1. La división del mundo
Trump está abriendo diferentes focos internacionales, todos en plena tensión, con peligros nada despreciables. Venezuela y el Caribe, con un despliegue militar insólito, el mayor desde el final de la Guerra Fría, para bloquear –se llama– el narcotráfico; Nigeria, con bombardeos difíciles de justificar, con el objetivo de atacar células terroristas ausentes; Groenlandia, con claras pretensiones anexionistas, buscando sus riquezas; Gaza, con meridianas connivencias con el gobierno genocida israelí y con perspectivas de jugosos negocios inmobiliarios; Ucrania, con un patente posicionamiento a favor de las tesis de Putin y la posible repartición del territorio ucraniano, donde las tierras raras no son nada extrañas; Irán, una guerra espoleada por Israel con la connivencia absoluta de los Estados Unidos, para controlar las remesas petroleras hacia China. En todos estos frentes, dos son las características que les definen.
En primer lugar, el desvío de atención de los problemas internos de los Estados Unidos, agravados por la política trumpista. El crecimiento económico se retarda –a pesar de la fortaleza del último trimestre de 2025 e inicios de 2026–, y empiezan a haber tensiones en la inflación –por encima del 2% el objetivo de la Reserva Federal–, al mismo tiempo que las nuevas contrataciones se han debilitado. Hay que añadir, además, que la popularidad de Trump ha caído en picado, hecho destacado por medios como The New York Times y la CNN. Y, a su vez, en ciudades importantes de los Estados Unidos ha ido avanzando una ruidosa protesta contra la administración republicana, con resultados favorables para los demócratas.
Pero el segundo elemento tiene claves claramente económicas. No se persigue el narcotráfico ni el terrorismo ni las armas nucleares –estas son sendas excusas que suelen funcionar en la opinión pública–: se busca tener mejores accesos a fuentes de energía, materias primas y negocios particulares, familiares, del mismo presidente y de su entorno. En este contexto, algunos analistas han deslizado la posibilidad del estallido de un conflicto mundial, motivado por el enorme grado de incertidumbre y los movimientos espasmódicos de Trump, siempre imprevisibles. El tema se divulga para continuar generando temor en la población; pero, en principio, resulta difícil aceptar, desde el plano económico, que una guerra de grandes dimensiones pueda mantenerse, por un motivo central: los beneficios empresariales van ahora mismo como un tiro, hecho que se refleja en los balances de las empresas y en los movimientos bursátiles (hasta los ataques aéreos sobre Teherán). Es poco inteligente generar desorden y destrucción cuando se está ganando tanto dinero en este escenario, si bien siempre puede haber, como decíamos, actitudes imprevistas e impetuosas de dirigentes enloquecidos.
2. Economía volátil en tiempo de incertidumbre
Veamos, en este respeto, unas consideraciones económicas.
En primer lugar, Trump lo fía todo a la política arancelaria. En un primer momento, y atendiendo las desequilibrantes propuestas del republicano, los análisis señalaban previsibles caídas en el crecimiento económico, un repunte de la inflación y el incremento del paro. Sin embargo, los cambios que se han generado en función de las respuestas dadas por los países afectados han hecho que las tasas arancelarias se hayan moderado fuerza. Esto ayuda a explicar los resultados macroeconómicos de los últimos meses: un avance del PIB alrededor del 4%, a pesar de que se patentizan tensiones en los precios y una caída en la contratación.
En segundo lugar, el ataque constante y represivo en los centros de enseñanza superior y de investigación: recortes que superan los 2.500 millones de dólares y que inferirán la huida de capital humano. Hay que recordar que, a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos consolidó su poder sobre unas bases fundamentales: la función de la inversión, la política tributaria –con elevados impuestos a los ricos– y el papel decisivo de las universidades y centros de investigación. El impulso de instituciones permitió el trabajo de científicos, intelectuales, economistas y pensadores humanistas, las aportaciones de los cuales apuntalaron el avance de la ciencia, del conocimiento, e impactaron con sus ramificaciones y derivadas en un aumento de la productividad al rescoldo de proyectos innovadores.
Un tercer factor es el enfrentamiento radical con la Reserva Federal (FED), y con la figura de su principal Gobernador, Jerome Powell. El dilema de Powell está claro, con los datos de paro e inflación en la mano: medir qué valora más en sus decisiones conjuntas con el resto del board de la FED, mantener, subir o bajar los tipos de interés. En año electoral, Trump vuelve a reclamar bajadas relevantes de tipos: tendrá en breve la ocasión de colocar en un alto dirigente del banco central más afín a sus pretensiones. Todo ello, atemoriza a los inversores por la previsible pérdida de independencia del principal regulador financiero.
En cuarto punto, la ausencia de un planteamiento de inversión pública, más allá del gasto militar; y recortes enormes en vivienda, sanidad y lucha contra el cambio climático (más de un 20%). Los anuncios propagandísticos que ha hecho el mandatario sobre inversiones multimillonarias corresponden a proyectos de cariz privado, no al gasto federal directo.
Un quinto elemento hay que destacar, derivado de los cuatro factores anteriores: la riqueza de Trump prácticamente se ha triplicado desde que asumió la presidencia. Esta riqueza descansa sobre proyectos en criptomonedas con la connivencia de gobiernos extranjeros. A su vez, la importante relación con regímenes que disponen de fuerte liquidez de capitales –como Arabia y Qatar, por ejemplo–, facilitan el establecimiento de negocios inmobiliarios entre el republicano y su entorno familiar directo y los proyectos inversores que se puedan materializar en los Estados Unidos.
Los cinco aspectos que hemos delineado confluyen y promueven la incertidumbre, la volatilidad, el temor de los mercados y el incremento de la desigualdad, según las investigaciones más recientes de Branko Milanovic, Thomas Piketty y Gabriel Zucman. Esta inestabilidad se prolongará el 2026, espoleada por las tensiones geopolíticas: un arma que Trump utilizará para camuflar la decadencia económica de los Estados Unidos frente en China. Este es, sin duda, el liderazgo emergente.
3. Conclusión
Cuentan los historiadores Suetonio y Dion Casio que, en el año 40 de nuestra era, el emperador Calígula tomó una decisión estrafalaria, demostrativa de su inestabilidad mental: nombró cónsul a su caballo Incitatus. No se sabe si esto fue realmente efectivo, pues de lo que trataba de demostrar el césar era que las instituciones no funcionaban y que cualquiera, incluido su caballo, podía ser alguien en ellas. Casi dos mil años después, Donald Trump, que profesa como emperador in pectore, ha realizado una serie de nombramientos importantes en su ámbito más próximo, caracterizados por dos puntos definitorios: la incompetencia e inutilidad de los elegidos y el claro mensaje a las instituciones estadounidenses de que cualquiera, incluidos multimillonarios sin experiencia alguna en la cosa pública pueden regir los destinos de la nación, del imperio. Como si fuera gestionar un negocio particular: sin contrapesos, sin mecanismos de control, sin organismos fiscalizadores. Un “ordeno y mando” que encierra un peligroso desenlace: el cuestionamiento de la democracia. Pero, eso sí, con la garantía de un Estado al que detestan, pero del que todos ellos se quieren aprovechar. Son los caballos de Trump, que nos hacen galopar hacia el desastre –con el gran prócer a la cabeza–, a la vez que lanzan relinchos eufóricos mientras siegan la hierba a su paso. Igual que Otzar, otro caballo, sobre el que mandaba Atila. Y ya sabemos el resultado que profirió el rey de los hunos.
Todo esto podría quedar en una simple fábula o en una licencia literaria si no fuera porque, en efecto, los equinos de Trump están contribuyendo a destruir los resortes básicos de la economía mundial y las normas de las transacciones internacionales, dinamitando en paralelo los principales indicadores bursátiles de Wall Street, con el enfervorizado aplauso de una América profunda que no sabemos si se va despertando tras el sórdido sonido de los cascos de esos caballos. Y con el patético –y peligroso– narcisismo del nuevo Calígula, aplaudido por una cohorte de tecno-oligarcas que protagonizan este nuevo episodio del capitalismo.
La pérdida de confianza ante la evolución económica de Estados Unidos acrecienta la inestabilidad. Datos demoledores: venta masiva de dólares mientras se han ido revalorizando el franco suizo y el yen japonés, junto al oro; a la par que la deuda norteamericana (el bono a 30 años, por ejemplo) se acerca a una rentabilidad superior al 5% y complica su refinanciación (solo la deuda federal: 9 billones de dólares, que vence en pocos meses). Los consumidores estadounidenses van a sufrir directamente los corolarios letales en forma de tensiones inflacionistas y en el mercado de trabajo, fruto del despropósito desencadenado por un presidente obsesionado con aplicar aranceles y devolver una supuesta grandeza a un país que se ha beneficiado mucho de la globalización.