Economía y Unión Europea

La “vieja” economía se resiste a perecer. Todavía tiene recorrido: palestras, cátedras bien financiadas, think tanks generosamente dotados. En algunas fases, pareciera que se reconsideran los preceptos que rigen esta disciplina. Pero no: vuelven siempre los profetas de la estabilidad presupuestaria y del equilibrio entre oferta y demanda para exigir nuevos aquelarres. Es lo que están haciendo, ahora mismo, los representantes de los llamados países frugales: sus superávits, cuyo origen también reside en parte en las demandas de los otros países de Europa, se arguyen como el resultado de buenas gestiones, frente a pretendidos despilfarros de la Europa más periférica. Una Europa que ha tenido que ajustar al máximo sus economías públicas –y recortar partes sensibles del Estado del Bienestar– para devengar deudas, privadas y públicas, con los sistemas financieros de la Europa más rica.

¿A qué tienen miedo los dirigentes de esa Europa insolidaria, encerrada en sus fronteras nacionales? Digámoslo claro: todo el proyecto europeo se puede ir al traste si no se admiten soluciones de complicidad inter-europea. Todo con una espoleta clara: la activación del gasto público, la intervención del Estado en la economía, “a gran escala en el modo de producción y distribución de bienes y servicios, de una magnitud que supere con creces incluso a la de la movilización para la Segunda Guerra Mundial”. Esto escribe el Premio Nobel de Economía 2006 Edward Phelps –nada sospechoso por cierto–, junto a Roman Frydman. No son los únicos que subrayan esto: existe ya una legión de economistas y de otros científicos sociales que están reclamando mayor agresividad, en el mejor sentido del término, de los gobiernos y de las instituciones supranacionales para salvar la Unión Europea. Estamos en otro escenario, en otra tipología de crisis: ésta ha paralizado más del 70 por ciento del sistema productivo en muchos países –lo que no se había visto antes–, de forma que las medidas a aplicar no pueden ser analgésicos elementales. Nuestros enfermos económicos –y las economías de la Unión lo están en estos momentos– urgen de transfusiones de sangre, de discursos de confianza, de garantía, de seguridad. El verdadero virus social está siendo el ascenso de la ultraderecha en Europa, que puede estar condicionando las hojas de ruta de algunos países: Alemania y Holanda, por ejemplo. El miedo electoral aparece, de forma miserable, en un contexto en el que ese miedo debería ser superado: para desarmar al coronavirus, para amortiguar el avance populista ultra-conservador. Para recuperar la Unión Europea.

Si esto no se solventa de manera razonable –y lo razonable no es contener la maquinaria de la recuperación, e incurrir en las recetas de siempre–, nadie deberá sorprenderse que los discursos europeístas decaigan. Por inoperantes. Es la hora de pasar de la fraseología huera a la acción expeditiva. Activemos el optimismo de la voluntad. Pero, junto a él, los líderes europeos deben espolear el galope de la recuperación. Los resortes están, las instituciones también. Las experiencias recorridas aleccionan. Falta la voluntad explícita, que ya no puede ser sólo optimista, sino ejecutiva, tangible, realista. Para salvar la Unión Europea.

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