos las negociaciones del modelo: ya estamos en esa media. Y, desde ahí, debemos mejorar.

            En tal sentido, trabajar en la ordinalidad del modelo –que es complejo– deviene una línea estratégica a seguir: estar en la segunda posición por aportación y en la novena por recepción, debería ajustarse. Esto junto a la incorporación de otros parámetros de medición: el coste que la población flotante supone al sistema público de salud balear. Pero, atención, no será una buena estrategia presentarse al Consejo de Política Fiscal y Financiera (CPFF) reclamando más dinero si, en paralelo, se reducen las posibilidades de ingresos fiscales por rebajas de impuestos. Eso no se aviene con la corresponsabilidad fiscal. Y, de no cumplirse con los parámetros exigidos en el CPFF, las regiones afectadas deberán hacer un plan de ajuste. Que suele pasar por subir o crear algún nuevo impuesto. Esto se sabe. Se conoce. El discurso de contraste está hecho: “usted me pide más recursos, pero recorta los que podría obtener vía tributaria”. Atentos a todo ello.

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Defendiendo la economía pública

Datos positivos de inflación general para España: poco más del 2%. De las más bajas de la Eurozona, y casi cinco puntos por debajo de la de Alemania (6,8%). Previsiones de instituciones internacionales: seguirá esta tendencia bajista. Un hecho que ya se está viendo, también, en Estados Unidos. La liberación de los corsés comerciales, provenientes de la guerra, hace efectiva una mejor circulación de las mercancías. Sobre todo, del gas licuado. El shock de oferta se ha ido limando con el tiempo, por fortuna. Si a ello le sumamos el tope ibérico, el resultado micro es potente: reducción de un 18% en la factura energética de los hogares. Con otro dato relevante: el acopio de gas en la Eurozona llega ya al 90%, de manera que no se otean dificultades de suministro para el próximo invierno. Pero, además, como recordaba hace pocos días la profesora Mariana Mazzucato, en el caso de España la inflación también se ha reducido por los límites a los precios de los alquileres de vivienda, la gratuidad del transporte público y, esencialmente, por la fiscalidad sobre los beneficios caídos del cielo a empresas energéticas oligopólicas. Todo un acerbo de políticas públicas que demuestran una realidad innegable: la economía pública está siendo determinante para evitar serios problemas a consumidores y empresas, lo cual no quiere decir que desaparezcan. Pero la inacción o dejar que el mercado, de forma espontánea, resolviera las ecuaciones hubiera conducido a una depresión en la economía. Tal y como aconteció en el pasado más inmediato, con la crisis financiera de 2008.

Negar la relevancia del sector público y de sus gestores forma parte del acerbo ideológico de la economía y de la política más ortodoxas, menos permeable a buscar otras soluciones a los retos que se tienen. Estas encrucijadas tienen perfiles nítidos, y no son temas de futuro. Están presentes, y algunos los han negado arrinconando las aportaciones de la ciencia. El cambio climático, la emergencia energética, la digitalización, el envejecimiento de la población, factores que tienen –y tendrán todavía más– corolarios claros en los mercados de trabajo. Debates abiertos, con aluvión de datos. Igualmente, en las políticas de migración y de pensiones. No es extraño, por tanto, que instituciones financieras estén trabajando sobre estos temas, e incluso desde los bancos centrales se estimulen investigaciones que aportan datos, argumentos, modelos matemáticos, para encarar tales envites. En diferentes reuniones científicas al respecto, con presencia de representantes del Banco Central Europeo, Reserva Federal, Banco de Inglaterra, Banco de España, entre otras entidades, se ha trabajado con intensidad, a partir de documentos concretos. Con matices y diferenciaciones argumentales, se defiende en buena parte de ellos la reivindicación de que el sector público debe intervenir, en coordinación con los instrumentos de política monetaria. Aspecto relevante, a discutir, a debatir, a repensar. Tras las elecciones en España –que eran más que unas elecciones nacionales– se debe dar tiempo a volver, con serenidad y a esos temas. Blindarlos de la cacofonía acientífica de los ignorantes.

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Austeridad tóxica

Austeridad letal para la economía (y la sociedad)

            Las voces que reclaman la necesidad de políticas de austeridad se van alzando. Lo han hecho con lentitud, pero con la convicción de siempre. El ministro de Finanzas alemán, Christian Lindner, es el exponente genuino de esa petición: volver a los preceptos fiscales de la Gran Recesión. Unas reglas que, además, no se han cumplido nunca: comenzando por Alemania y Francia, que superaron negativamente todos los parámetros –déficit público, deuda pública–, pero sin penalizaciones para ese incumplimiento. Algo muy distinto se exigió a los países del sur de Europa. Se advertirá que el tiempo histórico no es el mismo, y que esas llamadas reglas son, por decirlo en términos coloquiales, unas Tablas de la Ley económicas. Tablas que deben regir siempre la actuación de los gobiernos.

Pero no: las medidas fiscales que se aplicaron durante la crisis financiera fueron pro-cíclicas, letales para la recuperación económica, y se cebaron, sobre todo, en los países del sur –con Grecia como ejemplo–: con exigencias draconianas que generaron una caída del PIB heleno del orden del 25%. No nos extenderemos con esto, ya que lo hemos comentado en reiteradas ocasiones en estas mismas páginas, aportando variables de todo tipo que pueden ser consultadas, ya que proceden de bases de datos oficiales. Los números son demoledores e incontrovertibles. Recordemos telegráficamente: caídas del PIB, incremento del paro, pérdidas salariales, deflación, déficits comerciales y presupuestarios, aumento de la desigualdad. Un mosaico de indicadores que empeoraron la situación de miles de familias y empresas. Y también de los propios gobiernos que los impulsaron.

            La crisis vírica cambió la forma de actuar: con más laxitud, mayor flexibilidad. Una coordinación ajustada entre política monetaria y política fiscal. El resultado: una recuperación más rápida y sólida, a raíz de la aplicación de estrategias económicas más expansivas, de carácter contra-cíclico. Todo esto ya es bien sabido, igualmente con datos irrefutables. Pero ahora, nos enfrentamos a la obcecación de siempre, por parte de la ideología neoliberal: la recuperación de la idea de la austeridad.

Alinear la política monetaria con la política fiscal

Conviene considerar unos elementos:

a/ El seguimiento de la política monetaria europea a la de la Reserva Federal. Aquí se advierten problemas distintos: en origen, un shock de demanda en el caso norteamericano, frente a un shock de oferta en el europeo. Las acciones en política monetaria han sido muy similares –explicable el seguimiento del Banco Central Europeo en un principio, por los diferenciales en los tipos de cambio euro/dólar–; pero ahora el encapsulamiento europeo en las reiteradas subidas de tipos, siguiendo la estela estadounidense, tiene explicaciones difíciles de entender. En Estados Unidos, la tasa de paro está en el 3% (último dato de junio), en plena ocupación, con una inflación subyacente del 4,8%, que no llega por tanto a la conocida hace pocos meses.

En la Unión Europea, la disparidad en el mapa de la inflación es notable: desde el 1,9% de España, hasta el 6,8% en Alemania, un gap que está condicionando muchísimo la actitud del regulador financiero europeo. La recurrente inflación europea tiene una parte de su causa –parte que no es nada trivial– en los márgenes empresariales, y no en una tensión de demanda y/o incremento del consumo (esto lo están diciendo el Banco Central Europeo y el Banco de España; también el reciente informe del Observatorio de Márgenes Empresariales, en el que colaboran el Ministerio de Economía, el Ministerio de Hacienda y el Banco de España). Aquí se debería enfatizar mucho más la acción: presión fiscal sobre las prácticas oligopolísticas (en el caso flagrante de los consorcios energéticos), empresas abducidas por lo que se ha ido denominando “avaricia de la inflación”.

Atacar a machetazos la tensión al alza de los precios –con la subida de tipos y, además, señalando que puede ser más reiterada–, sin apenas modulación y en la senda de la Reserva Federal, va a contribuir muy poco al mantenimiento de la economía y/o a su recuperación. Va a causar un daño que los propios banqueros centrales han advertido. Sin paños calientes: dolor y posible recesión. Y ese mensaje se emite cuando las curvas de la inflación ya están descendiendo con más fuerza.

b/ La hoja de ruta del Banco Central Europeo tiene, según se indica desde la institución, un mecanismo de caución en el caso de países con inflaciones bajas –como es el caso de España, si se compara con la media comunitaria–, ante subidas de tipos de interés y tensiones que se pudieran derivar, en forma de incrementos relevantes de las primas de riesgo: el TPI (Transmission Protection Instrument), con el objetivo de conseguir una correcta transmisión de la política monetaria a todos los países de la zona euro.

El regulador bancario trata de evitar, con esta palanca, la fragmentación financiera, que podría expresarse en subidas en, como decimos, las primas de riesgo, ante las dificultades de algunos países para colocar sus emisiones de deuda en los mercados. Frente a un peligro plausible, el Banco Central Europeo compraría la deuda del país afectado, con vencimientos que pueden oscilar entre uno y diez años, pero bajo unas condiciones precisas: que el país debe mantener una política fiscal “sólida y sostenible” (sic) que, en palabras más llenas de contenido, significa que debe reducir su déficit y deuda y no incurrir en desequilibrios macroeconómicos.

El instrumento puede ser efectivo para el Banco Central Europeo; pero el problema puede, a su vez, radicar en el país que pida esa acción: no es arriesgado suponer que los mercados apreciarían esto como una debilidad que obligaría a una intervención en toda regla del máximo regulador, de forma que podría dificultar la colocación de nuevas emisiones en otras fases. Estaríamos ante un posible efecto “reputacional” del país afectado: un serio revés para sus finanzas.

c/ Los epicentros sobre los que inciden los defensores del retorno a la austeridad son, justamente, los enunciados en el apartado anterior: severos controles sobre el déficit y la deuda. Los símiles que se ponen sobre la mesa son harto conocidos, y forman parte de la casuística más acríticamente ortodoxa: trabajar la economía pública como si fuera la de una familia, establecer el rigor en las cuentas públicas –haciendo sinónimo el vocablo “rigor” con un recorte efectivo del gasto público–, reducir el déficit y la deuda a los parámetros marcados por el Tratado de Maastricht y, a su vez, tener la inflación entorno al 2%.

No obstante, a su vez, se recomienda mantener líneas de inversión derivadas del Next Generation. Este es el desencaje total: se reclama una política monetaria restrictiva, los cumplimientos estrictos con las pautas fiscales de la Gran Recesión y, al mismo tiempo, persistir en determinadas inversiones. Cabe advertir que:

  • La reducción del déficit público se debería conseguir a partir de un incremento tributario y, a la vez, de segar el gasto público: principalmente el social, que es la parte del león del mismo.
  • La reducción de la deuda pública infiere la imposibilidad de encarar de manera más decidida proyectos inversores que requieren de capitales importantes: la transición energética, la lucha contra el cambio climático, la digitalización y automatización de la economía, etc.
  • La subida de tipos de interés puede lastrar no sólo a la inversión, sino principalmente al consumo privado (decisiones de compras de viviendas o de nuevos alquileres, por ejemplo); en tal sentido, es este vector el que está más afectado, tal y como se destaca en todos los informes de coyuntura.
  • Los indicadores de déficit-deuda pública sobre PIB son ratios. Es decir, si el denominador de la división se reduce –el PIB, por las medidas de ajuste que algunos ya reclaman–, las ratios seguirán siendo problemáticas. La austeridad no genera el crecimiento potente que preconizan sus promotores, tal y como se desveló durante la Gran Recesión, con recuperaciones que tardaron cerca de una década. Esto es lo que nos enseña la historia económica reciente.

Una consolidación fiscal avenida con la coyuntura y con el futuro inmediato

Ante esto, concluimos:

  1. Los programas de consolidación fiscal, es decir, de ajustes presupuestarios, deben ser graduales; no abruptos, tal y como se deduce de las declaraciones del ministro alemán Lindner. En este artículo no defendemos ninguna orgía de gasto, ni la ignorancia de que las cuentas públicas deben equilibrarse; más bien se aboga por aplicar sensatez a las políticas generalistas que emanan de organismos supranacionales. Y, sobre todo, que las reglas fiscales que se dibujen sean creíbles, de aplicación generalizada, y no solo para algunos países. En tal aspecto, el enfoque negociado que rigió la idea del Next Generation, es decir, una visión más “federalista” en cuanto a reglas, pautas y acciones, sería una ruta inteligente –que se ha revelado, además, muy positiva– a seguir. Esta filosofía debería generar porosidad en las nuevas reglas fiscales que se planteen, pensando en que, con datos en la mano, la austeridad expansiva que se aplicó durante la Gran Recesión no representa una solución social y económicamente razonable. No estamos ante opiniones, ni invocaciones a la fe: nos regimos por los datos.
  2. La sensatez a la que aludíamos se aviene con una visión cuidadosa de la coyuntura y de los retos que la economía europea –y la mundial, por extensión– tienen ante si. Retos y encrucijadas –ya explicitadas– que van a suponer esfuerzos de inversión en nuevos sectores productivos o el estímulo de los ya existentes, que se canalicen hacia esos motores emergentes de crecimiento. En tal sentido, esas posibles partidas no deberían computar en los déficits, toda vez que significan opciones razonables para alcanzar transiciones económicas y sociales estratégicas. La Unión Europea ha de ser consciente que en esta nueva fase de la globalización, con potentes bloques de competitividad económica –Estados Unidos y China–, los planes de actuación deben ser ambiciosos. Y éstos no encajan con hojas de cálculo que pretenden estrictamente unos cumplimientos contables, mientras los otros competidores están repensando, muy seriamente, las reglas del juego económico en sendas direcciones: invertir más, reindustrializar, posicionarse mejor en los mercados internacionales. Esto tiene poco de austeridad fiscal.
  3. La senda hacia equilibrios presupuestarios no se puede transitar con solvencia en escenarios de gran incertidumbre y, sobre todo, con países en recesión técnica (y algo más), como es el caso de Alemania. De nuevo, los ejemplos de historia económica son elocuentes, y en estas mismas páginas los hemos comentado en diferentes entregas. La austeridad, aplicada en coyunturas de gran dificultad, ha inferido presupuestos más equilibrados, pero con economías dislocadas. Y, en el medio plazo, con corolarios de enormes dificultades que afectan la propia sostenibilidad financiera de las cuentas públicas. Es una posología tóxica, ya conocida, ya sufrida, que provoca dolor, malestar, depresión, tristeza. Y retraso económico.
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Menos impuestos, menos desarrollo

            Una nueva evidencia, que proviene del economista-jefe del FMI, Pierre O. Gourinchas: bajar impuestos en España empeoraría el problema de la inflación. Esta declaración se formuló en el encuentro de Sintra, en Portugal, con la organización del BCE. La entidad bancaria convocante, además, lanzaba otra andanada: los beneficios empresariales han tenido un papel central en la subida de los precios. En concreto, dos terceras partes de la inflación se explican por los márgenes de las empresas: se ha llamado a esto la “avaricia” de la inflación. Estas dos manifestaciones no son nuevas, toda vez que han sido emitidas por otros interlocutores en los últimos meses. Ya sea desde el propio BCE, el Banco de España, la Comisión Europea, el Banco Mundial, la OCDE, existe un consenso en que se debe ir con sumo cuidado con las promesas de rebajas de impuestos, si a la vez se mantiene la política de gastos. Sobretodo porque también se está advirtiendo que en 2024 los gobiernos deben pensar en planes de consolidación fiscal. Blanco y en botella: evitar el recorte de ingresos y tocar los gastos.

            En España, los partidos conservadores están yendo en la dirección contraria, al menos enunciativamente; otra cosa será la real politik. Existen ya estudios empíricos que demuestran, con pocas dudas, de que la reducción de impuestos no está suponiendo un incremento de los ingresos tributarios derivado de esa contracción. Ejemplos: las comunidades gobernadas por los conservadores, admiradoras de la reducción de impuestos y de su aplicación, no han aumentado su recaudación tributaria. Las cifras de la Agencia Tributaria (IRPF, Sociedades, IVA e Impuestos Especiales) son elocuentes: en 2022, los ingresos tributarios totales aumentaron un 14,4%. Pero en Andalucía esa cifra es del 12,2%; Castilla y León, un 9,7%; Galicia, un 12,2%; Murcia, un 3,1%; solo Madrid se situó en la media nacional. Cantabria (48,3%) y Balears (47,5%), encabezaron la subida de recaudación, sin promocionar reducciones drásticas en los ingresos tributarios. Y sin hacer de esto un conflicto de Estado.

Datos y estudios disponibles indican que los países con fiscalidad digamos que “normal” –en función de los diferentes tramos de renta, lo cual infiere un aumento en la capacidad recaudatoria de la hacienda pública– desarrollan estados del bienestar más vigorosos. Y ello impacta sobre un incremento de la renta per cápita. Gasto corriente e inversiones públicas han incidido positivamente en el bienestar social: ayudaron a la contención del exceso de mortalidad que provocó la COVID-19. Esta afirmación ha sido refrendada por organismos internacionales. Bajar los impuestos no incrementa el crecimiento económico de una región, ni eleva la recaudación tributaria. La insistencia en este punto, por parte de las opciones conservadoras se inserta en el terreno de una fe que la tozuda realidad les niega.

Cuando políticos de derecha y extrema derecha dicen que el éxito del crecimiento económico se debe a una menor carga fiscal, estamos ante una afirmación falsa. No se aviene con un análisis de la realidad, más compleja que aseveración más teológica que científica.

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Fakeconomics

            En algunas tertulias –ya sean de pretendidos profesionales, ya de ciudadanos que comentan lo que acontece– se ha comprado el mensaje conservador: la economía “está estancada” (sic). Esta afirmación es falsa, y lo saben quienes la emiten, y se carga de estupidez para sus creyentes. Las fake news han aterrizado, sin pudor, en el mundo de la economía. Resulta ya cansino tener que remitir a esos proclamadores de la “economía estancada” el alud de datos de todo tipo que se van conociendo sobre la economía española, que además contrastan positivamente con los correspondientes de la Eurozona. Las derechas no quieren entrar en el fango directo de la economía: saben que aquí las variables no les son afines. Lo conocen; pero lo avivan. La preferencia radica en estimular, con fake news, las vísceras de la gente. Y, en el terreno económico, condensarlo todo a ese aserto: la economía “está estancada”. Una felonía hacia la robustez de los números.

            Veamos ejemplos. La economía española crece al 2,1%, reconocido por las más importantes instituciones económicas internacionales (FMI, OCDE); pero se niega la cifra desde los púlpitos de la manipulación. La inflación ha caído al 3,2%, bajando casi ocho puntos desde el pasado verano. El dato está avalado por la OCDE y Eurostat: de las inflaciones más bajas de la Eurozona (solo más ajustadas las de Luxemburgo y  Bélgica); pero los falsificadores persisten en el mensaje de que la inflación es “de las más elevadas de Europa”. La tasa de paro está en el 12%: 2,7 millones de personas, frente a las más de 5 millones sin empleo en tiempos de Rajoy. Item más: casi 21 millones de afiliados a la Seguridad Social, y un importante aumento de los contratos indefinidos (ahora, los temporales son el 14%; antes de la COVID, poco más del 30%). Pero los mangoneadores dicen que la situación del mercado de trabajo es muy negativa, hasta el punto que se persigue derogar la Reforma Laboral vigente. Las exportaciones españolas aumentan, los ingresos por turismo crecen y también las inversiones extranjeras en España (un 14% en 2022). Pero los maniobreros abonan la toxicidad de que España ha perdido fuelle en los mercados exteriores. Podría seguir; es suficiente con estos indicadores, todos ellos contrastables con fuentes públicas y de fácil acceso.

            Medios de comunicación afines y algunos pseudo-economistas, inundan las redes, las editoriales y los artículos de opinión detallando fake news constantes, para desacreditar e invalidar los datos que, atención, no provienen del gobierno, sino de entidades supranacionales (los que he expuesto más arriba proceden no del Ejecutivo ni de instituciones gubernamentales, sino de bases de datos externas). Los políticos de derechas se abonan ufanos a todo ese despropósito; mientras fallidos gurús de la economía conservadora dilapidan su escasa credibilidad profesional transmitiendo falsedades: mentiras, directamente. Con lo que la majadería se acaba instalando, sin tapujos. Sin vergüenza. Son los artífices de la fakeconomics, disciplina en la que, aquí sí, son doctos expertos. Cualquier debate económico serio debería tenerse con datos, variables, cifras: no con fake news.

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