Austeridad económica: un abismo social

Una vez más, se ha revelado la falacia de la austeridad económica, de los ejercicios presupuestarios pretendidamente equilibrados. Los datos conocidos del cierre de 2015 para la economía española devuelven a la realidad a los macroeconomistas optimistas. Quienes advertimos –también se hizo desde esta columna– de que el gobierno del PP cuajaba unas cuentas irreales para 2016, hechas en clave electoralista, hemos acertado. No hacían falta genialidades para ello; sólo sentido común. El nuevo gobierno deberá ajustar las cuentas en unos 25.000 millones de euros (nosotros hablábamos, fíjense, de unos 10.000 millones…nos hemos quedado cortos), si pretende cumplir con los requisitos de Bruselas. Un abismo social.

El tema no afecta sólo a la economía española: la pirotecnia estadística se ha cebado también en las cuentas públicas de otros países. El caso del Reino Unido es ilustrativo. El gobierno conservador de Cameron ha hecho de la austeridad calvinista la hoja de ruta de sus políticas públicas. Osborne, un ministro de Finanzas que pasaba por ser un genio de los números, se ha visto impelido a revisar sus cálculos por un motivo elemental: presupuestó mal, toda vez que inventó ingresos ficticios y, a su vez, recortó hasta el hueso las prestaciones sociales. Aquellos ingresos no se han producido, y colectivos sociales y miembros de su propio grupo parlamentario han protestado antes medidas tan drásticas, que están penalizando las franjas más desposeídas de la sociedad. El resultado es que el presupuesto de 2016 del Reino Unido es tan irreal como lo es el de España, de manera que la imagen que se ofrece de estos infalibles neoliberales no puede ser más penosa.

La austeridad cumple con la misión de preservar las capas ricas de la población, frente a las más vulnerables e, incluso, las llamadas clases medias. Los datos son ya clamorosos. Pero la ceguera europea es enfermiza: la crisis persiste, los crecimientos son anémicos, la inflación es bajísima –en algunos países la deflación es ya una realidad– y la parálisis inversora de los gobiernos es proverbial: estamos ante un serio problema de debilidad de la demanda agregada. El Banco Central Europeo es la única institución que, demasiado tarde, ha movido pieza. Pero seguimos con un grave problema de deuda soberana difícil de atajar si, al menos una parte de la misma, no se “mutualiza”, tal y como se propone desde el nada sospechoso Council on the Eurozone Crisis –un think tank en el que participa, por ejemplo, Luis Garicano de la LSE, entre otros profesores y economistas de perfil netamente liberal– y no se dota al presupuesto comunitario de mayor capacidad en sus posibilidades de gasto.

Es decir: la crítica a esta política económica no proviene únicamente de la economía heterodoxa. También algunos ortodoxos y republicanos norteamericanos llaman la atención sobre el fracaso de la austeridad, voces autorizadas que han sido oráculo durante mucho tiempo. Es el caso de Ben Bernanke, el todopoderoso presidente de la Reserva Federal durante la parte central de la Gran Recesión, que ha publicado un libro medular (El valor de actuar, Madrid, Península 2016) en el que censura, sin tapujos, la estrategia de la Comisión Europea, el retraso en la adopción de políticas de liquidez. Y el agarrotamiento ideológico de los gobiernos europeos, con Alemania como principal objeto de esos dardos críticos. Que afirme esto un economista de Harvard y del MIT, un neoliberal confeso, no deja de ser elocuente.Tal posición se alinea con el neokeynesianismo y acentúa la liturgia errática de los defensores a ultranza de esa fallida austeridad: nunca se ha salido de una crisis de calado sobre ese precepto calvinista, mal entendido.

España y Reino Unido son dos muestras de tal quiebra ideológica que, sin embargo, permanece de forma tozuda. Sorprende esta férrea obstinación. Europa puede cambiar, pero sólo si orienta su política económica fallida, que preside sus principales decisiones estratégicas. Esta y no otra es la cuestión.

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