¡Muera la inteligencia!

            Una frase parecida a la del título de este artículo la espetó un general golpista durante la guerra civil española. “Venceréis, pero no convenceréis”, proclamaba Miguel de Unamuno como rector de la Universidad de Salamanca ante la inmundicia de una ignorancia elogiada y aplaudida. La inteligencia, el conocimiento, la enseñanza, la investigación, han sido objeto de persecución por parte de las opciones ultraconservadoras. Sucedió en la Alemania nazi, con la persecución implacable a eminentes físicos, incluyendo premios Nobel, por su ascendencia judía, aunque sus investigaciones estaban avanzando en los campos de la física cuántica y de la relatividad. Sucedió en la España franquista, con la soflama de “que inventen ellos”, y el desprecio a la intelectualidad vista como colectivo capaz de disentir, de criticar, de divulgar. Y está pasando ahora en Estados Unidos, tras la declaración de inicio del vicepresidente Vance, con una sentencia tremenda: “los enemigos son los profesores”. Estas posiciones se han radicalizado en la considerada como primera potencia del mundo: los ataques a las grandes universidades estadounidenses, referentes en todos los campos de la ciencia, están demostrando la bajeza de la administración Trump, espoleada por la estupidez del presidente: negacionismo del cambio climático y de las vacunas, sendas muestras de supino analfabetismo.

            Harvard, Columbia, Yale, Princeton, Cornell, entre otras del Ivy League, el grupo de ocho universidades que se consideran las mejores del mundo (junto a las británicas Cambridge y Oxford), se encuentran amenazadas por el gobierno norteamericano, acusadas de fomentar el anti-sionismo e, incluso, de estar influenciadas por el partido comunista chino. Esto, que parece una noticia de un programa de humor negro, es real. La retirada de fondos a esas universidades va a tener consecuencias letales sobre el desarrollo de la investigación básica y aplicada en Estados Unidos, con enorme influencia en el resto del entramado académico del mundo. Áreas afectadas que van desde la investigación médica, la inteligencia artificial, los avances de la física y de la química, el desarrollo de la biología o de la economía, constituyen, entre otros, ámbitos del conocimiento profundo que hacen avanzar la ciencia en su conjunto. Y, por extensión, impacta sobre el bienestar de la población.

            Para Estados Unidos la factura será elevada, a sumar a la generada por la extravagancia de los aranceles. Mientras tanto, China va a dominar en apenas un lustro campos como la robótica, la industria aeronáutica, la del automóvil, la farmacéutica, la producción de maquinaria de todo tipo, la investigación básica en la mayor parte de las áreas, gracias a su apuesta inversora. Y, ahora mismo, está lanzando suculentas ofertas a los científicos de las universidades estadounidenses. Sucedió en la Alemania de Hitler: entonces, era Estados Unidos quien fichaba a ingenieros, físicos, matemáticos, de origen germánico. Ahora, Trump entierra la ciencia en sus coordenadas anti-woke. Una estupidez sin límites. El intelectual, el profesor, el investigador, visto como enemigo. Un retraso sideral.

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Economía, lenguaje y votos

            Michael Sandel y Thomas Piketty acaban de publicar un libro altamente recomendable (Igualdad, Debate, Madrid 2025). Un diálogo profundo entre un filósofo eminente de Harvard, cuyas clases on line son un éxito de asistencia; y un historiador económico y social (así se autodefine el economista Piketty), con un sólido bagaje de investigación sobre la desigualdad. En ese encuentro didáctico, una pregunta se plantea de manera subliminal durante la conversación: ¿por qué la clase trabajadora vota a las opciones de ultraderecha? Los ejemplos son abundantes, en buena parte en Europa –desde Alemania hasta Portugal, pasando por Francia, entre otras naciones–, sin descuidar la situación en España. En paralelo, las formaciones socialdemócratas han ido perdiendo apoyos electorales desde la década de 1980.

            Cabe decir que las casuísticas de cada país son particulares. Las posiciones ultras se presentan como solucionadoras de un llamemos “olvido”, así considerado por los votantes en relación con las fuerzas de izquierdas. Prometer resultados rápidos y sencillos a problemas complicados, y hacerlo con hábiles estrategias comunicativas, constituye la guía de trabajo de las formaciones ultraconservadoras. Con éxito. Esas premisas, además, han ido fagocitando los idearios de las derechas convencionales, hasta el punto de que a veces son indistinguibles de sus correligionarios extremistas. En Estados Unidos, prometer la reindustrialización en los estados del “cinturón del óxido”, con fábricas de automóviles desvencijadas, constituyó una punta de lanza muy resolutiva para Trump. Armar los aranceles ha sido un frontispicio sobre el que edificar toda una estrategia económica que, sin embargo, es errónea, si atendemos a los datos macroeconómicos disponibles sobre la economía estadounidense y su retroceso en el PIB. Pero el relato funciona a nivel de esa franja de la geografía desindustrializada: la búsqueda del paraíso industrial perdido.

            ¿Qué ha podido fallar para que un importante contingente de personas de clase trabajadora apoye unas tendencias ideológicas que tienen agendas ocultas y ejemplos muy negativos, o que, en el caso de Estados Unidos, se expliciten con toda crudeza antes de los comicios pero, no obstante, tengan seguidores? Sandel y Piketty tratan de aportar respuestas. Un primer elemento a considerar es este: la pérdida de lo que podríamos denominar lenguaje “de clase”, adoptado desde la Tercera Vía –Blair, Clinton, Schroeder, bajo la batuta teórica de Anthony Giddens– ha supuesto desconexiones llamativas entre las izquierdas y una parte significativa de la población. La adopción, por parte de la socialdemocracia europea y del Partido Demócrata en Estados Unidos, de bases programáticas del neoliberalismo con principios de austeridad expansiva, conforman hechos concretos que no difieren de las opciones originales. Aquí, las políticas aplicadas a raíz de la Gran Recesión rubricaron esa deriva: reducción del gasto público, obsesión por el equilibrio presupuestario –al margen de cualquier coyuntura económica–, enaltecimiento acrítico de un mercado que se presume de competencia perfecta, etc. Los indicadores económicos y sociales son demoledores, muy negativos, tras la aplicación de esas recetas. Las estadísticas al respecto son contundentes, y pueden consultarse en bases de datos de toda fiabilidad y solvencia (Eurostat, FMI, entre otras).

            Aunque estemos en sociedades tercerizadas, con menos clase obrera tradicional adscrita a la industria, la existencia de amplias capas de trabajadores inscritos en servicios muy heterogéneos –y que buena parte sufren de salarios limitados, poco acceso a la vivienda y condiciones de vida paupérrimas en ocasiones– impone la consecución de una narrativa directa, inteligible, concreta, que vaya más allá de una retórica con poco contenido. Porque, sean trabajadores de servicios u obreros industriales, la explotación está bien presente: horas que no se pagan, jornadas largas y duras, condiciones de trabajo difíciles. Sandel explica esto en otro libro de referencia (La tiranía del mérito, Debate, Madrid 2020). La tesis meritocrática conduce a una pérdida de conexión con los segmentos más populares y vulnerables, con la emisión de mensajes equívocos: “ustedes son pobres –se indica desde muchos ámbitos políticos y sociológicos– porque se esfuerzan poco, mientras aquellos que tienen formación superior avanzan porque se han consagrado mucho más al trabajo”. La idea es de un simplismo aberrante, desprovista de los contextos socioeconómicos y familiares (en definitiva, de los orígenes de clase de las personas), y se divulga en redes sociales con dirección preminente a los jóvenes. Pero no únicamente a ellos. De hecho, la inter-relación entre esa idea y el desprecio a los intelectuales y profesores fue expuesta por el equipo de Trump, conocedor de que las élites urbanas de Estados Unidos –con mayor formación– se decantaban por el Partido Demócrata. Pero esa estrategia de cuidar a los amplios sectores de los trabajadores manuales y de servicios estaba operando en un terreno que había sido abandonado por los líderes demócratas –y también por la socialdemocracia–, y que ahora trata de recuperar con enorme esfuerzo Bernie Sanders y Alexandra Ocasio-Cortez para Estados Unidos.

            Tal planteamiento, muy sencillo en su formulación (“la culpa de lo que os pasa la tienen los representantes de unas izquierdas que no se han preocupado de vosotros”) se ha explotado en Francia, Alemania, Italia, Gran Bretaña, Portugal, por parte de los émulos trumpistas de extrema derecha. Con los resultados que ya conocemos, que prefiguran lo que algunos han denominado cambio de ciclo en la Unión Europea.

            Pero, además, un segundo elemento debe invocarse: la inversión pública que, en la Europa comunitaria, por ejemplo, se relajó antes de la eclosión de la pandemia, con gobiernos impregnados de aquellos principios de la economía neoliberal. Principios que fueron transgredidos coyunturalmente a raíz de la explosión vírica, al activarse los programas del Next Generation. Pero que algunos países –los llamados “frugales”, una denominación poco afortunada– han tratado de revertir al advertirse tenues signos de recuperación. De nuevo, reaparece la ortodoxia neoclásica. Y esta preconiza y avala, una vez más, los recortes presupuestarios en campos determinantes que atañen los servicios sociales, la sanidad y la educación; pero no el gasto de defensa. Esto es lo que, desde los años 1980 y en las fases de mayor profundización de los preceptos neoliberales que hemos descrito, ha impactado con fuerza sobre una amplia población que se ha sentido abandonada tras falsas promesas de mantenimiento y potenciación de los resortes del Estado del Bienestar. Lenguaje y acción: un díptico que no debería desdeñarse. No queremos decir que sea un diagnóstico totalmente certero; pero tal vez contribuya a entender algo de lo que está pasando.

            En tal sentido, es ilustrativo que Mark Carney –que no es un izquierdista, sorpresivamente ganador de las elecciones en Canadá, haya entendido con claridad todo esto, planteando, entre otras vías, una esencial: el despliegue de la inversión pública, cualificada como “de calidad”. En un reciente trabajo de Mario Draghi (“Europe has a new economic orthodoxy”, un importante texto que se sintetizó en el Financial Times, on.ft.com/45slEoO) se persevera en esa trayectoria, que ya se expuso en un texto anterior por parte del italiano, en el que señalaba la necesidad de realizar en la Unión Europea inversiones plurianuales del orden de ochocientos mil millones de euros, para atajar los desequilibrios tecnológicos con Estados Unidos y China, y encarar las consecuencias del cambio climático y la transición energética. En paralelo, a voces que predican un retorno a la austeridad, o que defienden una versión anarcocapitalista –del estilo de Milei en Argentina: tenemos en España defensores a ultranza de esto tanto en el PP como en Vox– desarmadora de la economía pública y proclive a mayores privatizaciones, existen otras posiciones autorizadas, que provienen de una economía liberal democrática, que están remarcando algo fundamental: la herramienta esencial de la inversión pública.

            Recuperación de un lenguaje que comunique proximidad a los sectores más vulnerables, desfavorecidos o con graves problemas laborales y sociales; apartarse de la visión que culpabiliza a esas capas demográficas y que las enfrenta a unas élites bien estantes; e invocar programas creíbles, efectivos, concretos, de inversiones y asignaciones de recursos específicos que beneficien a esos segmentos poblacionales, pueden constituir sendas columnas que se opongan frontalmente a los mensajes de las derechas. Estas han sabido adoptar el lenguaje, y se han presentado en las áreas más deprimidas de las ciudades con conceptos que recuerdan poderosamente a las izquierdas, captando la atención y seduciendo con promesas de resolución fácil a problemas de enorme complejidad. La socialdemocracia debe desprenderse de los resabios de la doctrina neoliberal que la intoxicó. Porque repensar la economía, entendida en clave de buena administración en el sentido aristotélico, no debe arrinconar nunca a quienes pueden quedar atrás: a ese cuerpo sociológico que debería tener argumentos y pruebas para volver a confiar en quienes, desde formaciones de gobiernos progresistas, han implementado los cambios sociales, los avances culturales, los positivos desempeños económicos.

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Gaza en el corazón, en el sentimiento, en la conciencia

            Con una frivolidad obscena, desde la administración estadounidense se planteó el futuro de Gaza como un gran espacio turístico. Un área objeto de negocio económico inmobiliario. El tema, conocido y que ha generado ríos de tinta, no debe olvidarse. Como tampoco se debe hacer con lo que está aconteciendo en Gaza, al margen de esa estrafalaria ocurrencia: día sí y otro también, las pretensiones del gobierno de Israel es hacerse con la Franja y expulsar de su territorio a los gazatíes, condenados a vagar sin rumbo alguno. Perseguidos, bombardeados, una población inerme está sufriendo un genocidio, un verdadero holocausto en el que las declaraciones de algunos supervivientes señalan que prefieren morir por la acción de un misil o un bombardeo antes que por hambre. Porque se está muriendo de hambre, literalmente, en Gaza, tras el reiterado bloqueo del ejército hebreo. Esto está sucediendo a poca distancia de los paraísos turísticos del Mediterráneo, donde nos abstraemos con conflictos menos dramáticos, como los aranceles o los grandes indicadores macroeconómicos.

            Cuando se aborda este tema, uno tiene que empezar condenando el criminal atentado de Hamás. Y así lo hacemos. Pero, dicho esto, la desproporción de la respuesta es tremenda: en Gaza, 17.000 niños muertos y decenas de miles de hombres y mujeres masacrados y obligados a desplazarse a zonas pretendidamente seguras que, en poco tiempo, se atacan por las bombas israelíes: escuelas, hospitales, centros de acogida. Todo deviene en objetivo militar, aunque la excusa de que ahí se esconden dirigentes de Hamás sea un pretexto inaceptable para asesinar a una población desprotegida, recordándonos episodios de otros momentos: los bombardeos nazis sobre Londres, o sobre Guernika.

            Sorprende que un pueblo que se ha visto perseguido, acosado, encerrado, asesinado, torturado, gaseado, como el judío, pueda justificar lo que está haciendo ahora mismo con la población de la Franja de Gaza, con esa idea de conquistar “espacios vitales”, un concepto que nos recuerda poderosamente el que utilizó en su momento Hitler.

            Acordarse de Gaza y denunciar su destrucción, porque hacerlo demuestra que, todavía, resta algo de humanidad en nuestras adormecidas conciencias.

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Entrevista en el programa «Todo empezó ayer» de la Asociación Española de Historia Económica, sobre mi libro Economía en crisis. Aprendiendo de la historia económica

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Trump, la involución ideológica mundial. Hacia el desmantelamiento del Estado del Bienestar

1. Beveridge como referente

            En 1942, William Henry Beveridge, un economista liberal británico, redactó un informe que sentó las bases del Estado del Bienestar, con una focalización en el ámbito sanitario: la tesis de universalización de las prestaciones médicas. Al texto le siguió otro en 1944 sobre la seguridad social y sus aplicaciones (en enfermedad, desempleo y jubilación). Estos dos importantes documentos tenían como objetivo central facilitar un nivel de vida aceptable al conjunto de la población, desde su nacimiento hasta la vejez, y hacer frente –según se indicaba– a la pobreza, la enfermedad, la ignorancia, la suciedad y el desempleo. La participación pública era importante. Beveridge justificaba este planteamiento, que entroncaba con los argumentos que emanaban de la teoría keynesiana, en el sentido que la base financiera para acometer tales objetivos provendría del presupuesto público. En paralelo, la industria nacional saldría reforzada y beneficiada por previsibles incrementos en la productividad y en la competitividad. Clement Attlee, laborista, puso en práctica sobre todo el primero de los documentos de Beveridge, tras ganar las elecciones a Winston Churchill, al terminar la guerra. Este fundamento ideológico-económico ha constituido –y todavía constituye– el gran motor del bienestar en las sociedades arrasadas tras la Segunda Guerra Mundial (incluyendo, no lo olvidemos, a Estados Unidos con el New Deal desde 1933, con el impulso de políticas públicas en diferentes campos, que persistieron a partir de 1945) y ha supuesto una guía a seguir para aquellos países que persiguen mejoras sociales. El proyecto no eludía un aspecto crucial: desplegar una fiscalidad progresiva, un factor clave para obtener los recursos perentorios para desarrollar el programa económico-social.

            Es decir, el mantenimiento del Estado del Bienestar, ya desde sus orígenes, se relaciona de manera directa con el establecimiento de una fiscalidad centrada en la progresividad. Su aplicación, observable con datos oficiales entre 1945 y 1980, mejoró el crecimiento económico, la productividad, la competitividad –tal y como intuía Beveridge– y significó una fase económica en la que se redujo la desigualdad y se consolidaron mejoras salariales y sociales, junto a la apertura comercial de los países. Este potente concepto de la significación de lo público, del papel del Estado en la economía y en la contribución al bienestar común, al margen de su intervención para corregir los errores del mercado, es lo que trata de dinamitar el neoconservadurismo con fundamentos neofascistas, aunque expertos discutan tales terminologías para referirse, sobre todo, a lo que se desprende de la administración del presidente Trump y sus acólitos.

2. El neofascismo, contra el Estado del Bienestar

            La llegada al poder de Donald Trump está acelerando un cambio involucionista, reaccionario en los terrenos político y cultural, con una traslación directa a la esfera económica: el desmantelamiento de lo público de una manera radical. Todo lo que supone gasto social –esencialmente– es considerado ineficiente y, por tanto, debe recortarse al máximo. La derivada política es inmediata: cerrar departamentos de educación, de sanidad, de servicios sociales, de preocupación por el medio ambiente, de ayudas a naciones pobres y a colectivos sociales vulnerables, la retirada de instituciones internacionales de referencia –como la Organización Mundial de la Salud–, el menosprecio severo hacia el multilateralismo, conforman algunos ingredientes que tienen como resultado final la pérdida de los valores democráticos. Es la entrada en un campo inquietante de autocracia y de vulneración continuada de normas y legislaciones, deliberadamente ignoradas para consolidar un poder omnímodo en manos de un solo hombre y su guardia pretoriana: la antesala de una dictadura. Lo que se persigue con esta agenda “de motosierra”, tal y como se ha popularizado, es achicar el Estado del Bienestar; es el retorno a un capitalismo desatado, más propio de la época del patrón-oro, en donde el ganador va a ser siempre quien más dinero tenga. Es la condena de la clase media y de la clase trabajadora, a parte de la dejación absoluta hacia las capas más desfavorecidas de la población, cuyo estado se explica, para los defensores de ese darwinismo económico y social, por su falta de capacidad y esfuerzo.

            Estamos ante otra revolución neoconservadora que prolonga la iniciada en la década de 1980 por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, pero la presente con mayor profundidad que tiene recordatorios nada desdeñables con la economía de entreguerras y el ascenso del fascismo y del nazismo. Lo han explicado con clarividencia Siegmund Ginzberg (Síndrome 1933, Gatopardo Ediciones, Madrid, 2024); y Federico Finchelstein (Wannabe Fascists: A Guide to Understanding the Greatest Threat to Democracy, University of California Press, 2024). Esta nueva ola –que se va extendiendo igualmente a la Unión Europea– actúa con absoluta desfachatez: expone sus apetencias sin filtro alguno; utiliza un lenguaje estudiado con ideas simples, pero hábilmente construidas; toca fibras íntimas de determinados segmentos de la población; preconiza el retorno a un pasado glorioso; invoca la necesidad de nuevos “espacios vitales”; expone ejemplos estrambóticos pero que calan por su simpleza al no contemplar matiz alguno. Es una revolución neofascista, al tomar claros signos de identidad del fascismo de los años 1920 y 1930 –como exponen Ginzberg y Finchelstein–, con otro elemento común: el dominio político de una oligarquía económica muy vinculada a los regímenes nazi y fascista, protagonista de la expansión del acero, del aluminio, de los motores de explosión, de la nueva energía que emanaba de los combustibles fósiles en la Segunda Revolución Industrial; hasta los tecno magnates oligarcas de la robótica, la automatización, la nanotecnología y la IA, en la coyuntura actual de la Cuarta Revolución Industrial (o Industria 4.0), algunos de ellos simpatizantes sin tapujos del nazismo. Las concomitancias son elevadas, salvando como es natural las coordenadas histórico-económicas y sus importantes particularidades.

3. Perspectivas: el freno de la economía

            Sin embargo, la situación económica y social de los años 1920-1930 no se parece tanto a la actual. Entonces, se salía de una guerra mundial con consecuencias inferidas por el Tratado de Versalles, que fueron letales, sobre todo, para Alemania; el crecimiento económico se había hundido, con caídas del PIB que iban desde el 25% al 33% (Estados Unidos y Alemania, respectivamente); la deflación se enseñoreaba tras episodios dramáticos de hiperinflación por la estrepitosa caída de la demanda agregada; los retrocesos económicos impulsaban la promulgación de gravámenes arancelarios; las tasas de paro superaban el 25%; la apertura comercial se iba reduciendo. El caldo de cultivo era propicio para la aparición de liderazgos dictatoriales y la transgresión hacia el sistema establecido. Weimar da lecciones para no olvidar. Ahora, para centrarse en Estados Unidos en 2025, la herencia macroeconómica recibida por Trump ha sido positiva: un país con crecimiento económico superior al 2%, la inflación controlada, plena ocupación, conexiones comerciales dinámicas con todo el mundo, fortaleza del dólar como moneda refugio, horizonte de recortes en los tipos de interés. Un panorama de mayor estabilidad.

            Pero se ha fortalecido desde Trump una narrativa política, cultural y económica que conduce al desguace social, la génesis de una crisis autoinducida: aranceles que erróneamente persiguen equilibrar los déficits comerciales (cargas que atacan a aliados históricos), la ruptura de la multilateralidad, la paralización de las decisiones de inversión, la inquietud del sistema financiero por la evolución del mercado de la deuda, la debilidad del dólar, la pérdida posible de la autonomía de la Reserva Federal, el despido de miles de funcionarios. En síntesis: la erosión de confianza hacia Estados Unidos, con un claro exponente: la venta de bonos de deuda del tesoro estadounidense, que encarece el escenario de refinanciación del montante del débito al exigir los inversores mayores primas de riesgo.

            Pero todo este proceso se alimenta con un relato ficticio de recuperación de una industrialización que se ha perdido –se defiende– por la actuación del resto del mundo. Victimismo económico con trascendencia corrosiva hacia todo lo público e, igualmente, hacia lo que se considera “intelectualidad”: se indica que en el sector público anidan parásitos que consumen recursos que se detraen para otros objetivos; mientras profesores, investigadores, pensadores, forman parte de una élite universitaria que ha tolerado en exceso muchos de los elementos que definen un progresismo social y cultural. Aquí sí se coincide con lo analizado en la década de 1930, según Ginzsberg y Finchelstein. Se ha convencido a muchísima población de los “cinturones del óxido” de que se lanzarán nuevos planes industriales al calor de las consecuencias de los aranceles. Y América será grande de nuevo, según reza la consigna MAGA.

            Pero los indicadores concretos no muestran esa vía: inicio ya claro de recesión en la economía norteamericana (–0,3% en el primer trimestre de 2025), algunos problemas de abastecimientos, parálisis en los puertos que reciben muchas menos mercancías, elevación de los precios al consumidor en un 2,3% (equivale a una pérdida-promedio de 3.800 dólares por hogar; los datos provienen de The Guardian), expectativas de inflación entorno al 3,3% (el nivel más alto desde junio de 2008), incremento de impuestos de unos 1.240 dólares por hogar con reducción de ingresos del orden del 1,2% (datos de Tax Foundation), caída de las bolsas de valores, pérdidas importantes de grandes empresarios. La administración Trump trata de contrarrestar este alud de datos negativos con una soflama: se trata de costes de transición, ya que para llegar al escenario ideal (el MAGA) se debe pasar por etapas duras pero que, finalmente, abrirán ese contexto positivo preconizado por los republicanos estadounidenses. Pero la evolución económica puede pasar una cáustica factura a Trump, porque mantener este discurso con datos tendencialmente negativos es difícil en el medio plazo.

4. Conclusión

            La involución ideológica es un hecho; involución en un sentido concreto: la negación de cualquier avance económico, social, ambiental, cultural, en el marco de la multilateralidad; y la irrupción de un relato presidido por un ultranacionalismo supremacista. Una tendencia hacia una revolución en el pensamiento que cercena la capacidad y posibilidad de disentir, el odio hacia el extranjero, la búsqueda de la ruina de los vecinos, la sumisión total hacia un liderazgo de un país que se sabe herido (el declive de Estados Unidos es apreciable desde los inicios del siglo XXI, en paralelo al ascenso imparable de China) pero que se trata de afianzar a toda costa. Se busca la incertidumbre, la crispación, la calumnia, la mentira institucionalizada, el dislate, al tiempo que se minimizan consecuencias tangibles, con magnitudes concretas como se ha apuntado. En esas coordenadas de inseguridad y de mensajes incendiarios y abundantes –que bloquean la inmediatez de reacciones–, siempre se han movido con comodidad los regímenes autoritarios. Estos son signos actuales de involución, parecidos innegables con lo vivido en otras fases de la historia económica, en particular durante las décadas de 1920 y 1930.

            Pero el objetivo actual de este agresivo programa de actuación parece cada vez más evidente: la descalificación de todo lo público y su desmantelamiento, con la idea de su falta de eficacia y eficiencia. La política arancelaria es un instrumento más. Y, por consiguiente, la reducción de los impuestos, con el propósito de evitar cargas tributarias que serán innecesarias ante la contracción del sector público. Este debate, que siempre ha estado presente en la teoría económica y en la política económica, con diferentes escalas, emerge de nuevo con fuerza inusitada por parte de la administración Trump. Sus esquirlas llegan a Europa por medio de formaciones de derecha y ultraderecha que enarbolan un discurso muy similar. Romper las democracias hacia gobiernos autocráticos representa una distopía diseñada por think tanks poderosos de las derechas más conservadoras, en una vertiente netamente ideologizada, creyente de que las pérdidas actuales –que están provocando las medidas de Trump– se transmutarán en beneficios futuros. Serán privados, indiscutiblemente. Lo público se pretende rendido y exhausto en las cunetas. Volvemos al patrón-oro, pero sin el oro. Beveridge, liberal, economista inquieto por alcanzar mayor bienestar social, se revuelve en su tumba: su legado puede estar en peligro. Las últimas elecciones en Gran Bretaña demuestran la extensión de esa amenaza: la ultraderecha avanza en detrimento de los partidos convencionales, con retrocesos del laborismo. Reforzar, desarrollar, activar, impulsar todo lo que Beveridge propuso constituye un buen antídoto ante el neoconservadurismo desbocado.

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Entrevista en el programa La Noche en 24 horas, con Xabier Fortes, en la 2 de RTVE. Desde el siguiente tiempo: 1:04. Sobre economía, aranceles, y mi libro Economía en crisis. Aprendiendo de la historia económica

https://www.rtve.es/play/videos/la-noche-en-24h/07-04-25/16525375/

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El incendio de Trump

            Preocupado por el impacto de los aranceles de Trump, el Banco Central Europeo, con Christine Lagarde al frente, decidió bajar un 0,25 los tipos de interés, en un contexto de control de la inflación. De hecho, este dato –un 2,2%– se abre hacia la senda del 2%, meta del regulador bancario. El tsunami comercial que ha generado la administración norteamericana es un fenómeno insólito y de una elevada gravedad. Es un retorno a fines del siglo XIX; prosigue durante la economía de entreguerras. En 1897, Estados Unidos aplicaba aranceles por un 57%; y a las puertas de la Primera Guerra Mundial, todos los países esgrimieron gravámenes que iban del 9% al 41%, según el economista Sidney Pollard. Las cifras se elevan con estimaciones de otros dos economistas, Kenwood-Lougheed, que exponen datos que oscilan entre el 35% y el 65%. Una profundización en el proteccionismo en un escenario que no se debe olvidar: la crisis económica arrastrada desde 1873, la primera del sistema capitalista. Una fuerte recesión que generó deflación, destrucción empresarial y concentración del capital financiero e industrial. Y que puso bases económicas para futuros conflictos bélicos.

            La Gran Depresión de la década de 1930 espoleó otra onda arancelaria. El proteccionismo se intensificó con políticas de “empobrecer al vecino”: devaluación competitiva, protección y “guerra comercial”; incrementos de tarifas arancelarias, restricciones cuantitativas a las importaciones, control de cambios, acuerdos bilaterales. En esa coyuntura, el proteccionismo comercial comenzó en Estados Unidos con la aprobación del arancel Hawley-Smoot. La medida provocó represalias de otros países, que también elevaron sus aranceles y levantaron barreras cuantitativas al comercio internacional. Se agudizó la crisis: más del 30% de paro y una deflación galopante por falta de demanda agregada. Todo es familiar, si lo comparamos con ahora.

            Porque, en efecto, Trump reproduce esos movimientos, y ahora exige además que la Reserva Federal baje los tipos de interés, no sin antes insultar y menospreciar al presidente del banco central, Jerome Powell (nombrado por el propio Trump en su primer mandato). Y remitiendo como modelo a la actuación del Banco Central Europeo: reducción de tipos. Pero la situación no es exactamente la misma entre Estados Unidos y la Unión Europea. Las tensiones inflacionistas están aflorando en el primero; y esto es lo que inquieta a Powell. La desinflación se va confirmando en el segundo; de ahí la apuesta de Lagarde. La preocupación del banquero estadounidense es justificada, habida cuenta que puede desembocar en la estanflación: recesión e incremento de los precios. Una ecuación corrosiva. Influyentes economistas de perfil netamente liberal, como Olivier Blanchard y Larry Summers, están advirtiendo de los peligros del “fuego” (textual, en un documento de Blanchard) que está avivando Trump con los aranceles. Con su incendiaria irresponsabilidad. Expectante: China, devaluando su moneda –minando los aranceles–, vetando exportaciones estratégicas (tierras raras) a Estados Unidos, y abriéndose a la colaboración con todos los países. El mundo al revés.

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La resistente economía española

            Un cierre de ejercicio 2024 con un crecimiento del 3,2%. La mitad de ese crecimiento, debido al consumo privado. Y éste explicable por el dinamismo del mercado laboral, con la creación de casi 500 mil puestos de trabajo, una disminución de la tasa de paro a poco más del 10%, y un crecimiento demográfico relevante. Expansión de las exportaciones de servicios, con una aportación al PIB de 0,4 puntos por parte del sector exterior. Y sin desequilibrios financieros: mantenimiento de la deuda privada, la que nuclea hogares y empresarios (125% sobre PIB; la media de la zona euro se sitúa en 153%); y de la deuda pública, que alcanza casi el 102% sobre PIB.

            Estos son los fundamentos para el desarrollo económico de 2025, en un entorno caracterizado por una elevada incertidumbre: Trump y sus aranceles. El tsunami. Sin embargo, importantes instituciones económicas –Banco de España, FMI, CaixaBank, Funcas, entre otras– subrayan una posible prospectiva: España seguirá en esa senda robusta de crecimiento. El primer trimestre de 2025 se ha inaugurado con un aumento en la afiliación a la Seguridad Social, a una tasa media del 0,2%. Las horas trabajadas han aumentado (3,5% en términos interanuales), con incrementos de la productividad por ocupado y de la productividad por hora efectiva, con datos del INE y del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Las entidades económicas se han apresado en variar al alza las previsiones de crecimiento para España en 2025 (The Economist, Financial Times).

            Los cálculos que hacen los economistas deben estar presididos por la cautela en un contexto tan problemático como el actual. No obstante, las bases sólidas que antes hemos delineado facilitan llegar a conclusiones concretas. La previsión del crecimiento económico para España se puede situar entorno al 2,5% –el dato casi cuadriplica el establecido para la media de la UE– toda vez que los impactos de los aranceles sobre nuestra estructura económica pueden suponer un ajuste aproximado de apenas 0,1 puntos porcentuales, por la menor exposición de la economía española a la estadounidense. En paralelo, las inversiones en bienes de equipo en el cuarto trimestre de 2024 crecieron un 7,6%, según datos del Banco de España y del INE. A su vez, se ha detectado un aumento en el ahorro de los hogares (más de un 14%). Este proceso dinámico se incardina, además, en una evolución controlada de los precios. De hecho, las instituciones consultadas prevén una moderación en la inflación: entorno al 2,5% en el curso del presente año, hasta llegar al umbral del 2% en 2026.

            Estas variables, que provienen de fuentes públicas y privadas de toda credibilidad y rigor, colocan la economía española en una posición más sólida en contraste con otras economías de la zona euro. Los avatares internacionales son los que pueden trastocar o matizar los indicadores expuestos. Hay problemas: vivienda, pobreza infantil, desigualdad, aspectos que no pueden enterrarse ante positivas variables macroeconómicas. Y que urgen de políticas específicas para atajarlos.

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Economía mundial y española: apuntes en tiempos de plomo

            Los acontecimientos graves por los que atraviesa la economía mundial, que afectan también a la española, aconsejan unas consideraciones que, por su naturaleza muy oscilante, trataremos de plantear desde sus factores más estructurales, sin descuidar los datos disponibles de carácter más coyuntural. El ejercicio no es fácil, por la gran volatilidad de la economía en este contexto. Dos son los bloques. El primero, el contexto que se ha abierto tras las medidas arancelarias de la administración norteamericana. El segundo, la posición de la economía española, con datos recientes de 2024 y 2025, ante esta compleja situación.

1. El tsunami de Trump

            Caídas de las bolsas mundiales, con la de Estados Unidos a la cabeza, situándose en índices de la pandemia. Las pérdidas en Wall Street se enfilan a más de 6 billones de dólares. En su conjunto, –10%, con derrumbes llamativos en los índices Nasdaq (–5,8%), Dow Jones (–5,5%), S&P 500 (–5,98%). Desplome de acciones de empresas emblemáticas (General Electric, –6%; Ford, –5,9%; General Motors, –4,2%; Apple, –9,2%; Microsoft, –2,3%) junto a instituciones bancarias (Bank of America, –11%; Goldman Sachs, –9,2%). Las grandes empresas tecnológicas (las denominadas Siete Magníficas: Apple, Amazon, Alphabet, Microsoft, Nvidia, Meta, Tesla) restan más de 980 mil millones de dólares de valor de mercado. Una auténtica sangría. En paralelo, desmoronamiento de las bolsas europeas y asiáticas, que arrojan descalabros del –5% en general. Los datos se corresponden al día siguiente del anuncio de Trump. Éste sigue empecinado en condenar a la economía mundial a una recesión sin sentido, con pérdidas para todo el mundo. Y atacando sin tregua a sus otrora aliados. Un reguero de incendios desencadenados hacia el caos.

            Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, ya ha advertido que los aranceles van a tener consecuencias mayores a las esperadas, y que es muy probable una crisis económica en Estados Unidos en los próximos meses, con sus corolarios en la economía planetaria. Una crisis en la que las tensiones inflacionistas pueden aparecer, de manera que el aterrizaje de los precios –que Powell ya daba por hecho– y el mantenimiento del crecimiento económico, se encuentran ahora mismo en entredicho. Se abren fuertes especulaciones sobre posibles bajadas de tipos de interés en un escenario de contracción; pero Powell no descarta mantener los tipos en su estado actual, ante el riesgo claro de inflación. Estaríamos, entonces, en un cuadro de estancamiento y aumento de precios, una estanflación que ya se conoció en la década de 1970. Hipótesis arriesgada, pero no descabellada. Arriesgada y descabellada, porque la inestabilidad es de gran intensidad, y las opciones de Trump y de su administración se van balanceando sin un aparente criterio racional: subidas de aranceles, luego parálisis en su aplicación, después nuevas amenazas efectivas de incrementos, su anulación temporal –con la única excepción de las tarifas a China–, etc. Todo falto de seguridad jurídica, de mínima previsión.

            Trump advierte que los aranceles resituarán a Estados Unidos en una potente senda de crecimiento. Esto no ha sucedido nunca en la historia económica de los últimos 120 años con tal política económica. Los aranceles se desplegaron tras la primera gran crisis del capitalismo, en 1873; y se retomaron con fuerza en la economía de entreguerras. En etapas económicas con unas características que poco tienen que ver con la actual. Todo con resultados negativos derivados de los cierres de las economías y en coyunturas en las que los grados de apertura de las mismas, siendo importantes, no eran tan elevados como los actuales. El inspirador del desaguisado actual, Stephen Miran, ha permeado a Trump una hoja de ruta de elevadísimo riesgo, que denota, además, un conocimiento limitado de la economía internacional, una ignorancia profunda de la historia económica y, sobre todo, el arrinconamiento de los elementos determinantes de la estructura productiva de Estados Unidos. Unos factores conviene subrayar:

  • Los aranceles se han impuesto a partir de datos erróneos, desde una fórmula con variables y resultados muy discutibles. Las cifras de partida ya han sido criticadas por economistas eminentes –Larry Summers, Georg Mankiw, Paul Krugman, entre otros– que no son representativos de corrientes heterodoxas.
  • Reindustrializar un país no se puede ajustar, tan solo, a una política comercial de “arruinar al vecino”, impulsando una política que algunos han definido como “sustitución de importaciones”. En efecto, esta fue una línea de actuación de muchos países en otras coyunturas muy especiales –con graves crisis desencadenadas o en contextos bélicos: recordemos, por ejemplo, casos de economías latinoamericanas entre los años 1930 y 1980, una práctica avalada por la CEPAL en términos teóricos y por el economista Raul Prebisch–.
  • Sustituir importaciones implica varios componentes, desde altos aranceles hasta subsidios a empresas nacionales, fuerte inversión estatal en sectores estratégicos, controles en los precios, tipos de cambio preferenciales y la formación de empresas estatales si las inversiones privadas eran parcas. En Estados Unidos, muchas industrias clave se han deslocalizado tanto en México como en países asiáticos, en sectores como el automovilístico y el tecnológico. La búsqueda de costes laborales unitarios más bajos fue el acicate para los empresarios que estimularon tal planteamiento.
  • Las acciones de la administración Trump y de Elon Musk no van en la línea de dotar a la economía pública de la fortaleza necesaria cuando se busca sustituir importaciones por producción nacional. Al contrario: el desmantelamiento de organismos públicos y la retracción de la inversión federal constituyen el frontispicio que abre una política económica e industrial interior que no va a conducir a la reindustrialización que se defiende. En definitiva: los aranceles no son, en absoluto, la palanca reindustrializadora que Trump dice, y su conformación obedece más a objetivos que se relacionan más directamente con presiones predatorias hacia todo el mundo, incluyendo países que eran considerados como amigos o aliados.
  • Las empresas estadounidenses que operan en el exterior es poco probable que accedan a cambiar esos costes laborales unitarios bajos que ahora tienen, con los aranceles que se van a desarrollar. El coste-beneficio va a ser, presumiblemente, seguir fabricando donde están.
  • Esta desindustrialización de la economía de Estados Unidos no es responsabilidad de los déficits comerciales del país; éstos han facilitado, no debe olvidarse, fuertes entradas de capital y la posibilidad de consolidar la fortaleza económica norteamericana, gracias a la importancia del dólar como moneda refugio. Que, además, cuenta con saldos positivos en su balanza de exportaciones de servicios tecnológicos y digitales hacia, por ejemplo, la Unión Europea (un superávit de 109 mil millones de euros para Estados Unidos en estos renglones): esta es una tangible herramienta de negociación para los europeos. No hay ni estafa ni abuso por parte del mundo hacia Estados Unidos. Lo que ofrece la administración Trump es dinamitar Bretton Woods y todo lo que representa: un multilateralismo en el que Estados Unidos se erigía como potencia central.
  • La financiarización de la economía explica muchos de los problemas de economía productiva que tiene Estados Unidos: la tasa de beneficios en empresas industriales es más baja que en empresas financieras y especulativas, desde sobre todo los años 1980 tras los procesos letales de des-regulación del sistema financiero y la derogación de la ley Glass-Stegall, una normativa decretada por Franklin Delano Roosevelt para paliar las consecuencias de la Gran Depresión, y que ponía coto a los desórdenes inversores y especulativos de una parte sustancial del sistema financiero. Es aquí donde cabe observar con mayor rigor el proceso gradual de desindustrialización: mayores rentabilidades en las finanzas en Wall Street que en apuntalar positivamente la economía industrial del país.
  • Una ecuación más realista se puede delinear: los aranceles van a encarecer las importaciones en Estados Unidos –a parte de lesionar las economías de otros continentes–, lo que va a inferir procesos plausibles de inflación, elevación de los costes del nivel de vida, incertidumbres empresariales, incrementos en la tasa de desempleo y una caída relevante de la demanda agregada por varios motivos centrales: el retroceso de la inversión pública, el despido de decenas de miles de trabajadores públicos, el desmantelamiento de oficinas y organismos importantes, relacionados con el mundo sanitario y con el educativo, junto al temor de la población inmigrante y su previsible retracción de consumo ante la inseguridad. Desmontar la economía pública parece ser un objetivo, para favorecer la entrada agresiva de la economía privada de la mano de los grandes consorcios que han empujado la victoria de Trump.

Los movimientos económicos se dinamizan de manera notable. El más significativo, el más directo, el más doloroso para Estados Unidos, el de China. Los dirigentes asiáticos han permanecido silentes mucho tiempo, a la expectativa. Pero han anunciado responder con aranceles a las importaciones norteamericanas y, esencialmente, la aplicación de severos controles a las exportaciones de tierras raras (gadolinio, disprosio, escandio, lutecio, etc.; China tiene en sus manos el 80% del comercio total de estas producciones) supone un golpe para la industria militar de Estados Unidos (en su producción de misiles, por ejemplo) y, a la par, a las industrias médica y electrónica. Dos vectores, el tecnológico y el militar, en los que la competencia entre Estados Unidos y China es acendrada. Difícil saber si todo esto puede reconsiderar la posición de Trump. Probablemente no. El daño ya está hecho, y su desbordamiento se está haciendo efectivo.

En efecto, los índices disponibles sobre confianza económica (Economic Policy Uncertainty Index, publicado por Blomberg), que engloban el comercio, colocan el indicador en una cota similar a la vivida durante la pandemia. Estados Unidos se lleva la palma en esta evolución, en la que la desconfianza, el miedo, la incertidumbre, presiden el comportamiento de inversores y ciudadanos. Estamos, como ya se ha dicho, ante una enorme volatilidad en los mercados financieros, con fuertes caídas de las bolsas desde el mal llamado “liberation day”. En tal contexto, las empresas tecnológicas son las que más están sufriendo, con caídas del 19% y 17% en Europa y en Estados Unidos, respectivamente. En este último país, todos los sectores –no así en Europa– están conociendo caídas significativas: empresas sanitarias, energéticas, financieras, industriales, inmobiliarias, etc., según datos de Bloomberg para el día 3 de abril. 

El pesimismo es lo que domina, y la euforia que se vislumbró ante el triunfo de Trump se ha alejado por completo, con conatos de disconformidad ante la política económica del mandatario, por parte de empresarios y representantes del Partido Republicano. Esta situación negativa se ha trasladado, a su vez, a los precios energéticos, que de alguna forma avanzan una posible recesión: caídas en los precios del petróleo y del gas. El agravamiento se acrecienta con la actitud del presidente estadounidense incrementando los aranceles a China, con la consiguiente respuesta de Pekín al elevar al 84% los aranceles ante la subida previa a más del 100% de las tarifas por parte de Estados Unidos: asistimos a una parálisis de una parte central del comercio internacional, un freno que puede extenderse a todo el mundo. Desglobalización, con una posibilidad tangible de entrar en recesión auto-inducida –insistimos en ello– por la administración Trump. China, en paralelo, pone a la venta bonos de deuda de Estados Unidos –China detenta una parte nada desdeñable de deuda pública norteamericana–, con el objetivo de devaluar su moneda y contrarrestar así una parte de las consecuencias de los aranceles. He aquí una munición de gran calado, que tiene un peligro latente: generar una crisis financiera relevante.

2. La resistente economía española frente a la tormenta

            En estas coordenadas, la economía española ostenta indicadores positivos. Un cierre de ejercicio 2024 con un crecimiento del 3,2%. La mitad de ese crecimiento, debido al consumo privado. Y éste explicable por el dinamismo del mercado laboral, con la creación de casi 500 mil puestos de trabajo, una disminución de la tasa de paro a poco más del 10%, y un crecimiento demográfico relevante. Expansión de las exportaciones de servicios, con una aportación al PIB de 0,4 puntos por parte del sector exterior. Y sin desequilibrios financieros: mantenimiento de la deuda privada, la que nuclea hogares y empresarios (125% sobre PIB; la media de la zona euro se sitúa en 153%); y de la deuda pública, que alcanza casi el 102% sobre PIB.

            Estos son los fundamentos para el desarrollo económico de 2025, en un entorno caracterizado por la elevada incertidumbre que ya hemos detallado: Trump y sus aranceles. El tsunami. Sin embargo, importantes instituciones económicas –Banco de España, FMI, CaixaBank, Funcas, entre otras– subrayan una posible prospectiva: España seguirá en esa senda robusta de crecimiento. El primer trimestre de 2025 se ha inaugurado con un aumento en la afiliación a la Seguridad Social, a una tasa media del 0,2%. Las horas trabajadas han aumentado (3,5% en términos interanuales), con incrementos de la productividad por ocupado y de la productividad por hora efectiva, con datos del INE y del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Las entidades económicas se han apresado en variar al alza las previsiones de crecimiento para España en 2025 (The Economist, Financial Times).

            Los cálculos que hacen los economistas deben estar presididos por la cautela en un contexto tan problemático como el actual. No obstante, las bases sólidas que antes hemos dibujado facilitan llegar a conclusiones concretas. La previsión del crecimiento económico para España se puede situar entorno al 2,5% –el dato casi cuadriplica el establecido para la media de la UE– toda vez que los impactos de los aranceles sobre nuestra estructura económica pueden suponer un ajuste aproximado de apenas 0,1 puntos porcentuales, por la menor exposición de la economía española a la estadounidense. En paralelo, las inversiones en bienes de equipo en el cuarto trimestre de 2024 crecieron un 7,6%, según datos del Banco de España y del INE. A su vez, se ha detectado un aumento en el ahorro de los hogares (más de un 14%). Este proceso dinámico se incardina, además, en una evolución controlada de los precios. De hecho, las instituciones consultadas prevén una moderación en la inflación: entorno al 2,5% en el curso del presente año, hasta llegar al umbral del 2% en 2026.

            Estas variables, que provienen de fuentes públicas y privadas de toda credibilidad y rigor, colocan la economía española en una posición más sólida en contraste con otras economías de la zona euro. Los avatares internacionales son los que pueden trastocar o matizar los indicadores expuestos. Hay problemas: vivienda, pobreza infantil, desigualdad, aspectos que no pueden enterrarse ante positivas cifras macroeconómicas. Y urgen a fomentar políticas específicas para atajarlos.

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Nerón en la Casa Blanca

            Caídas de las bolsas mundiales, con la de Estados Unidos a la cabeza, situándose en índices de la pandemia. Las pérdidas en Wall Street se enfilan a más de 6 billones de dólares. En su conjunto, –10%, con derrumbes llamativos en los índices Nasdaq (–5,8%), Dow Jones (–5,5%), S&P 500 (–5,98%). Desplome de acciones de empresas emblemáticas (General Electric, –6%; Ford, –5,9%; General Motors, –4,2%; Apple, –9,2%; Microsoft, –2,3%) junto a instituciones bancarias (Bank of America, –11%; Goldman Sachs, –9,2%). Las grandes empresas tecnológicas (las denominadas Siete Magníficas: Apple, Amazon, Alphabet, Microsoft, Nvidia, Meta, Tesla) restan más de 980 mil millones de dólares de valor de mercado. Una auténtica sangría. En paralelo, desmoronamiento de las bolsas europeas y asiáticas, que arrojan descalabros del –5% en general. Mientras hace sonar la lira en el balcón de su residencia, señalando casi de forma edulcorada que todo esto es normal –como una operación quirúrgica a un paciente–, Trump sigue empecinado en condenar a la economía mundial a una recesión sin sentido, con pérdidas para todo el mundo. Y atacando sin tregua a sus otrora aliados. Un reguero de incendios desencadenados hacia el caos.

            Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, ya ha advertido que los aranceles van a tener consecuencias mayores a las esperadas, y que es muy probable una crisis económica en Estados Unidos en los próximos meses, con sus corolarios en la economía planetaria. Una crisis en la que las tensiones inflacionistas pueden aparecer, de manera que el aterrizaje de los precios –que Powell ya daba por hecho– y el mantenimiento del crecimiento económico, se encuentran ahora mismo en entredicho. Se abren fuertes especulaciones sobre posibles bajadas de tipos de interés en un escenario de contracción; pero Powell no descarta mantener los tipos en su estado actual, ante el riesgo claro de inflación. Estaríamos, entonces, en un cuadro de estancamiento y aumento de precios, una estanflación que ya se conoció en la década de 1970. Hipótesis arriesgada, pero no descabellada.

            Mientras las llamas se propagan, el pretendido emperador, con ceño fruncido, advierte que los aranceles resituarán a Estados Unidos en una potente senda de crecimiento. Esto no ha sucedido nunca en la historia económica de los últimos 120 años con tal política económica. Los aranceles se desplegaron tras la primera gran crisis del capitalismo, en 1873; y se retomaron con fuerza en la economía de entreguerras. En etapas económicas con unas características que poco tienen que ver con la actual. Todo con resultados negativos derivados de los cierres de las economías y en coyunturas en las que los grados de apertura de las economías, siendo importantes, no eran tan elevados como los actuales. El inspirador del desaguisado actual, Stephen Miran, ha permeado a Trump una hoja de ruta de elevadísimo riesgo, que denota, además, un conocimiento limitado de la economía internacional, una ignorancia profunda de la historia económica y, sobre todo, el arrinconamiento de los elementos determinantes de la estructura productiva de Estados Unidos. Unos factores conviene subrayar:

  • Los aranceles se han impuesto a partir de datos erróneos, desde una fórmula con variables y resultados que exigirían el suspenso de un estudiante de primero de Economía. Las cifras de partida ya son un nuevo mantra mentiroso de Trump, uno más, y ha sido criticado por economistas eminentes –Larry Summers, Georg Mankiw, Paul Krugman, entre otros– que no son representativos de corrientes heterodoxas.
  • Reindustrializar un país no se puede ajustar, tan solo, a una política comercial de “arruinar al vecino”, impulsando una política que algunos han definido como “sustitución de importaciones”. En efecto, esta fue una línea de actuación de muchos países en otras coyunturas muy especiales –con graves crisis desencadenadas o en contextos bélicos: recordemos, por ejemplo, casos de economías latinoamericanas entre los años 1930 y 1980, una práctica avalada por la CEPAL en términos teóricos y por el economista Raul Prebisch–.
  • Sustituir importaciones implica varios componentes, desde altos aranceles hasta subsidios a empresas nacionales, fuerte inversión estatal en sectores estratégicos, controles en los precios y tipos de cambio preferenciales y la formación de empresas estatales si las inversiones privadas eran parcas. En Estados Unidos, muchas industrias clave se han deslocalizado tanto en México como en países asiáticos, en sectores como el automovilístico y el tecnológico. La búsqueda de costes laborales unitarios más bajos fue el acicate para los empresarios que estimularon tal planteamiento.
  • Las acciones de la administración Trump y de su escudero Elon Musk no van en la línea de dotar a la economía pública de la fortaleza necesaria cuando se busca sustituir importaciones por producción nacional. Al contrario: el desmantelamiento de organismos públicos y la retracción de la inversión federal constituyen el frontispicio que abre una política económica e industrial interior que no parece vaya a conducir a la reindustrialización que, persiste la lira del pseudo-emperador, canta y propaga. En definitiva: los aranceles no son, en absoluto, la palanca reindustrializadora que Trump dice, y su conformación obedece más a objetivos que se relacionan más directamente con presiones predatorias hacia todo el mundo, incluyendo países que eran considerados como amigos o aliados.
  • Las empresas estadounidenses que operan en el exterior es poco probable que accedan a cambiar esos costes laborales unitarios bajos que ahora tienen, con los aranceles que se van a desarrollar. El coste-beneficio va a ser, presumiblemente, seguir fabricando donde están.
  • Esta desindustrialización de la economía de Estados Unidos no es responsabilidad de los déficits comerciales del país; éstos han facilitado, no debe olvidarse, fuertes entradas de capital y la posibilidad de consolidar la fortaleza económica norteamericana, gracias a la importancia del dólar como moneda refugio. Que, además, cuenta con saldos positivos en su balanza de exportaciones de servicios tecnológicos y digitales hacia, por ejemplo, la Unión Europea (un superávit de 109 mil millones de euros para Estados Unidos en estos renglones): esta es una tangible herramienta de negociación para los europeos, tocar esos registros. Como señalaba en un reciente e ilustrativo artículo Daniel Fuentes, es más el capital que el comercio lo que puede atender con solvencia la Comisión Europea, abriéndose a su vez a reforzar lazos económicos con el área asiática. No hay ni estafa ni abuso por parte del mundo hacia Estados Unidos, contradiciendo el discurso populista y victimista de Trump.
  • La financiarización de la economía explica muchos de los problemas de economía productiva que tiene Estados Unidos: la tasa de beneficios en empresas industriales es más baja que en empresas financieras y especulativas, desde sobre todo los años 1980 tras los procesos letales de des-regulación del sistema financiero y la derogación de la ley Glass-Stegall, una normativa decretada por Franklin Delano Roosevelt para paliar las consecuencias de la Gran Depresión. Es aquí donde cabe observar con mayor rigor el proceso gradual de desindustrialización: mayores rentabilidades en las finanzas en Wall Street que en apuntalar positivamente la economía industrial del país.
  • Una ecuación más realista se puede delinear: los aranceles van a encarecer las importaciones en Estados Unidos –a parte de lesionar las economías de otros continentes–, lo que va a inferir procesos plausibles de inflación, elevación de los costes del nivel de vida, incertidumbres empresariales, incrementos en la tasa de desempleo y una caída relevante de la demanda agregada por dos motivos centrales: el retroceso de la inversión pública, el despido de decenas de miles de trabajadores públicos, el desmantelamiento de oficinas y organismos importantes, relacionados con el mundo sanitario y con el educativo, junto al temor de la población inmigrante y su previsible retracción de consumo ante la inseguridad. Desmontar la economía pública parece ser un objetivo, para favorecer la entrada agresiva de la economía privada de la mano de los grandes consorcios que han empujado la victoria de Trump.

      Mientras la lira sigue sonando y el incendio se acrecienta, se van produciendo movimientos. El más significativo, el más directo, el más doloroso para Estados Unidos, el de China. Los dirigentes asiáticos han permanecido silentes mucho tiempo, a la expectativa, como quien dice “viéndolas venir”. Hasta hace pocas horas: el anuncio de responder con aranceles a las importaciones norteamericanas y, esencialmente, la aplicación de severos controles a las exportaciones de tierras raras (gadolinio, disprosio, escandio, lutecio, etc.; China tiene en sus manos el 80% del comercio total de estas producciones) supone un golpe para la industria militar de Estados Unidos (en su producción de misiles, por ejemplo) y, a la par, a las industrias médica y electrónica. Dos vectores, el tecnológico y el militar, en los que la competencia entre Estados Unidos y China es acendrada. Difícil saber si todo esto puede reconsiderar la posición de Trump. Probablemente no. El daño ya está hecho, y su desbordamiento se está haciendo efectivo. La ira de Trump en sus mensajes en su propia red rubrica que Pekín ha tocado la tecla precisa.

      Esta nueva era en la que nos ha metido Trump ha reforzado la incertidumbre que presidía el gran escenario de la economía mundial. Nadie puede aventurar con rigor hacia dónde puede derivar este despropósito, en el que se mezclan medidas de política comercial en contextos de guerras calientes en diferentes puntos del planeta, avances de la intransigencia política y del neo-fascismo que persiguen dinamitar los resortes democráticos, y con la amenaza permanente de las consecuencias del cambio climático. Nos adentramos en tiempos de plomo, mientras el incendio devora expectativas y esperanzas. Tiempos en los que no se puede retroceder. Porque muchos queremos silenciar la lira que trata de adormecer las conciencias.

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