Demanda que cae, camino a la deflación

Instituciones económicas de toda solvencia (como Funcas) ha indicado que España cerrará la inflación con un –0,3% en 2020. La previsión de esta caída de los precios la suscribe también el Banco de España. El gobierno tiene otros cálculos: plantea un crecimiento de los precios de un 0,9%, en tasas positivas, para 2021. Sea cual sea la previsión que se acerque más a la realidad, el hecho es que estamos insertos en una espiral en la que la caída de los precios es un signo inequívoco de que nos encontramos ante un problema de demanda. El umbral para los precios se marcó, desde Europa, en un 2%, a raíz del Tratado de Maastricht. Sin embargo, la trayectoria más reciente de ese indicador, como decimos, se aleja de la frontera del 2% y se acerca más hacia el 0. El precipicio de la deflación, de la caída de los precios, es real, e infiere conductas económicas precisas.

De entrada, quien tiene ahorros y capacidad de gasto contrae sus decisiones a la espera de que los precios todavía se “deprecien” más. En paralelo, los productores ralentizan sus inversiones, toda vez que lo que se produce se cotiza menos en los mercados. El corolario se traslada al mercado de trabajo: menos producción, menos consumo, salarios más bajos, menos contrataciones. Todo esto no es nuevo: existen ya suficientes casos en la historia económica que delatan situaciones parecidas. De hecho, las grandes crisis económicas del capitalismo, desde la primera acaecida en 1873, siguiendo con las de 1929 y 2008 –y ahora, con la del coronavirus– presentan el signo de la deflación. Sólo las crisis energéticas de 1973 y 1979 tuvieron, en este punto, un perfil distinto: aumento del paro junto a inflación, un fenómeno que los economistas bautizaron como estanflación.

Ahora, esta evolución de los precios obliga a seguir actuando en la política monetaria. De hecho, el Banco Central Europeo ha roto todos los dogmas presentes hasta marzo de 2020: se discute, ahora, una revisión sobre esa frontera del 2% en el nivel de inflación. A su vez, la política fiscal, que incumbe más a los gobiernos, debe poner en marcha los motores de la inversión de manera acentuada, aunque esto comporte dislocaciones en las cuentas públicas: incrementos de deuda y déficit. Algunos expertos consideran que la llegada de los paquetes de inversión desde Europa contribuirán a “engrasar” la economía, y la grasa visible va a ser, aseguran, el repunte de los precios. Porque se habrá expandido la demanda: el consumo, la inversión.

Todo esto contiene derivadas que se desprenden hacia el análisis de las deudas soberanas de los países y los mecanismos para hacerlas menos lesivas, un aspecto que deberá abordarse cuando aparezcan mejores perspectivas tangibles de recuperación económica. Se habla de 2022, 2023 e incluso 2024. Nadie tiene certezas en este escenario en el que estamos trabajando, presidido por la incertidumbre motivada, de origen, no por una causa económica, sino por un agente biológico. Los economistas no están preparados para realizar augurios convincentes ante un problema que es epidemiológico. Y deberán atender lo que digan los científicos sanitarios al respecto.

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