Un Estado no ingenuo marca la solución

El Estado se ha erigido en la esperanza económica. Cuando hablamos del “Estado”, nos referimos a la capacidad de las administraciones públicas para encarar una situación que ha desarbolado por completo la economía privada. El Estado, antaño un problema, pasa a ser ahora la solución. Este es el contexto: la peor crisis de todas, superando la Gran Recesión. Sin embargo, informes de entidades privadas –como Morgan Stanley– indican una recuperación rápida: la consabida “V”, que todo el mundo espera, esperanza de muchos gobernantes. Se amparan, entre otros indicadores, en la evolución de la Bolsa, espoleada por la enorme liquidez en los mercados, hecho que de alguna forma pareciera “desconectar” la realidad económica productiva y la esfera de la especulación bursátil. Conocimos esto en los prolegómenos de la crisis de 1929.

La historiadora económica Carmen Reinhart, economista-jefe del Banco Mundial y co-autora junto a Kenneth Rogoff de un libro imprescindible sobre las crisis económicas (Esta vez es distinto, FCE, México 2012), acaba de publicar un artículo, “The Pandemic Depression”, en Foreing Affairs (https://www.foreignaffairs.com/articles/united-states/2020-08-06/coronavirus-depression-global-economy). Defiende que la crisis del coronavirus es diferente, que va a condicionar la evolución de la economía mundial, hasta el punto que Reinhart la sitúa como una nueva Gran Depresión –un fuerte impacto sobre la morosidad y la deuda privada– con una característica diferencial en relación a la Gran Recesión: ahora, las esperanzas de recuperación en las demandas de los países emergentes son mucho menores, toda vez que éstos están padeciendo severamente las consecuencias de la crisis, empezando por China. La antesala, por tanto, según Reinhart, de un proceso más acusado de “interiorización” de las economías, agudizado por tentaciones proteccionistas.

El instrumental de los economistas parece desarbolado, como también parece estarlo el de los profesionales de la sanidad: nos hallamos ante un virus nuevo que, además, tienen enormes capacidades adaptativas. Incertidumbre. Si hasta hace poco se pensaba que afectaba de manera más drástica a las personas de mayor edad, los datos más recientes constatan que los pacientes tienen una media de edad que ronda los cuarenta años. Los sanitarios luchan con denuedo ante este gravísimo problema; los economistas tratan de encontrar alguna vía de solución. Esta pasa, con claridad, por la participación pública en la economía. Compañías aéreas, empresas de todo tipo –grandes y pequeñas–, consumidores, autónomos, todos miran al Estado cuando los mercados no reaccionan o lo hacen con escaso músculo. La apuesta está siendo nítida, y generará un incremento importante de la deuda. Y tal vez se deberá pensar, seriamente, en la reestructuración de la misma. En paralelo, iniciativas empresariales pueden desaparecer. Se trata de saber, antes de que eso suceda, cuáles tenían solvencia contrastada antes del coronavirus, cuyo desarrollo implacable las ha abocado a una posible quiebra. Aquí deberán incidir los gobiernos. El Estado. Un ente que no debe pecar de ingenuo en este convulso escenario.

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