Curriculum actualizado a 31 de julio 2025

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Aportación en el curso de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Santander, julio de 2025. Curso Las desigualdades sociales

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Trump-OTAN: más guerra comercial que otra cosa

            La polémica sobre el 2% y el 5% sobre PIB en gasto en Defensa está generando opiniones que obedecen a posicionamientos políticos más que a técnicos y de necesidades reales. El 2% es una cifra acordada en la OTAN, y representa una base que pretende garantizar un esfuerzo cuantificable, pero tratando de eludir presiones económicas excesivas. Es un umbral decidido en la Cumbre de Newport, en 2014, con el objetivo puesto en 2024. Pero, por otro lado, no sabemos de dónde sale la cifra del 5%, que tanto se ha divulgado: no existen explicaciones razonables sobre esto. Porqué el 5% y no el 4% o el 7%: he aquí el misterio. El guarismo se ha convertido en totémico, pero está alejado –3 puntos– de lo acordado en 2014. El interés prioritario en incrementar ese gasto es de Estados Unidos.

            La llegada de Trump al poder ha significado un desorden geopolítico, con dos exigencias básicas del magnate: reducir el déficit comercial de su país; y volver a una industrialización clásica, ya perdida no por causa exclusiva de los competidores, sino por la estrategia de las empresas estadounidenses en rebajar costes de producción y deslocalizar sus actividades. Pero, además, otro factor es clave: la economía de Estados Unidos se ralentiza. Se contrae un –0,5% en el primer trimestre de 2025. Según el Buró de Análisis Económico, esta caída se debe a la subida de las importaciones y al retroceso del gasto público. La Reserva Federal pronostica, en su informe de marzo, un crecimiento de la economía del orden del 1,7%, de manera que reduce previsiones anteriores (la cifra es considerada alta para algunos analistas, toda vez que la sitúan más cercana al 1%). Trump ya ha manifestado su interés en destituir a Jerome Powell, el presidente de la Reserva Federal: no proporciona los datos que le interesan al presidente Trump y, sobre todo, no reduce los tipos de interés.

            La idea del equipo de Trump es que un factor clave que puede revertir esa situación es la industria armamentística. De ahí la obsesión de Trump por comprometer el nivel de gasto de la OTAN al 5%. Pero lo que Estados Unidos exige a la OTAN no se aviene con datos de la propia economía norteamericana: 3,1% en 2023 y 2,7% en 2024, porcentajes sobre PIB en Estados Unidos en gasto en Defensa. Es decir, por debajo del 5%. Datos históricos sobre gasto norteamericano en Defensa contribuyen a situar mejor el tema: en plena guerra del Vietnam Estados Unidos invertía el 8’6%, y entre 1979-1985 ese indicador oscilaba entre el 4,5% y el 5,7%. El argumento de que Estados Unidos ha sido el gendarme de la seguridad europea desde 1945 y que ahora esto se acaba, lo que supone un importante esfuerzo para los presupuestos de los países de la OTAN, debe ponerse, en paralelo, a otro aspecto remarcable: gracias a la extensión de las infraestructuras militares en países europeos, Estados Unidos ha podido consolidar un poder imperial frente a la Unión Soviética, durante el período en el que regía el telón de acero.

            Lo que se está observando sugiere que la estrategia central de Trump es más comercial que no de preocupación por la defensa europea: esto último es el pretexto.

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La economía que puede venir

            La administración Trump ha aprobado una ley que supone reducir de manera drástica las asignaciones presupuestarias al anémico Estado del Bienestar en Estados Unidos. Concretemos con algunos datos: el recorte al Medicaid –que cubre parcialmente servicios sanitarios a los más vulnerables– afectará a unos 12 millones de personas (esto es aplaudido por quienes creen que esa población es ilegal, “vagos que parasitan el sistema”); reducción fiscal con impacto sobre todo en las rentas altas; incremento del gasto militar (150 mil millones de dólares); aumento de las partidas para el Servicio de Inmigración (45 mil millones de dólares, y 46 mil millones para construir el muro que ya inició Trump en su anterior mandato); eliminación de incentivos fiscales a la energía verde, junto a impuestos a parques solares y eólicos. El previsible resultado es un aumento del déficit público y de la deuda pública: más de 3 billones de dólares extras, a sumar a su ya acrecentado volumen. En síntesis: recortes fundamentales en servicios sociales y en impuestos a los más ricos de la población.

            Esta es la economía que quiere asentarse en otros países, amparada por una corriente mediática que la enaltece. Lo estamos viendo en España, con las escasas propuestas que surgen del espectro ultraconservador. Éstas siguen siendo las mismas, invariables, sin apenas avances: rebajas de impuestos y, últimamente, se han deslizado otras como la posible reducción del salario mínimo, al considerar que su aumento es “indiscriminado”. Si nos atenemos a lo que se está desarrollando en comunidades como Madrid, Andalucía o Murcia, podemos intuir otras posibles medidas: contracción de inversiones sanitarias y educativas, en beneficio del sector privado. El PP no está dando a conocer su programa nacional en economía. Seguro que existe, pero se desconoce, más allá de hipótesis en función de datos reales, como los que despliegan sus marcas en las comunidades autónomas, en las que la participación de Vox no es menor. No hay más indicios, porque el PP no quiere discutir sobre economía.

            Vox ha sido más explícito, y ha dado a conocer líneas esenciales de su programa económico. Aquí las coincidencias con lo dicho anteriormente sobre el PP son totales (ver, en tal sentido, la aportación de Javier Barriuso: @BarriPdmx). Medidas similares: rebaja fiscal con coste estimado en 64 mil millones de €, que se piensa compensar con recortes de gasto público, es decir, sanidad y educación. Temor a la inmigración: se dice que cuesta 30 mil millones €/año y pone en peligro las pensiones, cuando recientes aportaciones del Banco de España (Seminario en la UIMP, Santander, 4-5 julio 2025; y Funcas. En ambos casos, también informes trimestrales) señalan que la inmigración explica el crecimiento del PIB y que contribuye más de lo que recibe. Salir del Pacto Verde es otra de las propuestas: negacionismo del cambio climático, a pesar de las evidencias; mayor gasto en combustibles fósiles. Corolario esperado: más déficit e incremento de la deuda.

            Este panorama se puede instalar, aupado por el enorme flujo ultraconservador. Damnificados: clase media y trabajadores más vulnerables.

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El aquelarre capitalista

            Ramón Tamames, impertérrito, lanzaba elogios al imperio español y a Hernán Cortés, y, emulando a una soflama marxista, gritaba “¡Hispanos del mundo, uníos!”. Un varón de 22 años defendía la supresión de los impuestos. Otro, la des-dotación de recursos a la sanidad. Algunos otros abogaban por la reducción mínima del Estado. Todo para el mercado. Todo esto, y más, en un foro económico en Madrid en el que el cartel de ponentes centrales eran Esperanza Aguirre, Javier Milei, Iker Jiménez y Albert Rivera. Lo mejor de cada casa. Y con el prontuario de Hayek bajo el brazo: frases grandilocuentes, como las que se recogen en el Camino de servidumbre del austríaco, un libro publicado en 1944 como respuesta a la Teoría General de Keynes. Pero con un contenido vacío, solo especificado en eso que ya forma parte de la base programática de todas las derechas, independientemente de dónde sean: menos impuestos, menos servicios públicos, menos Estado en definitiva.

            Estamos ante una nueva etapa económica, que descansa en una radicalización de los preceptos económicos a aplicar. Una fase en la que trata de avanzar una autocracia que se opone a los sistemas democráticos: el dictador, el tirano, como exponente y guía a seguir. Sin cortapisas burocráticas, sin controles de organismos, sin rendición de cuentas. Y con la apropiación de un lenguaje que proviene, en muchos casos, de lo que podríamos denominar “vieja izquierda”, con la pátina de un neo-populismo: la invocación al “pueblo”, y las promesas de solventar los problemas difíciles con soluciones expeditivas y relativamente sencillas. Solo se trataría de la voluntad y de una capacidad única, sin barreras, para actuar.

Esto, en parte, permite entender que zonas vulnerables y con mayoría de clase trabajadora, hayan votado opciones de ultraderecha –Francia, Italia, Portugal, España– o se haya aupado a Trump a la Casa Blanca. Un caldo populista que rompe con las dinámicas de clases sociales, y que enfatiza un nacionalismo exacerbado y excluyente: el enemigo es el inmigrante, que ocupa empleos, consume servicios sanitarios, sociales y educativos e impone su cultura. La porosidad social está servida, de manera transversal: se compra ese relato sencillo que contribuye a explicar las dificultades existentes –desindustrialización, precariedad, acceso a la vivienda, etc.–.

Esta versión del capitalismo, sin embargo, permite ver el rostro de estos magnates, sin grandes velos de separación: multimillonarios que promueven esa reducción de los servicios públicos, que alientan la contracción del Estado, que promueven la desfiguración de la teoría del esfuerzo vinculada a un darwinismo económico y social. Con contradicciones flagrantes: muchos de esos próceres esperan los contratos que las administraciones pueden proporcionarles. Y reclaman la presencia de los gobiernos cuando pintan bastos en los mercados: esos que deben funcionar sin intromisiones, mientras todo vaya como una seda para sus empresas. Entonces, ayudas y subvenciones son bien vistas. Se debería exigir, entonces, que retornasen lo recibido, siguiendo sus mismas doctrinas: el funcionamiento de la oferta y la demanda.

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La rima de la Historia o algún paralelismo de la España de 1931 y 2025 (trabajo firmado con Jorge Fabra Utray)

República asediada

            Pedro Sainz Rodríguez, que fue el primer ministro de Educación al inicio de la dictadura de Franco, publicó en 1978 un libro (Testimonios y recuerdos, Planeta, Barcelona), en el que expresa los, según él, intensos agravios que suponían las políticas de la Segunda República española, toda vez que “se obligaba a los terratenientes a roturar y cultivar sus tierras baldías, se protegía al trabajador de la agricultura tanto como al de la industria, se creaban escuelas laicas, se introducía el divorcio, se secularizaban los cementerios y pasaban los hospitales a depender directamente del Estado”. Sin duda, de ahí a tomar el Palacio de Invierno hay un paso.

Puede verse que frente al tópico de que España se hallaba ante una posible revolución, lo que se estaba planteando era otra cosa más inteligible. Del historiador económico Josep Fontana se acaba de publicar un libro póstumo, que recoge sus clases de doctorado impartidas en la Universitat Pompeu Fabra, sobre la República española, en el que, con una ingente actualización bibliográfica y una gran cantidad de documentación de primera mano, alumbra en casi seiscientas páginas el desarrollo de un proyecto que fue bombardeado desde el primer momento por las fuerzas reaccionarias (Josep Fontana, La República, Universitat Pompeu Fabra, Barcelona 2025). Estamos ante una de las investigaciones más serias y rigurosas sobre el tema, tanto por su bagaje documental y archivístico, como por la bibliografía manejada. En este estudio se indica el propósito central de la República: la adopción de un régimen democrático que iniciara cambios y avances ya observados en otras naciones, con una clara radicalidad en su sentido etimológico. Ésta era, precisamente, incidir en la raíz de los problemas que arrastraba la sociedad y la economía española (analfabetismo, escasez de medidas sanitarias, dejadez por la cultura, problemas agrarios e industriales en donde el papel de los lobbies empresariales era intenso).

            Y es que en 1931, con la proclamación de la Segunda República, las derechas iniciaron un agrio y violento proceso de descalificación hacia el nuevo régimen, surgido a raíz de unas elecciones municipales. “Gobierno ilegítimo”, “amenaza catalanista”, “régimen comunista”, “bolchevismo”, constituían algunos de los epítetos recurrentes que buscaban, desde los primeros días, desestabilizar al gobierno. En paralelo, se activaban otras herramientas, como el ruido de sables en las salas de banderas, con conexiones históricamente demostradas con empresarios y financieros. La Iglesia bendecía todo esto, aportando la pátina de una espiritualidad con claros intereses: el temor a perder prebendas jugosas, como el control de la educación, entre otras.

            La tesis de la instauración de un gobierno ilegítimo que, en su fuero interno, perseguía la revolución comunista –en una etapa en la que el partido comunista era una formación con escasa representación– seducía a las capas sociales más poderosas: la visión falangista y filo-fascista conformaba el complejo ideológico, con referentes en la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini. Un entramado dispar que, ya desde los comienzos del gobierno republicano, azuzó la llamada a los generales africanistas para que dieran un golpe de Estado. Pero hasta su culmen, toda una estrategia golpista se expandió sin reparos: propagación de mentiras, boicots reiterados a la acción gubernamental –sobre todo entre 1931 y 1933–, exageración máxima de los supuestos peligros que acarreaban los avances que estaban cuajando –entre otros: la creación de plazas para siete mil maestros, la construcción de diecisiete mil escuelas, el desempeño de las misiones pedagógicas, y las tímidas propuestas de una reforma agraria nunca llevada a término en su totalidad, etc.–.

Una estrategia que se repite

            Vayamos a la actualidad, sin olvidar lo expuesto. En 2018, tras una moción de censura, se articuló un gobierno progresista. Éste era inmediatamente calificado como “gobierno ilegítimo”, “socialcomunista”, “bolivariano”, con un diseño de comunicación que enarbolaba, sin tapujos, un procedimiento profundo de desgaste, de desestabilización del nuevo Ejecutivo. En tal contexto, a las dificultades objetivas como la irrupción de una pandemia, la erupción de un volcán, encarar las consecuencias de los acontecimientos en Cataluña, el estallido de una guerra en Europa, el repunte de la inflación, la letalidad de una riada descomunal en Valencia, un apagón generalizado, entre otros desafíos acaecidos en un margen temporal breve, se respondió desde el gobierno con más inversiones, ayudas, subvenciones, apoyos fiscales y de preservación de puestos de trabajo y normativas tendentes a restablecer puentes de diálogo e ir a una desinflamación, por ejemplo, de lo que estaba acaeciendo en Cataluña. La respuesta de las derechas en todos esos retos, algunos muy inesperados y que constituían problemas de Estado, fue la negación de cualquier soporte en situaciones extremas –el caso de la pandemia es ilustrativo al respecto–. Negativas plagadas de contra-informaciones auspiciadas sobre mentiras, exageraciones, tergiversaciones y deshumanización de cargos públicos. Algo muy parecido –aunque la rima sea, como es natural, imperfecta– a lo observado décadas antes, durante la República.

            La hoja de ruta de las derechas tiene todos los ingredientes de un manual golpista (que, recordémoslo igualmente, se practicó durante el gobierno de Salvador Allende, en Chile, entre 1970 y 1973), aunque existen discrepancias –puede que con argumentos razonables– en cuanto a que esa calificación de golpismo pueda ser exagerada en la España de 2025. Pero los datos factuales no son inéditos: históricamente, los hemos visto en otras etapas del pasado. Idéntica jerga, igual connivencia entre los sectores más poderosos de la sociedad y de la economía, radicalización de los mensajes verbales queriendo presentar un estado caótico y casi comatoso del gobierno, acusaciones generalizadas de corrupción, etc.

            Las coordenadas básicas alternativas de este portafolio del desequilibrio no se sustentan, sin embargo, sobre un proyecto concreto de gobierno: el único es desbancar como sea al existente, al que se considera, recordémoslo de nuevo, ilegítimo. No hay un programa básico, de cierto rigor, en economía, un terreno en el que no se va más allá de la prédica de bajar impuestos a los ricos y reducir el gasto público, junto a una tendencia evidente a privatizar servicios esenciales, como la sanidad y la educación. Se trata de batir los resortes básicos del Estado del Bienestar, esa pretensión que el otrora ministro franquista Sainz Rodríguez consideraba que era excesiva en sus formulaciones incipientes durante, esencialmente, el primer bienio republicano. Y por ello se justificaba la voladura del gobierno existente.

            En efecto, quizás definir como “golpista” la situación actual sea una licencia excesiva, toda vez que no hay tanques ni infantería transitando por calles y campos, como sí los hubo en la España de 1936 o en el Chile de 1973. Pero la munición utilizada es ahora más porosa, más permeable, amparada en muchas ocasiones en el anonimato, en la mentira, en la manipulación más directa y efectiva: redes sociales, pseudo-medios de comunicación y, digámoslo claro, también medios de comunicación concretos reconocidos en el mercado. 

Datos…y conclusión

            Frente a declaraciones de una tendenciosidad anti-histórica por parte de dirigentes conservadores en relación a la República, la guerra civil y la situación socioeconómica actual –indicándose, por ejemplo, que es mejor un régimen dictatorial que uno democrático, por muchas críticas que éste genere–, los científicos sociales (historiadores, economistas, sociólogos, politólogos) debemos aportar variables contrastadas que ilustren sobre el desarrollo de los gobiernos a los que se cuestiona, sin prueba alguna, su legitimidad inicial. Ello no exime de realizar comentarios críticos hacia esos gobiernos, siempre con el rigor de los datos y la solidez de los argumentos; es decir, sin mentiras, bulos ni manipulaciones.

            La República vivió una coyuntura internacional convulsa, con la crisis de 1929 como telón de fondo y el ascenso del nazismo y del fascismo en Europa. Para España, y centrándonos en el terreno económico, este contexto supuso una disminución de las exportaciones de hierro, vino, aceite y cítricos (con caídas a la mitad entre 1929 y 1935). La devaluación de la peseta, sin embargo, atenuó esa caída exportadora y dificultó las importaciones, lo cual ayudó a que el desequilibrio de la balanza comercial no fuera tan relevante. Se produjo, además, una reducción de las inversiones extranjeras e interiores (la inversión privada cayó a la mitad entre 1930 y 1932). Esto permite explicar la pérdida de producción de las industrias básicas, productoras de bienes de capital como la siderurgia. Esta situación se aviene con lo que estaba sucediendo en el mundo, a causa del crac de 1929. Ahora bien, dos indicadores en España funcionan en sentido contrario a lo que estaba acaeciendo a nivel internacional: la estabilidad de los precios (es decir, sin deflación, como sí sucedía en Estados Unidos y en buena parte de Europa, con caídas de los precios del orden del 25%), y el mantenimiento de la producción industrial global (incremento en la fabricación de bienes de consumo). Y un ligero pero claro aumento de la renta nacional, que se contrasta con el incremento del paro que, no obstante, tiene dimensiones inferiores a lo que se estaba observando tanto en Estados Unidos (con una tasa cercana al 30%) o Alemania (33%) (véase un panorama de conjunto en Pablo Martín Aceña, Ed., Pasado y presente. De la Gran Depresión del siglo XX a la Gran Recesión del siglo XXI, Fundación BBVA, Madrid, 2011).

            ¿Cómo explicar esta aparente paradoja? Fontana señala que un elemento central es que la nueva situación con la República implicó una mejora en la redistribución de la riqueza, como consecuencia del aumento de los salarios que hizo posible un nuevo clima social que facilitaba la actuación de los sindicatos. Esto aumentó la demanda de bienes de consumo y permitió mejorar la producción industrial de un importante conglomerado de empresas. Ahora bien, esta explicación se debe acompañar de otra: los aumentos salariales, las amenazas a la propiedad que implicaba una reforma agraria muy limitada (a tenor de las investigaciones más recientes sobre el tema; por ejemplo: Ricardo Robledo, Ed., Sombras del progreso. Las huellas de la historia agraria, Crítica, Barcelona), el miedo a una escalada revolucionaria –que cesó en 1933–, frenaron posibilidades de una transformación económica protagonizada por el sector privado, y le prepararon para enfrentarse a la República en 1936.

            Regresemos a la actualidad. Los datos disponibles subrayan un avance incuestionable de la economía española, con tasas de crecimiento que cuadriplican las de la media de la Unión Europea, una potente generación de empleo –en la que ha resultado clave la población inmigrante–, incrementos en el salario mínimo y en las pensiones, inflación en la senda marcada por el Banco Central Europeo y fuerte desempeño de las exportaciones turísticas y de servicios no turísticos, denotando en este último caso un grado nada desdeñable de diversificación económica. La otra cara de la moneda: enormes dificultades en el acceso a la vivienda, transiciones en el campo de la energía, desigualdad y pobreza –con énfasis en la población infantil– y necesidad de una mayor profundización de las columnas esenciales del Estado del Bienestar. El contexto en el que se opera es de gran incertidumbre: política arancelaria de Estados Unidos, ralentización económica en Alemania y Francia, impactos de la guerra europea, avance de las opciones políticas de ultraderecha con evidentes sellos anti-europeístas. Y, como decíamos antes, con un agit-prop tendente a dibujar todo como entrópico, en estado casi terminal. Podríamos extendernos más en estos temas de economía española; pero ya hemos publicado otras entregas más detalladas sobre la cuestión.

            Lo que interesa resaltar, en definitiva, es:

  • Los ascensos al poder de opciones de izquierda han generado siempre, desde 1931, movimientos de desestabilización por parte del cosmos de las derechas: sucedió durante la República, con la llegada al gobierno de los socialistas en 1982, 2004 y, ahora 2018, con un ejecutivo progresista. De los tanques y las palabras flamígeras y falsas, a los argumentos distópicos sustentados en mentiras, tergiversaciones y bulos. El objetivo: hacer caer al gobierno de izquierdas por una vía que no es la electoral ni la parlamentaria.
  • Esta estrategia sobre-inflama cualquier acontecimiento –sea éste grande o más modesto– con la idea central de maximizar negativamente las consecuencias. Las descalificaciones personales, los insultos, las manipulaciones y la deshumanización de individuos concretos, constituyen factores reiterados en diferentes períodos históricos.
  • La República, en sus orígenes –otra cosa fue a raíz del estallido de la guerra–, no tenía como objetivo hacer una revolución social en el sentido que le estaban dando las derechas, los empresarios y la Iglesia. De hecho, la presencia de socialistas, comunistas y anarquistas en los gobiernos republicanos fue testimonial, y solo más acentuada a partir de 1936. La pretensión de la República era otra. En una coyuntura de renuncia de gobiernos democráticos europeos, España suponía una esperanza para todos los que entendían la amenaza que suponía el nazismo y el fascismo, y del riesgo que infería la tolerancia inconsciente de políticos que parecían minimizar la convivencia con dictaduras fascistas; y, conscientemente, bloqueaban e igualmente minimizaban las relaciones con un régimen radicalmente reformista, poco revolucionario como el de España. Este es el tópico a deshacer. “Es a nosotros a quienes defendemos cuando defendemos Madrid” (citado en el libro de Fontana) escribía Cecil Day Lewis, también conocido como Nicholas Blake, poeta británico que militó en las Brigadas Internacionales. La defensa de la democracia frente a la dictadura.
  • Las hipérboles que estamos viendo hoy en día desde voceros de las derechas coinciden con lo que sabemos de esa fase de la historia contemporánea de España: la República, segada por la intransigencia, la incultura, la violencia y la pretensión de mantener el estado de postración, miseria y analfabetismo al conjunto de la población.

            Es importante que sepamos que la Historia, en mayúsculas, no se repite; pero tiene rimas que no siempre son consonantes, aunque los parecidos y semblanzas pueden ser claramente observables. La experiencia de la República tiene otra lectura, más política, para las izquierdas de la España actual: la desunión perjudica al conjunto progresista, afianza el paso de las derechas, lamina nuevas posibilidades de cambio, de transformación. En tal sentido, el gran historiador Eric Hobsbawm decía que “la izquierda tiene el hábito de pelear más consigo misma que contra el enemigo”. Las izquierdas no pueden dividirse de forma irremediable por ideas, como también señaló en su momento el escritor Eduardo Galeano. Tener la razón antes que tener el poder es una vía que puede proporcionar una cierta –y falsa– tranquilidad de conciencia. Cambiar las cosas no es sencillo: requiere tiempo, esfuerzo, resolución de discrepancias, de enfados, de distanciamientos incluso. Pero se debe tener claro cuál es la alternativa, lo que se puede tener delante (lo que se tuvo en los años treinta en España, con consecuencias letales durante décadas) si se eluden los procesos de convivencia con las diferencias internas.

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¡Muera la inteligencia!

            Una frase parecida a la del título de este artículo la espetó un general golpista durante la guerra civil española. “Venceréis, pero no convenceréis”, proclamaba Miguel de Unamuno como rector de la Universidad de Salamanca ante la inmundicia de una ignorancia elogiada y aplaudida. La inteligencia, el conocimiento, la enseñanza, la investigación, han sido objeto de persecución por parte de las opciones ultraconservadoras. Sucedió en la Alemania nazi, con la persecución implacable a eminentes físicos, incluyendo premios Nobel, por su ascendencia judía, aunque sus investigaciones estaban avanzando en los campos de la física cuántica y de la relatividad. Sucedió en la España franquista, con la soflama de “que inventen ellos”, y el desprecio a la intelectualidad vista como colectivo capaz de disentir, de criticar, de divulgar. Y está pasando ahora en Estados Unidos, tras la declaración de inicio del vicepresidente Vance, con una sentencia tremenda: “los enemigos son los profesores”. Estas posiciones se han radicalizado en la considerada como primera potencia del mundo: los ataques a las grandes universidades estadounidenses, referentes en todos los campos de la ciencia, están demostrando la bajeza de la administración Trump, espoleada por la estupidez del presidente: negacionismo del cambio climático y de las vacunas, sendas muestras de supino analfabetismo.

            Harvard, Columbia, Yale, Princeton, Cornell, entre otras del Ivy League, el grupo de ocho universidades que se consideran las mejores del mundo (junto a las británicas Cambridge y Oxford), se encuentran amenazadas por el gobierno norteamericano, acusadas de fomentar el anti-sionismo e, incluso, de estar influenciadas por el partido comunista chino. Esto, que parece una noticia de un programa de humor negro, es real. La retirada de fondos a esas universidades va a tener consecuencias letales sobre el desarrollo de la investigación básica y aplicada en Estados Unidos, con enorme influencia en el resto del entramado académico del mundo. Áreas afectadas que van desde la investigación médica, la inteligencia artificial, los avances de la física y de la química, el desarrollo de la biología o de la economía, constituyen, entre otros, ámbitos del conocimiento profundo que hacen avanzar la ciencia en su conjunto. Y, por extensión, impacta sobre el bienestar de la población.

            Para Estados Unidos la factura será elevada, a sumar a la generada por la extravagancia de los aranceles. Mientras tanto, China va a dominar en apenas un lustro campos como la robótica, la industria aeronáutica, la del automóvil, la farmacéutica, la producción de maquinaria de todo tipo, la investigación básica en la mayor parte de las áreas, gracias a su apuesta inversora. Y, ahora mismo, está lanzando suculentas ofertas a los científicos de las universidades estadounidenses. Sucedió en la Alemania de Hitler: entonces, era Estados Unidos quien fichaba a ingenieros, físicos, matemáticos, de origen germánico. Ahora, Trump entierra la ciencia en sus coordenadas anti-woke. Una estupidez sin límites. El intelectual, el profesor, el investigador, visto como enemigo. Un retraso sideral.

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Economía, lenguaje y votos

            Michael Sandel y Thomas Piketty acaban de publicar un libro altamente recomendable (Igualdad, Debate, Madrid 2025). Un diálogo profundo entre un filósofo eminente de Harvard, cuyas clases on line son un éxito de asistencia; y un historiador económico y social (así se autodefine el economista Piketty), con un sólido bagaje de investigación sobre la desigualdad. En ese encuentro didáctico, una pregunta se plantea de manera subliminal durante la conversación: ¿por qué la clase trabajadora vota a las opciones de ultraderecha? Los ejemplos son abundantes, en buena parte en Europa –desde Alemania hasta Portugal, pasando por Francia, entre otras naciones–, sin descuidar la situación en España. En paralelo, las formaciones socialdemócratas han ido perdiendo apoyos electorales desde la década de 1980.

            Cabe decir que las casuísticas de cada país son particulares. Las posiciones ultras se presentan como solucionadoras de un llamemos “olvido”, así considerado por los votantes en relación con las fuerzas de izquierdas. Prometer resultados rápidos y sencillos a problemas complicados, y hacerlo con hábiles estrategias comunicativas, constituye la guía de trabajo de las formaciones ultraconservadoras. Con éxito. Esas premisas, además, han ido fagocitando los idearios de las derechas convencionales, hasta el punto de que a veces son indistinguibles de sus correligionarios extremistas. En Estados Unidos, prometer la reindustrialización en los estados del “cinturón del óxido”, con fábricas de automóviles desvencijadas, constituyó una punta de lanza muy resolutiva para Trump. Armar los aranceles ha sido un frontispicio sobre el que edificar toda una estrategia económica que, sin embargo, es errónea, si atendemos a los datos macroeconómicos disponibles sobre la economía estadounidense y su retroceso en el PIB. Pero el relato funciona a nivel de esa franja de la geografía desindustrializada: la búsqueda del paraíso industrial perdido.

            ¿Qué ha podido fallar para que un importante contingente de personas de clase trabajadora apoye unas tendencias ideológicas que tienen agendas ocultas y ejemplos muy negativos, o que, en el caso de Estados Unidos, se expliciten con toda crudeza antes de los comicios pero, no obstante, tengan seguidores? Sandel y Piketty tratan de aportar respuestas. Un primer elemento a considerar es este: la pérdida de lo que podríamos denominar lenguaje “de clase”, adoptado desde la Tercera Vía –Blair, Clinton, Schroeder, bajo la batuta teórica de Anthony Giddens– ha supuesto desconexiones llamativas entre las izquierdas y una parte significativa de la población. La adopción, por parte de la socialdemocracia europea y del Partido Demócrata en Estados Unidos, de bases programáticas del neoliberalismo con principios de austeridad expansiva, conforman hechos concretos que no difieren de las opciones originales. Aquí, las políticas aplicadas a raíz de la Gran Recesión rubricaron esa deriva: reducción del gasto público, obsesión por el equilibrio presupuestario –al margen de cualquier coyuntura económica–, enaltecimiento acrítico de un mercado que se presume de competencia perfecta, etc. Los indicadores económicos y sociales son demoledores, muy negativos, tras la aplicación de esas recetas. Las estadísticas al respecto son contundentes, y pueden consultarse en bases de datos de toda fiabilidad y solvencia (Eurostat, FMI, entre otras).

            Aunque estemos en sociedades tercerizadas, con menos clase obrera tradicional adscrita a la industria, la existencia de amplias capas de trabajadores inscritos en servicios muy heterogéneos –y que buena parte sufren de salarios limitados, poco acceso a la vivienda y condiciones de vida paupérrimas en ocasiones– impone la consecución de una narrativa directa, inteligible, concreta, que vaya más allá de una retórica con poco contenido. Porque, sean trabajadores de servicios u obreros industriales, la explotación está bien presente: horas que no se pagan, jornadas largas y duras, condiciones de trabajo difíciles. Sandel explica esto en otro libro de referencia (La tiranía del mérito, Debate, Madrid 2020). La tesis meritocrática conduce a una pérdida de conexión con los segmentos más populares y vulnerables, con la emisión de mensajes equívocos: “ustedes son pobres –se indica desde muchos ámbitos políticos y sociológicos– porque se esfuerzan poco, mientras aquellos que tienen formación superior avanzan porque se han consagrado mucho más al trabajo”. La idea es de un simplismo aberrante, desprovista de los contextos socioeconómicos y familiares (en definitiva, de los orígenes de clase de las personas), y se divulga en redes sociales con dirección preminente a los jóvenes. Pero no únicamente a ellos. De hecho, la inter-relación entre esa idea y el desprecio a los intelectuales y profesores fue expuesta por el equipo de Trump, conocedor de que las élites urbanas de Estados Unidos –con mayor formación– se decantaban por el Partido Demócrata. Pero esa estrategia de cuidar a los amplios sectores de los trabajadores manuales y de servicios estaba operando en un terreno que había sido abandonado por los líderes demócratas –y también por la socialdemocracia–, y que ahora trata de recuperar con enorme esfuerzo Bernie Sanders y Alexandra Ocasio-Cortez para Estados Unidos.

            Tal planteamiento, muy sencillo en su formulación (“la culpa de lo que os pasa la tienen los representantes de unas izquierdas que no se han preocupado de vosotros”) se ha explotado en Francia, Alemania, Italia, Gran Bretaña, Portugal, por parte de los émulos trumpistas de extrema derecha. Con los resultados que ya conocemos, que prefiguran lo que algunos han denominado cambio de ciclo en la Unión Europea.

            Pero, además, un segundo elemento debe invocarse: la inversión pública que, en la Europa comunitaria, por ejemplo, se relajó antes de la eclosión de la pandemia, con gobiernos impregnados de aquellos principios de la economía neoliberal. Principios que fueron transgredidos coyunturalmente a raíz de la explosión vírica, al activarse los programas del Next Generation. Pero que algunos países –los llamados “frugales”, una denominación poco afortunada– han tratado de revertir al advertirse tenues signos de recuperación. De nuevo, reaparece la ortodoxia neoclásica. Y esta preconiza y avala, una vez más, los recortes presupuestarios en campos determinantes que atañen los servicios sociales, la sanidad y la educación; pero no el gasto de defensa. Esto es lo que, desde los años 1980 y en las fases de mayor profundización de los preceptos neoliberales que hemos descrito, ha impactado con fuerza sobre una amplia población que se ha sentido abandonada tras falsas promesas de mantenimiento y potenciación de los resortes del Estado del Bienestar. Lenguaje y acción: un díptico que no debería desdeñarse. No queremos decir que sea un diagnóstico totalmente certero; pero tal vez contribuya a entender algo de lo que está pasando.

            En tal sentido, es ilustrativo que Mark Carney –que no es un izquierdista, sorpresivamente ganador de las elecciones en Canadá, haya entendido con claridad todo esto, planteando, entre otras vías, una esencial: el despliegue de la inversión pública, cualificada como “de calidad”. En un reciente trabajo de Mario Draghi (“Europe has a new economic orthodoxy”, un importante texto que se sintetizó en el Financial Times, on.ft.com/45slEoO) se persevera en esa trayectoria, que ya se expuso en un texto anterior por parte del italiano, en el que señalaba la necesidad de realizar en la Unión Europea inversiones plurianuales del orden de ochocientos mil millones de euros, para atajar los desequilibrios tecnológicos con Estados Unidos y China, y encarar las consecuencias del cambio climático y la transición energética. En paralelo, a voces que predican un retorno a la austeridad, o que defienden una versión anarcocapitalista –del estilo de Milei en Argentina: tenemos en España defensores a ultranza de esto tanto en el PP como en Vox– desarmadora de la economía pública y proclive a mayores privatizaciones, existen otras posiciones autorizadas, que provienen de una economía liberal democrática, que están remarcando algo fundamental: la herramienta esencial de la inversión pública.

            Recuperación de un lenguaje que comunique proximidad a los sectores más vulnerables, desfavorecidos o con graves problemas laborales y sociales; apartarse de la visión que culpabiliza a esas capas demográficas y que las enfrenta a unas élites bien estantes; e invocar programas creíbles, efectivos, concretos, de inversiones y asignaciones de recursos específicos que beneficien a esos segmentos poblacionales, pueden constituir sendas columnas que se opongan frontalmente a los mensajes de las derechas. Estas han sabido adoptar el lenguaje, y se han presentado en las áreas más deprimidas de las ciudades con conceptos que recuerdan poderosamente a las izquierdas, captando la atención y seduciendo con promesas de resolución fácil a problemas de enorme complejidad. La socialdemocracia debe desprenderse de los resabios de la doctrina neoliberal que la intoxicó. Porque repensar la economía, entendida en clave de buena administración en el sentido aristotélico, no debe arrinconar nunca a quienes pueden quedar atrás: a ese cuerpo sociológico que debería tener argumentos y pruebas para volver a confiar en quienes, desde formaciones de gobiernos progresistas, han implementado los cambios sociales, los avances culturales, los positivos desempeños económicos.

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Gaza en el corazón, en el sentimiento, en la conciencia

            Con una frivolidad obscena, desde la administración estadounidense se planteó el futuro de Gaza como un gran espacio turístico. Un área objeto de negocio económico inmobiliario. El tema, conocido y que ha generado ríos de tinta, no debe olvidarse. Como tampoco se debe hacer con lo que está aconteciendo en Gaza, al margen de esa estrafalaria ocurrencia: día sí y otro también, las pretensiones del gobierno de Israel es hacerse con la Franja y expulsar de su territorio a los gazatíes, condenados a vagar sin rumbo alguno. Perseguidos, bombardeados, una población inerme está sufriendo un genocidio, un verdadero holocausto en el que las declaraciones de algunos supervivientes señalan que prefieren morir por la acción de un misil o un bombardeo antes que por hambre. Porque se está muriendo de hambre, literalmente, en Gaza, tras el reiterado bloqueo del ejército hebreo. Esto está sucediendo a poca distancia de los paraísos turísticos del Mediterráneo, donde nos abstraemos con conflictos menos dramáticos, como los aranceles o los grandes indicadores macroeconómicos.

            Cuando se aborda este tema, uno tiene que empezar condenando el criminal atentado de Hamás. Y así lo hacemos. Pero, dicho esto, la desproporción de la respuesta es tremenda: en Gaza, 17.000 niños muertos y decenas de miles de hombres y mujeres masacrados y obligados a desplazarse a zonas pretendidamente seguras que, en poco tiempo, se atacan por las bombas israelíes: escuelas, hospitales, centros de acogida. Todo deviene en objetivo militar, aunque la excusa de que ahí se esconden dirigentes de Hamás sea un pretexto inaceptable para asesinar a una población desprotegida, recordándonos episodios de otros momentos: los bombardeos nazis sobre Londres, o sobre Guernika.

            Sorprende que un pueblo que se ha visto perseguido, acosado, encerrado, asesinado, torturado, gaseado, como el judío, pueda justificar lo que está haciendo ahora mismo con la población de la Franja de Gaza, con esa idea de conquistar “espacios vitales”, un concepto que nos recuerda poderosamente el que utilizó en su momento Hitler.

            Acordarse de Gaza y denunciar su destrucción, porque hacerlo demuestra que, todavía, resta algo de humanidad en nuestras adormecidas conciencias.

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Entrevista en el programa «Todo empezó ayer» de la Asociación Española de Historia Económica, sobre mi libro Economía en crisis. Aprendiendo de la historia económica

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