Diez años sin María (27 de diciembre 2010-26 de diciembre 2020)

 Subía, María Erbina, con dos rosas rojas encendidas en las mejillas, desde las Ramblas, rompiendo Colón, hacia Montjuic. Destilando sudor limpio de lavanda, la excitación y el esfuerzo la hacían sonreír al paso de las flores, con el ácido aroma del salitre de la Barceloneta. Venía de Torrent de Vidalet 42, donde desgranaba horas y vivencias, temores y esperanzas. Joven, con la fortaleza de los veinte años, cada día jalonaba la misma rutina en aquellos meses de 1938: caminaba apresuradamente hasta Passeig de Gràcia, para enfilar a Plaça Catalunya, y de ahí, al gran paseo hasta el mar, con la vista puesta en el castillo de Montjuic.

 María recorría la Travessera de Gràcia, pasaba ante pequeñas tiendas de ultramarinos desprovistos, se iluminaba en los atardeceres, kilómetro va y viene, tras hora y media larga a pie desde Montjuic. Llegaba a la vivienda de Torrent de Vidalet, una pequeña finca recia con un gran portón que resonaba al abrirse. El recelo de los goznes iniciaba comentarios de protocolo con los vecinos, las miradas furtivas de los jóvenes a aquella refugiada vasca en casa catalana, la chica que había llegado penosamente huyendo de la toma de Bilbao por las tropas de Franco. En Barcelona: fuego, bombas, aviones, refugio, muerte, desesperanza.

María se instaló sin querer en un sueño, más bien una pesadilla, en la que aparecían la ausencia del padre –desaparecido en el frente del Norte, en una columna de la CNT–, la dispersión de la madre y las tres hermanas pequeñas –éstas enviadas junto a otros niños al sur de Francia; aquélla, con el juicio perdido por la soledad y la incertidumbre-  el encarcelamiento del prometido –militar fiel a la República condenado por la República–, víctima de la corrupción de las conciencias. Sí, María se hallaba en un laberinto sin resolución aparente: entera, honesta y serena, sus pasos parecían siempre guiados por una especie de designio superior, intangible, protector. De las numerosas vías que se le presentaron, tuvo la fortuna de escoger siempre el mejor sendero, la trayectoria más positiva. Estos avatares la hicieron llegar a Barcelona, tras un tortuoso recorrido por Euskadi, Cantabria y algunas poblaciones de Catalunya como Alella.

María, esbelta y delgada, oscura la frente con una mata de pelo azabache, la tez pálida, los ojos envueltos en largas cortinas de pestañas, la risa franca, la lágrima presta, el corazón roto por una guerra incomprensible para ella, perdió, como tantos otros, la dulce vida de una adolescencia serena. Hija de un obrero metalúrgico y de una mujer inusualmente culta, ávida lectora de periódicos y con el corazón y la cabeza en la izquierda, María, su hija mayor, asimiló unos códigos de conducta que entrelazaban el cristianismo popular y los vientos de un socialismo que salpicaba fábricas y lugares de Portugalete. Todo un microcosmos que se tambaleó, lacerante, en 1936.

Ya van diez años sin su presencia física, sin su fina piel, sin sus risas, sus besos y comentarios. La echamos de menos cada día, por lo que había sido, por lo que era. Por lo que nos enseñó a sus hijos y nietos. Siempre, viva, entre nosotros.

 

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