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Publicación en The Economic and Labour Relations Review, junto a José Pérez Montiel, Ferran Navinés y Javier Franconetti
Publicado en ECONOMÍA AMERICANA
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Consenso social ante los retos económicos
Política fiscal y política monetaria se deben imbricar para hacer frente a los importantes desafíos económicos actuales: el cambio climático, la cuestión demográfica y la automatización gradual de la producción. Una vía de trabajo la ha propuesto Mariana Mazzucato: la perspectiva de lo que denomina “misiones” económicas. Estas misiones se sustentan sobre tres pilares básicos:
1. Información fluida, identificar la información más relevante, asegurarse de que pueda desarrollar el proyecto la gente más preparada.
2. Liderazgo, asunción de riesgos y adaptación; importancia de la captación de talento.
3. Coordinación de políticas de distintos campos, para encontrar sinergias.
Esta trilogía es contraria a lo que Mazzucato denomina “paradoja de la complejidad”: cuanto más complejos son los asuntos de una política, más se compartimenta su elaboración y se divide entre diferentes departamentos, que llegan a competir entre sí. Además, esto puede producir una tentación por parte de los gobernantes: externalizar procesos que podrían ser asumidos, a costes más ajustados, por las propias administraciones. El miedo a la toma de decisiones, el temor al fracaso, a caer con estrépito en algunos temas, hace rehuir del compromiso público y traspasar la responsabilidad a consultoras privadas. Éstas tarifan con precios a menudo mucho más elevados. Se escudan en vender mayores eficiencias que no siempre se cumplen: por ejemplo la privatización de los servicios ferroviarios en Gran Bretaña, un fracaso sin paliativos que obligó a re-nacionalizar la empresa, tras encarecimientos de tarifas, incumplimiento horario y falta de inversiones en mantenimientos; o los primeros pasos en la gestión de la COVID-19 en Estados Unidos y Gran Bretaña, con fracasos monumentales que se vieron en la mayor incidencia de contagios, por la obsesión en externalizar procedimientos sanitarios. Y a costes tremendos para el erario público.
Las misiones deben formar parte de un consenso social: he aquí un gran objetivo de carácter socio-económico. Se necesita este enfoque, esta gobernanza, que infiere asociaciones entre el sector público y el privado, cuyo objetivo sea resolver los problemas acuciantes de la sociedad. Las políticas deben recuperar el propósito público, es decir, generar beneficios para la ciudadanía y establecer objetivos que superen la estricta lógica de la ganancia crematística. Se debe catalizar la inversión, la innovación y la colaboración entre los agentes económicos. No implica escoger sectores individuales a los que ayudar; se deben identificar problemas que puedan canalizar colaboraciones entre muchos sectores distintos. Tenemos esto ya encima: los desafíos inherentes al Next Generation. Y aquí hay otro reto intelectual para la economía: no se trata solo de corregir mercados, sino de crearlos. Ante esto, se necesita un sector privado con el que pueda interactuar el gobierno. Esto afecta también a la sociedad civil: creación de valor, entendido como esfuerzo colectivo.
Alerta con retirar pronto los estímulos económicos
División de pareceres en el Banco Central Europeo, que también afecta a los gobiernos, según crónicas diferentes: política monetaria y política fiscal. El sector “duro”, en el que están representantes de los llamados países frugales, son partidarios de retirar los estímulos monetarios y económicos ante el repunte de la inflación. El sector “blando”, más flexible, se muestra inquieto ante la subida de los precios, pero consciente de que no pueden cometerse los mismos errores que se observaron durante la Gran Recesión, tras la retirada de estímulos que estaban funcionando desde 2008 hasta principios de 2010. Se dirime, en esencia, la subida o el mantenimiento de los tipos de interés. E, igualmente, la política de inversiones y ayudas. Temas vitales, claves. En tal contexto, la situación de la Unión Europea es distinta a la de Estados Unidos: aquí la inflación se ha encumbrado más, mientras parece más estable en el ámbito comunitario europeo. Sin embargo, la Comisión Europea mantiene un horizonte de control de precios, en un contexto que se caracterizaría por la estabilización en los de la energía y la desaparición gradual de los desajustes entre la oferta y la demanda. Deseo que obedece a una amplia batería de datos.
En tal sentido, son importantes los mensajes de cautela, a causa de la incertidumbre que se produce en la economía, ante posibles tomas de decisiones presididas más por preceptos ideológicos que técnicos. Los movimientos al alza de los precios impulsan lo que puede calificarse como “miedo a los mercados”, un proceso que se conoció en 1937 en pleno desarrollo del New Deal en Estados Unidos, y que motivó la retirada prematura de inversiones y otras ayudas. La consecuencia: la caída del PIB a partir de 1938. En 2010, tras dos años de políticas fiscales más expansivas en Europa, se apreció una orientación similar: la austeridad impuso la urgencia en equilibrar las cuentas públicas, reducir las inversiones y controlar los créditos; una reedición de aquel “miedo a los mercados”, consagrada además por la subida de los tipos de interés por parte de Jean Claude Trichet, máximo dirigente del BCE. Desenlace: persistencia de la recesión en la Unión Europea hasta 2013.
Mientras tanto, el mantenimiento de los estímulos monetarios en Estados Unidos por parte de la FED con reducciones en los tipos de interés, impidió el agravamiento económico y consagró la recuperación en 2009. El presidente del banco central estadounidense, el historiador económico Ben Bernanke, republicano y conservador –premio Nobel de Economía–, tenía un activo intangible crucial, de gran utilidad en su decisión de no subir los tipos de interés: sabía historia económica, ya que su tesis doctoral había versado sobre el crack de 1929. E hizo lo contrario que aplicó Roy A. Young, el presidente de la FED entre 1927 y 1930: la subida de tipos de interés para pinchar la burbuja bursátil. Craso error que condujo, entre otros factores, a la Gran Depresión. Hasta un monetarista extremo –y muy conservador– como Milton Friedman ha criticado lo que hizo Young tras el desplome de Wall Street. Lecciones a tener en cuenta.
Publicado en POLÍTICA ECONÓMICA
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Encarando bulos: mejora la deuda española
Los debates políticos encienden soflamas. Algunas, insostenibles: por falsas. Lo hemos visto en los últimos días, cuando se han lanzado, desde el espectro conservador, diferentes afirmaciones que no se sustentan sobre análisis serios. Recordemos: las rebajas de impuestos junto a las promesas de incrementar gastos e inversiones y, a su vez, reducir deuda y déficit, se han convertido en un clásico de esas promesas imposibles. Desvelar cada una de esas falacias y comentarlas resultaría prolijo, y extenso en demasía. De hecho, ya lo hemos desarrollado en otras columnas, en este mismo espacio. Por ello, nos centramos en un factor que se suele invocar como elemento desestabilizador de la economía española: la deuda pública. Se advierte que es excesiva. Que no puede mantenerse en el tiempo. Que conduce al precipicio. Sin negar la preocupación que debe tenerse sobre este crucial indicador, se debe tener en cuenta esencialmente su relación con el PIB, con la evolución del crecimiento de la economía. Es así como se mide de forma homogénea la deuda sobre el PIB –un cociente– para realizar comparaciones internacionales, al margen del volumen de esa deuda. Veamos datos recientes.
La Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF), acaba de publicar sus estimaciones sobre la deuda pública española: la ratio se situará entorno al 109% sobre el PIB en cierre 2023. Desde una cima importante alcanzada en 2021 (más del 112%), por los impactos de la pandemia, la economía española ha ido reduciendo esa relación de la deuda sobre el PIB más de tres puntos, según las previsiones de AIReF. La causa: el crecimiento económico, que ha sido robusto y superior al resto de la Eurozona, según datos de Eurostat y de la propia Comisión Europea.
Ahora bien, la emisión de deuda debe sufragarse. Los cálculos del citado organismo independiente remarcan que, en el ejercicio 2023, el tipo medio de emisión se ubicará en el 3%, con un gasto en intereses del 2,9% en 2026. A su vez, la emisión a corto plazo de la deuda se ha materializado en la adquisición de Letras del Tesoro por particulares (aumento espectacular en menos de un año). Las cifras presentadas no son catastróficas, aunque como es evidente resultaría mucho mejor no engordar los costes financieros. Pero ello nos lleva a otra derivada: endeudarse ¿para qué? Las respuestas a este interrogante definen la mayor o menor bondad del destino de la deuda contraída. En tal sentido, las consecuencias derivadas de la crisis vírica y el estallido de la guerra de Ucrania han supuesto mayores esfuerzos para el gobierno. Ha tenido que hacer frente a encrucijadas tremendas: vacunas, garantizar puestos de trabajo, ayudas a empresas, rebajas fiscales, subvenciones… Todo esto, que se ha podido materializar, no surge de un milagro económico: lo hace de los ingresos, vía impuestos. Y vía deuda: aquí se coagula su bondad. En suma, muy alejado de la visión catastrófica que, una vez más, se vendió desde una tribuna, por parte de un candidato a presidir el gobierno. Pongamos números contrastados, rigurosos, antes que falacias. La buena información frente al libelo, al bulo.
Publicado en ECONOMÍA ESPAÑOLA
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Democracia económica para un capitalismo cambiante
Vivimos una situación de emergencia. En el terreno económico, la inflación está desballestando muchas costuras del tejido social, del propio tejido económico. Las guerras en Europa y en la franja de Gaza, con la tensión implementada en los precios de la energía, está contribuyendo de manera decisiva a que eso sea así. A que observemos, muchas veces impotentes, un estado económico cuyas esquirlas sociales se están trasladando al propio estado de ánimo de la población y de los agentes económicos y sociales. Los datos económicos disponibles para Europa y para España, en términos generales, no son negativos: las cifras del mercado laboral, las de crecimiento económico o las de recaudación fiscal, son indicativas de que no nos encontramos, por el momento, en una fase de estanflación. Ni en un estado de apocalipsis económica, como determinados medios y analistas están divulgando. Sólo emerge, y no es poco, el alza de unos precios, cuyo abordaje se está trabajando desde la Unión Europea y desde el gobierno de España.
Este contexto ha hecho que economistas de distinto signo, inquietos por la situación, traten de dar respuestas. Son conocidos ya los debates en blogs y artículos de prensa entre Larry Summers, Olivier Blanchard y Paul Krugman en relación al impacto de la inflación sobre la economía americana. Un debate que se extiende a Europa. Pero igualmente son conocidas aportaciones muy recientes, en forma de libros, por parte de economistas también de renombre, que van más allá del tema trascendental de la evolución de los precios, para exponer sus planteamientos con una óptica más genérica: la evolución del capitalismo como sistema económico.
Entre estos economistas destaca la figura del historiador económico francés Thomas Piketty. Este autor advierte de un aspecto sobre el que otros economistas también han incidido: la formación de ese necesario Estado del bienestar desde 1945, los denominados “gloriosos treinta años”, se truncó con la revolución conservadora de la década de 1980. Esta se tejió de la mano del monetarismo de Milton Friedman, premio Nobel de Economía de 1976 y del ascenso al poder de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Se conocen los desenlaces: des-regulaciones, reducciones de impuestos a los más ricos, privatizaciones, rigideces presupuestarias, han guiado la economía mundial y las enseñanzas de la economía como disciplina académica.
Para armar esa democracia económica, la visión de Piketty se alinea con un federalismo europeo, que defiende la mancomunidad de la deuda soberana de los países de la Unión Europea, la urgencia para que paguen los que más tienen –y que suelen eludir su responsabilidad fiscal evadiendo capital hacia paraísos fiscales, tal y como han constatado las investigaciones de Gabriel Zucman–; y, a la vez, hace una seria advertencia: sólo con fórmulas de gobernanza pero, al mismo tiempo, de contundencia política, los más ricos –ese uno por ciento que se detalla en las estadísticas oficiales, que detenta el grueso de la riqueza mundial– se avendrán a pagar lo que les corresponde por justicia social. La democracia económica.
Pero no solo es Piketty quien reflexiona sobre esta trayectoria del capitalismo. En libros recientes, Joseph Stiglitz (que nos habla de un “capitalismo progresista”) y Branko Milanovic (que nos ilustra sobre un “capitalismo popular”) nos han obsequiado con visiones de gran interés. Su conclusión es clara. Si las desigualdades no están hoy a los niveles del siglo XIX se debe a los impuestos y a los sistemas de reparto que todavía mantenemos del “capitalismo socialdemócrata”.
El problema es que estas dos herramientas se han quedado cortas en el mundo globalizado. Entre la globalización, que se llevó a muchos puestos de trabajo fabriles; y los cambios tecnológicos, que descentralizaron los procesos, la unión de trabajadores “sindicalizados” bajo un mismo techo es toda una rareza hoy. Piketty, Stiglitz y Milanovic proponen vías comunes para encarar el grave problema de la desigualdad, aunque reconocen las dificultades al respecto: mejorar notablemente la calidad de la educación pública para reducir la brecha con la privada de élite; y volver a gravar las grandes herencias para fomentar la movilidad social de los menos afortunados. Educación, fiscalidad y control de los capitales: una trilogía esencial.
Publicado en PENSAMIENTO POLÍTICO, POLÍTICA ECONÓMICA
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La resiliencia de la economía regional de España. Trabajo de investigación publicado en The Annals of Regional Science
Publicado en ECONOMÍA ESPAÑOLA
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Tremendas idioteces y retrocesos
Si alguno de ustedes quiere adquirir una vivienda o comprarse un coche, no tendrá más remedio que endeudarse. Difícil que usted disponga de dinero fresco, contante y sonante, para pagar al contado esos bienes. Seguramente, adquirirá usted algún bien cuyo valor total está muy por encima de sus ahorros y, obviamente, de sus ingresos. Pero ello no evita que usted, con buen criterio, tras realizar las cavilaciones que crea convenientes y prudenciales, acabe por contraer una hipoteca o una deuda. Esto, que resulta tan obvio para la economía privada –y que nadie discute–, funciona también en la economía pública: para impulsar planes de inversión u otros componentes del gasto público, las administraciones deben recurrir a la deuda. El monto de las operaciones a realizar es descomunal: se impone acudir al crédito. Obviedades difíciles de cuestionar.
Sin embargo, algún lumbreras, que ostenta un cargo de importancia en el principal partido de la derecha –ni más ni menos que vicesecretario de Economía–, nos advierte que no se debe gastar más de lo que se ingresa y que, además, el sector público ha de actuar como lo hacen las familias. Presumiendo que éstas no se endeudan. La retórica es de una demagogia ignorante, que ya roza la idiotez, en el sentido helénico del concepto; esto no es un insulto sino una descripción: la desatención de los asuntos de la comunidad porque se vela por intereses propios. Ni la economía privada ni la pública podrían hacer frente a sus decisiones de inversión y de gasto público sin el crédito: sin la deuda.
Y siguiendo con las idioteces, vean otra monumental, auspiciada precisamente por el gobierno griego, conservador como el conspicuo aprendiz de economista citado antes: la aprobación de la jornada laboral de 13 horas diarias (ocho en una jornada “normal”, más cinco en otro empleo). La laminación de derechos laborales quiere hacerse efectiva políticamente, en un país en el que es moneda corriente la existencia de economía sumergida y las horas extras no declaradas. Una elusión al fisco en toda regla, una trampa más, como la que se urdió por un anterior gobierno conservador heleno, falseando la contabilidad con la ayuda inestimable del grupo Goldman Sachs y promoviendo la durísima intervención de la economía griega durante la Gran Recesión.
Se alzan voces que defienden cosas parecidas: está visto que el reino de los idiotas es inconmensurable. Lo hemos visto igualmente en un miembro de una patronal española de la hostelería, que defendía esa intensidad del trabajo –de hasta 12 horas diarias, “media jornada” según su acepción laboral–. O el empresario australiano que ha señalado que existe arrogancia en la clase trabajadora, deduciendo que es por las conquistas alcanzadas, por lo que, viene a rubricar, se debe volver a ese “ejército de reserva” laboral que tense los salarios a la baja y que ponga contenciones a las reivindicaciones laborales.
Pero en el mundo capitalista –entre sus defensores liberales–, existen otros postulados: inteligentes. Por ejemplo, los de Martin Wolf en su último libro (La crisis del capitalismo democrático, Deusto, 2023). En las antípodas de los idiotas.
Publicado en POLÍTICA ECONÓMICA
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La fuerza del trabajo
Una importante huelga se ha convocado en Estados Unidos, desde un sector industrial tradicional de su economía: la del automóvil. Más de 140 mil trabajadores, con un epicentro en Detroit, y con peticiones relevantes, como el incremento del 40% del salario, el mismo que se han subido los directivos de las principales empresas del sector. El tema está generando inquietud en los dirigentes económicos norteamericanos, toda vez que, se indica, la progresión del conflicto puede abrigar una recesión en la economía de Estados Unidos. Y extenderse a todo el mundo. Se ha evaluado un primer impacto de la huelga: cerca de seis mil millones de dólares, en las primeras dos semanas.
Las reclamaciones de los trabajadores de Detroit y de otros centros productores no es descabellada, aunque a primera vista parezca excesiva. Los beneficios en la industria del automóvil en Estados Unidos han aumentado en los últimos años, y ello ha promovido la repartición de dividendos y de bonus a gerentes y directivos de esas firmas. Los trabajadores exigen incrementos similares en sus salarios, siendo su base de cotización mucho menor que la de sus jefes y directivos. El tema nos remite a un aspecto determinante: los fenómenos de redistribución de la riqueza que se va generando. Y, al mismo tiempo, nos sitúa en otro debate de profundidad en las organizaciones empresariales: la participación de representaciones sindicales en los consejos de administración de los consorcios. Esto, que ya es moneda corriente en países del norte de Europa –incluyendo Alemania–, tiene por el momento un difícil encaje en el interior del capitalismo norteamericano –y, cabe señalar también, en países del sur de la Unión Europea–.
De alguna forma, ese planteamiento más participativo de los trabajadores en los órganos de dirección y decisión de las empresas rompe con el esquema que diseñó Milton Friedman, premio Nobel de Economía, máximo exponente de la Chicago School, y gran inspirador de la política económica desplegada en el Chile de Pinochet: las empresas solo deben preocuparse por ganar el máximo dinero posible –independientemente de cómo lo hagan–, y repartir dividendos a sus accionistas. Cualquier acción social, al margen de ese cometido central, es considerado como un lastre para el desarrollo empresarial. Ya no digamos si, además, para Friedman, en el seno de la dirección se escuchan voces de sindicalistas. Vade retro.
La importancia de la participación sindical en economía se ha demostrado en la práctica en casos de economías regionales. Los más ilustrativos: los italianos y algunos alemanes, por recordar solo pocos ejemplos. Aquí, la desindustrialización y caída de la renta se pudo atajar con mecanismos de colaboración público-privada y con el concurso de la administración. Emilia Romagna, Marche, Toscana –la lista se puede extender– constituyen muestras significativas: distritos industriales en los que trabajadores, empresarios y políticos colaboraron empáticamente, y levantaron las economías en declive. Un modelo de planificación económica, estratégica, con la visión puesta en el mercado; también en la corrección de los desequilibrios. Para aprender.
Publicado en POLÍTICA ECONÓMICA
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El precio del calor
El incremento de las temperaturas tiene costes económicos. Este aspecto agudiza la situación de incertidumbre económica. Científicos sociales y experimentales están trabajando, desde hace años, sobre el tema. Los resultados son inquietantes e inducen a pensar seriamente en la introducción de parámetros biofísicos y ambientales en el despliegue de las políticas económicas de los gobiernos.
En un reciente estudio del Joint Research Centre de la Comisión Europea (Garcia Leon, D., Casanueva, A., Standardi, G., Burgstall, A., Flouris, A. y Nybo, L.: Current and projected regional economic impacts of heatwaves in Europe, NATURE COMMUNICATIONS, ISSN 2041-1723, 12 (1), 2021, p. 5807, JRC120759. https://publications.jrc.ec.europa.eu/repository/handle/JRC120759), las conclusiones a las que se llegan son ilustrativas. El calor extremo socava la capacidad de trabajo de las personas, lo que supone una menor productividad y, por tanto, menor producción económica. En esta investigación, se analizan los daños económicos presentes y futuros debido a la reducción de la productividad laboral causada por el calor extremo en Europa. Para el estudio de los impactos actuales, el objetivo se centra en las olas de calor que ocurrieron en cuatro años recientes, anormalmente calurosos (2003, 2010, 2015 y 2018). El análisis se contrasta, además, con datos correspondientes al período histórico 1981-2010. En los años seleccionados, los daños totales estimados atribuidos a las olas de calor ascendieron a entre el 0,3% y el 0,5% del producto interior bruto (PIB) europeo. Sin embargo, las pérdidas identificadas fueron en gran medida heterogéneas en todo el espacio y mostraron impactos consistentes en el PIB superiores al 1% en las regiones más vulnerables.
Las proyecciones futuras indican que, para 2060, esos impactos podrían aumentar en Europa casi cinco veces en comparación con el período 1981-2010, si no se toman más medidas de mitigación o adaptación. Ello sugiere la presencia de efectos más pronunciados en las regiones donde ya se han producido estos daños. De hecho, la aseguradora Allianz Trade evalúa en una pérdida de 0,6 puntos al PIB mundial, como consecuencia de la ola de calor. Los bancos centrales están, a su vez, estudiando seriamente las evidentes externalidades del cambio climático, con proliferación de estudios al respecto y posicionamientos macroprudenciales sobre el tema (véase, en relación al Banco de España: https://www.bde.es/wbe/es/areas-actuacion/sostenibilidad/informacion-institucional/banco-espana-y-cambio-climatico/).
En paralelo, un informe del Ministerio de Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Impactos y riesgos derivados del cambio climático en España (https://adaptecca.es/sites/default/files/documentos/impactosyriesgosccespanawebfinal_tcm30-518210_0.pdf) se detallan impactos cruciales sobre vectores concretos: recursos hídricos, desertificación y suelos, ecosistemas terrestres, agricultura y ganadería, medios marino y urbano, costas, salud humana, energía, transportes e infraestructuras y turismo. Una agenda muy completa. El tema preocupa y ocupa. Solo negligentes e ignorantes se empecinan en negarlo.
Publicado en ECONOMÍA Y ECOLOGÍA
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