Pilotar la crisis, una dificultad añadida

Quienes están en los puentes de mando de los gobiernos tienen ante si una difícil papeleta. Hagan lo que hagan, es criticado con mayor o menor intensidad. Nada va bien, nada se ve con empatía. Todo es mejorable; llueven los errores. Y muchos de estos diagnósticos –no todos, como es lógico– provienen de personal nada capacitado para emitir esos pronósticos: tertulianos, algunos periodistas, economistas y otros profesionales, que acaban por sentar cátedra –con sus palestras informativas– en temas tan complejos e inéditos como los des-confinamientos, el encaramiento a una pandemia tan peligrosa e insólita en el mundo más desarrollado, y las medidas a tomar para concretar todo esto, junto a los recetarios en políticas públicas. Se pide, se exige –y esto se extiende también a otras personas distintas de las que se pueden intuir en la clasificación precedente– liderazgo, capacidad de decisión, rapidez, rigor, previsión cuidada…; y, al mismo tiempo, descentralización de esas decisiones, consultas constantes y rápidos desenlaces, capacidad de marcar líneas disponiendo de informaciones mucho más asimétricas que los que disponen menos asimetría. Las críticas son, evidentemente, lícitas. Pero tiene que haber un tiempo, hasta entonces, de posicionamientos más cómplices, máxime cuando en esta crisis todo el mundo, absolutamente todo el mundo, está trabajando a contrarreloj, bajo las reglas de ensayo y error. No existen manuales que permitan codificar cómo se sale de este atolladero: en los últimos cien años, no se ha vivido nada igual en Occidente. Lo más inteligente y sensato es escuchar a aquellos profesionales, expertos en medicina de pandemias, con experiencias demostradas, que marquen líneas de trabajo. Aunque el escenario en el que ahora deben operar sea muy diferente al que adquirieron la experiencia por la que se les atiende.

La crisis del coronavirus está generando todo tipo de las miserias más abyectas: mentiras, bulos, intoxicaciones informativas, tergiversaciones, y la idea de la equidistancia informativa hace que, en general, los medios transmitan todo esto como si se tratara de realidades objetivas, aunque se sepa que no lo son. Todos los medios serios, sin excepción han caído en eso. Sin duda, la clase política debe aprender de esta crisis; pero no solo ella: el periodismo más solvente también debería ser más empático con quienes han de tomar decisiones muy difíciles, en las que incurrirán en despropósitos, sin que ello sea óbice para descalificar toda un trabajo que tiene corolarios claros: por ahora, sanitariamente, las cifras están siendo menos negativas, la evolución en el control de la epidemia es razonable. Y, por tanto, huelgan los mensajes catastrofistas que tienen pretensiones mucho más tendenciosas y egoístas que la resolución de los problemas de la salud. Esta es la hoja de ruta de los partidos de derechas y de sus cabeceras informativas. Esta es también la tentación de aquellas formaciones que, en breve, tendrán comicios autonómicos.

La estrategia de demolición del gobierno juega, además, con la utilización de las víctimas y con su imputación a los gobernantes. Éstos han actuado en línea con lo acontecido en otras naciones, en todos los ámbitos, incluyendo las medidas económicas que se han impulsado. Negar todo esto, aún reconociendo que en este proceso los errores se han cometido, fallos que debieran imputarse mucho más al escenario de improvisación y de toma de decisiones derivada –que pueden oscilar en horas–, en función de los datos disponibles, no deja de ser un ejercicio de escasa ética y de torticero proceder. Pero que en muchos medios se pongan, en el mismo saco, a aquellos que tratan de obtener réditos electorales y políticos con todo esto, junto a los que están trabajando, en el ámbito de las políticas públicas, es injusto e inexacto. Quienes se dedican con honestidad a la información también deberían reflexionar sobre esto, e incluso, cuando toque, realizar la auto-crítica que crean.

Aquí nos estamos equivocando todos, unos con más responsabilidad, otros amparados, justamente, en su irresponsabilidad. Los errores existentes deberán ser evaluados, expuestos, criticados. Pero ahora debería contar, por encima de todo, el apoyo a las instituciones y a sus integrantes, desde la base hasta la cúpula, para evitar que en medio de las fisuras que se van generando, con metas espúreas, se cuele todavía más el coronavirus.

 

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