Brexit: una lectura económica

¿Qué pasará a partir del resultado del referéndum británico? Difícil hacer augurios precisos. La ideología de signos contrapuestos parece estar instalada en ambos lados del debate, y ello por un motivo evidente, de larga trayectoria histórica: porque ha existido siempre una base intelectual contraria a la Unión Europea en Gran Bretaña. El escepticismo hacia Europa es imperante, culturalmente. Uno debe fijarse, ante esto, frente a esa incógnita que se dibuja mañana, en la postura oficial de Alemania. Esto tal vez nos proporcione alguna clave. Vean: en la cancillería germana existe una máxima preocupación por el Brexit. ¿Por qué? Porque en las coordenadas esenciales de las políticas presupuestarias, alemanes y británicos están de acuerdo, desde hace ya tiempo. Blair, Browm, Schröeder, Merkel: la tendencia es la misma, es decir, control del déficit y marcaje a los países del sur cuando ello ha interesado. No parece haber una visión europeista en el sentido federal: lo que prima son los intereses de los países más avanzados en la Unión. Se me dirá que éstos ponen mucho dinero sobre la mesa. Cierto; pero no se engañen: también se ha hecho desde las instituciones europeas mucho por ellos, tanto para favorecer intereses británicos como alemanes (acuerdos comerciales, proceso de unificación alemana). Esto daría pábulo a otro comentario. Pero centrémonos en lo que se exponía hasta el momento.

En plena burbuja inmobiliaria, los bancos germánicos drenaban ahorro alemán hacia el sur, lo mismo que hacían los galos y británicos. Es decir, esos sistemas financieros –como también el Fondo Monetario Internacional– concedieron muchos créditos a bancos españoles (particularmente, a las cajas de ahorros). He aquí una clara división geo-económica de Europa: el norte esencialmente  partidario de una austeridad aplicable a un sur despilfarrador y poco productivo, visto como un conjunto de sociedades y economías de servicios baratos. Y esa tesis es, a su vez, adscribible a sus propias sociedades, toda vez que la austeridad se expande igualmente en el interior de Alemania, Austria y Gran Bretaña: control salarial y flexibilidad laboral para atajar las caídas en la productividad del capital. Esta parece ser la salida a la Gran Recesión.

De alguna forma, Alemania y Gran Bretaña integran un club más selecto en el panorama de la Unión Europea, de forma que las diferencias con el sur son evidentes: en crecimiento económico, en formación y desarrollo del capital humano, en solvencia (al menos formalmente), en estructura productiva. Alemania no tiene interés alguno para que Gran Bretaña se vaya, ya que perdería un aliado macroeconómico. Pero no está tan claro que la marcha británica pueda perjudicar a los países menos avanzados de la Unión, habida cuenta los cambios políticos en las correlaciones de fuerza que podrían producirse en la composición del propio Parlamento Europeo. El norte perdería una pieza crucial en su estrategia de austeridad expansiva, dado el perfil conservador del gobierno británico. El sur podría explorar otras posibilidades de acuerdos y compromisos –como, por ejemplo, una revisión de la rígida regla del déficit público– que marcar los presupuestos contractivos en las naciones del sur. Éstas deberían entonces fijar posiciones comunes que fortalecieran unos objetivos más plausibles. Y quién sabe si, tal vez, eso podría promover la construcción de otra Europa no sometida a ese luteranismo anglicano que sella la colaboración entre Londres y Berlín.

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