Economía mundial y española: apuntes en tiempos de plomo

            Los acontecimientos graves por los que atraviesa la economía mundial, que afectan también a la española, aconsejan unas consideraciones que, por su naturaleza muy oscilante, trataremos de plantear desde sus factores más estructurales, sin descuidar los datos disponibles de carácter más coyuntural. El ejercicio no es fácil, por la gran volatilidad de la economía en este contexto. Dos son los bloques. El primero, el contexto que se ha abierto tras las medidas arancelarias de la administración norteamericana. El segundo, la posición de la economía española, con datos recientes de 2024 y 2025, ante esta compleja situación.

1. El tsunami de Trump

            Caídas de las bolsas mundiales, con la de Estados Unidos a la cabeza, situándose en índices de la pandemia. Las pérdidas en Wall Street se enfilan a más de 6 billones de dólares. En su conjunto, –10%, con derrumbes llamativos en los índices Nasdaq (–5,8%), Dow Jones (–5,5%), S&P 500 (–5,98%). Desplome de acciones de empresas emblemáticas (General Electric, –6%; Ford, –5,9%; General Motors, –4,2%; Apple, –9,2%; Microsoft, –2,3%) junto a instituciones bancarias (Bank of America, –11%; Goldman Sachs, –9,2%). Las grandes empresas tecnológicas (las denominadas Siete Magníficas: Apple, Amazon, Alphabet, Microsoft, Nvidia, Meta, Tesla) restan más de 980 mil millones de dólares de valor de mercado. Una auténtica sangría. En paralelo, desmoronamiento de las bolsas europeas y asiáticas, que arrojan descalabros del –5% en general. Los datos se corresponden al día siguiente del anuncio de Trump. Éste sigue empecinado en condenar a la economía mundial a una recesión sin sentido, con pérdidas para todo el mundo. Y atacando sin tregua a sus otrora aliados. Un reguero de incendios desencadenados hacia el caos.

            Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, ya ha advertido que los aranceles van a tener consecuencias mayores a las esperadas, y que es muy probable una crisis económica en Estados Unidos en los próximos meses, con sus corolarios en la economía planetaria. Una crisis en la que las tensiones inflacionistas pueden aparecer, de manera que el aterrizaje de los precios –que Powell ya daba por hecho– y el mantenimiento del crecimiento económico, se encuentran ahora mismo en entredicho. Se abren fuertes especulaciones sobre posibles bajadas de tipos de interés en un escenario de contracción; pero Powell no descarta mantener los tipos en su estado actual, ante el riesgo claro de inflación. Estaríamos, entonces, en un cuadro de estancamiento y aumento de precios, una estanflación que ya se conoció en la década de 1970. Hipótesis arriesgada, pero no descabellada. Arriesgada y descabellada, porque la inestabilidad es de gran intensidad, y las opciones de Trump y de su administración se van balanceando sin un aparente criterio racional: subidas de aranceles, luego parálisis en su aplicación, después nuevas amenazas efectivas de incrementos, su anulación temporal –con la única excepción de las tarifas a China–, etc. Todo falto de seguridad jurídica, de mínima previsión.

            Trump advierte que los aranceles resituarán a Estados Unidos en una potente senda de crecimiento. Esto no ha sucedido nunca en la historia económica de los últimos 120 años con tal política económica. Los aranceles se desplegaron tras la primera gran crisis del capitalismo, en 1873; y se retomaron con fuerza en la economía de entreguerras. En etapas económicas con unas características que poco tienen que ver con la actual. Todo con resultados negativos derivados de los cierres de las economías y en coyunturas en las que los grados de apertura de las mismas, siendo importantes, no eran tan elevados como los actuales. El inspirador del desaguisado actual, Stephen Miran, ha permeado a Trump una hoja de ruta de elevadísimo riesgo, que denota, además, un conocimiento limitado de la economía internacional, una ignorancia profunda de la historia económica y, sobre todo, el arrinconamiento de los elementos determinantes de la estructura productiva de Estados Unidos. Unos factores conviene subrayar:

  • Los aranceles se han impuesto a partir de datos erróneos, desde una fórmula con variables y resultados muy discutibles. Las cifras de partida ya han sido criticadas por economistas eminentes –Larry Summers, Georg Mankiw, Paul Krugman, entre otros– que no son representativos de corrientes heterodoxas.
  • Reindustrializar un país no se puede ajustar, tan solo, a una política comercial de “arruinar al vecino”, impulsando una política que algunos han definido como “sustitución de importaciones”. En efecto, esta fue una línea de actuación de muchos países en otras coyunturas muy especiales –con graves crisis desencadenadas o en contextos bélicos: recordemos, por ejemplo, casos de economías latinoamericanas entre los años 1930 y 1980, una práctica avalada por la CEPAL en términos teóricos y por el economista Raul Prebisch–.
  • Sustituir importaciones implica varios componentes, desde altos aranceles hasta subsidios a empresas nacionales, fuerte inversión estatal en sectores estratégicos, controles en los precios, tipos de cambio preferenciales y la formación de empresas estatales si las inversiones privadas eran parcas. En Estados Unidos, muchas industrias clave se han deslocalizado tanto en México como en países asiáticos, en sectores como el automovilístico y el tecnológico. La búsqueda de costes laborales unitarios más bajos fue el acicate para los empresarios que estimularon tal planteamiento.
  • Las acciones de la administración Trump y de Elon Musk no van en la línea de dotar a la economía pública de la fortaleza necesaria cuando se busca sustituir importaciones por producción nacional. Al contrario: el desmantelamiento de organismos públicos y la retracción de la inversión federal constituyen el frontispicio que abre una política económica e industrial interior que no va a conducir a la reindustrialización que se defiende. En definitiva: los aranceles no son, en absoluto, la palanca reindustrializadora que Trump dice, y su conformación obedece más a objetivos que se relacionan más directamente con presiones predatorias hacia todo el mundo, incluyendo países que eran considerados como amigos o aliados.
  • Las empresas estadounidenses que operan en el exterior es poco probable que accedan a cambiar esos costes laborales unitarios bajos que ahora tienen, con los aranceles que se van a desarrollar. El coste-beneficio va a ser, presumiblemente, seguir fabricando donde están.
  • Esta desindustrialización de la economía de Estados Unidos no es responsabilidad de los déficits comerciales del país; éstos han facilitado, no debe olvidarse, fuertes entradas de capital y la posibilidad de consolidar la fortaleza económica norteamericana, gracias a la importancia del dólar como moneda refugio. Que, además, cuenta con saldos positivos en su balanza de exportaciones de servicios tecnológicos y digitales hacia, por ejemplo, la Unión Europea (un superávit de 109 mil millones de euros para Estados Unidos en estos renglones): esta es una tangible herramienta de negociación para los europeos. No hay ni estafa ni abuso por parte del mundo hacia Estados Unidos. Lo que ofrece la administración Trump es dinamitar Bretton Woods y todo lo que representa: un multilateralismo en el que Estados Unidos se erigía como potencia central.
  • La financiarización de la economía explica muchos de los problemas de economía productiva que tiene Estados Unidos: la tasa de beneficios en empresas industriales es más baja que en empresas financieras y especulativas, desde sobre todo los años 1980 tras los procesos letales de des-regulación del sistema financiero y la derogación de la ley Glass-Stegall, una normativa decretada por Franklin Delano Roosevelt para paliar las consecuencias de la Gran Depresión, y que ponía coto a los desórdenes inversores y especulativos de una parte sustancial del sistema financiero. Es aquí donde cabe observar con mayor rigor el proceso gradual de desindustrialización: mayores rentabilidades en las finanzas en Wall Street que en apuntalar positivamente la economía industrial del país.
  • Una ecuación más realista se puede delinear: los aranceles van a encarecer las importaciones en Estados Unidos –a parte de lesionar las economías de otros continentes–, lo que va a inferir procesos plausibles de inflación, elevación de los costes del nivel de vida, incertidumbres empresariales, incrementos en la tasa de desempleo y una caída relevante de la demanda agregada por varios motivos centrales: el retroceso de la inversión pública, el despido de decenas de miles de trabajadores públicos, el desmantelamiento de oficinas y organismos importantes, relacionados con el mundo sanitario y con el educativo, junto al temor de la población inmigrante y su previsible retracción de consumo ante la inseguridad. Desmontar la economía pública parece ser un objetivo, para favorecer la entrada agresiva de la economía privada de la mano de los grandes consorcios que han empujado la victoria de Trump.

Los movimientos económicos se dinamizan de manera notable. El más significativo, el más directo, el más doloroso para Estados Unidos, el de China. Los dirigentes asiáticos han permanecido silentes mucho tiempo, a la expectativa. Pero han anunciado responder con aranceles a las importaciones norteamericanas y, esencialmente, la aplicación de severos controles a las exportaciones de tierras raras (gadolinio, disprosio, escandio, lutecio, etc.; China tiene en sus manos el 80% del comercio total de estas producciones) supone un golpe para la industria militar de Estados Unidos (en su producción de misiles, por ejemplo) y, a la par, a las industrias médica y electrónica. Dos vectores, el tecnológico y el militar, en los que la competencia entre Estados Unidos y China es acendrada. Difícil saber si todo esto puede reconsiderar la posición de Trump. Probablemente no. El daño ya está hecho, y su desbordamiento se está haciendo efectivo.

En efecto, los índices disponibles sobre confianza económica (Economic Policy Uncertainty Index, publicado por Blomberg), que engloban el comercio, colocan el indicador en una cota similar a la vivida durante la pandemia. Estados Unidos se lleva la palma en esta evolución, en la que la desconfianza, el miedo, la incertidumbre, presiden el comportamiento de inversores y ciudadanos. Estamos, como ya se ha dicho, ante una enorme volatilidad en los mercados financieros, con fuertes caídas de las bolsas desde el mal llamado “liberation day”. En tal contexto, las empresas tecnológicas son las que más están sufriendo, con caídas del 19% y 17% en Europa y en Estados Unidos, respectivamente. En este último país, todos los sectores –no así en Europa– están conociendo caídas significativas: empresas sanitarias, energéticas, financieras, industriales, inmobiliarias, etc., según datos de Bloomberg para el día 3 de abril. 

El pesimismo es lo que domina, y la euforia que se vislumbró ante el triunfo de Trump se ha alejado por completo, con conatos de disconformidad ante la política económica del mandatario, por parte de empresarios y representantes del Partido Republicano. Esta situación negativa se ha trasladado, a su vez, a los precios energéticos, que de alguna forma avanzan una posible recesión: caídas en los precios del petróleo y del gas. El agravamiento se acrecienta con la actitud del presidente estadounidense incrementando los aranceles a China, con la consiguiente respuesta de Pekín al elevar al 84% los aranceles ante la subida previa a más del 100% de las tarifas por parte de Estados Unidos: asistimos a una parálisis de una parte central del comercio internacional, un freno que puede extenderse a todo el mundo. Desglobalización, con una posibilidad tangible de entrar en recesión auto-inducida –insistimos en ello– por la administración Trump. China, en paralelo, pone a la venta bonos de deuda de Estados Unidos –China detenta una parte nada desdeñable de deuda pública norteamericana–, con el objetivo de devaluar su moneda y contrarrestar así una parte de las consecuencias de los aranceles. He aquí una munición de gran calado, que tiene un peligro latente: generar una crisis financiera relevante.

2. La resistente economía española frente a la tormenta

            En estas coordenadas, la economía española ostenta indicadores positivos. Un cierre de ejercicio 2024 con un crecimiento del 3,2%. La mitad de ese crecimiento, debido al consumo privado. Y éste explicable por el dinamismo del mercado laboral, con la creación de casi 500 mil puestos de trabajo, una disminución de la tasa de paro a poco más del 10%, y un crecimiento demográfico relevante. Expansión de las exportaciones de servicios, con una aportación al PIB de 0,4 puntos por parte del sector exterior. Y sin desequilibrios financieros: mantenimiento de la deuda privada, la que nuclea hogares y empresarios (125% sobre PIB; la media de la zona euro se sitúa en 153%); y de la deuda pública, que alcanza casi el 102% sobre PIB.

            Estos son los fundamentos para el desarrollo económico de 2025, en un entorno caracterizado por la elevada incertidumbre que ya hemos detallado: Trump y sus aranceles. El tsunami. Sin embargo, importantes instituciones económicas –Banco de España, FMI, CaixaBank, Funcas, entre otras– subrayan una posible prospectiva: España seguirá en esa senda robusta de crecimiento. El primer trimestre de 2025 se ha inaugurado con un aumento en la afiliación a la Seguridad Social, a una tasa media del 0,2%. Las horas trabajadas han aumentado (3,5% en términos interanuales), con incrementos de la productividad por ocupado y de la productividad por hora efectiva, con datos del INE y del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Las entidades económicas se han apresado en variar al alza las previsiones de crecimiento para España en 2025 (The Economist, Financial Times).

            Los cálculos que hacen los economistas deben estar presididos por la cautela en un contexto tan problemático como el actual. No obstante, las bases sólidas que antes hemos dibujado facilitan llegar a conclusiones concretas. La previsión del crecimiento económico para España se puede situar entorno al 2,5% –el dato casi cuadriplica el establecido para la media de la UE– toda vez que los impactos de los aranceles sobre nuestra estructura económica pueden suponer un ajuste aproximado de apenas 0,1 puntos porcentuales, por la menor exposición de la economía española a la estadounidense. En paralelo, las inversiones en bienes de equipo en el cuarto trimestre de 2024 crecieron un 7,6%, según datos del Banco de España y del INE. A su vez, se ha detectado un aumento en el ahorro de los hogares (más de un 14%). Este proceso dinámico se incardina, además, en una evolución controlada de los precios. De hecho, las instituciones consultadas prevén una moderación en la inflación: entorno al 2,5% en el curso del presente año, hasta llegar al umbral del 2% en 2026.

            Estas variables, que provienen de fuentes públicas y privadas de toda credibilidad y rigor, colocan la economía española en una posición más sólida en contraste con otras economías de la zona euro. Los avatares internacionales son los que pueden trastocar o matizar los indicadores expuestos. Hay problemas: vivienda, pobreza infantil, desigualdad, aspectos que no pueden enterrarse ante positivas cifras macroeconómicas. Y urgen a fomentar políticas específicas para atajarlos.

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Nerón en la Casa Blanca

            Caídas de las bolsas mundiales, con la de Estados Unidos a la cabeza, situándose en índices de la pandemia. Las pérdidas en Wall Street se enfilan a más de 6 billones de dólares. En su conjunto, –10%, con derrumbes llamativos en los índices Nasdaq (–5,8%), Dow Jones (–5,5%), S&P 500 (–5,98%). Desplome de acciones de empresas emblemáticas (General Electric, –6%; Ford, –5,9%; General Motors, –4,2%; Apple, –9,2%; Microsoft, –2,3%) junto a instituciones bancarias (Bank of America, –11%; Goldman Sachs, –9,2%). Las grandes empresas tecnológicas (las denominadas Siete Magníficas: Apple, Amazon, Alphabet, Microsoft, Nvidia, Meta, Tesla) restan más de 980 mil millones de dólares de valor de mercado. Una auténtica sangría. En paralelo, desmoronamiento de las bolsas europeas y asiáticas, que arrojan descalabros del –5% en general. Mientras hace sonar la lira en el balcón de su residencia, señalando casi de forma edulcorada que todo esto es normal –como una operación quirúrgica a un paciente–, Trump sigue empecinado en condenar a la economía mundial a una recesión sin sentido, con pérdidas para todo el mundo. Y atacando sin tregua a sus otrora aliados. Un reguero de incendios desencadenados hacia el caos.

            Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, ya ha advertido que los aranceles van a tener consecuencias mayores a las esperadas, y que es muy probable una crisis económica en Estados Unidos en los próximos meses, con sus corolarios en la economía planetaria. Una crisis en la que las tensiones inflacionistas pueden aparecer, de manera que el aterrizaje de los precios –que Powell ya daba por hecho– y el mantenimiento del crecimiento económico, se encuentran ahora mismo en entredicho. Se abren fuertes especulaciones sobre posibles bajadas de tipos de interés en un escenario de contracción; pero Powell no descarta mantener los tipos en su estado actual, ante el riesgo claro de inflación. Estaríamos, entonces, en un cuadro de estancamiento y aumento de precios, una estanflación que ya se conoció en la década de 1970. Hipótesis arriesgada, pero no descabellada.

            Mientras las llamas se propagan, el pretendido emperador, con ceño fruncido, advierte que los aranceles resituarán a Estados Unidos en una potente senda de crecimiento. Esto no ha sucedido nunca en la historia económica de los últimos 120 años con tal política económica. Los aranceles se desplegaron tras la primera gran crisis del capitalismo, en 1873; y se retomaron con fuerza en la economía de entreguerras. En etapas económicas con unas características que poco tienen que ver con la actual. Todo con resultados negativos derivados de los cierres de las economías y en coyunturas en las que los grados de apertura de las economías, siendo importantes, no eran tan elevados como los actuales. El inspirador del desaguisado actual, Stephen Miran, ha permeado a Trump una hoja de ruta de elevadísimo riesgo, que denota, además, un conocimiento limitado de la economía internacional, una ignorancia profunda de la historia económica y, sobre todo, el arrinconamiento de los elementos determinantes de la estructura productiva de Estados Unidos. Unos factores conviene subrayar:

  • Los aranceles se han impuesto a partir de datos erróneos, desde una fórmula con variables y resultados que exigirían el suspenso de un estudiante de primero de Economía. Las cifras de partida ya son un nuevo mantra mentiroso de Trump, uno más, y ha sido criticado por economistas eminentes –Larry Summers, Georg Mankiw, Paul Krugman, entre otros– que no son representativos de corrientes heterodoxas.
  • Reindustrializar un país no se puede ajustar, tan solo, a una política comercial de “arruinar al vecino”, impulsando una política que algunos han definido como “sustitución de importaciones”. En efecto, esta fue una línea de actuación de muchos países en otras coyunturas muy especiales –con graves crisis desencadenadas o en contextos bélicos: recordemos, por ejemplo, casos de economías latinoamericanas entre los años 1930 y 1980, una práctica avalada por la CEPAL en términos teóricos y por el economista Raul Prebisch–.
  • Sustituir importaciones implica varios componentes, desde altos aranceles hasta subsidios a empresas nacionales, fuerte inversión estatal en sectores estratégicos, controles en los precios y tipos de cambio preferenciales y la formación de empresas estatales si las inversiones privadas eran parcas. En Estados Unidos, muchas industrias clave se han deslocalizado tanto en México como en países asiáticos, en sectores como el automovilístico y el tecnológico. La búsqueda de costes laborales unitarios más bajos fue el acicate para los empresarios que estimularon tal planteamiento.
  • Las acciones de la administración Trump y de su escudero Elon Musk no van en la línea de dotar a la economía pública de la fortaleza necesaria cuando se busca sustituir importaciones por producción nacional. Al contrario: el desmantelamiento de organismos públicos y la retracción de la inversión federal constituyen el frontispicio que abre una política económica e industrial interior que no parece vaya a conducir a la reindustrialización que, persiste la lira del pseudo-emperador, canta y propaga. En definitiva: los aranceles no son, en absoluto, la palanca reindustrializadora que Trump dice, y su conformación obedece más a objetivos que se relacionan más directamente con presiones predatorias hacia todo el mundo, incluyendo países que eran considerados como amigos o aliados.
  • Las empresas estadounidenses que operan en el exterior es poco probable que accedan a cambiar esos costes laborales unitarios bajos que ahora tienen, con los aranceles que se van a desarrollar. El coste-beneficio va a ser, presumiblemente, seguir fabricando donde están.
  • Esta desindustrialización de la economía de Estados Unidos no es responsabilidad de los déficits comerciales del país; éstos han facilitado, no debe olvidarse, fuertes entradas de capital y la posibilidad de consolidar la fortaleza económica norteamericana, gracias a la importancia del dólar como moneda refugio. Que, además, cuenta con saldos positivos en su balanza de exportaciones de servicios tecnológicos y digitales hacia, por ejemplo, la Unión Europea (un superávit de 109 mil millones de euros para Estados Unidos en estos renglones): esta es una tangible herramienta de negociación para los europeos, tocar esos registros. Como señalaba en un reciente e ilustrativo artículo Daniel Fuentes, es más el capital que el comercio lo que puede atender con solvencia la Comisión Europea, abriéndose a su vez a reforzar lazos económicos con el área asiática. No hay ni estafa ni abuso por parte del mundo hacia Estados Unidos, contradiciendo el discurso populista y victimista de Trump.
  • La financiarización de la economía explica muchos de los problemas de economía productiva que tiene Estados Unidos: la tasa de beneficios en empresas industriales es más baja que en empresas financieras y especulativas, desde sobre todo los años 1980 tras los procesos letales de des-regulación del sistema financiero y la derogación de la ley Glass-Stegall, una normativa decretada por Franklin Delano Roosevelt para paliar las consecuencias de la Gran Depresión. Es aquí donde cabe observar con mayor rigor el proceso gradual de desindustrialización: mayores rentabilidades en las finanzas en Wall Street que en apuntalar positivamente la economía industrial del país.
  • Una ecuación más realista se puede delinear: los aranceles van a encarecer las importaciones en Estados Unidos –a parte de lesionar las economías de otros continentes–, lo que va a inferir procesos plausibles de inflación, elevación de los costes del nivel de vida, incertidumbres empresariales, incrementos en la tasa de desempleo y una caída relevante de la demanda agregada por dos motivos centrales: el retroceso de la inversión pública, el despido de decenas de miles de trabajadores públicos, el desmantelamiento de oficinas y organismos importantes, relacionados con el mundo sanitario y con el educativo, junto al temor de la población inmigrante y su previsible retracción de consumo ante la inseguridad. Desmontar la economía pública parece ser un objetivo, para favorecer la entrada agresiva de la economía privada de la mano de los grandes consorcios que han empujado la victoria de Trump.

      Mientras la lira sigue sonando y el incendio se acrecienta, se van produciendo movimientos. El más significativo, el más directo, el más doloroso para Estados Unidos, el de China. Los dirigentes asiáticos han permanecido silentes mucho tiempo, a la expectativa, como quien dice “viéndolas venir”. Hasta hace pocas horas: el anuncio de responder con aranceles a las importaciones norteamericanas y, esencialmente, la aplicación de severos controles a las exportaciones de tierras raras (gadolinio, disprosio, escandio, lutecio, etc.; China tiene en sus manos el 80% del comercio total de estas producciones) supone un golpe para la industria militar de Estados Unidos (en su producción de misiles, por ejemplo) y, a la par, a las industrias médica y electrónica. Dos vectores, el tecnológico y el militar, en los que la competencia entre Estados Unidos y China es acendrada. Difícil saber si todo esto puede reconsiderar la posición de Trump. Probablemente no. El daño ya está hecho, y su desbordamiento se está haciendo efectivo. La ira de Trump en sus mensajes en su propia red rubrica que Pekín ha tocado la tecla precisa.

      Esta nueva era en la que nos ha metido Trump ha reforzado la incertidumbre que presidía el gran escenario de la economía mundial. Nadie puede aventurar con rigor hacia dónde puede derivar este despropósito, en el que se mezclan medidas de política comercial en contextos de guerras calientes en diferentes puntos del planeta, avances de la intransigencia política y del neo-fascismo que persiguen dinamitar los resortes democráticos, y con la amenaza permanente de las consecuencias del cambio climático. Nos adentramos en tiempos de plomo, mientras el incendio devora expectativas y esperanzas. Tiempos en los que no se puede retroceder. Porque muchos queremos silenciar la lira que trata de adormecer las conciencias.

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Estados Unidos: profunda inestabilidad

            El proceso de “inundación” informativa, tóxica e incongruente, al que nos referíamos en un artículo anterior, continúa desde la administración de Estados Unidos. El mundo se está dividiendo cada vez más en bloques geopolíticos que, sobre todo desde las iniciativas de Trump, se intenta que se segmenten, anulando así las aperturas comerciales. Un ultranacionalismo económico que ignora la historia económica más reciente y sus consecuencias al adoptar esa hoja de ruta. Trump y su equipo actúan desde una óptica mercantilista, en el sentido de observar las balanzas comerciales de Estados Unidos con el resto del mundo y tratar de reequilibrarlas o de obtener superávits. Con intromisiones inaceptables en todos los países. Sin negociar: solo con imponer. No sabemos quién o quiénes asesoran al presidente norteamericano en el terreno de la economía; pero sean quienes sean denotan una ignorancia supina o, lo que es también letal, una perversión intencionada con tales propuestas. Parecen olvidar un tema básico, real, objetivo: que muchas empresas de Estados Unidos han deslocalizado todo o parte de sus procesos productivos, buscando salarios más bajos o costes jurídicos y ambientales menores. Y eso ha supuesto, entre otros factores relevantes, un gradual proceso de desindustrialización en Estados Unidos, y su orientación a una economía de servicios cada vez más intensa: casi el 80% del PIB del país son servicios de todo tipo, si bien en estos casos se impone discriminar de qué tipo de servicios estamos hablando. Los servicios suelen ser un inmenso cajón de sastre, cuyo análisis desagregado debe priorizarse desde la ciencia económica.

            En tal contexto, curiosamente Estados Unidos quiere desbancarse como líder mundial. Las divisiones en bloques geopolíticos (Estados Unidos, Unión Europea, China y Asia, Canadá, Latinoamérica, África subsahariana) se están incentivando con las propuestas económicas de la nueva administración. En otros momentos transcendentales, la economía occidental y la de Estados Unidos se encumbraron o superaron crisis por la actuación de Estados Unidos como líder efectivo: colaborador para, a su vez, favorecer su propio crecimiento económico. Se vio en 1924 con el Plan Dawes que abrió créditos e inversiones tras las consecuencias de la Primera Guerra Mundial; en 1933 con el New Deal del presidente Roosevelt para atajar los impactos del crac de Wall Street y la crisis de los años treinta; o en los programas derivados de Bretton Woods desde 1945 tras el final de la Segunda Guerra Mundial, con la creación de nuevas instituciones económicas. Tres momentos en los que el liderazgo de Estados Unidos actuó como acicate. Empujes que consolidaron el papel de esa potencia, que mejoró además sus propias condiciones internas. No se actuó como rémora, que es lo que está pasando hoy con el presidente Trump y sus acólitos. Podremos evaluar los resultados de esa política económica, social y cultural en poco tiempo. No será positivo el desenlace. Tampoco para Estados Unidos. Tal despropósito habrá infringido inestabilidad, incertidumbre y dolor a millones de personas. Incluyendo a quienes votaron a Trump.

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Aranceles: instigando la recesión

Los aranceles desplegados ya –o que se están mascullando para ser aplicados– por la administración Trump contienen un germen insólito en un escenario de equilibrio relativo: inducen a una recesión. Este va a ser el resultado para la economía internacional. La historia económica enseña que la política proteccionista se desplegó, según casos bien conocidos, en épocas de inicios de procesos de industrialización o como respuestas de política económica a crisis existentes. Pero no induciendo contracciones en la economía y alimentando la incertidumbre en coyunturas que, con todos los matices, podemos calificar como más estables: esta es una de ellas. Algunos de los impactos pueden ser los siguientes.

En primer lugar, el retroceso comercial entre Estados Unidos y Europa. La Comisión Europea ha elaborado una lista de productos estadounidenses que podrían gravarsecomo represalia si Trump cumple sus amenazas. Los países que más dependen del comercio con Estados Unidos son aquellos más orientados en la producción y distribución de productos médicos y farmacéuticos o los consagrados al sector del automóvil: estas son las exportaciones más importantes de la Unión Europea a Estados Unidos. La dependencia de Alemania y Francia de las exportaciones hacia Estados Unidos se sitúan entorno al 10% de su PIB; mientras que esa variable es del 5% para España. Los colectivos industriales y agroalimentarios pueden verse afectados, por tanto, con esas proposiciones proteccionistas.

En segundo término, para la economía española los sectores que pueden resultar más afectados por los aranceles se ubican en el sector del automóvil, el cárnico, el vitivinícola o el aceitero. Esto incumbiría a comunidades autónomas como Andalucía, Aragón, Castilla y León, Comunidad Valenciana, Murcia, Cataluña, País Vasco y Navarra, de forma más preminente. Ahora bien, las exportaciones españolas a Estados Unidos pueden abrirse a nuevas vías de re-direccionamiento hacia mercados con los que se tienen ya relaciones relevantes: en Asia, Latinoamérica, Oceanía y Sudáfrica.

En tercer lugar, la re-orientación del comercio de China. En 2015, un 66% de las exportaciones de China se desarrollaban en países avanzados; el dato se ha contraído hasta el 56% en 2023, mientras se ha incrementado en las naciones emergentes, entorno al 44% (CaixaBank Research, IM12, diciembre de 2024). Los flujos comerciales entre China y la Unión Europea se han estabilizado, a la vez que se han reducido hacia Estados Unidos y Japón. Además, países como México, Vietnam y otros emergentes ofrecen ya mercados alternativos a los productos y servicios chinos. Esas rutas se verán implementadas por el impacto de los aranceles de Trump. Otro factor es remarcable: imponer aranceles a las importaciones chinas puede derivar a una depreciación de su moneda. Esto, a su vez, podría enjuagar en parte el encarecimiento arancelario impuesto por Estados Unidos, de forma que ello quizás represente una mejora en la competitividad de los productos chinos hacia esas rutas a las que aludíamos. Los costes de esa política de Trump los pagarán los propios consumidores estadounidenses.

Un cuarto factor es la elasticidad de la demanda de Estados Unidos –es decir, cuánto puede variar la cantidad demandada de los productos sometidos a arancel en función de los cambios en sus precios– determinará la efectividad de las medidas desplegadas por Trump. Además, debe considerarse la posibilidad, bastante real como ya hemos indicado, que los países afectados por los aranceles busquen otros mercados alternativos al de Estados Unidos, toda vez que las elasticidades de importación y exportación de los países de altos ingresos promedian entorno al 1,4; mientras en las naciones en desarrollo esa cifra es del 0,7, tal y como se revela en el reciente estudio de los economistas Shantayanan Devarajan, Delfin S. Go y Sherman Robinson, para el Banco Mundial (véase: https://openknowledge.worldbank.org/server/api/core/bitstreams/0fae79c1-a353-4b20-8e4f-8670bd9b4182/content). Estas medidas proteccionistas van a suponer una caída de la apertura comercial, el impacto a la apreciación del dólar y una posible subida de tipos de interés por incremento de los precios. La emisión del mensaje proteccionista ha podido llenar de regocijo a los partidarios del nuevo presidente, que ven una “recuperación” de un cierto orgullo perdido ante sus competidores, con la mirilla siempre puesta en China. Pero esta estrategia económica puede volverse en su contra.

En quinto término, Trump ha prometido también una importante rebaja de impuestos que, sobre todo, va a favorecer a las rentas altas y a las empresas. Esto inferirá por un lado mayores beneficios empresariales; y, al mismo tiempo, una determinante reducción de ingresos fiscales cuya traslación al gasto público va a ser relevante. Teóricamente, esa bajada de tributación tiene efectos-llamada a la inversión exterior. Pero, a su vez, va a contribuir al fortalecimiento del dólar. Si a ello añadimos el otro anuncio de Trump, la expulsión de fuerza de trabajo inmigrante y el impedimento a su entrada legal en el país, de manera que en conjunto esto va a reducir la oferta laboral, la situación va a afectar al crecimiento económico por esa contracción de trabajadores (que, además, se ubican en una gran mayoría en trabajos de servicios, de construcción y agrarios).

En conclusión, si lo expuesto se acaba confirmando, son previsibles los siguientes movimientos: incremento de la inflación, fortalecimiento del dólar, reducción de las exportaciones estadounidenses e impacto sobre la política monetaria si la situación se extrema, subiendo los tipos de interés. Un aspecto sobre el que Trump ha puesto un énfasis específico, exigiendo a Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, que baje los tipos de interés de forma inmediata, transgrediendo también aquí la independencia de otro contra-poder a la presidencia de Estados Unidos. Por consiguiente, no está claro que todas esas medidas acaben beneficiando en el medio plazo a la economía de Estados Unidos. Las incógnitas son múltiples. Una: la respuesta de la población si las posibilidades apuntadas se hicieran realidad en su totalidad o en parte: qué reacción puede haber, de carácter social –como está indicando por ejemplo Bennie Sanders–; o en las elecciones parciales en dos años. Dos: qué mecanismos puede tener el Estado de Derecho para poner diques de contención a muchos despropósitos que el nuevo presidente quiere ejecutar. Y, finalmente, tres: qué actitud adoptarán el resto de países ante anuncios y amenazas perpetrados por Trump, impregnados de matonismo, de un desprecio absoluto hacia la ciencia, y de falta de respeto a la independencia de las naciones y al derecho internacional.

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Condonación: atrapados en la contradicción  

            La crisis de 2008, la Gran Recesión, supuso para las finanzas públicas españolas un golpe tremendo, que afectó de manera enorme la recaudación tributaria. Según la Intervención General del Estado, para Balears este mazazo generó la caída de ingresos del orden de unos mil millones de €. Todo bajo la tormenta de cierre de mercados, con incrementos de primas de riesgo y en un escenario de tipos de interés elevados. Financiarse en los mercados financieros fue harto difícil. Quienes estuvimos en ese momento en el puente de mando padecimos intensamente la sacudida de una crisis sistémica que nadie –y cuando digo nadie es nadie– esperaba en los términos y profundidad que se produjo. Deuda pública y déficit público subieron en Balears, porque esa era la política económica adecuada para evitar, por ejemplo, el recorte sobre los servicios públicos esenciales. La austeridad expansiva era la receta que emanaba desde Europa y desde el Banco Central Europeo. Una sangría que supuso, para la Unión Europea, salir de la crisis en 2014: seis años de travesía del desierto en el campo de las finanzas, con rescates bancarios incluidos. Craso error.

En tal contexto, hubiera sido balsámico disponer de mecanismos de amortización de la deuda que se contraía. Se hubiera agradecido por una sencilla razón: porque esa ayuda evitaría el pago de los servicios de esa deuda. Ahora, se ha planteado la posibilidad de condonar una parte de la misma. Para Balears, algo más de 1.700 millones de €, cerca de un 18% del monto insular. Calificar esto de “nefasto” o de un “insulto” a la población de las islas es un despropósito mayúsculo, de una gran frivolidad. Deducir que todo esto es para contentar a Catalunya es falaz e inexacto, máxime cuando casi el 53% de la condonación total de 83 mil millones de € va a afectar a comunidades autónomas regentadas por el PP, con el auxilio de Vox.

La AIReF, una institución fundamental, acaba de emitir un informe en el que destaca la importancia de la condonación propuesta, con la advertencia de que esa condonación debe ir aparejada a una condicionalidad fiscal. Aquí está uno de los meollos de la cuestión, para evitar esto que se ha denominado “riesgo moral”. Pero el citado organismo es meridiano en su diagnóstico: la condonación supondrá un alivio de ahorro de intereses para las regiones que se acojan y, por tanto, reducciones en sus déficits. Los principales beneficiarios de la medida están encabezados por Andalucía y Catalunya; Madrid, crítica principal de esta propuesta, presume que se financia a través de los mercados y no del Fondo de Liquidez Autonómico. Pero podría condonar más de 8 mil millones de €. Está pagando más de 300 millones de € en intereses. Y persiste en lo que se enfatiza negativamente también desde AIReF y otros organismos: su laxitud tributaria, su dumping fiscal que está retrayendo su capacidad de obtener más ingresos en aras de la responsabilidad financiera que todas las comunidades autónomas deben tener. Mal negocio para las regiones si renuncian a la condonación por motivos ideológicos. Porque es difícil defender su posición actual desde criterios técnicos.

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Guerra mundial y aumento de beneficios

            Los beneficios empresariales de las grandes compañías españolas han crecido notablemente en el ejercicio 2024. Las firmas cotizadas en Bolsa han visto aumentar sus ganancias casi un 21%, con bancos y empresas energéticas encabezando la lista de principales agraciados. El dato es relevante. E indica, según declaraciones de algunos de los dirigentes, que en 2025 esa cifra puede ir en una tendencia similar: no se auguran dificultades insalvables, a pesar de los tiempos de incertidumbre que estamos viviendo. En el campo turístico, Meliá ha alcanzado unos beneficios de casi 141 millones de euros, lo que representa un 19,4% más que en 2023. Los grandes capitanes del capitalismo español tienen motivos para estar satisfechos, de manera que cualquier movimiento telúrico que genere inseguridad les preocupa. Es algo natural, consustancial al capital: éste es miedoso, no acepta trabajar en escenarios inciertos, y busca siempre vías seguras para incrementar su cuenta de resultados.

            Debemos ver, en 2025, si tales guarismos se verán afectados a raíz de las amenazas de la administración Trump. Y si los aranceles sacudirán otros sectores productivos de la economía española. Según recordaba Raymond Torres en un brillante artículo, las exportaciones españolas hacia Estados Unidos representan menos del 5% del total (en Alemania, por ejemplo, son del orden del 10%). Las empresas agroindustriales –que alcanzan beneficios de gran volumen– y las farmacéuticas pueden verse más afectadas, a pesar de que, por ejemplo, en el caso de las primeras, disponen de márgenes para encarar un shock comercial derivado de la política arancelaria, según el trabajo de Torres.

            En el caso de las corporaciones de Estados Unidos, los datos avanzaban una disminución del –0,4%, según cifras del tercer trimestre de 2024 (https://es.tradingeconomics.com/united-states/corporate-profits). Pero un crecimiento del 11% en el total de cierre del año, según previsiones de Bankinter, con aumento esperado del 13,7% para 2025 y del 10,5% para 2026 (los datos en Intereconomia.com). Puede suponerse que esas variables presuponen un cierto caeteris paribus en el contexto interior de la economía de Estados Unidos y en el entorno internacional. Porque las variables más actualizadas de la Reserva Federal de Atlanta, para febrero de 2025, están indicando ya retrocesos en el PIB (del orden de –1,5%), sin que dispongamos por el momento de magnitudes fiables y más granulares sobre la realidad microeconómica. Según Bloomberg, utilizando datos de S&P, el sector del automóvil y el tecnológico son los que están siendo más perjudicados en este momento por la Trumpeconomics: caídas en ambos casos del –3%, desde inicios de 2025.

            Ante esto, la pregunta que uno puede formularse es si la generación de intranquilidad, desasosiego e incertidumbre que está desplegando Trump –que incluso habla de una Tercera Guerra Mundial, como uno de sus exabruptos– con sus medidas de todo tipo, son el caldo de cultivo propicio para que las empresas puedan desarrollar con claridad sus cometidos; sobre todo, el seguir obteniendo números verdes acrecentados en sus cuentas de resultados. Porque, remitiendo de nuevo al índice S&P (que aporta Bloomberg), sectores como las telecomunicaciones (11%), el sanitario (7%), los materiales (6%), la energía (5%), las finanzas (6%), el consumo básico (2%) o el inmobiliario (2%) van conociendo datos positivos: entre el 2% y el 11%, según la actividad de que se trate. En paralelo, Bloomberg presenta dos índices referidos a incertidumbre económica y comercial en Estados Unidos, con un corolario clave: ambos indicadores se han elevado, en enero de 2025, a niveles aproximados a los datos conocidos durante los meses de la pandemia.

Claro y raso: ¿les conviene una guerra militar a esos consorcios, teniendo en cuenta su situación actual? Nos inclinamos a pensar que no, habida cuenta que los desenlaces de conflictos abiertos, bélicos, no van a proporcionar ni aperturas comerciales –es decir, el acceso a demandas externas– ni mejoras sustanciales en los aparatos productivos. De hecho, algunas grandes empresas norteamericanas como Tesla están viendo caer sus cotizaciones en Bolsa, y reducir la cartera de pedidos, con el empuje de la guerra comercial: sin cañones. ¿Puede mantenerse una tensión militarista, agresiva, inquietante, por empecinamientos absurdos? ¿Están dispuestos segmentos poderosos del capital a perder capacidades, mercados, clientes, elementos que ahora tienen, en aras de una estrategia expansionista de carácter militar o de una alianza con Rusia, con lo que esto puede suponer en clave de sus propios consumidores, sus propios empresarios?

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¿Diversificar las economías?

            Reindustrializar es un verbo que se utiliza mucho. Volver a bases industriales, desde economías maduras de servicios. Diversificar, en suma. Se nos habla, entonces, de incrementar la productividad, de mejorar la calidad de lo que ofrecemos. De ser más competitivos. Todo está muy bien; el problema es su concreción. Aquí es donde no solemos encontrar respuestas o vías de trabajo. Sin embargo, tenemos datos importantes. En el caso de la economía española, el crecimiento de las exportaciones turísticas se sitúa entorno al 5%: una cifra potente, que supera la tasa del PIB. Pero idéntico parámetro para las exportaciones de servicios no turísticos alcanza el guarismo del 8%: una señal de que estamos siendo competitivos en un terciario avanzado que es capaz de exportar. Un indicador relevante que determina que la estructura económica está más diversificada de lo que pensamos.

            En el caso de Balears, los datos son de gran interés. Aquí, la economía turística constituye la parte del león de la estructura productiva (más de un 40%; 82% si incorporamos todos los servicios). Esto tiene derivadas de carácter socio-político y económicas: urgiría diversificar esa estructura productiva monolítica, lo que podría eliminar externalidades visibles como, por ejemplo, los problemas ecológicos y espaciales. Cuando se habla de diversificar, se suele remitir a un retorno a la agricultura (con los avances que se consideren, como es lógico), o a la industria histórica. Ambos aspectos son de gran relevancia, y no se pueden descuidar en un portafolio de política económica. Pero quizás el meollo de la cuestión resida en la diversificación del sector servicios, máxime en economías tan especializadas como la balear. Es aquí donde podemos encontrar claves explicativas.

            El punto de partida para tal análisis es el rigor en la observación. Es decir, no se trata de inventarse sectores o actividades. Concierne ver lo que se tiene, si es que se tienen signos de diversificación productiva. Para Balears, disponemos de diferentes estudios al respecto. Uno de los más interesantes es el que realizó el profesor Facund Fora sobre el ParcBit: su análisis prolijo (a partir de la base de datos SABI) ha determinado que la aportación del parque al PIB de Balears, entre 2008 y 2018, ha oscilado entre 0,6% y poco más del 2%. Unas magnitudes importantes, que responden a actividades productivas claramente diversificadas: empresas de ingenierías diversas, producción de software, biomedicina, etc… Tenemos, por tanto, un ecosistema de alto valor añadido, con avances tanto en la productividad del capital como en la del trabajo, según la investigación de Fora.

            Explorar esto sería de gran interés para la economía aplicada: proyectos de investigación que desbrocen ese inmenso cajón que son los servicios, para hacer emerger subsectores que normalmente aparecen enterrados por el tractor turístico. A su vez, las administraciones públicas deberían tomar nota de esto: tienen ahí algo concreto, tangible, específico (nada teórico) sobre la diversificación en la economía balear. En sintonía con el avance de los servicios no turísticos en la economía española.

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El gran gurú de Donald Trump

            Anuncio de aranceles desaforados. Expulsión de extranjeros. Amenazas de expansiones imperialistas (Groenlandia, Dinamarca). Reducción de impuestos a los ricos. Desprecios altivos hacia Europa. Emisión constante de bulos. Roturas graves en las costuras democráticas. Retirada de organismos internacionales. Frivolización de los conflictos. Matonismo militarista. Negacionismos ante las evidencias científicas. Estos y otros elementos caracterizan los primeros meses del mandato de Trump. Una distopía que era inconcebible incluso para sus más firmes seguidores. La pregunta es ¿actúa solo Trump? ¿son estos factores enunciados producto de sus fobias, u obedecen a las premisas de un Estado profundo? En el plano económico: ¿quién le asesora, a parte de Musk? Las respuestas a tales incógnitas no son todas simples; pero sí sabemos quién es el gurú de Trump. Se llama Stephen Miran, presidente del Consejo de Asesores Económicos, e inspirador y autor de esa guía que ha puesto en funcionamiento la administración estadounidense, un documento publicado en noviembre de 2024 (A User’s Guide to Restructuring the Global Trading System).

            La idea central es generar una recesión económica en Estados Unidos con el ánimo de debilitar al dólar, incrementar las exportaciones –lo que infiere aumentar la producción industrial– equilibrar la balanza comercial e incidir en la política monetaria bajando los tipos de interés para hacer entonces más tolerable la ingente deuda pública del país. En esta compleja ecuación, los aranceles se erigen en primordial arma de negociación –toda vez que, si se aplican como está anunciado, van a provocar inflación–. La pregunta que puede derivarse de esto es si, en ese supuesto escenario de negociación, los países involucrados pueden fiarse de la actual administración norteamericana. Lo ha escrito con su mordaz estilo Martin Wolf en el Financial Times: “¿es esta administración capaz de alcanzar un acuerdo? Creo que no” (https://www.ft.com/content/9fa4a76d-60bb-45cd-aba0-744973f98dea).

La propuesta de Miran es sumamente arriesgada, porque no parece contemplar, o minimiza, la deslocalización existente, ya en la actualidad, de buena parte del aparato industrial estadounidense, cuyo sector del automóvil tiene partes sustanciales en su cadena de producción externalizadas en México; y, a la vez, su tesis ignora el factor tiempo: ¿cuánto se puede soportar un escenario de contracción económica inducida, buscando un objetivo de difícil consecución?

            Los datos ahora mismo son ya preocupantes. La Reserva Federal reduce el crecimiento económico para Estados Unidos, y señala el incremento del paro, la bajada del consumo y el desmoronamiento de los índices bursátiles. De hecho, Wall Street conoce la mayor huida de inversores y un incremento de los índices de pesimismo de los gestores (información del Bank of America). Una incipiente tensión inflacionista ha aconsejado no tocar los tipos de interés en el último encuentro de la Reserva Federal, una actitud consecuente en política monetaria que ha enfurecido a Trump, que esperaba un recorte en el precio del dinero. Alguien debería decirle: “¡es la economía, estúpido!”.

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La solvencia de la economía española

            Un cierre de ejercicio 2024 con un crecimiento del 3,2%. La mitad de ese crecimiento, debido al consumo privado. Y éste explicable por el dinamismo del mercado laboral, con la creación de casi 500 mil puestos de trabajo, una disminución de la tasa de paro a poco más del 10%, y un crecimiento demográfico relevante. Una economía con expansión de las exportaciones de servicios, con una aportación al PIB de 0,4 puntos por parte del sector exterior. Y sin desequilibrios financieros: mantenimiento de la deuda privada, la que nuclea hogares y empresarios (125% sobre PIB; la media de la zona euro se sitúa en 153%); y de la deuda pública, que alcanza casi el 102% sobre PIB.

            Estos son los fundamentos para el desarrollo económico de 2025, en un entorno caracterizado por una elevada incertidumbre, y en el que los pronósticos están sujetos a revisiones constantes. Sin embargo, importantes instituciones económicas –Banco de España, FMI, CaixaBank, Funcas, entre otras– subrayan una posible prospectiva: España seguirá en esa senda robusta de crecimiento. El primer trimestre de 2025 se ha inaugurado con un aumento en la afiliación a la Seguridad Social, a una tasa media del 0,2%: buen inicio. Las horas trabajadas han aumentado (3,5% en términos interanuales), con incrementos de la productividad por ocupado y de la productividad por hora efectiva, con datos del INE y del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Los indicadores PMI (Purchasing Manager Index, que incluye encuestas e informes mensuales en empresas del sector privado) tienen comportamientos positivos en el inicio de 2025, con ratios superiores al índice 50, es decir, el umbral que determina que estamos en una fase expansiva, tanto en pedidos de exportación de manufacturas como en el caso de los servicios. En tal contexto, las entidades económicas se han apresado en variar al alza las previsiones de crecimiento para España en 2025, una situación que ha sido igualmente remarcada por publicaciones relevantes en el campo de la economía (The Economist, Financial Times).

            En efecto, los cálculos que hacemos los economistas deben estar presididos por la cautela en un contexto tan problemático como el actual, explicable tanto por la guerra de Ucrania, la de Oriente Próximo –cuya radicalización podría tensionar al alza los precios del petróleo–, como por las medidas de la administración Trump en el capítulo de aranceles y de enorme trasiego internacional. No obstante, las bases sólidas que antes hemos delineado facilitan llegar a conclusiones concretas. La previsión del crecimiento económico para España se puede situar entorno al 2,5% –el dato casi cuadriplica el establecido para la media de la UE– toda vez que los impactos de los aranceles sobre nuestra estructura económica pueden suponer un ajuste aproximado de apenas 0,1 puntos porcentuales, por la menor exposición de la economía española a la estadounidense. En paralelo, la inversión relacionada con los fondos NGEU suponen un acicate al crecimiento, máxime si se tiene en cuenta que, en tasas inter-trimestrales, las inversiones en bienes de equipo en el cuarto trimestre de 2024 crecieron un 7,6%, según datos del Banco de España y del INE. A su vez, se ha detectado un aumento en el ahorro de los hogares (más de un 14%). Ambos factores –inversión y ahorro– han de incidir en positivo sobre la demanda agregada. Este proceso dinámico y solvente se incardina, además, en una evolución controlada de los precios. De hecho, las instituciones consultadas prevén una moderación en la inflación: entorno al 2,5% en el curso del presente año, hasta llegar al umbral del 2% en 2026.

            Esta demostrada solvencia económica, con variables que provienen de fuentes públicas y privadas de toda credibilidad y rigor, coloca la economía española en una posición más sólida en contraste con otras economías de la zona euro. Los avatares internacionales son los que pueden trastocar o matizar los indicadores expuestos. La prudencia debe ser una guía. Pero no debería ignorarse este panel de datos que refuerza la política económica desplegada, con resultados incontestables.

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Tensiones económicas que nacen en Estados Unidos

            A la incertidumbre de la geopolítica bélica, con un epicentro importante en Ucrania y otro en Oriente Próximo, se le ha añadido la distopía que está significando el mandato de Trump. Un mandato presidido por la ineptitud y una tendenciosa orientación en generar un caos que facilite el desmantelamiento de las estructuras administrativas públicas. Los últimos artículos del influyente Martin Wolf en el Financial Times; y del premio nobel Paul Krugman, van en esta línea descriptiva. No son los únicos expertos: cada vez más economistas académicos y analistas, nada heterodoxos, claman ante la absurdidad de las ocurrencias de Trump. Nos encaminamos a un mundo mucho más inseguro, más dividido y fragmentado en espacios que pretendidamente se van a proteger con aranceles recíprocos, con menores crecimientos económicos y con previsibles inflaciones más altas. Esta enorme tensión económica se está provocando en el marco de una herencia económica, la del presidente Biden, que legó un crecimiento económico robusto, la inflación en proceso de control y unas estrategias inversoras tangibles en infraestructuras. No se recuerda que un mandatario, ante ese escenario positivo, provoque adrede una contracción de la economía que tiene una vertiente clara: la reducción del consumo. En efecto, los recortes pilotados por Elon Musk en el sector público de Estados Unidos van a tener –ya están teniendo, de hecho– consecuencias letales: pérdida de empleos, reducciones en el gasto público y en programas sociales, con corolarios negativos en el crecimiento económico. Un verdadero shock de demanda, al que añadir otro shock, este de oferta: aranceles y expulsión de inmigrantes. Una tormenta perfecta que va a cuajar con un incremento de los precios. Lo cual puede obligar al presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, a subir los tipos de interés o, en el mejor de los casos, a mantenerlos sin bajar. Todo lo que Trump no quiere, cuyo objetivo es, precisamente, que se reduzcan los tipos de interés para facilitar la asunción de la deuda pública estadounidense.

            Importantes instituciones (Bloomberg, CaixaBank, Funcas, Banco de España, FMI, Reserva Federal) están señalando datos contractivos de previsión para el trumpismo económico: más de medio punto para Estados Unidos, y cayendo hacia 2026 de mantenerse esta insólita agenda de la administración del magnate. Si esta esperpéntica hoja de ruta no se hubiera producido, las previsiones serían mejores, en ausencia de aranceles y de las medidas impulsadas por la administración Trump. Concretamente, la economía de Estados Unidos crecería 0,6 puntos más. En paralelo, los grandes empresarios tecnológicos están perdiendo dinero en Wall Street. El que más, Elon Musk: 132 mil millones de dólares desde diciembre de 2024; una disminución del 27% de su patrimonio neto, según el Financial Times. La situación económica de Tesla, el buque insignia de Musk, está cayendo a plomo, hasta el punto que importantes inversores de la empresa están reclamando una mayor atención de Musk, enredado en sus cometidos en la administración Trump. Disparates económicos que se extienden al mundo.

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