Seis claves económicas de la guerra de Ucrania (conjuntamente con Jorge Fabra)

     El ataque de Rusia sobre territorios de Ucrania coloca la economía mundial en un nuevo estado de alerta. En un contexto de control de la pandemia –otro grave conflicto, pero vírico–, cuando parecía que se podía entrar en una senda de mayor tranquilidad, se abre paso un enfrentamiento –una guerra, sin tapujos– promovida por el Kremlin, amparada con fraseología ultra-nacionalista y nostálgica, con graves falseamientos históricos. La inquietud, la incertidumbre, se ha afianzado. Cualquier augurio económico se halla, en estos momentos, presidido por una inestabilidad totalmente incierta, sin capacidad real para valorar riesgos. Hablar, genéricamente, de un “no” a la guerra es falsear una situación que tiene un responsable único: el presidente Putin, responsable de una invasión, con precedentes históricos bien conocidos tanto en Europa como en el Golfo Pérsico. Estamos ante una agresión que persigue la grandilocuencia de una Gran Rusia: la extensión hacia un nuevo “espacio vital”. Europa sabe de todo esto. La Unión Europea debe encararlo con decisión y unidad.

Las previsiones económicas son difíciles, y probablemente cualquier escrito realizado con urgencia –como lo es este mismo– se verá superado en pocas horas por la realidad. Veamos, sin embargo, seis claves como posibles resultados –ya observables, por otra parte– del conflicto que se acaba de iniciar.

  1- Encarecimiento de los precios energéticos. Se observan esos aumentos tanto en el gas como en el petróleo, que ya rebasa los cien dólares el barril. No es una situación nueva, inédita: la vimos durante la guerra del Golfo y la invasión de Irak, si bien las fuertes subidas en el precio del crudo se corrigieron con cierta rapidez. En cuanto al gas, cabe recordar que su precio ya había experimentado subidas explosivas ante la percepción adelantada por los mercados internacionales de las consecuencias del conflicto.  La formación de precios en el mercado eléctrico, de acuerdo con las vigentes normas regulatorias comunitarias, agudizan artificialmente, además, el impacto negativo de la guerra en las economías europeas. Pareciera que los Estados UE quisieran autoinfligirse daños siguiendo alguna idea purificadora nacida en la ignorancia.  Los mercados de futuros –tanto en sus referencias estadounidenses como holandesas– están suponiendo, a raíz de la invasión, aumentos adicionales en los precios del gas de entorno al 40%. En síntesis, esto supone un problema para el avituallamiento energético de la Unión Europea, dependiente de los inputs que provienen tanto de Rusia como de Ucrania (petróleo y gas) y pudiera propiciar ¡por fin! una profunda revisión de la regulación de los mercados eléctricos que permita una mayor convergencia entre precios y costes de la energía. Veremos.

 2- Suspensión de infraestructuras energéticas. Esto es lo que parece deducirse de las declaraciones del canciller Olaf Scholz, con la parálisis del gasoducto Nord Stream 2 como respuesta a la agresiva política imperialista de Putin. Este gasoducto, un conector de las reservas rusas con Europa por medio del Báltico, estaba pendiente de certificaciones de carácter administrativo, que debía cerrar Alemania. Gazprom, la poderosa compañía rusa, dejará así de inyectar más de cien mil millones de metros cúbicos de gas al año, hacia los mercados de la Unión Europea. El Kremlin ya ha advertido que esos flujos los canalizará hacia China, otro actor clave –y por ahora silente– en esta guerra.

 3- Derivaciones en alzas de precios hacia otros productos: minerales (aluminio, por ejemplo), productos agrícolas (trigo, cebada), en cuyas producciones es relevante el protagonismo de Rusia y Ucrania.

 4-Cierre comercial, que se bifurca en distintos escenarios geo-políticos: bloqueos de mercancías hacia Rusia y desde este país; e incluso peticiones mucho más expeditivas, por parte de Ucrania, que solicita a Turquía el cierre del Bósforo y los Dardanelos, para impedir el paso de embarcaciones rusas. Esta drástica medida está amparada por la Convención de Montreux de 1936: poder turco para bloquear el espacio citado en coyunturas de amenazas flagrantes y de guerra. Por otro lado, los clientes europeos pueden buscar proveedores de productos agrícolas importantes –como el trigo– en países de menor desarrollo (pensemos, por ejemplo, en Argentina); de la misma manera que los rusos pueden sustituir los clientes europeos, como se decía antes, con los demandantes chinos. ¿Relectura de la globalización tal y como se entendía hasta ahora?

 5- Desplome generalizado de las bolsas, empezando por la rusa, con caídas brutales en empresas emblemáticas como Gazprom (–48%), entre otras. El Ibex está, como otros parqués europeos, en retroceso (–2,86% el día de la invasión), en un espectro de pérdidas que superan el 1%.

 6- Previsible repunte de la inflación. En ausencia de la guerra y de sus impactos en los campos energético y comercial, los cálculos de las principales instituciones económicas eran, con matices, de ralentización del repunte de los precios poco antes del verano. Ahora, la situación se ha trastocado. Y debe verse cuál puede ser la actitud de los bancos centrales ante un escenario que se presentaba como amenazante, pero que muchos pensaban improbable –la invasión– a otro que ya culmina esa amenaza. Y en el que no se conoce el tiempo que puede durar.

Es todavía muy pronto para establecer conclusiones acertadas o vías de análisis precisas. Pero creemos que estas seis claves, con todas las cautelas y prevenciones, van a estar presentes en las próximas semanas, junto a otras que se deben incorporar para poder construir un relato económico más robusto en esta coyuntura convulsa que nos ha tocado vivir.

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