La radicalidad de la Economía: contra la austeridad como tótem filosófico

El FMI revisa a la baja sus previsiones de crecimiento, la Comisión Europea ve serios problemas en las locomotoras económicas de Europa (Alemania y Francia), el descontento social no retrocede. No se aprecian perspectivas de futuro mínimamente solventes. Con estos mimbres, el cesto de la crisis tendrá una forma precisa: la Historia Económica avala que asistiremos a 6 u 8 años de contracción económica, si persisten las mismas políticas económicas. Para resolver toda esta compleja ecuación urge que se produzcan cambios de orientación en Europa. Que el déficit y la deuda se gestionen con calendarios más generosos, más laxos. Que se tenga muy claro que el crecimiento lo produce la inversión, la pública y la privada. Y que éstas dependen de que haya instituciones inclusivas, tal y como defienden Daron Acemoglu y James Robinson, es decir, entes que distribuyan el poder político de manera amplia, con una idea nítida de gobernanza: algo que el más rancio conservadurismo que nos domina no acepta de ninguna forma.

Todo esto no es sencillo, ni nadie tiene una varita mágica para arreglar la situación. Pero lo que no cabe ninguna duda es que ya tenemos suficientes muestras, de que así no saldremos de forma solvente si, además, las redes de cobertura social terminan por diluirse. Voces autorizadas lo pregonan. Eric Maskin, Premio Nobel de Economía 2007, en declaraciones recientes a la prensa internacional: “La política de recortes de España empeorará la situación. España sigue sumida en depresión económica, y la ya mínima demanda de empleo irá a menos con la reducción del gasto público”. Christopher Pissarides, Premio Nobel de Economía 2010: “la política de austeridad tiene límites, y no se ven salidas con su aplicación tan estricta”. Son las opiniones de dos importantes economistas que no profesan un keynesianismo militante, pero que enlazan con lo que ya conocemos de los muy citados Paul Krugman y Joseph Stiglitz. Diagnóstico claro: fallan las recetas. Otros expertos de peso van en la misma dirección.

Jorg Decressin, economista responsable de la zona euro del FMI, ha indicado que sin los estímulos que se aplicaron en su momento, hasta mayo de 2010, el déficit español sería mucho más elevado; su causa central es la pérdida brutal de la recaudación tributaria. Robert Kuttner, fundador del Instituto de Política Económica de Washington y director de la revista Prospect, es más elocuente: “España no tiene un Estado de bienestar caro; sufre las consecuencias de una caída de ingresos que se achaca a la recesión. ¿Por qué castigarla con duchas frías?”. Las aseveraciones de Kuttner son impactantes: el pánico financiero, dice, tiene raíces totalmente independientes de las cuestiones fiscales. Más que dar bandazos, de lo que se trataría es de imprimir sosiego a los mercados, concluye. Todo lo contrario de lo que vemos. Profesionales de gran prestigio inciden en un tema que, en España, apenas se ha enfatizado por parte de los gobernantes, y que reitero: nuestro problema radica, en esencia, no en un incremento del gasto (como han dicho hasta desgañitarse los conservadores, con claros objetivos ideológicos), sino en un desplome de los ingresos. La fe se resquebraja. Eso no quita que no sean criticables algunas opciones inversoras, desarrolladas a partir de gasto público. Pero no es el meollo del problema. Sin embargo, las pretendidas vías de solución pasan por reducir partidas cruciales: sanidad, educación, servicios sociales, I+D+i.

Los mercados, que no son abstractos (es decir, tienen nombres y apellidos), imponen a los gobiernos exigencias harto contradictorias: reducir el déficit pero, a su vez, mantener el crecimiento. Eso es imposible, en los momentos actuales. En etapas contractivas, las estrategias de consolidación fiscal lo único que están consiguiendo es lo opuesto a lo que se persigue: el estancamiento de la economía. Datos: la inflación en la zona euro es, para 2016, de poco más del 0,1%, y la tasa de crecimiento económico es, en su conjunto, raquítica. Resultados angostos para tanto castigo. En este punto, se sabe que, por ejemplo, a Estados Unidos le costó diez años reducir su déficit público, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, todavía bajo los efectos de la Gran Depresión y de las políticas del New Deal. Suecia pudo también resolver su déficit a partir de una fuerte depreciación monetaria, que facilitó sus exportaciones; todo igualmente en el transcurso de años. Pero, ahora, se nos pide cuadrar los déficits y, al tiempo, generar crecimiento y empleo en el marco de la moneda única ¡en muy poco tiempo!

Las instituciones, a su vez, no están generando incentivos. Volvamos al trabajo de Daron Acemoglu y James Robinson, que pone un énfasis preciso sobre el mundo de la política y en la importancia, precisamente, de las instituciones: las inclusivas, es decir, aquellas que preparan el terreno para la prosperidad de las naciones a partir de complicidades socioeconómicas, provocan incentivos y promueven, en definitiva, el crecimiento. Son las instituciones políticas, señalan, las que determinan las instituciones económicas; y su acción diferenciada, según los países, justifica la disparidad en la riqueza y su distribución. El marco institucional y la cooperación son, pues, claves.

Ante todo esto, se debe concluir que la acción institucional no está siendo demasiado inclusiva, en el sentido de Acemoglu y Robinson; por el contrario, los vaivenes de las cúpulas comunitarias y las pésimas actuaciones de algunos gobiernos alimentan, todavía más, la desconfianza. Vemos con claridad que la austeridad no da tregua, no aporta resultados que conduzcan a la recuperación. Observamos que Europa se ha convertido en un laberinto casi imposible para articular una política común. En este punto de desencuentro, lo que se antoja como razonable aparece a su vez como “radical”, tal y como recogía un editorial del Financial Times: según el rotativo, los sacrificios exigidos a Grecia no aportaron resultados plausibles y afirmar eso y plantear otras vías supone un “radicalismo” del mensaje. Podría complementarse ese argumento con otros paralelos. El recorte descomunal del Estado del Bienestar está haciendo perder señas de identidad europeas; deberían situarse los tipos de interés en tasas muy bajas (cercanas a cero) e imprimir moneda para evitar “trampas de la deuda”; el BCE podría comprar más deuda soberana y paliar así los efectos de la especulación (¿eurobonos?); y cabe pensar en políticas públicas de estímulo de la demanda. Todo eso, que es considerado heterodoxo, caduco o pernicioso, constituye hoy en día un ejercicio de “radicalidad” en el campo de la economía, siguiendo la idea publicada en el Financial Times. Es un exponente de una subversión que coloca a los economistas que defienden esos postulados en el rincón del olvido y la marginación. La fe ciega del neoliberalismo no puede sustituir, sin embargo, a las pruebas aportadas por la Historia Económica.

 

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