La desglobalización

            El proceso de globalización económica ha hecho emerger un mundo fragmentado en, al menos, seis grandes áreas económicas: Europa, que se ha ensanchado hacia el Este, con dificultades por la falta de convergencia entre los nuevos Estados y los más consagrados, junto a los graves problemas derivados de la guerra de Ucrania; el encaje de Rusia en la nueva geo-política; un espacio asiático en pleno auge, con dos colosos dominadores, China e India; el área latinoamericana, que tiene un liderazgo económico ahora mismo difuso en el crecimiento de Brasil; el África subsahariana, desmembrada de la septentrional. Aquella África negra, rica en recursos, pero desprovista de cohesiones políticas, sociales, tribales, con guerras perennes, se ha convertido, dentro de su extrema pobreza social, en objetivo fundamental para las nuevas expansiones capitalistas; por último, la sexta gran área económica es Estados Unidos, potencia que se encuentra en crisis, cuestionada en este gran dinamismo de la nueva globalización, pero todavía con latentes capacidades en distintos campos del conocimiento científico y aplicado.

El nexo común de este esquema telegráfico: las incertidumbres ante las posiciones de la administración de Donald Trump, que cuestiona la globalización tal y como la conocemos, y que infiere tres aspectos determinantes: el final del multilateralismo; la existencia de tres grandes poderes nucleares, Estados Unidos, Rusia y China; y desafíos de cuatro grandes transiciones: energética, digital, demográfica y económica (Fuente: Brussels Institute for Geopolitics).

Las posiciones de la administración Trump, que se hicieron una vez más explícitas en su discurso en la Asamblea de las Naciones Unidas, un conjunto de argumentos en el que bulos, mentiras y tergiversaciones y negacionismos fueron principales señas de identidad, conducen a un escenario internacional cada vez más imprevisible, en el que resulta difícil tomar decisiones con un cuadro de informaciones que sean veraces, dada la actitud del presidente estadounidense, cuyos cambios de opinión no obedecen a racionalidad diplomática alguna, y sí a intereses privados. El insulto al conjunto de naciones presentes en la Asamblea de Nueva York, en cuanto a la dramática situación de Gaza y la estrategia genocida del gobierno de Israel, demuestra el nivel de delirio del magnate republicano, y nos lleva a preguntarnos en manos de quiénes estamos.

      Pero, además, desde la perspectiva económica, cinco factores se deducen de todo esto. Primero: la pugna creciente entre Estados Unidos y China. Segundo: la reducción previsible de la apertura comercial, es decir, la contracción de las actividades comerciales. Tercero: la des-globalización en la globalización, o sea, las grietas que se están produciendo en la cooperación pacífica entre naciones. Cuarto: la guerra comercial, auspiciada por una irresponsable –y equívoca– política arancelaria de Trump. Y cinco: el peligroso aislamiento de Estados Unidos, dirigido por una camarilla de personajes alocados que parecen vivir en un mundo paralelo, en el que se es enemigo si no se piensa como ellos dicen y promulgan. Des-globalización inquietante.

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El rapto de Europa

Carles Manera-Jorge Fabra Utray

            Un toro blanco, hermoso, Zeus encarnado, seduce a una princesa fenicia, Europa. Es engañada. Hemos visto la reedición mitológica en Escocia, hace unos días: un elefante republicano, en este caso, nada hermoso, ha acabado por persuadir a una Europa sin capacidad reactiva, entregada. Engañada. Y es que Trump ha ganado el pulso a Von der Layen. El encuentro, realizado en territorio europeo, pero en la propiedad del magnate –uno de sus campos de golf–, supuso una puesta en escena que fregaba claramente la humillación de la dirigente comunitaria, generosa en exceso a los deseos de Trump. Un desequilibrio lacerante para los intereses del viejo continente. Porque este desenlace significa, claro y raso: que Europa paga, y que Estados Unidos recauda. Los productos europeos, que tenían unos aranceles del 1,47%, se alzarán a una media del 15%, sin contrapartida por parte de Estados Unidos. En paralelo, Europa se compromete a comprar armamento y energía al país norteamericano. Un negocio redondo para la administración estadounidense.

            En esta negociación no ha habido equilibrio alguno. Se ha dinamitado la teoría del equilibrio de John Nash, que dice que el equilibrio se da cuando no existen incentivos para que ningún jugador cambie su estrategia, dado que cualquier cambio unilateral desembocaría en un peor resultado para ese jugador. Es pura teoría de juegos. Von der Layen ha variado, de manera unilateral, su estrategia de mantener una firmeza económica frente a Estados Unidos, teniendo en cuenta la variabilidad de situaciones comerciales entre los estados miembros y la potencia americana. Si el temor era evitar una guerra comercial, ese objetivo es fallido: ya existe.

            De alguna forma, la presidenta de la Comisión Europea ha asumido el relato de Trump, focalizando su obsesión en la balanza comercial –y no en la de capital y servicios, donde existe una clara ventaja estadounidense, algo incomprensible que esa tecla no se haya pulsado por parte de los negociadores europeos–, de manera que lo que se persigue es atenuar desequilibrios comerciales aparentes en las relaciones entre Europa y Estados Unidos. Se ha caído en una trampa, auspiciada por la cuestión de la defensa europea y las promesas de ayuda de un presidente de Estados Unidos cuya palabra vale más bien poco. Como la de Zeus en su desigual relación con la princesa fenicia. La fiabilidad que tiene es muy baja, a tenor de lo que vamos conociendo. Pero, además, las consecuencias negativas para Europa se pueden extender a los procesos de negociación con otros partners: qué mensaje se les va a trasladar si no es el de la debilidad, para avanzar en otros escenarios de intercambios económicos.

            Estamos ante una nueva cesión a Trump, cuyas formas y narrativas van cosechando éxitos. La OTAN ya se plegó a sus caprichos con el absurdo 5% en gasto militar sobre PIB –con la honrosa excepción de España–. Tantas genuflexiones dañan no solo las rodillas, sino el espíritu europeo, si es que puede ser invocado. Y esta postración ante Estados Unidos sorprenden ante los signos evidentes de la debilidad económica de un coloso que no lo es más que el potencial titán europeo, porque sus indicadores son peores que los comunitarios en buena parte de sus expresiones (PIB, inflación, comercio, fortaleza industrial, confianza monetaria), con tres aspectos determinantes:

  • La desindustrialización de Estados Unidos no se va a corregir con políticas proteccionistas, habida cuenta los procesos de deslocalización realizados por importantes empresas norteamericanas. Es más, esto va a consolidar una senda inflacionista que impactará sobre el consumidor local estadounidense. Esto lo ve claro la Reserva Federal, que ralentiza la bajada de tipos de interés soportando la lluvia de insultos de Trump al presidente de la FED Jerome Powell.
  • Los movimientos de Trump están cebando la debilidad del dólar –algo que parece perseguir el magnate–, pero, al mismo tiempo, están arrinconando su moneda como refugio, en favor del euro. No es gratuito pensar en la utilización de una herramienta clave, fundamental: la emisión de eurobonos, tal y como señalan en un reciente trabajo Olivier Blanchard y Ángel Ubide.
  • Los fondos de inversión se retraen de Estados Unidos, y parte de ellos se canalizan hacia Europa. Esto lo estamos viendo en variables sobre acciones, fondos soberanos, de alto rendimiento y en grado de inversión. Desde marzo de 2025 hasta junio de 2025, el aspecto de todos esos fondos por Europa está ganando terreno, ante la volubilidad de las decisiones de Trump.

Es decir, mientras observamos dificultades en la economía de Estados Unidos, que pueden agravarse con los despidos masivos y el descontento que ello puede generar en segmentos de población; mientras apreciamos cómo la administración Trump ataca infraestructuras básicas de la ciencia, las universidades, los institutos de investigación, recortando importante recursos e hipotecando el futuro económico; mientras Estados Unidos se va auto-aislando con estas políticas que alimentan la des-regulación, las privatizaciones, el ataque a los derechos humanos, la justificación de genocidios y su apoyo; mientras todo esto está sucediendo y señalando la debilidad de ese coloso con pies de barro, Europa agacha la cabeza y no es capaz de, a pesar de su desunión en muchos ámbitos, dar un golpe sobre la mesa. Y sí: negociar. Y hacerlo en clave del equilibrio de Nash. No dejándose llevar por la llamada de ese elefante oscuro que invita a cabalgar a la princesa europea sobre sus lomos para llevarnos no a una Creta agradable, sino a una situación de debilidad manifiesta más propia de las puertas del Averno.

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¿Nuevas burbujas económicas?

  1. Estados Unidos: atención a la deuda

            Las burbujas en economía constituyen uno de los problemas más acuciantes para los economistas, a pesar que, en más ocasiones de lo recomendable, los propios economistas, que asesoran a gobiernos y fondos de inversión, contribuyen activamente a su formación. En la economía mundial, y partiendo de la de Estados Unidos por su enorme influencia (puesta cada vez más en entredicho, como se está viendo con las nuevas configuraciones geopolíticas encabezadas por China, Rusia e India), dos elementos –entre otros– deben ser destacados en la actualidad, conducentes a la génesis de burbujas: por un lado, la expansión del crédito y de la deuda de la mano de las políticas de Trump; por otro, el desempeño enorme de la IA. Ambos aspectos coexisten con indicadores significativos para Estados Unidos: un déficit del 7% y una deuda que llega al 124% sobre PIB, según datos recientes (Congressional Budget Office, CBO). A su vez, el magnate de la Casa Blanca aboga por la rebaja de los impuestos, es decir, menores ingresos, que piensa equilibrar con la política arancelaria. Un mercantilismo económico que está sujeto a una artificialidad política, un dominio imperial de Estados Unidos que se está agrietando, junto al avance de otros ejes geo-políticos, como decíamos, nucleados en torno a China. No obstante, instituciones solventes (CBO: https://www.cbo.gov/) advierten que esa ratio de deuda sobre PIB se puede elevar al 156% hacia 2055. Tales proyecciones infieren un riesgo profundo para la sostenibilidad fiscal de Estados Unidos. Mientras tanto, China reduce sus exportaciones a Estados Unidos –una caída del 30%; los aranceles son responsables de esto–, e incrementa a una tasa del 25% sus ventas hacia África, según Bloomberg (https://www.bloomberg.com/news/articles/2025-08-26/china-is-pouring-exports-into-africa-faster-than-anywhere-else).

            La historia económica revela, con nitidez, que cebar burbujas económicas, atendiendo estrictamente a beneficios inmediatos, ya sean financieros y/o políticos, pasa una factura de gran potencialidad destructiva. Lo vimos a fines del pasado siglo (con episodios en las décadas de 1980 y 1990), y lo rubricamos con la Gran Recesión. El incremento de la deuda en Estados Unidos tiene como poco tres ingredientes de inquietud: su ampliación a fuerza de recortar ingresos y mantener o expandir gastos –que no son los sociales–, lo que va a incidir en un aumento en la prima de riesgo que se devengue (pensemos que las agencias de rating ya han bajado la solvencia de la deuda estadounidense); los procesos des-regulatorios a partir del uso de instrumentos como las criptomonedas –Trump incluso ha creado una propia–; y la desconfianza hacia el dólar como moneda refugio, lo que está incentivando un mayor apetito inversor de los fondos hacia divisas consideradas como más solventes. Datos disponibles hasta junio de 2025 indican el incremento de los flujos de inversión hacia activos europeos, en detrimento de los activos estadounidenses (véase: https://dealogic.com/). En tal contexto, la actitud de la Casa Blanca no contribuye a tranquilizar el panorama a medio plazo. E importantes empresarios (por ejemplo, el gestor de fondos Ray Dalio, que expone la posibilidad de consolidar una autocracia en Estados Unidos, en declaraciones al Financial Times) están ya percatando que catapultar la deuda nacional puede causar un colapso en términos relativamente breves. Sin embargo, esto puede abrir posibilidades para otras zonas.

  • Una oportunidad para Europa

En efecto, esta situación debería activar una mayor oportunidad para las economías europeas, sobre todo si se unifican los mercados de capitales. Diferentes expertos, como Olivier Blanchard y Ángel Ubide (https://www.piie.com/blogs/realtime-economics/2025/now-time-eurobonds-specific-proposal), defienden la activación de los eurobonos, con espoletas concretas: el recorte fiscal a los más ricos, la cancelación de ayudas a los sectores más vulnerables, los despidos de empleados públicos, la expulsión de inmigrantes, el mantenimiento de gastos militares, elementos que aterrizan en un aumento del déficit público. Y de la deuda, como se ha dicho. Todo esto deja margen a Europa, para atraer no solo capitales, sino talento científico, habida cuenta la lesiva política que está desarrollando Trump en este terreno. Europa ha de entender que para ser una potencia financiera le urge disponer de un activo robusto, fiable, sólido, que son los eurobonos, instrumento ya conocido de mutualización y de cohesión financiera en el marco de la Unión Europea. Es decir, una emisión conjunta de deuda (Blanchard y Ubide hablan de un umbral del 25% del PIB para que cada nación destine esos recursos a lo que estime más conveniente), con un tipo de interés inferior al que debe asumirse cuando cada país acude individualmente a los mercados de crédito.

Ahora bien, en Europa los vaivenes están siendo enormes, con posiciones contradictorias y sin una claridad de actuación conjunta. Y con crecimientos económicos dispares. La Eurozona cerró 2024 con un crecimiento del 0,8%; se espera un 0,9% en 2025 y un 1,1% en 2026, con tasas particularmente bajas en Alemania y Francia, y con indicadores más robustos para España (3,2%, 2,4% y 2% para 2024, 2025 y 2026, respectivamente; todos los datos en el Informe Mensual, 502, julio-agosto 2025, de CaixaBanck Research). Los informes de Mario Draghi y Enrico Letta van en esa dirección de articular formulaciones de mutualización, y tuvieron un enorme impacto ya que se vieron avalados en una primera instancia por movimientos políticos específicos. El canciller alemán Friedrich Merz parecía dinamitar la tesis ortodoxa del control numantino de la deuda, para encauzar esfuerzos hacia el gasto militar, al tiempo que se anunciaba desde la cancillería germánica la creación de un fondo de medio billón de euros para inversiones en infraestructuras. Otros dirigentes europeos han enfatizado la importancia de la expansión del gasto, esencialmente el militar, a partir de los acuerdos de la OTAN. A su vez, la Comisión Europea plantea la creación de un fondo anti-crisis, que se financiaría por emisiones conjuntas de deuda, teniendo en cuenta dos elementos centrales: las partidas ya existentes del Marco Financiero Plurianual para 2021-2027 y el Next Generation ; y las apetencias de los inversores por Europa, ante las incertidumbres que está provocando la política de Trump.

      Las cifras (FUENTE: (https://commission.europa.eu/strategy-and-policy/recovery-plan-europe_es)) son importantes; pero se encuentran alejadas de propuestas mucho más ambiciosas, como las del propio Draghi, que reseñaba una cifra anual de inversiones del orden de los 800 mil millones de euros. La inversión pública en la Unión Europea es del 3,76% s/PIB para 2025, parecida a la de Estados Unidos (3-4%), y alejada de la impulsada por China (sin posibilidad de disponer de variables desglosadas entre inversión pública y privada, con un agregado total que supera el 40%; todos los datos proceden de Eurostat, OCDE, Banco Mundial). Estimular la palanca de la inversión pública se ha revelado, en general, como una estrategia esencial para incentivar el crecimiento económico. Retomar prácticas de constricción inversora argumentando los incrementos de deuda pública no ayudará a reducirla, ni a engrasar las ruedas del crecimiento.

      Porque, sin embargo, la austeridad ortodoxa no ceja. Y en pocas semanas se ha podido transitar desde este desiderátum casi neokeynesiano, a un escenario en el que el mismo canciller alemán está indicando que es difícil mantener el Estado del Bienestar, al tiempo que defiende sin ambages casi duplicar el gasto militar. En paralelo, el gobierno francés, con una deuda pública en avance, ha planteado ya medidas para recortar el gasto social en más de 40 mil millones de euros (véase al respecto el reciente trabajo de Judith Arnal: https://www.realinstitutoelcano.org/comentarios/francia-y-su-imprescindible-consolidacion-fiscal-el-fin-de-las-diferencias-entre-paises-perifericos-y-centrales/). ¿Cómo encajar todas estas disposiciones, que van oscilando en poco tiempo? ¿Cómo aportar tranquilidad inversora, si no se dispone de una herramienta como los eurobonos, que pueden aportar un mayor sosiego financiero? En síntesis, a tenor de lo conocido en la historia económica más reciente, no es reduciendo el gasto público en su esfera de infraestructuras y asignaciones sociales el camino adecuado para resolver los problemas de anemia en el crecimiento económico del conjunto de Europa, frente a los envites que se están abriendo en la geopolítica, escenarios que la volátil política de Trump está azuzando. En este punto, el auto-aislamiento de Estados Unidos está fomentando la reestructuración de la nueva globalización económica.

  • Conclusión como interrogante: ¿pueden explotar las burbujas existentes (deuda, IA)?

Las burbujas económicas siempre acaban explotando, si se persiste en inocular los gases que las engordan. En la coyuntura actual, los problemas derivados de procesos de endeudamiento encadenados a políticas económicas erráticas –como es el caso expuesto de Estados Unidos–, producen preocupación ahora, y ansiedad si se atisba el medio y largo plazo. Para la IA, la orgía inversora está siendo tremenda. Países árabes han anunciado inversiones de más de 3 billones de dólares en Estados Unidos en inteligencia artificial. Los grandes consorcios tecnológicos (Microsoft, Amazon, entre otros) han desplegado 320 mil millones de dólares hasta el momento, frente a 246 mil millones que desplegaron en 2024 (los datos en Le Monde Diplomatique, agosto 2025, artículo de Evgeny Morozov).

            Esta enorme competencia entre gigantes tecnológicos, calificados como “tecnofeudales” (un concepto altamente discutible) o “tecnolibertarios” (una calificación más realista), tiene como característica común el alud inversor, que se bifurca tanto en capital físico (infraestructuras como almacenes logísticos y aparatos informáticos) como en capital digital (producción de algoritmos, criptomonedas y proliferación de redes). Manuel Castells define a estos conglomerados empresariales con intensas sobre-inversiones como la Pay Pal Mafia (Vanguardia Dossier, 96, julio-septiembre 2025). Ésta es integrada por nuevos tecnólogos emprendedores que, según Castells, son diferentes a los originarios del Silicon Valley, cuando la base de todo el engranaje eran pequeñas y medianas empresas, con tendencias oligopólicas. Otra diferencia entre los dos complejos empresariales –el “viejo” Silicon Valley y el “nuevo”– es la absoluta conexión de los segundos con el Estado. A pesar de que, como ha explicado y demostrado Mariana Mazzucato, el sector público siempre ha estado presente en la gran mayoría de iniciativas de innovación, incluyendo los orígenes del ecosistema tecnológico californiano. Pero esto es lo que explicaría el apoyo recibido por Trump por parte de los milmillonarios de esas empresas, que buscan afanosamente contratos públicos y, a su vez, incentivan fuertes inversiones que disparan al alza su protagonismo en los principales parqués bursátiles.

            La ruptura de esas burbujas es más que plausible. Las dificultades de las deudas obligarán a repensar su articulación por parte de los bancos centrales, si se tiene en cuenta que este tema suele ser recurrente e impondrá actuaciones muy directas en las que la articulación entre política fiscal y política monetaria debe ser cómplice. En el caso de la IA, su conexión con la economía real, desde la especulación bursátil, no es despreciable, de forma que movimientos especulativos pueden romper la aparente tranquilidad relativa de los mercados. Este es un tema sobre el que urge más investigación.

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La celebración de la ignorancia, un culmen de la estupidez

Economía española

            Tres millones de empleos creados desde 2018: más de 400 mil al año. La propuesta del PP al respecto era la creación de 250 mil anuales: un millón en una legislatura. Los datos recientes de la EPA superan con creces las promesas conservadoras. En paralelo: una tasa de paro algo superior al 10%; la más baja desde 2007. Un crecimiento del PIB que multiplica por cuatro la media comunitaria (el PIB de España ha crecido un 30% entre 2018 y 2024, según datos del INE). Item más, lo explicaba en un brillante artículo Xavier Vidal-Folch: en un reciente estudio del director general de economía del Banco Central Europeo, Oscar Arce, que dirigió hasta hace dos años el Servicio de Estudios del Banco de España, se subrayaba que los trabajadores extranjeros han sido determinantes para el impulso del crecimiento económico en España. Han edificado el 80% del incremento del PIB entre 2020 y 2025 (https://www.ecb.europa.eu/press/blog/date/2025/html/ecb.blog20250508~897078ce87.en.html.). Quienes defienden la expulsión de migrantes, deberían consultar a los empresarios que los contratan: a ver qué piensan realmente.

            Estas positivas variables no pueden ignorar la existencia de problemas en la economía española. Relacionado con lo que se comentaba el tema salarial es, en tal sentido, vital, a pesar de que se ha visto que un incremento del 60% en el Salario Mínimo ha sacado de la pobreza laboral a mucha fuerza de trabajo, de manera que aquélla se concentra ahora en el trabajo a tiempo parcial involuntario, según un trabajo recién salido del horno del economista Manuel Lago. La vivienda es otro aspecto crucial, que ya hemos destacado en otras entregas.

            Pero lo que resulta grotesco es la ignorancia general, que se adentra en la estupidez, cuando no se reconoce absolutamente nada de estas cifras, extraídas de bases de datos oficiales. Se celebra la estulticia.

Gaza

            Las demoledoras imágenes sobre el genocidio israelí claman todas las conciencias. Niños desnutridos –el hambre como artilugio letal–, cuerpos exhaustos, asesinatos en masa a personas que, simplemente, buscan comida, retrotraen a otras épocas que pensábamos superadas. A pocos kilómetros de la masacre, la población israelí vive al margen de la situación, como antaño hicieron los alemanes con el holocausto judío. Ese delirio nazi se ha trasladado a este nuevo delirio: el falseamiento de una realidad que, ahora, se nos transmite en directo a pesar de todas las cortapisas que el ejército hebreo está poniendo para el trabajo periodístico. Este genocidio persigue, como dicen Netanyahu y Trump, “acabar el trabajo y limpiar después”. Es una cínica declaración de maldad, mientras el magnate juega al golf en Escocia y el genocida bloquea la llegada de alimentos a Gaza.

            Europa declara y declara. Pero no actúa. Las palabras sobre el papel lo soportan todo. Es perentorio que se produzcan respuestas contundentes, punitivas, para parar esta destrucción, el aniquilamiento de un pueblo. Lo decía Josep Borrell: Europa mira hacia otro lado. De nuevo, una ignorancia deseada, profesada, asumida. Una celebración más de la ignorancia extrema, de la estupidez humana.

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No hay milagros en economía: hay buenas decisiones en política económica

            No existen políticas económicas únicas. No, en el sentido de que los países, para crecer y mantenerse, solo pueden hacerlo con una determinada agenda, sin variaciones. Tampoco existe un solo modelo de crecimiento, lo que podríamos denominar “el modelo”. Esto lo ha explicado el economista de Princeton Dani Rodrik (Las leyes de la economía). La economía es una ciencia social y, como tal, trata del comportamiento de las personas, en sus conductas individuales y colectivas. Y esas personas, sus empresas, sus administraciones, sus contactos con los mercados, determinan en el tiempo histórico estructuras económicas concretas. Que son variables, que mutan, que se adaptan.

            En el caso de España, las políticas económicas que se implementaron siendo ministros de Economía y Hacienda Rodrigo Rato y Cristóbal Montoro tuvieron consecuencias objetivas, destacadas últimamente a raíz del estallido del presunto caso de corrupción protagonizado por Montoro y su equipo. Rato, entre 1996 y 2004, siendo Montoro Secretario de Estado, fomentó una serie de medidas tendentes a cumplir con los criterios del euro. Y esas pautas se centraron en reducir el déficit y liberalizar el mercado. Fueron determinantes las privatizaciones (Telefónica, Endesa, Repsol, Argentaria) y la liberalización del suelo. Supuso pérdidas importantes de capital público, enjuague del déficit y expansión inmobiliaria y del crédito privado, junto a la creación de empleo de elevada temporalidad. Se cebó la burbuja inmobiliaria que fue, junto a otros factores exógenos, causa central de la Gran Recesión en España. Entre 2011 y 2018, Montoro asumió la cartera de Hacienda, en una coyuntura de crisis de la deuda. Se optó por ajustes draconianos que supusieron recortes en prestaciones, sanidad y educación. Se subieron las tasas del IRPF y del IVA, al tiempo que se promulgaron medidas polémicas de amnistía fiscal y el rescate bancario (cerca de 50 mil millones de €).

            Los desenlaces de estas políticas económicas: creación de empleo temporal (o a tiempo parcial), nulo desarrollo hacia un modelo productivo menos dependiente del turismo y de la construcción, incremento de la deuda pública (70% sobre PIB en 2011, 100% en 2017) y expansión de la desigualdad social y de la pobreza laboral. Se exigieron sacrificios importantes en política de rentas: congelación de las pensiones (incrementos del 0,25%), de pagas extraordinarias a los funcionarios, de controles salariales férreos. No existe milagro económico.

            Esta política económica fue dogma (sello de identidad de Bruselas en el ámbito fiscal y de Fráncfort en el monetario). Se consideró errónea por parte de la Comisión Europea… ¡en 2020! La sombra de la COVID. De hecho, entonces la orientación fue diferente: una política alejada de la austeridad, y más expansiva en inversión y gasto social. Sincronización entonces entre la política fiscal y la monetaria. Con resultados distintos: positivos. Comprobables.

            Tantos sacrificios reclamados por Rato y Montoro no fueron homogéneos. Sectores empresariales, con la complicidad espúrea del ministro de Hacienda, vivieron momentos más felices. Los dogmas encierran trampas. Nunca milagros.

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Aportación en el curso de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Santander, julio de 2025. Curso Las desigualdades sociales

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Trump-OTAN: más guerra comercial que otra cosa

            La polémica sobre el 2% y el 5% sobre PIB en gasto en Defensa está generando opiniones que obedecen a posicionamientos políticos más que a técnicos y de necesidades reales. El 2% es una cifra acordada en la OTAN, y representa una base que pretende garantizar un esfuerzo cuantificable, pero tratando de eludir presiones económicas excesivas. Es un umbral decidido en la Cumbre de Newport, en 2014, con el objetivo puesto en 2024. Pero, por otro lado, no sabemos de dónde sale la cifra del 5%, que tanto se ha divulgado: no existen explicaciones razonables sobre esto. Porqué el 5% y no el 4% o el 7%: he aquí el misterio. El guarismo se ha convertido en totémico, pero está alejado –3 puntos– de lo acordado en 2014. El interés prioritario en incrementar ese gasto es de Estados Unidos.

            La llegada de Trump al poder ha significado un desorden geopolítico, con dos exigencias básicas del magnate: reducir el déficit comercial de su país; y volver a una industrialización clásica, ya perdida no por causa exclusiva de los competidores, sino por la estrategia de las empresas estadounidenses en rebajar costes de producción y deslocalizar sus actividades. Pero, además, otro factor es clave: la economía de Estados Unidos se ralentiza. Se contrae un –0,5% en el primer trimestre de 2025. Según el Buró de Análisis Económico, esta caída se debe a la subida de las importaciones y al retroceso del gasto público. La Reserva Federal pronostica, en su informe de marzo, un crecimiento de la economía del orden del 1,7%, de manera que reduce previsiones anteriores (la cifra es considerada alta para algunos analistas, toda vez que la sitúan más cercana al 1%). Trump ya ha manifestado su interés en destituir a Jerome Powell, el presidente de la Reserva Federal: no proporciona los datos que le interesan al presidente Trump y, sobre todo, no reduce los tipos de interés.

            La idea del equipo de Trump es que un factor clave que puede revertir esa situación es la industria armamentística. De ahí la obsesión de Trump por comprometer el nivel de gasto de la OTAN al 5%. Pero lo que Estados Unidos exige a la OTAN no se aviene con datos de la propia economía norteamericana: 3,1% en 2023 y 2,7% en 2024, porcentajes sobre PIB en Estados Unidos en gasto en Defensa. Es decir, por debajo del 5%. Datos históricos sobre gasto norteamericano en Defensa contribuyen a situar mejor el tema: en plena guerra del Vietnam Estados Unidos invertía el 8’6%, y entre 1979-1985 ese indicador oscilaba entre el 4,5% y el 5,7%. El argumento de que Estados Unidos ha sido el gendarme de la seguridad europea desde 1945 y que ahora esto se acaba, lo que supone un importante esfuerzo para los presupuestos de los países de la OTAN, debe ponerse, en paralelo, a otro aspecto remarcable: gracias a la extensión de las infraestructuras militares en países europeos, Estados Unidos ha podido consolidar un poder imperial frente a la Unión Soviética, durante el período en el que regía el telón de acero.

            Lo que se está observando sugiere que la estrategia central de Trump es más comercial que no de preocupación por la defensa europea: esto último es el pretexto.

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La economía que puede venir

            La administración Trump ha aprobado una ley que supone reducir de manera drástica las asignaciones presupuestarias al anémico Estado del Bienestar en Estados Unidos. Concretemos con algunos datos: el recorte al Medicaid –que cubre parcialmente servicios sanitarios a los más vulnerables– afectará a unos 12 millones de personas (esto es aplaudido por quienes creen que esa población es ilegal, “vagos que parasitan el sistema”); reducción fiscal con impacto sobre todo en las rentas altas; incremento del gasto militar (150 mil millones de dólares); aumento de las partidas para el Servicio de Inmigración (45 mil millones de dólares, y 46 mil millones para construir el muro que ya inició Trump en su anterior mandato); eliminación de incentivos fiscales a la energía verde, junto a impuestos a parques solares y eólicos. El previsible resultado es un aumento del déficit público y de la deuda pública: más de 3 billones de dólares extras, a sumar a su ya acrecentado volumen. En síntesis: recortes fundamentales en servicios sociales y en impuestos a los más ricos de la población.

            Esta es la economía que quiere asentarse en otros países, amparada por una corriente mediática que la enaltece. Lo estamos viendo en España, con las escasas propuestas que surgen del espectro ultraconservador. Éstas siguen siendo las mismas, invariables, sin apenas avances: rebajas de impuestos y, últimamente, se han deslizado otras como la posible reducción del salario mínimo, al considerar que su aumento es “indiscriminado”. Si nos atenemos a lo que se está desarrollando en comunidades como Madrid, Andalucía o Murcia, podemos intuir otras posibles medidas: contracción de inversiones sanitarias y educativas, en beneficio del sector privado. El PP no está dando a conocer su programa nacional en economía. Seguro que existe, pero se desconoce, más allá de hipótesis en función de datos reales, como los que despliegan sus marcas en las comunidades autónomas, en las que la participación de Vox no es menor. No hay más indicios, porque el PP no quiere discutir sobre economía.

            Vox ha sido más explícito, y ha dado a conocer líneas esenciales de su programa económico. Aquí las coincidencias con lo dicho anteriormente sobre el PP son totales (ver, en tal sentido, la aportación de Javier Barriuso: @BarriPdmx). Medidas similares: rebaja fiscal con coste estimado en 64 mil millones de €, que se piensa compensar con recortes de gasto público, es decir, sanidad y educación. Temor a la inmigración: se dice que cuesta 30 mil millones €/año y pone en peligro las pensiones, cuando recientes aportaciones del Banco de España (Seminario en la UIMP, Santander, 4-5 julio 2025; y Funcas. En ambos casos, también informes trimestrales) señalan que la inmigración explica el crecimiento del PIB y que contribuye más de lo que recibe. Salir del Pacto Verde es otra de las propuestas: negacionismo del cambio climático, a pesar de las evidencias; mayor gasto en combustibles fósiles. Corolario esperado: más déficit e incremento de la deuda.

            Este panorama se puede instalar, aupado por el enorme flujo ultraconservador. Damnificados: clase media y trabajadores más vulnerables.

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El aquelarre capitalista

            Ramón Tamames, impertérrito, lanzaba elogios al imperio español y a Hernán Cortés, y, emulando a una soflama marxista, gritaba “¡Hispanos del mundo, uníos!”. Un varón de 22 años defendía la supresión de los impuestos. Otro, la des-dotación de recursos a la sanidad. Algunos otros abogaban por la reducción mínima del Estado. Todo para el mercado. Todo esto, y más, en un foro económico en Madrid en el que el cartel de ponentes centrales eran Esperanza Aguirre, Javier Milei, Iker Jiménez y Albert Rivera. Lo mejor de cada casa. Y con el prontuario de Hayek bajo el brazo: frases grandilocuentes, como las que se recogen en el Camino de servidumbre del austríaco, un libro publicado en 1944 como respuesta a la Teoría General de Keynes. Pero con un contenido vacío, solo especificado en eso que ya forma parte de la base programática de todas las derechas, independientemente de dónde sean: menos impuestos, menos servicios públicos, menos Estado en definitiva.

            Estamos ante una nueva etapa económica, que descansa en una radicalización de los preceptos económicos a aplicar. Una fase en la que trata de avanzar una autocracia que se opone a los sistemas democráticos: el dictador, el tirano, como exponente y guía a seguir. Sin cortapisas burocráticas, sin controles de organismos, sin rendición de cuentas. Y con la apropiación de un lenguaje que proviene, en muchos casos, de lo que podríamos denominar “vieja izquierda”, con la pátina de un neo-populismo: la invocación al “pueblo”, y las promesas de solventar los problemas difíciles con soluciones expeditivas y relativamente sencillas. Solo se trataría de la voluntad y de una capacidad única, sin barreras, para actuar.

Esto, en parte, permite entender que zonas vulnerables y con mayoría de clase trabajadora, hayan votado opciones de ultraderecha –Francia, Italia, Portugal, España– o se haya aupado a Trump a la Casa Blanca. Un caldo populista que rompe con las dinámicas de clases sociales, y que enfatiza un nacionalismo exacerbado y excluyente: el enemigo es el inmigrante, que ocupa empleos, consume servicios sanitarios, sociales y educativos e impone su cultura. La porosidad social está servida, de manera transversal: se compra ese relato sencillo que contribuye a explicar las dificultades existentes –desindustrialización, precariedad, acceso a la vivienda, etc.–.

Esta versión del capitalismo, sin embargo, permite ver el rostro de estos magnates, sin grandes velos de separación: multimillonarios que promueven esa reducción de los servicios públicos, que alientan la contracción del Estado, que promueven la desfiguración de la teoría del esfuerzo vinculada a un darwinismo económico y social. Con contradicciones flagrantes: muchos de esos próceres esperan los contratos que las administraciones pueden proporcionarles. Y reclaman la presencia de los gobiernos cuando pintan bastos en los mercados: esos que deben funcionar sin intromisiones, mientras todo vaya como una seda para sus empresas. Entonces, ayudas y subvenciones son bien vistas. Se debería exigir, entonces, que retornasen lo recibido, siguiendo sus mismas doctrinas: el funcionamiento de la oferta y la demanda.

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La rima de la Historia o algún paralelismo de la España de 1931 y 2025 (trabajo firmado con Jorge Fabra Utray)

República asediada

            Pedro Sainz Rodríguez, que fue el primer ministro de Educación al inicio de la dictadura de Franco, publicó en 1978 un libro (Testimonios y recuerdos, Planeta, Barcelona), en el que expresa los, según él, intensos agravios que suponían las políticas de la Segunda República española, toda vez que “se obligaba a los terratenientes a roturar y cultivar sus tierras baldías, se protegía al trabajador de la agricultura tanto como al de la industria, se creaban escuelas laicas, se introducía el divorcio, se secularizaban los cementerios y pasaban los hospitales a depender directamente del Estado”. Sin duda, de ahí a tomar el Palacio de Invierno hay un paso.

Puede verse que frente al tópico de que España se hallaba ante una posible revolución, lo que se estaba planteando era otra cosa más inteligible. Del historiador económico Josep Fontana se acaba de publicar un libro póstumo, que recoge sus clases de doctorado impartidas en la Universitat Pompeu Fabra, sobre la República española, en el que, con una ingente actualización bibliográfica y una gran cantidad de documentación de primera mano, alumbra en casi seiscientas páginas el desarrollo de un proyecto que fue bombardeado desde el primer momento por las fuerzas reaccionarias (Josep Fontana, La República, Universitat Pompeu Fabra, Barcelona 2025). Estamos ante una de las investigaciones más serias y rigurosas sobre el tema, tanto por su bagaje documental y archivístico, como por la bibliografía manejada. En este estudio se indica el propósito central de la República: la adopción de un régimen democrático que iniciara cambios y avances ya observados en otras naciones, con una clara radicalidad en su sentido etimológico. Ésta era, precisamente, incidir en la raíz de los problemas que arrastraba la sociedad y la economía española (analfabetismo, escasez de medidas sanitarias, dejadez por la cultura, problemas agrarios e industriales en donde el papel de los lobbies empresariales era intenso).

            Y es que en 1931, con la proclamación de la Segunda República, las derechas iniciaron un agrio y violento proceso de descalificación hacia el nuevo régimen, surgido a raíz de unas elecciones municipales. “Gobierno ilegítimo”, “amenaza catalanista”, “régimen comunista”, “bolchevismo”, constituían algunos de los epítetos recurrentes que buscaban, desde los primeros días, desestabilizar al gobierno. En paralelo, se activaban otras herramientas, como el ruido de sables en las salas de banderas, con conexiones históricamente demostradas con empresarios y financieros. La Iglesia bendecía todo esto, aportando la pátina de una espiritualidad con claros intereses: el temor a perder prebendas jugosas, como el control de la educación, entre otras.

            La tesis de la instauración de un gobierno ilegítimo que, en su fuero interno, perseguía la revolución comunista –en una etapa en la que el partido comunista era una formación con escasa representación– seducía a las capas sociales más poderosas: la visión falangista y filo-fascista conformaba el complejo ideológico, con referentes en la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini. Un entramado dispar que, ya desde los comienzos del gobierno republicano, azuzó la llamada a los generales africanistas para que dieran un golpe de Estado. Pero hasta su culmen, toda una estrategia golpista se expandió sin reparos: propagación de mentiras, boicots reiterados a la acción gubernamental –sobre todo entre 1931 y 1933–, exageración máxima de los supuestos peligros que acarreaban los avances que estaban cuajando –entre otros: la creación de plazas para siete mil maestros, la construcción de diecisiete mil escuelas, el desempeño de las misiones pedagógicas, y las tímidas propuestas de una reforma agraria nunca llevada a término en su totalidad, etc.–.

Una estrategia que se repite

            Vayamos a la actualidad, sin olvidar lo expuesto. En 2018, tras una moción de censura, se articuló un gobierno progresista. Éste era inmediatamente calificado como “gobierno ilegítimo”, “socialcomunista”, “bolivariano”, con un diseño de comunicación que enarbolaba, sin tapujos, un procedimiento profundo de desgaste, de desestabilización del nuevo Ejecutivo. En tal contexto, a las dificultades objetivas como la irrupción de una pandemia, la erupción de un volcán, encarar las consecuencias de los acontecimientos en Cataluña, el estallido de una guerra en Europa, el repunte de la inflación, la letalidad de una riada descomunal en Valencia, un apagón generalizado, entre otros desafíos acaecidos en un margen temporal breve, se respondió desde el gobierno con más inversiones, ayudas, subvenciones, apoyos fiscales y de preservación de puestos de trabajo y normativas tendentes a restablecer puentes de diálogo e ir a una desinflamación, por ejemplo, de lo que estaba acaeciendo en Cataluña. La respuesta de las derechas en todos esos retos, algunos muy inesperados y que constituían problemas de Estado, fue la negación de cualquier soporte en situaciones extremas –el caso de la pandemia es ilustrativo al respecto–. Negativas plagadas de contra-informaciones auspiciadas sobre mentiras, exageraciones, tergiversaciones y deshumanización de cargos públicos. Algo muy parecido –aunque la rima sea, como es natural, imperfecta– a lo observado décadas antes, durante la República.

            La hoja de ruta de las derechas tiene todos los ingredientes de un manual golpista (que, recordémoslo igualmente, se practicó durante el gobierno de Salvador Allende, en Chile, entre 1970 y 1973), aunque existen discrepancias –puede que con argumentos razonables– en cuanto a que esa calificación de golpismo pueda ser exagerada en la España de 2025. Pero los datos factuales no son inéditos: históricamente, los hemos visto en otras etapas del pasado. Idéntica jerga, igual connivencia entre los sectores más poderosos de la sociedad y de la economía, radicalización de los mensajes verbales queriendo presentar un estado caótico y casi comatoso del gobierno, acusaciones generalizadas de corrupción, etc.

            Las coordenadas básicas alternativas de este portafolio del desequilibrio no se sustentan, sin embargo, sobre un proyecto concreto de gobierno: el único es desbancar como sea al existente, al que se considera, recordémoslo de nuevo, ilegítimo. No hay un programa básico, de cierto rigor, en economía, un terreno en el que no se va más allá de la prédica de bajar impuestos a los ricos y reducir el gasto público, junto a una tendencia evidente a privatizar servicios esenciales, como la sanidad y la educación. Se trata de batir los resortes básicos del Estado del Bienestar, esa pretensión que el otrora ministro franquista Sainz Rodríguez consideraba que era excesiva en sus formulaciones incipientes durante, esencialmente, el primer bienio republicano. Y por ello se justificaba la voladura del gobierno existente.

            En efecto, quizás definir como “golpista” la situación actual sea una licencia excesiva, toda vez que no hay tanques ni infantería transitando por calles y campos, como sí los hubo en la España de 1936 o en el Chile de 1973. Pero la munición utilizada es ahora más porosa, más permeable, amparada en muchas ocasiones en el anonimato, en la mentira, en la manipulación más directa y efectiva: redes sociales, pseudo-medios de comunicación y, digámoslo claro, también medios de comunicación concretos reconocidos en el mercado. 

Datos…y conclusión

            Frente a declaraciones de una tendenciosidad anti-histórica por parte de dirigentes conservadores en relación a la República, la guerra civil y la situación socioeconómica actual –indicándose, por ejemplo, que es mejor un régimen dictatorial que uno democrático, por muchas críticas que éste genere–, los científicos sociales (historiadores, economistas, sociólogos, politólogos) debemos aportar variables contrastadas que ilustren sobre el desarrollo de los gobiernos a los que se cuestiona, sin prueba alguna, su legitimidad inicial. Ello no exime de realizar comentarios críticos hacia esos gobiernos, siempre con el rigor de los datos y la solidez de los argumentos; es decir, sin mentiras, bulos ni manipulaciones.

            La República vivió una coyuntura internacional convulsa, con la crisis de 1929 como telón de fondo y el ascenso del nazismo y del fascismo en Europa. Para España, y centrándonos en el terreno económico, este contexto supuso una disminución de las exportaciones de hierro, vino, aceite y cítricos (con caídas a la mitad entre 1929 y 1935). La devaluación de la peseta, sin embargo, atenuó esa caída exportadora y dificultó las importaciones, lo cual ayudó a que el desequilibrio de la balanza comercial no fuera tan relevante. Se produjo, además, una reducción de las inversiones extranjeras e interiores (la inversión privada cayó a la mitad entre 1930 y 1932). Esto permite explicar la pérdida de producción de las industrias básicas, productoras de bienes de capital como la siderurgia. Esta situación se aviene con lo que estaba sucediendo en el mundo, a causa del crac de 1929. Ahora bien, dos indicadores en España funcionan en sentido contrario a lo que estaba acaeciendo a nivel internacional: la estabilidad de los precios (es decir, sin deflación, como sí sucedía en Estados Unidos y en buena parte de Europa, con caídas de los precios del orden del 25%), y el mantenimiento de la producción industrial global (incremento en la fabricación de bienes de consumo). Y un ligero pero claro aumento de la renta nacional, que se contrasta con el incremento del paro que, no obstante, tiene dimensiones inferiores a lo que se estaba observando tanto en Estados Unidos (con una tasa cercana al 30%) o Alemania (33%) (véase un panorama de conjunto en Pablo Martín Aceña, Ed., Pasado y presente. De la Gran Depresión del siglo XX a la Gran Recesión del siglo XXI, Fundación BBVA, Madrid, 2011).

            ¿Cómo explicar esta aparente paradoja? Fontana señala que un elemento central es que la nueva situación con la República implicó una mejora en la redistribución de la riqueza, como consecuencia del aumento de los salarios que hizo posible un nuevo clima social que facilitaba la actuación de los sindicatos. Esto aumentó la demanda de bienes de consumo y permitió mejorar la producción industrial de un importante conglomerado de empresas. Ahora bien, esta explicación se debe acompañar de otra: los aumentos salariales, las amenazas a la propiedad que implicaba una reforma agraria muy limitada (a tenor de las investigaciones más recientes sobre el tema; por ejemplo: Ricardo Robledo, Ed., Sombras del progreso. Las huellas de la historia agraria, Crítica, Barcelona), el miedo a una escalada revolucionaria –que cesó en 1933–, frenaron posibilidades de una transformación económica protagonizada por el sector privado, y le prepararon para enfrentarse a la República en 1936.

            Regresemos a la actualidad. Los datos disponibles subrayan un avance incuestionable de la economía española, con tasas de crecimiento que cuadriplican las de la media de la Unión Europea, una potente generación de empleo –en la que ha resultado clave la población inmigrante–, incrementos en el salario mínimo y en las pensiones, inflación en la senda marcada por el Banco Central Europeo y fuerte desempeño de las exportaciones turísticas y de servicios no turísticos, denotando en este último caso un grado nada desdeñable de diversificación económica. La otra cara de la moneda: enormes dificultades en el acceso a la vivienda, transiciones en el campo de la energía, desigualdad y pobreza –con énfasis en la población infantil– y necesidad de una mayor profundización de las columnas esenciales del Estado del Bienestar. El contexto en el que se opera es de gran incertidumbre: política arancelaria de Estados Unidos, ralentización económica en Alemania y Francia, impactos de la guerra europea, avance de las opciones políticas de ultraderecha con evidentes sellos anti-europeístas. Y, como decíamos antes, con un agit-prop tendente a dibujar todo como entrópico, en estado casi terminal. Podríamos extendernos más en estos temas de economía española; pero ya hemos publicado otras entregas más detalladas sobre la cuestión.

            Lo que interesa resaltar, en definitiva, es:

  • Los ascensos al poder de opciones de izquierda han generado siempre, desde 1931, movimientos de desestabilización por parte del cosmos de las derechas: sucedió durante la República, con la llegada al gobierno de los socialistas en 1982, 2004 y, ahora 2018, con un ejecutivo progresista. De los tanques y las palabras flamígeras y falsas, a los argumentos distópicos sustentados en mentiras, tergiversaciones y bulos. El objetivo: hacer caer al gobierno de izquierdas por una vía que no es la electoral ni la parlamentaria.
  • Esta estrategia sobre-inflama cualquier acontecimiento –sea éste grande o más modesto– con la idea central de maximizar negativamente las consecuencias. Las descalificaciones personales, los insultos, las manipulaciones y la deshumanización de individuos concretos, constituyen factores reiterados en diferentes períodos históricos.
  • La República, en sus orígenes –otra cosa fue a raíz del estallido de la guerra–, no tenía como objetivo hacer una revolución social en el sentido que le estaban dando las derechas, los empresarios y la Iglesia. De hecho, la presencia de socialistas, comunistas y anarquistas en los gobiernos republicanos fue testimonial, y solo más acentuada a partir de 1936. La pretensión de la República era otra. En una coyuntura de renuncia de gobiernos democráticos europeos, España suponía una esperanza para todos los que entendían la amenaza que suponía el nazismo y el fascismo, y del riesgo que infería la tolerancia inconsciente de políticos que parecían minimizar la convivencia con dictaduras fascistas; y, conscientemente, bloqueaban e igualmente minimizaban las relaciones con un régimen radicalmente reformista, poco revolucionario como el de España. Este es el tópico a deshacer. “Es a nosotros a quienes defendemos cuando defendemos Madrid” (citado en el libro de Fontana) escribía Cecil Day Lewis, también conocido como Nicholas Blake, poeta británico que militó en las Brigadas Internacionales. La defensa de la democracia frente a la dictadura.
  • Las hipérboles que estamos viendo hoy en día desde voceros de las derechas coinciden con lo que sabemos de esa fase de la historia contemporánea de España: la República, segada por la intransigencia, la incultura, la violencia y la pretensión de mantener el estado de postración, miseria y analfabetismo al conjunto de la población.

            Es importante que sepamos que la Historia, en mayúsculas, no se repite; pero tiene rimas que no siempre son consonantes, aunque los parecidos y semblanzas pueden ser claramente observables. La experiencia de la República tiene otra lectura, más política, para las izquierdas de la España actual: la desunión perjudica al conjunto progresista, afianza el paso de las derechas, lamina nuevas posibilidades de cambio, de transformación. En tal sentido, el gran historiador Eric Hobsbawm decía que “la izquierda tiene el hábito de pelear más consigo misma que contra el enemigo”. Las izquierdas no pueden dividirse de forma irremediable por ideas, como también señaló en su momento el escritor Eduardo Galeano. Tener la razón antes que tener el poder es una vía que puede proporcionar una cierta –y falsa– tranquilidad de conciencia. Cambiar las cosas no es sencillo: requiere tiempo, esfuerzo, resolución de discrepancias, de enfados, de distanciamientos incluso. Pero se debe tener claro cuál es la alternativa, lo que se puede tener delante (lo que se tuvo en los años treinta en España, con consecuencias letales durante décadas) si se eluden los procesos de convivencia con las diferencias internas.

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