Socioeconomía turística

Las economías turísticas han permitido desarrollos importantes, innegables: partimos de esta realidad comprobable tanto en las naciones más desarrolladas como en aquellas que tratan de salir de su postración económica. Pero también aquellas economías laminan los fundamentos culturales. La industria manufacturera remarcaba los posicionamientos sociales y enfatizaba las grandes diferenciaciones en la estructura social, en forma de respuestas culturales y electorales. Podríamos decir que existía una mayor “claridad” social, fruto de una estructura económica más nítida: empresarios industriales, clase obrera, servicios incipientes y poco desarrollados.

El turismo, como exponente de las economías terciarias, diluye todo esto de manera relativamente rápida. La sociedad se hace más compleja, más escalonada y, al tiempo, polarizada. Los referentes del pasado terminan por perderse, ante esta gran transformación. Un estudio de ámbito regional, sobre espacios turísticos emblemáticos actuales, que enlazara la evolución del comportamiento electoral con los cambios en la estructura económica, aportaría datos empíricos a esta hipótesis. Para el caso español esto resultaría harto difícil, atendiendo al hecho de la dictadura franquista. Pero tal vez sea comprobable en regiones francesas e italianas, que disponen de un historial de contiendas democráticas más dilatado que España. Es ésta una cuestión sobre la que sabemos poco, y que puede ayudar a entender la situación de desafección política en las sociedades turísticas. Aquí, las clases parecen estar diluidas. Y en este punto, el proceso forma parte de la terciarización que se vive en el mundo más desarrollado, aunque los rescoldos de las experiencias industriales aún pueden estar presentes en las regiones que conocieron en el pasado ejemplos patentes de industrialización. La cultura política impregna comportamientos políticos, sociales y electorales de la gente, por lo que un factor de desmotivación en las sociedades terciarias, donde el componente de clase es más nebuloso, no es desdeñable para los ejemplos turísticos. Éstos, además, tendrían mayores pruebas que evidenciarían tal idea.

Sobre esta base, la palabra mágica es sostenibilidad. No es el momento para discutir la apropiación que todo el mundo ha hecho del concepto. Se trata de saber qué puede ofrecer lo que se esconde tras él, para hacer aplicaciones prácticas en política económica. En el caso de Baleares, el archipiélago con mayor intensidad turística del mundo -según una investigación muy reciente, aún inédita-, la noción de sostenibilidad debe partir, necesariamente, de la esfera ambiental. Es cierto que no hay que descuidar otras vertientes igualmente básicas, como la laboral, la social y la política. Pero dar una respuesta fehaciente a todas ellas en el corto plazo de tiempo constituye un ejercicio bastante complicado. Es cada vez más urgente hacer propuestas que, sin rehuir ni renunciar a los principios, sean aplicables. Hay que pensar en clave de gobernar. La ética de la responsabilidad debe colocarse al lado de la ética de los principios. Y hacer que ambas sean compatibles y no impliquen renuncias insalvables, decepciones y frustraciones.

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