El crecimiento no puede ser exponencial

El INI acaba de publicar el crecimiento económico de Balears para 2017: 2,7%. El dato, inferior al de 2016, es muy importante, si bien es el más bajo de las economías regionales. El crecimiento balear ha sido intenso desde 2014-2015, tras una fase de fuerte caída del PIB –particularmente intensa en 2009 y 2010, el epicentro de la Gran Recesión–. La recuperación se explica básicamente por las experimentadas en las economías europeas –Alemania y Gran Bretaña, sobre todo– y en la española, clientes preferentes del turismo de masas balear. El liderazgo del crecimiento económico insular es evidente desde 2015 (expresado, a su vez, por las variables del mercado laboral, la formación de empresas y el incremento del gasto turístico y de los beneficios empresariales), a pesar de la variable de 2017. Ahora bien, la cifra no debiera ningunearse; tampoco magnificarse, por varios motivos.

En primer lugar, porque en las economías regionales españolas, es muy estrecha su capacidad de incidencia directa sobre los vectores clave del crecimiento relacionados con el mercado –exportaciones, desarrollo de los servicios, conexiones con empresas transnacionales–. Esto incumbe a las fases de crecimiento –que un gobierno regional sensato no puede imputarse en exclusiva–, y a las de crisis –en las que la responsabilidad de dicho gobierno es igualmente limitada–. Vean, por ejemplo, el caso de Catalunya: a pesar de la salida de empresas importantes y de pérdida de depósitos bancarios, el crecimiento económico ha superado, en 2017, la media del conjunto del Estado. Es decir: no se ha producido un desplome del PIB catalán en los niveles catastróficos que algunos auguraban.

En segundo término, el crecimiento económico no puede analizarse, seriamente, como un proceso exponencial. Es decir, no es razonable pensar que el crecimiento va a ser incesante, un año sobre otro, siempre con cifras que superan las precedentes, por la simple razón de que esto no ha pasado nunca en la historia económica, desde que disponemos de registros seriados. En la economía existen ciclos –negados, hasta hace poco, por insignes académicos, entre los que cabe citar algún premio Nobel–, y esos ciclos no tienen un comportamiento de avance superando siempre la cifra anterior. En política es corriente utilizar esta realidad como arma arrojadiza: partidos de todo signo lo hacen. Pero no es razonable ni científico hacerlo. El ciclo actual de la economía balear es expansivo, porque lo es en la Europa y en las regiones españolas que mandan turistas al archipiélago. En paralelo, es evidente que existen elementos endógenos que no pueden arrinconarse. Aquí la actuación de los gobiernos autonómicos es, ahora sí, más transcendente. Inversiones en infraestructuras –en las que existan competencias transferidas–, sanidad, investigación y desarrollo, educación; o la adopción de figuras fiscales con destinos finalistas, pueden incidir en mejoras en la competitividad de las regiones por la vía de la calidad de los servicios. Por ejemplo, las profecías más negativas sobre, por ejemplo, la aplicación del impuesto de pernoctaciones turísticas, no se han cumplido para nada. Tanto en Catalunya –cuya aplicación se inició en 2012–como en Balears. Ello es debido a que en la expansión de los mercados internacionales los factores que más impactan negativamente sobre sus demandas son aquellos que atañen a la seguridad y la estabilidad institucionales (conflictos graves, guerras, inestabilidades, disturbios constantes), más que a las medidas económicas que puedan adoptarse.

Esperar crecimientos económicos continuos y, sobre todo, superando siempre los guarismos anteriores, equivale a pensar que los procesos de crecimiento económico deben ser exponenciales y, en caso de que no lo sean, el resultado debe ser visto como un fracaso de los gobernantes. La idea descansa sobre una visión exclusivamente crematística de la economía –muy utilizada torticeramente en el mundo de la política–, y considera poco la calidad del crecimiento que se analice, es decir, del desarrollo de la economía en cuestión. Se puede crecer mucho, de manera sostenida, pero social y ecológicamente mal; y hacerlo menos, con oscilaciones, y con resultados eco-sociales positivos. De ahí que no debiera criticarse tanto –ni tampoco enaltecer, en su caso– las cifras del crecimiento económico si no se contrastan con otros elementos: los que delatan la calidad del avance o del retroceso del PIB.

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