Economía… ¿y lucha de clases?

No se asusten con el título. Sigan leyendo y lo entenderán. Empecemos, pero, con algo más conspicuo, para ir elevándonos de forma gradual: las cuentas públicas de España. En este punto, los datos son tozudos: resultará difícil cerrar 2014 con el déficit acordado. El consenso en esto parece unánime entre los analistas. Sólo la postura numantina del gobierno se aleja de una realidad que es cada vez más dura. Y que constata un hecho letal: todo el sacrificio que está comportando esta hoja de ruta no está sirviendo para mejorar las perspectivas del crecimiento.

En la Eurozona nos hemos instalado en un encefalograma plano, tanto a nivel académico, ideológico, político, como económico: las recetas ortodoxas, que venimos criticando desde hace ya muchos meses, empiezan a fisurarse. Son cada vez más los economistas, profesores, profesionales, emprendedores, que ven en la obcecación por el déficit un lastre insalvable para una recuperación plausible. Pero los halcones del Deutsche Bank y el neoconservadurismo más acendrado persisten en su empecinamiento. Y éste tiene sus orígenes: sobrevolémoslos.

En efecto, el sistema se edifica sobre un entramado monetario fiduciario, que no viene respaldado por metal alguno. Sin embargo, los parámetros de funcionamiento se asemejan a los que regían el viejo Patrón Oro: la noción de equilibrio en economía, los ajustes de mercado movidos por manos invisibles y puntos de encuentro entre oferta y demanda. Todo un mantra ideológico que se pretende ley inamovible. Sólo que ahora el oro no respalda las monedas. Esta rigidez (presupuestos en equilibrio, demonización de la deuda, obsesión por el déficit, crítica feroz a la economía pública) constituye el nudo gordiano de la visión ultra-liberal, que reclama la presencia del Estado (y de las subidas impositivas) cuando vienen muy mal dadas, siempre para salvaguardar los intereses de los poderosos. La curva de Laffer se lanza entonces al cesto de la basura por sus propios partidarios. Y se hacen recaer sobre la clase media y la clase trabajadora los principales efectos tributarios: no paga el que más tiene; pagamos todos por él. Pero prosigamos. Si no debe emitirse moneda en función de stocks metálicos, ¿por qué no imprimir más, saldar deudas soberanas con ese dinero, plantearse seriamente quitas y liberalizar el crédito bajando tipos? ¿qué impide hacer esto? ¿la inflación? ¡No me hagan reír! Vamos camino de un escenario deflacionista por un motivo claro: la demanda se está contrayendo, el consumo se desmorona, la inversión padece un severo infarto. Los datos al respecto son meridianos y bien conocidos: consulten los últimos informes del FMI, por ejemplo.

En esos documentos se dice algo insólito: que el principal problema económico en el plazo inmediato es el incremento del paro. Por tanto, la recuperación del empleo debería ser el principal objetivo de las políticas económicas, y no emperrarse en discutir décimas de déficit, planes de equilibrio ficticios, recortes leoninos que siegan la yugular de la cohesión social. El crecimiento económico depende de la inversión, de la capacidad de movilizar recursos públicos y privados para rehacer los cortocircuitos de la economía. Resulta ya grotesco escuchar a dirigentes europeos, a prestigiosos gurús del campo académico, a tertulianos pretendidamente documentados, a instituciones que se presentan como serias y rigurosas, repetir machaconamente los mismos argumentos, idénticas recetas: adelgazar las administraciones, racionalizar los servicios públicos (un eufemismo para deshacerlos), no gastar lo que no se tiene (una auténtica falacia: díganme una sola persona que lo haga y que no tenga, en algún momento de su vida, alguna deuda contraída), y otras zarandajas parecidas. Mientras se expone todo esto en tono solemne, el paro sigue creciendo. Y tras sus números, se esconde el drama de la gente: la que ve atónita cómo se está perdiendo el tiempo sin atajar el problema de verdad, invocando el dominio de los mercados. La lucha de clases emerge sin tapujos, cuando los teóricos del fin de la Historia nos habían enseñado que ya era un concepto anacrónico: toda la política económica se está implementando para favorecer a los de arriba, esa franja demográficamente pequeña, como dice Joseph Stiglitz, pero que cada vez acumula más riquezas, más rentas, a costa del padecimiento de los de siempre. Es un retorno, como decía, al Patrón Oro, pero sin oro. Y con la intensidad de la explotación. La mala gestión bancaria, empresarial, económica, se resuelve… despidiendo a la gente que, espantada, asiste al aquelarre y al discurso de que todo esto se hace por su bien, mientras nos enteramos de suculentas cuentas que detentan los mismos que repartían el catecismo liberal. El error ha sido creerse este espejismo. El capitalismo es inestable: esa es su principal característica. Se rige por ciclos, en los que aparece la destrucción, como señaló en su momento el gran Joseph Schumpeter. Y esta destrucción porta en su interior la resistencia de clase, la pugna en el proceso de producción: una lucha que se está manifestando abiertamente, cuando la desesperación hace que se confíe en la capacidad de movilizarse, más que en los escrutinios políticos.

Ante esto, la socialdemocracia no puede incurrir en pragmatismos de carácter nacional: por ejemplo, el SPD alemán debería marcar un territorio ideológico propio, al margen de las pulsiones de Merkel, del sistema financiero germánico y del BCE. Con vocación europea, inequívoca. Un nuevo relato en el que se priorice lo importante, lo que ha constituido el ADN del socialismo de mercado: el estímulo a la inversión, al crecimiento, a la actividad económica que impulse la demanda agregada, todo para proporcionar bienestar a amplias capas de la población desde la redistribución de la riqueza con políticas fiscales progresivas. Los déficits aparecerán; pero pueden corregirse en el marco del ciclo económico, y no antes, de forma precipitada, severa, con consecuencias lesivas para los grupos sociales menos pudientes. Es lo que vemos ahora. Es evidente que este trayecto debe hacerse en clave europea; pero no es menos cierto que en los ámbitos próximos, regionales, nacionales, un discurso diferente se debe acotar, a partir de una clara voluntad de gobernar y de transformar la situación. No se trata de utilizar jergas más o menos radicales para contentar determinados oídos y captar fluido electoral (como hacen algunas recientes opciones); se impone trabajar con rigor, pensando en que no pueden perderse por el camino de los mercados las principales conquistas sociales que ha conseguido el Pacto Social Europeo, desde la post-guerra. Porque tengámoslo claro: la defensa de los servicios públicos no es un coste; un coste es la inversión faraónica e innecesaria por desproporcionada; un coste es la corrupción; un coste es dejar sin cobertura colectivos vulnerables; un coste es no apostar por el conocimiento; un coste es crear problemas culturales ficticios donde no existen. Ese es el verdadero coste que impregna las políticas sociales y económicas de los conservadores. Impedir esa consolidación ideológica, mediática, cultural, constituye un reto para la socialdemocracia europea, para el progresismo mundial.

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