Economía y astrología: el FMI ataca otra vez con recetas fallidas

Los del FMI atacan de nuevo. Reclaman más recortes en España, en sueldos, sanidad y educación. La locura se ha instalado en la mollera de estos tipos, que sólo parecen ver los grandes números de la macroeconomía, pero ignorando todo lo que afecta a la economía social. Estos recortes, calificados en los documentos de manera pomposa como “ahorros fiscales adicionales” y como una “forma de ganar eficiencia”, incorporan a su vez una lectura que se traslada al modelo de financiación de las autonomías españolas, que deben adaptarse a esa realidad del ajuste. Así, el FMI reclama más copagos en el mundo sanitario y educativo y el incremento de matrículas en las universidades públicas. El objetivo es aumentar los ingresos públicos y la reducción de la deuda. Nada se dice de políticas fiscales progresiva, y sí de regresivas: aumentar el IVA es el gran descubrimiento de los próceres del Fondo.

Esta ortodoxa visión, una receta de “corte y pega” que se adscribe a todos los países sin excepción, como si fuera una ley económica imbatible, no encuentra apoyo en otros expertos que, en principio, profesan una ideología tan liberal como la que emana del Fondo. Es el caso, por ejemplo, de Larry Summers, exsecretario del Tesoro de Estados Unidos y ex de muchas cosas más (rector de Harvard, asesor presidencial, etc.), que ha lanzado jarros de agua fría a la calentura de los profetas de la recuperación: para Summers, estamos ante un “estancamiento secular” –concepto que el último informe del Banco Mundial ha hecho suyo, tal y como informaba el Financial Times del 11 de junio de 2015–, relacionado con la evolución demográfica y la falta de inversión. El planteamiento coincide con visiones más propias de un neo-keynesianismo más que con los preceptos neo-liberales. Así, Summers aboga por un incremento del gasto público, una política monetaria expansiva y el desarrollo de inversiones. El análisis de Summers no elude la Historia Económica: evitar la repetición de 1937 (cuando se retiraron los estímulos que había propiciado el New Deal, y se cayó de nuevo en la recesión, sólo superada a raíz del final de la Segunda Guerra Mundial), y las recetas aplicadas por Japón en la década de 1990 que son, ni más ni menos, muy parecidas a las que despliega Europa en la actualidad. Un guión para el fracaso.

La tesis reciente del FMI es otra más que contrasta con anteriores pronósticos del Fondo, en algún momento muy alarmado por la situación de la precariedad española, hasta el punto que Lagarde se apuntó a la advertencia de que, quizás, las medidas de austeridad eran excesivas. Pero vean que ahora, de nuevo, se vuelve al redil: más leña a la caldera de la austeridad, más sacrificios para los de siempre y, por tanto –porque los datos son tozudos–, más desigualdad a costa de una efímera recuperación económica.

Pero, al igual que Summers, otros economistas de corte liberal empiezan a recelar de ese prontuario que el FMI reconsidera para España. En una reciente reunión en el monasterio portugués de Sintra, un extenso elenco de economistas y banqueros debatieron sobre otras formas para combatir el desempleo, al margen de las devaluaciones internas: con el incremento de la productividad por la vía de la innovación y la tecnología. El tema rememoraba, de alguna forma, la denostada curva de Philips, toda vez que se señalaba que estabilizar precios puede producir pérdidas permanentes de producción y empleo; es decir, se debiera priorizar más la estabilidad del desempleo que la de los precios. Y esto, no nos engañemos, requiere de algo tan claro como la palanca del sector público.

Permítanme que lo grite: ¡por fin! Sí: por fin los sesudos macroeconomistas, asesores de banqueros, miembros del sistema financiero, entienden una cosa que algunos historiadores económicos y economistas venimos diciendo hace ya tiempo: que los procesos de grandes inflaciones son históricamente difíciles de alcanzar y que, en general, desde el siglo XIX hemos asistido a crecimientos económicos con inflaciones relativamente bajas. La mayor inflación, correlacionada con un aumento salarial, contribuye a engrasar la economía, como han demostrado de forma convincente los trabajos de Akerlof, y facilita una mayor perspectiva para el consumo, la inversión y la reducción de la deuda pública.

El contraste con el FMI está bien servido igualmente en el reciente libro de Martin Wolf, una pluma liberal de referencia, oráculo que vierte en el Financial Times sus palabras como guía y faro para políticos, asesores y académicos. Vamos: las reglas de Moisés. Pero los avances de Wolf van más allá de la economía como disciplina y se adentran en el mismo corazón de la política y, esencialmente, del sentido de la democracia. Ésta, dice Wolf, está más amenazada por la inestabilidad económica que conduce al aumento del paro y la extensión de la desigualdad que por la inflación, la caída de los beneficios empresariales o el pretendido –y poco convincente– avance del comunismo, un mantra, éste último, que hace sonrojar.

Para Wolf, la visión complaciente y optimista de lo bien que estaba funcionando la economía y el sistema financiero (una visión a la que él mismo contribuyó a alimentar) no era más que “una sandez”. La Gran recesión, que pilló por sorpresa a todo el mundo –menos a Roubini…–, Wolf incluido, se atajó desde 2008 hasta 2010 con recetarios netamente keynesianos, que se retiraron demasiado pronto –¡como en 1937!, aquí la coincidencia es total con Summers–, para readoptar la austeridad como marco de la política económica. En tal sentido, Wolf defiende la necesidad de implementar otras líneas de actuación en Europa, y una de ellas sería la emisión de eurobonos, una herramienta que, a su juicio, alejaría el riesgo de deflación.

¿Cómo se ha llegado hasta aquí? ¿Qué originó la crisis? La óptica no convencional se dibuja de nuevo frente a la ortodoxia neo-liberal. No sólo el fracaso del sistema financiero alimentó la Gran Recesión. Otros aspectos de calado deben ser tenidos en cuenta: la liberalización en el comercio global, las TIC que allanaron la globalización económica, el envejecimiento de la población que cambió el balance entre ahorro e inversión en economía avanzadas. El resultado: una economía mundial con sobreabundancia de ahorro y escasez de inversión, canalizado de los países emergentes a los avanzados, que crearon a su vez burbujas. Reformar el sistema financiero parece ineludible. Y pasa por la capacidad de los gobiernos para “crear dinero” y financiar así los déficits gubernamentales desde los bancos centrales, que deben sopesar la cantidad de dinero que se puede imprimir sin incurrir en tensiones inflacionistas.

Todo esto no hace más que demostrar cómo desde la teoría económica existen voces discrepantes con la doctrina oficial, sin necesidad de salirse del círculo de la misma escuela de pensamiento. Y la reivindicación recurrente de una megateoría que es exitosa en cualquier coyuntura y bajo cualquier condición no deja de ser, como siempre he dicho, una cuestión de fe, ya que los datos no acompañan. Una teología que poca cosa tiene que ver con la ciencia y mucho con la astrología.

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