La derrota de Tsipras no es para alegrarse

La convocatoria electoral de Tsipras ha abierto un mosaico de comentarios diversos, entre los que cabe destacar aquellos detractores más acérrimos de Syriza. Esta formación se ha roto, de forma que se deja ver algo que es históricamente bien reconocible por los colectivos de izquierdas. En síntesis, estamos ante un grupo que es más posibilista, más relacionado o influenciado por la real politik; y ante otro que sigue manteniendo las esencias ideológicas y filosóficas del partido. Esta fragmentación penaliza la solidificación de la izquierda, y dará más vuelo a las opciones conservadoras y, quizás, a la extrema derecha de Amanecer Dorado. Este es un tema por el que se está pasando de puntillas, sin afinar las posibles consecuencias que este nuevo escenario podría tener para otros territorios europeos: más euroescepticismo, más predisposición a salir del euro, más orientación hacia posiciones ultranacionalistas y xenófobas.

Pero, además, el anuncio heleno ha disparado las críticas precisamente hacia esa capacidad (o incapacidad, según se mire) para hacer frente a los requerimientos del Eurogrupo. La idea central de Syriza fue, en cierta medida, recuperar la soberanía nacional que pensaba perdida, hecho que infirió duras críticas a otros partidos que habían gestionado la crisis en momentos muy delicados. En tal sentido, los comentarios más demoledores se dirigieron, de forma invariable, hacia la social-democracia, hacia los partidos socialistas que, en algunos países –Grecia y España, por ejemplo–, habían pilotado períodos de ajustes severos y de cambios normativos. Pero ahora la cúpula de Syriza, o una parte significativa de ella, ha descubierto que los términos de negociación son mucho más complejos que las soflamas ideológicas o que las buenas intenciones enunciadas en un programa electoral. Ante esto, pienso que no se debe invocar la crítica ácida hacia Tsipras, desde posicionamientos que nada tienen que ver con la reconstrucción de la izquierda. De hecho, las descalificaciones que se aplican al mandatario heleno se relacionan con su “traición” a los principios de Syriza y, por tanto, con la dejación de su hoja de ruta original. Sería un error llevar esto hasta las consecuencias más letales, desde el punto de vista político: sería como negar la posibilidad de plantear nuevas formas de hacer política, toda vez que, de todas formas, se tiene que pasar “por el tubo” (por decirlo coloquialmente) de quienes en verdad mandan en Europa.

Planteémonos un escenario distinto. Las elecciones las pierde Tsipras por la división de la izquierda y acaba por triunfar un espectro de derechas, que engloba Nueva Democracia y Amanecer Dorado. ¿Qué alternativas existen entonces en política económica? Ninguna, desde el momento en que, con toda probabilidad, esos grupos conservadores se amoldarían a una real politik que pensaría mucho más en los creditores que en los ciudadanos griegos. Ante una situación financiera y presupuestaria tan dura, resulta casi imposible tener márgenes plausibles de maniobra. Pero, indudablemente y aceptando esa premisa, resulta más sensato para la izquierda que sea ella y no la derecha la que conduzca esta situación, desde el momento en que cualquier otra propuesta, por muy progresista que sea, por muy elaborada que parezca y por muy izquierdista que se revista, va a tener enormes piedras en su camino. ¿Sucumbir ante esto? No. Pero ser lo suficientemente responsables como para saber que la realidad de la gestión diaria de un gobierno es algo mucho más complicado que los enunciados electoralistas, destinados a captar votos descontentos. La lección del actual gobierno griego ha sido clara para Europa: los intentos de re-direccionar el problema de la deuda pública han sido fallidos, a pesar de la enorme carga de dignidad (y también las posibilidades de su aplicación) que pueden haber tenido las propuestas razonables que, por ejemplo, formuló el entonces ministro Varoufakis.

¿Qué otro escenario puede dibujarse? La salida del euro: se haga desde el espectro de derechas o desde la izquierda. Esto abre un horizonte desconocido: ¿estarían mejor los griegos fuera del área euro? ¿y los españoles, italianos y portugueses? Grecia ha realizado ya enormes sacrificios que todavía serán más profundos con las pautas marcadas por el tercer rescate. Éste contempla, entre otros aspectos, la des-patrimonialización de la economía pública y la privatización de sectores estratégicos –puertos, aeropuertos, eléctricas, etc.–. ¿Piensa de verdad el Eurogrupo que todo ello va a solventar el problema económico griego? Cuáles son los objetos centrales de la política comunitaria: ¿los ciudadanos helenos o sus prestamistas? La economía entra aquí en un terreno nebuloso. Quien diga que sabe a ciencia cierta cómo disiparlo está engañando. Porque la clave actual, más que técnica, es política.

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