Geopolítica y proteccionismo económico: amenaza latente

Asistimos a una coyuntura de gran inestabilidad, muy volátil, con cuatro vértices claros: las agresivas declaraciones económicas de Donad Trump; las elecciones italianas; la situación de Alemania; y el conflicto, ya latente –con Corea del Norte, China y Rusia como protagonistas centrales– en el mar de China. Cuatro focos que están baqueteando la economía internacional, en absoluto instalada en las fortalezas que se predican. El proteccionismo económico constituye el gran telón de fondo, aderezado por la nueva administración norteamericana.

Trump ha afirmado que va a conseguir empleo para los americanos que se sienten amenazados por el avance de la población inmigrante; que va a consolidar sus puestos de trabajo a los que lo tengan, sin temor a que puedan arrebatárselos los extranjeros; que va a impulsar medidas para desarrollar la producción nacional; y que, en definitiva, va a penalizar la entrada de mercancías foráneas. Todo con llamativas bajadas de impuestos que afectarán, sobre todo –y como casi siempre– a las rentas altas. Esto va a comportar políticas arancelarias severas con las mercancías europeas, latinoamericanas y asiáticas, áreas prioritarias del comercio de Estados Unidos. El impacto de todo esto sobre los negocios ya ha sido palpable: las Bolsas han caído, y las respuestas que se esperan de los países afectados pueden ir en direcciones similares. Si esto es así, estaríamos en un indeseado escenario de cerrazón: de guerra comercial. Se han sumado a este ideario los ultranacionalistas de Italia y Alemania: fisura europea que trata de volver a la Europa del Tratado de Versalles.

En paralelo, se aprecian cambios en la dirección de la política exterior de la nueva administración republicana. Trump no va a diluir su presencia en áreas geográficas de gran calado estratégico, como por ejemplo la que alberga los océanos Índico y Pacífico, con el mar de China como eje central. Aquí, un espacio por el que transita buena parte del comercio entre Estados Unidos y Asia, el conflicto diplomático y comercial puede estar servido, toda vez que Pekín piensa que ese mar del sur de sus fronteras le pertenece, mientras que Washington cree que se trata de un lindar internacional. El tema empieza a ser comentado por diferentes expertos; destacaría el muy reciente y magnífico libro del historiador Peter Frankopan (El corazón del mundo, Crítica, 2016), que subraya el dominio del espacio oriental-asiático en el futuro más inmediato, con énfasis preciso en el renacer de la potencia china y de los conflictos de carácter imperialista que pueden desencadenarse en esa zona. Europa sería, en tal sentido, un protagonista muy menor, una potencia en absoluto declive. Aquí tenemos, pues, una previsible geografía convulsa por su frágil equilibrio, que la presidencia estadounidense está alentando en sus vertientes más inquietantes. Rusia exhibe músculo bélico. Corea del Norte sigue en su locura armamentista. Todo un caldo de cultivo favorable para que cualquier pequeño detonante desencadene una catástrofe.

 

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