Es el tiempo de los escaños

Tras los primeros grandes movimientos después de las elecciones y de la resolución provisional de la Generalitat de Catalunya, los actores políticos se posicionan. Desde muchas tribunas, se afirma que va a ser muy difícil encajar un gobierno de izquierdas en España, tras la investidura del nuevo president catalán. No lo tengo tan claro. Si es así, tendrá culpables muy concretos. Porque, al menos, lo que parece aclararse son las diferentes estrategias esgrimidas hasta ahora. Sánchez ha lanzado ya dos mensajes contundentes: no va a pactar en ningún caso con el PP, a pesar de las presiones mediáticas, políticas y económicas; y ofrece un acuerdo amplio a Podemos y Ciudadanos, que deberán evaluar ese escenario y definirse. Sánchez ha actuado con prudencia: se ha movido poco desde la noche electoral, se ha mantenido sin dinamitar puentes y su silencio ha sido el mejor antídoto a la feroz lucha por el poder de los llamados barones socialistas, personajes que deberían callar más habida cuenta quiénes les apoyan en sus respectivos gobiernos. Iglesias, por su parte, ha planteado como predominante el referéndum de Catalunya por encima de otros ejes clave –de carácter eminentemente social– en un teórico programa progresista, ejes que sí fueron su principal reclamo en el curso de la campaña electoral. El líder de Podemos se encuentra prisionero de sus compañeros de viaje: de los dirigentes de las fuerzas nacionalistas que han concurrido con él a los comicios, y que ahora exigen el peaje correspondiente. Éste es el gran reto interno de Podemos, el que puede fragmentar la formación. También aquí, como en el PSOE, hay lío. Ciudadanos, mientras tanto, se lame las heridas: resultados limitados tras las expectativas generadas. Temor justificado a que se convoquen nuevas elecciones. Incertidumbre ante el encaje que se avecina: apoyar a Rajoy o contribuir a forjar una nueva mayoría parlamentaria que, entre otros cometidos, ataje el proceso catalán.

De los tres posibles actores de un nuevo gobierno, cada vez será más perentorio conocer qué piensan en realidad los emergentes. La cara y cruz de la moneda (el teórico victorioso Podemos; el más renqueante Ciudadanos) deberán adoptar un nuevo tiro en el juego. El órdago parece echado por Sánchez: se propone un Ejecutivo presidido por él como segunda fuerza del Congreso de Diputados, con una hoja de ruta que tenga elementos comunes y que fueron divulgados por parte de los tres contendientes en su caza por los votos. Ciudadanos ¿va a ser como se intuye un partido de derechas y, por tanto, impedirá que la izquierda pueda articular una opción al desgastadísimo gobierno del PP, o se avendrá a un Ejecutivo distinto que puede decir cosas parecidas a las que Rivera exponía? Y Podemos ¿dejará a un lado las soflamas nacionalistas y priorizará su compromiso de izquierdas o seguirá jugando al tacticismo político, atrapado en la dialéctica soberanista y con la vista puesta en otra convocatoria electoral que, se presume, le será muy favorable? Los dos emergentes, en tal contexto, actúan como lo que siempre criticaron: con artimañas y argumentos propios de esa “vieja” política que tanto descalifican. Iglesias fue el que más mintió en campaña, a tenor de lo que estamos viendo: su línea roja del referéndum (que así lo dijo, mal que le pese) sorprendió a propios y extraños en el mismo cierre de las urnas…menos a sus socios nacionalistas. Rivera habló claro en la etapa pre-electoral, dando a entender que la opción de Rajoy (o quien fuera en el PP) estaba ya amortizada. Pero ahora balbucea.

En esta tesitura, y ante la previsible falta de apoyos para el PP, los emergentes deberán decidir qué harán cuando sean mayores. Y eso, decidir, es mucho más complicado que criticar y oponerse, tarea harto fácil ante el desastre de las políticas conservadoras y las luchas cainitas de los socialistas. Se acabaron, en parte, los tiempos de las pancartas, las concentraciones y los platós: es el tiempo de los escaños. Y de mojarse.

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