
La Soledat, el barrio de Palma inserto ahora en un proceso de reestructuración (dentro del Nou Llevant), fue durante decenios un barrio industrial –hasta bien entrada la década de 1970–, un núcleo productivo en el que se fabricaban tejidos, mantas –con Can Ribas como empresa emblemática–, zapatos –los míticos calzados Gorila, que todavía se recuerdan, con la pelotita de regalo, de la empresa Salom–, y toda una serie de mercancías que se exportaban y que también se vendían en el propio mercado interior. Un cosmos manufacturero que generaba cultura industrial y cultura obrera, explotación y resistencia. La zona mantiene todavía –aunque cada vez menos– los vestigios de la fisonomía de un urbanismo para trabajadores: viviendas bajas, con un pequeño corral o patio. Típico de las periferias proletarias de los siglos XIX y XX, cuando la industria era económicamente relevante. Y aquí lo era. Y mucho, con una iconografía reconocible. El dato es apabullante: un 30% de la población activa de Mallorca se enmarcaba en las actividades industriales, antes de la guerra civil. La Soledat, con grandes fábricas que aglutinaban a más de trescientos obreros –con importancia esencial del trabajo femenino e infantil– conformaba un núcleo emblemático de la industrialización palmesana. El barrio alimentaba ese 30% con actividades productivas en las que las mujeres eran determinantes, tanto para las empresas como para la reproducción de las familias obreras. Esto suele olvidarse demasiado cuando se analiza la economía.
Las fábricas disponían de tecnología avanzada. Los empresarios, conexiones muy intensas con el exterior. La clase trabajadora, una cohesión cultural y política. Tecnología, empresas, mercados, clases sociales: todo un mosaico identitario en el barrio, no muy diferente de lo que se estaba generando en el de Sant Martí en Barcelona (ahora, enmarcado en distrito 22@, con fuerte protagonismo de nuevas tecnologías) o en los suburbios industriales de Manchester (con reconversiones actuales hacia actividades terciarias de alto valor añadido). En ambos casos, se ha preservado el carácter industrial de esos nuevos distritos. Vemos esta importante progresión económica de la Soledat desde la segunda mitad del XIX en el sólido trabajo de investigación que hizo hace unos años el historiador económico Joan Roca Avellà (Llana, vapor, cotó i negoci, Documenta Balear, Palma 2006), un texto profundo y muy documentado sobre la empresa de Can Ribas.
La asociación de vecinos de la Soledat lleva años trabajando en la reivindicación de este histórico emplazamiento palmesano, con la idea de que cualquier actuación que se realice tenga presente la idiosincrasia del barrio y su pasado industrial. Miquel Vadell –arquitecto– Caterina Ramis –filóloga– y Carles Gispert –activista cultural–, con la presidencia del colectivo vecinal de Miquel Coll, no cejan en su idea de hacer habitable el lugar en el que nacieron y siguen viviendo, para mantener sus signos de identidad, siendo a su vez conscientes de los problemas que tiene la zona. E indicando la urgencia de que las instituciones apoyen iniciativas respetuosas de reconversión.
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