¿Cuándo se producirá la próxima crisis económica?

¿Cuándo se producirá la próxima crisis económica? ¿Qué actitud adoptarán los bancos centrales, en caso de que se produzca? Y los ahorradores y consumidores: ¿qué harán? ¿Qué podrán hacer los gobiernos? Estos interrogantes, de una obviedad palmaria y de gran preocupación para agentes económicos y sociales, son los que se reclaman a los economistas. Más bien: se exigen respuestas a tales preguntas, de forma que se equipara el economista profesional a un gurú capaz de ser predictivo, un profeta en potencia: el poseedor de un acerbo privilegiado de información –que nadie más tiene–, con el que acotar las catástrofes.

Los vaticinios que a veces se lanzan desde instituciones reputadas están más sesgados por una visión coyuntural que estructural; por una perspectiva excesivamente concreta (que es la que suele interesar), de forma que se alejan las reflexiones que puedan hablar más de tendencias económicas que de pretendidas exactitudes. Las certezas en economía no pueden aventurarse de manera estricta. Los economistas no somos físicos, que trabajan a partir de unas formulaciones empíricas que les permite intuir –e incluso acertar– lo que puede acontecer con los materiales y los problemas en los que investigan. En cualquier caso, su filosofía de la ciencia habita en territorios mucho más tangibles –o mejor aprehendidos–, y menos complicados de predecir, que las disciplinas de carácter social. Pero incluso en campos tan experimentales y materiales como la física, los principios de incertidumbre se encuentran presentes en la epistemología de la ciencia. Los modelos matemáticos aplicados en economía son de gran utilidad explicativa en muchos casos, y conforman herramientas que deben conocerse; pero no siempre delimitan con precisión las tendencias que se aproximan. La falta de capacidad de los economistas para predecir las crisis, un fenómeno que ha sido harto criticado por parte de muchos colectivos, constituye una piedra de toque evidente ante la imposibilidad de “profetizar” un futuro inmediato (ya no digamos si se habla de coordenadas cronológicas más amplias).

En nuestros análisis, el factor clave, que es la población, tiene una movilidad real que está alejada completamente de los caeteris paribus que funcionan en buena parte de los modelos de crecimiento, ya sean macroeconómicos o en su visión microeconómica. Las personas no siempre actúan de manera racional y, por tanto, no consumen de forma invariable con la óptica del principio de utilidad, con la perspectiva de un cálculo preciso, imbuido por una información casi perfecta. Esto, que se encuentra implícito en buena parte de los modelos teóricos de crecimiento, delinea un juego de ecuaciones y de cálculos matemáticos de gran elegancia –sustentados sobre la crematística, sin referencias biofísicas–, valiosos como ejercicio, pero no necesariamente útiles –de forma perenne– para describir y, sobre todo, aventurar el devenir.

El análisis de algunos indicadores –PIB, evoluciones bursátiles–, en su trazo largo –es decir, con la profundidad de nuevo de la historia económica–, puede ser una herramienta aceptable. Así por ejemplo, tras la revisión del índice Dow Jones (creado en 1896 y que aporta más de 120 años de datos: una verdadera mina), se advierte que existen en la historia económica dos períodos que se asemejan a lo acontecido desde 2008, el estallido de la Gran Recesión:[1] el que va de 1901 a 1914; y el que abraza 1965-1982. No obstante, sabemos que entre 1873 y 1885 se sucedieron dos recesiones, una que duró seis años seguida de una expansión de tres, y una nueva crisis que se alargó tres años más. Igualmente, en la depresión de los años 1930 se subrayan dos recesiones: la de 1930-1933 y otra que apenas duró quince meses, entre 1937 y 1938. Es decir, la historia económica enseña que las etapas de intensas contracciones económicas se desagregan, a su vez, en fases más o menos breves, que suelen insertarse en períodos de recuperaciones también muy fluctuantes.

Concretando más en la propuesta avanzada más arriba, en esa cronología (1901-1914; 1965-1982), distante en el tiempo, se aprecian signos claros de estancamiento económico, a tenor de la evolución del Dow Jones. Se dibujan alternancias y volatilidades, sin que las curvas adopten una dirección determinada. En ambos ejemplos, los quince años tabulados en cada período ofrecen crecimientos inestables, con la existencia de, al menos, cuatro recesiones en cada caso, separadas por pocos años. Si se observa la evolución del Dow Jones entre 1966 y 1982 y se compara con la que va de 2000 a 2012, el perfil en el momento álgido de la crisis es casi idéntico; y lo mismo puede decirse de otro indicador crucial, el del beneficio empresarial. En el primer decenio y medio del siglo XX, en la fase que va de 1966 hasta 1982 y en lo que afecta a 2000-2012, el paralelismo del desarrollo bursátil permite inferir tres aspectos. Primero: puede ser previsible que, hasta 2020, vivamos todavía una recesión más. Segundo: el que esto sea así dependerá, evidentemente, de la actuación de los agentes económicos del presente…¡y del futuro! Pero es innegable que todo lo que se haga (o no se haga) ahora, condiciona el proceso posterior. Sabemos lo que aconteció en el pasado, con siluetas similares, y qué se decidió por parte de los poderes públicos; y eso nos permite lanzar esa hipótesis arriesgada. Pero debe verse cómo ejercitarán sus funciones los responsables de los bancos centrales y de las grandes instituciones políticas, económicas y financieras. La recuperación podrá acelerarse o retrasarse en función de tales conductas: de la aplicación de diferentes políticas económicas o del mantenimiento de las existentes. Y tercero: debe anotarse, igual que aconteció en los otros períodos observados, que en el cuarto y quinto año de la crisis los beneficios empresariales se están recuperando; pero en la Gran Recesión actual el avance de la rentabilidad empresarial se está obteniendo, básicamente, gracias al control salarial y al aumento del paro. Pero lo que no cabrá duda alguna: el factor de incertidumbre va a estar presente.

[1] Este apartado se sustenta a partir de los solventes fondos accesibles a través de la página web de la Asociación Española de Historia Económica, que ha consagrado diferentes secciones al análisis de las crisis. Las reflexiones deben ser tomadas con la precaución que cabe en estos casos, toda vez que se trata de ejercicios académicos que, sin embargo, tienen como fundamento esencial una poderosa batería de cifras.

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