Turismo: la ruta expansiva

            El nuevo Ejecutivo balear indica sus preferencias en la economía turística: levantar las medidas de contención, emanadas durante las legislaturas del gobierno anterior. El grueso de esas medidas concentraban esfuerzos en una moratoria para nuevas plazas turísticas, habida cuenta que las existentes –unas 450.000– son ya apabullantes. Pero, en paralelo, otra iniciativa aprobada por el gobierno de izquierdas se está replanteando para ser derogada: la limitación al número de cruceros –tres al día, en estos momentos–. Simplificando, la deducción de únicamente estas dos actuaciones previsibles –al margen de otras– supone una apuesta por ampliar el número de visitantes a las islas. Es decir: crecer en cantidad. Todo en un contexto en el que voces autorizadas, desde el terreno científico, advierten de las dificultades que generarían los incrementos de las temperaturas en el panorama turístico, en forma de una reducción de visitantes.

Poner más leña en la caldera puede tener sendas consecuencias: más plazas, más gente, más incremento demográfico, en un caso. O, en otro: más plazas… pero con menos visitantes por las condiciones climáticas, con lo que la construcción de nuevas infraestructuras turísticas sería, entonces, otro gran derroche inmobiliario y, por extensión, económico. Cuidado, pues, con el principio de incertidumbre. Es curioso que esta visión expansionista del gobierno conservador se avenga poco con manifestaciones de importantes hoteleros, que defendían, no hace mucho, la necesidad de regular y dosificar las plazas turísticas. Declaraciones aparentemente preocupadas por la masificación del destino balear. El contrapunto lo ofrece la Federación Hotelera que, por boca de su presidenta, ha aplaudido el giro copernicano del gobierno conservador. Se ha pasado de asentir las iniciativas del pasado gobierno de izquierdas –muy generoso con el empresariado hotelero–, a denostarlo en público y abrazar, en pocas horas, la ruta de siempre: crecer sin cortapisas. Ah, esa noción acrítica del concepto de libertad. Sintonía perfecta entre el Ejecutivo de la presidenta Prohens y la principal patronal turística. La ruta de siempre.

En el contexto: narrativas retóricas que urgen a preservar el medio ambiente. Inquietud teórica sobre el cambio climático, que imbuye la elaboración de planes poco conocidos de circularidad económica. Un relato forjado en conceptos reconocibles, a veces vacuos. Superados con las nuevas propuestas: real politik para contentar a los grupos empresariales, otrora –¿recuerdan los tiempos pandémicos?– proclives a la intervención pública en la economía, pero ahora, ay, defensores de la libertad de actuación en un mercado con cada vez más congestión en aquellos espacios litorales, objetos de deseo del turismo de masas que busca alicientes.

Más plazas, más pernoctaciones, más visitantes es una ecuación que se cerrará con más efectos-llamada demográficos. En definitiva: más gente en las islas. El denominador –la población–, en aumento; frente a un numerador –el PIB– que crece, pero menos. Con un cociente claro: una renta per cápita en descenso.

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Turismo: hablemos del cambio de modelo

            Las advertencias en cuanto al impacto del cambio climático sobre el turismo son reiteradas. El aumento de las temperaturas en el sur de Europa, y en el área mediterránea con cabeceras turísticas esenciales, como Balears, sugiere que los potenciales turistas dejarán de venir a esos destinos históricos ante un clima excesivamente caluroso y hostil. El diagnóstico sobre el tema está avalado por investigaciones solventes. La llamada de atención, intensa y amparada en datos, recuerda los augurios que se hicieron en la década de los años setenta acerca del calentamiento del planeta y de la necesidad de reducir de manera drástica el crecimiento económico.

            Ahora bien, la siguiente fase, entrelazada con la que hemos descrito –la diagnosis–, debe abrir nuevas perspectivas para la política económica. Cómo encarar un problema –cambio climático y turismo– que, en su epicentro, infiere un tema central: transformar el modelo productivo. En los últimos años, se ha hablado y escrito mucho sobre este aspecto y sus derivadas, e incluso se ha cuestionado esa denominación (“cambio de modelo”). Esto último es de menor enjundia. Porque, dígase como se diga, el hecho es que si aceptamos, como indica la ciencia, que los incrementos de las temperaturas van a incidir sobre el comportamiento del turismo de masas en aquellas zonas más afectadas por ese malestar climático, lo que se dibuja es evidente: reorientar la actividad turística y diversificar el tejido productivo en las regiones altamente especializadas en esa “industria invisible”. Y es en este punto donde se crujen las costuras.

            Un cambio en la pauta productiva de una economía supone costes de transición: no son costes cero. Se requieren esfuerzos, públicos y privados, si lo que se persigue es atajar los problemas detectados y ofrecer otras vías de crecimiento y desarrollo. En estos escenarios, las posiciones pueden polarizarse. Por un lado, quienes creen que el diagnóstico de la amenaza climática, sin negarlo, no es tan negativo como se pregona, de manera que se puede seguir trabajando el día a día, sin pensar en nada más que en los números de la próxima temporada turística. Por otra parte, quienes pretenden cambios rápidos, casi abruptos, con la argumentación –que es real– de que el tiempo se va agotando ante el avance del cambio del clima. En medio de ese fragor se suelen encontrar los policymakers, los que deben activar las políticas y aportar soluciones.

            Un cambio de modelo no se hace ni por decreto ni por un alud de voluntarismo. Se ejecuta a través de la gobernanza y con liderazgo explícito, con planificación estratégica, con inversiones: públicas y privadas. El mercado solo puede actuar en negativo, al adaptarse a un retroceso turístico por causas climáticas. El cortoplacismo es el primordial talón de Aquiles de la economía turística. Esto incide sobre gestores públicos y empresarios, instalados en el expansionismo cuantitativo del modelo, a pesar de que se puedan hacer ejercicios voluntariosos de preocupación ecológica. Ante lo que se presume como futuro, se impone hablar, sí, de cambio de modelo. O éste lo hará el mercado: sin más.

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Financiación autonómica y fiscalidad

            Un reciente análisis de la Generalitat de Catalunya sobre la liquidación del modelo de financiación autonómico correspondiente al ejercicio 2021, y que se ha liquidado en 2023, ofrece resultados de interés. En primer término, la capacidad tributaria de las regiones arrojan cifras que ya conocíamos: Madrid, Balears y Catalunya encabezan el mayor esfuerzo per cápita (la media nacional es 2.679 euros, y el dato para Balears es 3.248 euros). Se persiste en una tendencia que se ha visto en años anteriores, de tal manera que las regiones más “ricas” –pongámoslo así– aportan más per cápita al sistema. En segundo lugar, si pasamos ahora a los recursos que se perciben, siendo la media nacional de 2.910 euros per cápita, Balears clava el dato: está en esos 2.910 euros per cápita, es decir, está en la media, ocupando el puesto 9 sobre el conjunto de las regiones, por delante de Catalunya, Madrid, Canarias, Andalucía, Murcia y País Valencià.

            El modelo aprobado en 2008 –y que se debería haber renovado en 2014–, prueba, una vez más, que Balears ha llegado al objetivo que se planteó en las islas desde la sociedad civil –con el Cercle d’Economia como pivote básico– hasta el propio Parlament: estar en la media de financiación per cápita. Llevamos ya varios años, con ligeras oscilaciones, en ese estado: siempre muy cercanos o superando, incluso, esa media nacional. Esto ha permitido obtener recursos importantes para la economía pública balear, en fases de expansión de nuestra economía, cuando se han generado incrementos en las recaudaciones fiscales (particularmente, en el IRPF y en el IVA). Y todo esto, junto a otros vectores de ingreso, se ha traducido en asignaciones presupuestarias más expansivas, particularmente en sanidad y en educación.

            No sabemos cuándo se abrirá el melón de la nueva financiación. Pero lo que está claro –los números de los últimos años son elocuentes, tanto los de Fedea-CSIC, como los de la Generalitat de Catalunya o los del Ministerio de Hacienda– es que la negociación de Balears debe partir de una premisa diferente de la que partimos en 2007, cuando iniciamos las negociaciones del modelo: ya estamos en esa media. Y, desde ahí, debemos mejorar.

            En tal sentido, trabajar en la ordinalidad del modelo –que es complejo– deviene una línea estratégica a seguir: estar en la segunda posición por aportación y en la novena por recepción, debería ajustarse. Esto junto a la incorporación de otros parámetros de medición: el coste que la población flotante supone al sistema público de salud balear. Pero, atención, no será una buena estrategia presentarse al Consejo de Política Fiscal y Financiera (CPFF) reclamando más dinero si, en paralelo, se reducen las posibilidades de ingresos fiscales por rebajas de impuestos. Eso no se aviene con la corresponsabilidad fiscal. Y, de no cumplirse con los parámetros exigidos en el CPFF, las regiones afectadas deberán hacer un plan de ajuste. Que suele pasar por subir o crear algún nuevo impuesto. Esto se sabe. Se conoce. El discurso de contraste está hecho: “usted me pide más recursos, pero recorta los que podría obtener vía tributaria”. Atentos a todo ello.

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Defendiendo la economía pública

Datos positivos de inflación general para España: poco más del 2%. De las más bajas de la Eurozona, y casi cinco puntos por debajo de la de Alemania (6,8%). Previsiones de instituciones internacionales: seguirá esta tendencia bajista. Un hecho que ya se está viendo, también, en Estados Unidos. La liberación de los corsés comerciales, provenientes de la guerra, hace efectiva una mejor circulación de las mercancías. Sobre todo, del gas licuado. El shock de oferta se ha ido limando con el tiempo, por fortuna. Si a ello le sumamos el tope ibérico, el resultado micro es potente: reducción de un 18% en la factura energética de los hogares. Con otro dato relevante: el acopio de gas en la Eurozona llega ya al 90%, de manera que no se otean dificultades de suministro para el próximo invierno. Pero, además, como recordaba hace pocos días la profesora Mariana Mazzucato, en el caso de España la inflación también se ha reducido por los límites a los precios de los alquileres de vivienda, la gratuidad del transporte público y, esencialmente, por la fiscalidad sobre los beneficios caídos del cielo a empresas energéticas oligopólicas. Todo un acerbo de políticas públicas que demuestran una realidad innegable: la economía pública está siendo determinante para evitar serios problemas a consumidores y empresas, lo cual no quiere decir que desaparezcan. Pero la inacción o dejar que el mercado, de forma espontánea, resolviera las ecuaciones hubiera conducido a una depresión en la economía. Tal y como aconteció en el pasado más inmediato, con la crisis financiera de 2008.

Negar la relevancia del sector público y de sus gestores forma parte del acerbo ideológico de la economía y de la política más ortodoxas, menos permeable a buscar otras soluciones a los retos que se tienen. Estas encrucijadas tienen perfiles nítidos, y no son temas de futuro. Están presentes, y algunos los han negado arrinconando las aportaciones de la ciencia. El cambio climático, la emergencia energética, la digitalización, el envejecimiento de la población, factores que tienen –y tendrán todavía más– corolarios claros en los mercados de trabajo. Debates abiertos, con aluvión de datos. Igualmente, en las políticas de migración y de pensiones. No es extraño, por tanto, que instituciones financieras estén trabajando sobre estos temas, e incluso desde los bancos centrales se estimulen investigaciones que aportan datos, argumentos, modelos matemáticos, para encarar tales envites. En diferentes reuniones científicas al respecto, con presencia de representantes del Banco Central Europeo, Reserva Federal, Banco de Inglaterra, Banco de España, entre otras entidades, se ha trabajado con intensidad, a partir de documentos concretos. Con matices y diferenciaciones argumentales, se defiende en buena parte de ellos la reivindicación de que el sector público debe intervenir, en coordinación con los instrumentos de política monetaria. Aspecto relevante, a discutir, a debatir, a repensar. Tras las elecciones en España –que eran más que unas elecciones nacionales– se debe dar tiempo a volver, con serenidad y a esos temas. Blindarlos de la cacofonía acientífica de los ignorantes.

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Austeridad tóxica

Austeridad letal para la economía (y la sociedad)

            Las voces que reclaman la necesidad de políticas de austeridad se van alzando. Lo han hecho con lentitud, pero con la convicción de siempre. El ministro de Finanzas alemán, Christian Lindner, es el exponente genuino de esa petición: volver a los preceptos fiscales de la Gran Recesión. Unas reglas que, además, no se han cumplido nunca: comenzando por Alemania y Francia, que superaron negativamente todos los parámetros –déficit público, deuda pública–, pero sin penalizaciones para ese incumplimiento. Algo muy distinto se exigió a los países del sur de Europa. Se advertirá que el tiempo histórico no es el mismo, y que esas llamadas reglas son, por decirlo en términos coloquiales, unas Tablas de la Ley económicas. Tablas que deben regir siempre la actuación de los gobiernos.

Pero no: las medidas fiscales que se aplicaron durante la crisis financiera fueron pro-cíclicas, letales para la recuperación económica, y se cebaron, sobre todo, en los países del sur –con Grecia como ejemplo–: con exigencias draconianas que generaron una caída del PIB heleno del orden del 25%. No nos extenderemos con esto, ya que lo hemos comentado en reiteradas ocasiones en estas mismas páginas, aportando variables de todo tipo que pueden ser consultadas, ya que proceden de bases de datos oficiales. Los números son demoledores e incontrovertibles. Recordemos telegráficamente: caídas del PIB, incremento del paro, pérdidas salariales, deflación, déficits comerciales y presupuestarios, aumento de la desigualdad. Un mosaico de indicadores que empeoraron la situación de miles de familias y empresas. Y también de los propios gobiernos que los impulsaron.

            La crisis vírica cambió la forma de actuar: con más laxitud, mayor flexibilidad. Una coordinación ajustada entre política monetaria y política fiscal. El resultado: una recuperación más rápida y sólida, a raíz de la aplicación de estrategias económicas más expansivas, de carácter contra-cíclico. Todo esto ya es bien sabido, igualmente con datos irrefutables. Pero ahora, nos enfrentamos a la obcecación de siempre, por parte de la ideología neoliberal: la recuperación de la idea de la austeridad.

Alinear la política monetaria con la política fiscal

Conviene considerar unos elementos:

a/ El seguimiento de la política monetaria europea a la de la Reserva Federal. Aquí se advierten problemas distintos: en origen, un shock de demanda en el caso norteamericano, frente a un shock de oferta en el europeo. Las acciones en política monetaria han sido muy similares –explicable el seguimiento del Banco Central Europeo en un principio, por los diferenciales en los tipos de cambio euro/dólar–; pero ahora el encapsulamiento europeo en las reiteradas subidas de tipos, siguiendo la estela estadounidense, tiene explicaciones difíciles de entender. En Estados Unidos, la tasa de paro está en el 3% (último dato de junio), en plena ocupación, con una inflación subyacente del 4,8%, que no llega por tanto a la conocida hace pocos meses.

En la Unión Europea, la disparidad en el mapa de la inflación es notable: desde el 1,9% de España, hasta el 6,8% en Alemania, un gap que está condicionando muchísimo la actitud del regulador financiero europeo. La recurrente inflación europea tiene una parte de su causa –parte que no es nada trivial– en los márgenes empresariales, y no en una tensión de demanda y/o incremento del consumo (esto lo están diciendo el Banco Central Europeo y el Banco de España; también el reciente informe del Observatorio de Márgenes Empresariales, en el que colaboran el Ministerio de Economía, el Ministerio de Hacienda y el Banco de España). Aquí se debería enfatizar mucho más la acción: presión fiscal sobre las prácticas oligopolísticas (en el caso flagrante de los consorcios energéticos), empresas abducidas por lo que se ha ido denominando “avaricia de la inflación”.

Atacar a machetazos la tensión al alza de los precios –con la subida de tipos y, además, señalando que puede ser más reiterada–, sin apenas modulación y en la senda de la Reserva Federal, va a contribuir muy poco al mantenimiento de la economía y/o a su recuperación. Va a causar un daño que los propios banqueros centrales han advertido. Sin paños calientes: dolor y posible recesión. Y ese mensaje se emite cuando las curvas de la inflación ya están descendiendo con más fuerza.

b/ La hoja de ruta del Banco Central Europeo tiene, según se indica desde la institución, un mecanismo de caución en el caso de países con inflaciones bajas –como es el caso de España, si se compara con la media comunitaria–, ante subidas de tipos de interés y tensiones que se pudieran derivar, en forma de incrementos relevantes de las primas de riesgo: el TPI (Transmission Protection Instrument), con el objetivo de conseguir una correcta transmisión de la política monetaria a todos los países de la zona euro.

El regulador bancario trata de evitar, con esta palanca, la fragmentación financiera, que podría expresarse en subidas en, como decimos, las primas de riesgo, ante las dificultades de algunos países para colocar sus emisiones de deuda en los mercados. Frente a un peligro plausible, el Banco Central Europeo compraría la deuda del país afectado, con vencimientos que pueden oscilar entre uno y diez años, pero bajo unas condiciones precisas: que el país debe mantener una política fiscal “sólida y sostenible” (sic) que, en palabras más llenas de contenido, significa que debe reducir su déficit y deuda y no incurrir en desequilibrios macroeconómicos.

El instrumento puede ser efectivo para el Banco Central Europeo; pero el problema puede, a su vez, radicar en el país que pida esa acción: no es arriesgado suponer que los mercados apreciarían esto como una debilidad que obligaría a una intervención en toda regla del máximo regulador, de forma que podría dificultar la colocación de nuevas emisiones en otras fases. Estaríamos ante un posible efecto “reputacional” del país afectado: un serio revés para sus finanzas.

c/ Los epicentros sobre los que inciden los defensores del retorno a la austeridad son, justamente, los enunciados en el apartado anterior: severos controles sobre el déficit y la deuda. Los símiles que se ponen sobre la mesa son harto conocidos, y forman parte de la casuística más acríticamente ortodoxa: trabajar la economía pública como si fuera la de una familia, establecer el rigor en las cuentas públicas –haciendo sinónimo el vocablo “rigor” con un recorte efectivo del gasto público–, reducir el déficit y la deuda a los parámetros marcados por el Tratado de Maastricht y, a su vez, tener la inflación entorno al 2%.

No obstante, a su vez, se recomienda mantener líneas de inversión derivadas del Next Generation. Este es el desencaje total: se reclama una política monetaria restrictiva, los cumplimientos estrictos con las pautas fiscales de la Gran Recesión y, al mismo tiempo, persistir en determinadas inversiones. Cabe advertir que:

  • La reducción del déficit público se debería conseguir a partir de un incremento tributario y, a la vez, de segar el gasto público: principalmente el social, que es la parte del león del mismo.
  • La reducción de la deuda pública infiere la imposibilidad de encarar de manera más decidida proyectos inversores que requieren de capitales importantes: la transición energética, la lucha contra el cambio climático, la digitalización y automatización de la economía, etc.
  • La subida de tipos de interés puede lastrar no sólo a la inversión, sino principalmente al consumo privado (decisiones de compras de viviendas o de nuevos alquileres, por ejemplo); en tal sentido, es este vector el que está más afectado, tal y como se destaca en todos los informes de coyuntura.
  • Los indicadores de déficit-deuda pública sobre PIB son ratios. Es decir, si el denominador de la división se reduce –el PIB, por las medidas de ajuste que algunos ya reclaman–, las ratios seguirán siendo problemáticas. La austeridad no genera el crecimiento potente que preconizan sus promotores, tal y como se desveló durante la Gran Recesión, con recuperaciones que tardaron cerca de una década. Esto es lo que nos enseña la historia económica reciente.

Una consolidación fiscal avenida con la coyuntura y con el futuro inmediato

Ante esto, concluimos:

  1. Los programas de consolidación fiscal, es decir, de ajustes presupuestarios, deben ser graduales; no abruptos, tal y como se deduce de las declaraciones del ministro alemán Lindner. En este artículo no defendemos ninguna orgía de gasto, ni la ignorancia de que las cuentas públicas deben equilibrarse; más bien se aboga por aplicar sensatez a las políticas generalistas que emanan de organismos supranacionales. Y, sobre todo, que las reglas fiscales que se dibujen sean creíbles, de aplicación generalizada, y no solo para algunos países. En tal aspecto, el enfoque negociado que rigió la idea del Next Generation, es decir, una visión más “federalista” en cuanto a reglas, pautas y acciones, sería una ruta inteligente –que se ha revelado, además, muy positiva– a seguir. Esta filosofía debería generar porosidad en las nuevas reglas fiscales que se planteen, pensando en que, con datos en la mano, la austeridad expansiva que se aplicó durante la Gran Recesión no representa una solución social y económicamente razonable. No estamos ante opiniones, ni invocaciones a la fe: nos regimos por los datos.
  2. La sensatez a la que aludíamos se aviene con una visión cuidadosa de la coyuntura y de los retos que la economía europea –y la mundial, por extensión– tienen ante si. Retos y encrucijadas –ya explicitadas– que van a suponer esfuerzos de inversión en nuevos sectores productivos o el estímulo de los ya existentes, que se canalicen hacia esos motores emergentes de crecimiento. En tal sentido, esas posibles partidas no deberían computar en los déficits, toda vez que significan opciones razonables para alcanzar transiciones económicas y sociales estratégicas. La Unión Europea ha de ser consciente que en esta nueva fase de la globalización, con potentes bloques de competitividad económica –Estados Unidos y China–, los planes de actuación deben ser ambiciosos. Y éstos no encajan con hojas de cálculo que pretenden estrictamente unos cumplimientos contables, mientras los otros competidores están repensando, muy seriamente, las reglas del juego económico en sendas direcciones: invertir más, reindustrializar, posicionarse mejor en los mercados internacionales. Esto tiene poco de austeridad fiscal.
  3. La senda hacia equilibrios presupuestarios no se puede transitar con solvencia en escenarios de gran incertidumbre y, sobre todo, con países en recesión técnica (y algo más), como es el caso de Alemania. De nuevo, los ejemplos de historia económica son elocuentes, y en estas mismas páginas los hemos comentado en diferentes entregas. La austeridad, aplicada en coyunturas de gran dificultad, ha inferido presupuestos más equilibrados, pero con economías dislocadas. Y, en el medio plazo, con corolarios de enormes dificultades que afectan la propia sostenibilidad financiera de las cuentas públicas. Es una posología tóxica, ya conocida, ya sufrida, que provoca dolor, malestar, depresión, tristeza. Y retraso económico.
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Menos impuestos, menos desarrollo

            Una nueva evidencia, que proviene del economista-jefe del FMI, Pierre O. Gourinchas: bajar impuestos en España empeoraría el problema de la inflación. Esta declaración se formuló en el encuentro de Sintra, en Portugal, con la organización del BCE. La entidad bancaria convocante, además, lanzaba otra andanada: los beneficios empresariales han tenido un papel central en la subida de los precios. En concreto, dos terceras partes de la inflación se explican por los márgenes de las empresas: se ha llamado a esto la “avaricia” de la inflación. Estas dos manifestaciones no son nuevas, toda vez que han sido emitidas por otros interlocutores en los últimos meses. Ya sea desde el propio BCE, el Banco de España, la Comisión Europea, el Banco Mundial, la OCDE, existe un consenso en que se debe ir con sumo cuidado con las promesas de rebajas de impuestos, si a la vez se mantiene la política de gastos. Sobretodo porque también se está advirtiendo que en 2024 los gobiernos deben pensar en planes de consolidación fiscal. Blanco y en botella: evitar el recorte de ingresos y tocar los gastos.

            En España, los partidos conservadores están yendo en la dirección contraria, al menos enunciativamente; otra cosa será la real politik. Existen ya estudios empíricos que demuestran, con pocas dudas, de que la reducción de impuestos no está suponiendo un incremento de los ingresos tributarios derivado de esa contracción. Ejemplos: las comunidades gobernadas por los conservadores, admiradoras de la reducción de impuestos y de su aplicación, no han aumentado su recaudación tributaria. Las cifras de la Agencia Tributaria (IRPF, Sociedades, IVA e Impuestos Especiales) son elocuentes: en 2022, los ingresos tributarios totales aumentaron un 14,4%. Pero en Andalucía esa cifra es del 12,2%; Castilla y León, un 9,7%; Galicia, un 12,2%; Murcia, un 3,1%; solo Madrid se situó en la media nacional. Cantabria (48,3%) y Balears (47,5%), encabezaron la subida de recaudación, sin promocionar reducciones drásticas en los ingresos tributarios. Y sin hacer de esto un conflicto de Estado.

Datos y estudios disponibles indican que los países con fiscalidad digamos que “normal” –en función de los diferentes tramos de renta, lo cual infiere un aumento en la capacidad recaudatoria de la hacienda pública– desarrollan estados del bienestar más vigorosos. Y ello impacta sobre un incremento de la renta per cápita. Gasto corriente e inversiones públicas han incidido positivamente en el bienestar social: ayudaron a la contención del exceso de mortalidad que provocó la COVID-19. Esta afirmación ha sido refrendada por organismos internacionales. Bajar los impuestos no incrementa el crecimiento económico de una región, ni eleva la recaudación tributaria. La insistencia en este punto, por parte de las opciones conservadoras se inserta en el terreno de una fe que la tozuda realidad les niega.

Cuando políticos de derecha y extrema derecha dicen que el éxito del crecimiento económico se debe a una menor carga fiscal, estamos ante una afirmación falsa. No se aviene con un análisis de la realidad, más compleja que aseveración más teológica que científica.

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Fakeconomics

            En algunas tertulias –ya sean de pretendidos profesionales, ya de ciudadanos que comentan lo que acontece– se ha comprado el mensaje conservador: la economía “está estancada” (sic). Esta afirmación es falsa, y lo saben quienes la emiten, y se carga de estupidez para sus creyentes. Las fake news han aterrizado, sin pudor, en el mundo de la economía. Resulta ya cansino tener que remitir a esos proclamadores de la “economía estancada” el alud de datos de todo tipo que se van conociendo sobre la economía española, que además contrastan positivamente con los correspondientes de la Eurozona. Las derechas no quieren entrar en el fango directo de la economía: saben que aquí las variables no les son afines. Lo conocen; pero lo avivan. La preferencia radica en estimular, con fake news, las vísceras de la gente. Y, en el terreno económico, condensarlo todo a ese aserto: la economía “está estancada”. Una felonía hacia la robustez de los números.

            Veamos ejemplos. La economía española crece al 2,1%, reconocido por las más importantes instituciones económicas internacionales (FMI, OCDE); pero se niega la cifra desde los púlpitos de la manipulación. La inflación ha caído al 3,2%, bajando casi ocho puntos desde el pasado verano. El dato está avalado por la OCDE y Eurostat: de las inflaciones más bajas de la Eurozona (solo más ajustadas las de Luxemburgo y  Bélgica); pero los falsificadores persisten en el mensaje de que la inflación es “de las más elevadas de Europa”. La tasa de paro está en el 12%: 2,7 millones de personas, frente a las más de 5 millones sin empleo en tiempos de Rajoy. Item más: casi 21 millones de afiliados a la Seguridad Social, y un importante aumento de los contratos indefinidos (ahora, los temporales son el 14%; antes de la COVID, poco más del 30%). Pero los mangoneadores dicen que la situación del mercado de trabajo es muy negativa, hasta el punto que se persigue derogar la Reforma Laboral vigente. Las exportaciones españolas aumentan, los ingresos por turismo crecen y también las inversiones extranjeras en España (un 14% en 2022). Pero los maniobreros abonan la toxicidad de que España ha perdido fuelle en los mercados exteriores. Podría seguir; es suficiente con estos indicadores, todos ellos contrastables con fuentes públicas y de fácil acceso.

            Medios de comunicación afines y algunos pseudo-economistas, inundan las redes, las editoriales y los artículos de opinión detallando fake news constantes, para desacreditar e invalidar los datos que, atención, no provienen del gobierno, sino de entidades supranacionales (los que he expuesto más arriba proceden no del Ejecutivo ni de instituciones gubernamentales, sino de bases de datos externas). Los políticos de derechas se abonan ufanos a todo ese despropósito; mientras fallidos gurús de la economía conservadora dilapidan su escasa credibilidad profesional transmitiendo falsedades: mentiras, directamente. Con lo que la majadería se acaba instalando, sin tapujos. Sin vergüenza. Son los artífices de la fakeconomics, disciplina en la que, aquí sí, son doctos expertos. Cualquier debate económico serio debería tenerse con datos, variables, cifras: no con fake news.

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Intervención en catalán en el homenaje al doctor Jordi Nadal. Ateneu de Barcelona, junio de 2023 (mi intervención se inicia en el tiempo: 1 hora 48 minutos)

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Entrevista a Carles Manera, por Max Contestí Tarrafeta (The New Context)

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Seis píldoras económicas (y una reflexión política)

1. Intervencionismo. Se ha hablado mucho, en Balears, a raíz de las declaraciones de una dirigente de la patronal hotelera. Se ha criticado que el gobierno autonómico ha sido muy intervencionista. Parece que no se recuerdan las ayudas, de todo tipo, que se han planteado desde el ejecutivo regional y desde el gobierno central: ERTE’s, fondos de inversión, Next Generation, etc. Un intervencionismo, miren por dónde, que ha salvado tanto la economía balear como la española. Y a las empresas. Estos dirigentes patronales no pueden ser tan desmemoriados, por lo que concluimos que esas soflamas están presididas más por el cinismo y la cobardía (no decir esto que están diciendo ahora, mucho antes, cuando se fraguaban acuerdos con sindicatos y programas públicos de ayudas) que por la honestidad.

2. Derogar el “sanchismo”. Concretemos: subida de las pensiones, subida del SMI, tope al gas, reforma laboral, ley de Eutanasia, Ley de Cambio Climático, Ley de Memoria Democrática, impuesto a la banca y a las grandes energéticas, IMV, crecimiento económico vigoroso, mercado laboral dinámico y con mejores contratos, etc. Derogar todo esto para ir ¿hacia dónde?

3. Valoración positiva en el exterior. The Guardian, The Economist y el Financial Times, en sendos artículos, piden el apoyo –en concreto: el voto– para el presidente Sánchez, frente a la unión de unas derechas con hojas de ruta distópicas, tendentes a desmontar los resortes básicos del Estado del Bienestar. Las publicaciones citadas son referencias ineludibles para la economía liberal, e indican la “estrategia económica positiva por superar la crisis energética y superar la inflación mejor que la mayoría de estados de la Unión Europea”. El editorial de The Guardian, explícito: “Europa necesita que la jugada de Pedro Sánchez salga bien”.

4. Macroeconomía potente. Más de 20,8 millones de afiliados a la Seguridad Social, tasa de paro del 12% en España (de poco más del 5% en Balears: plena ocupación), un sector exterior –turismo y exportaciones– con gran empuje, una inflación que ronda el 3% y que, probablemente, se acercará al 2% antes del verano. Ni apocalipsis, ni crisis terminal, ni catástrofe.

5. Modelo macroeconómico AIREF: previsión de un crecimiento económico trimestral para España del 1,02%. Una cifra contundente, que no tiene contraste alguno con los profetas del desastre.

6. Análisis del Banco de España: mejora de la capacidad de financiación exterior de España, en los últimos tres años, a pesar de la dura coyuntura económica. El Banco anticipa la recuperación del PIB pre-pandemia y mejora sus previsiones de crecimiento para la economía española.

Las izquierdas, en este nuevo escenario electoral, deberían enfatizar más lo conseguido que afecta a un amplio conjunto, mayoritario, de la población, que adentrarse en debates sobre minorías con explicaciones que urgen de matizaciones importantes, que o llegan distorsionadas o no llegan a la gente. Todo junto a una apelación directa a los sentimientos: ya se tienen indicadores –Madrid, Andalucía, Murcia, Castilla-León– de lo que puede venir a nivel nacional. La situación es complicada. Pero existe margen de maniobra.

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