Turismo de masas, ¿industria invisible?

1. Visiones sobre el turismo

El turismo supone el 14% del PIB en España, según los datos más recientes de la Contabilidad Nacional. Un porcentaje relevante, pero que merece una atención limitada por parte de las ciencias sociales. El turismo de masas como actividad importante en la economía y en la sociedad se genera desde la postguerra, a partir de 1945-1950. La expansión de políticas públicas y la configuración del Estado del Bienestar en Europa, suponen aspectos cruciales que explican la existencia de una demanda potencial de servicios de ocio. El turismo se vislumbra entonces como positivo para los países que empiezan a explotarlo: la entrada de divisas infería una inyección poderosa de dinero hacia sociedades que lo necesitaban y, a su vez, esto promovía la creación de empleos y paz social, lo que podía ser muy beneficioso para sociedades periféricas.

            El turismo se ha observado desde perspectivas distintas, tanto desde los puntos de vista metodológico como teórico. Por un lado, como un conjunto de actividades, derivadas de decisiones de inversión, que han provocado cambios radicales en los territorios afectados, y nuevos escenarios sociales con la aparición de otros actores y relaciones de poder; economistas, politólogos y geógrafos son sus primordiales estudiosos. Por otro, como una fuente importante de externalidades ambientales, lo cual ha motivado la preocupación por establecer nuevas formas de medición –de carácter biofísico– al margen de las crematísticas; aquí destacan los economistas, los geógrafos y los biólogos. Un tercer bloque de análisis observa el turismo desde la esfera cultural: los diferentes impactos que ha provocado sobre estructuras históricamente más estables, de forma que esto supone distintos tipos de adaptación y respuesta al fenómeno turístico; el trabajo de historiadores, sociólogos y antropólogos ha sido clave en este campo. En cuarto término, un conjunto de investigaciones trata de ordenar, desde preceptos ideológicos distintos, el análisis económico del turismo. Se trata de trabajos que se enmarcan en los postulados convencionales de la teoría económica ortodoxa, de manera que ésta se aplica, con sus métodos y herramientas, a la investigación turística (fases de desarrollo económico, estudios de demanda y de mercados, análisis microeconómico). En paralelo, otras escuelas económicas han estudiado el turismo bajo ópticas dispares, que van desde aportaciones neoschumpeterianas (la destrucción-creadora hacia un nuevo sector), hasta la teoría de la regulación y la adopción de la lógica centro-periferia-colonialismo de los teóricos de la dependencia (con la idea latente de la economía-mundo wallersteniana).

El análisis del turismo se ha visto condicionado en muchas ocasiones por una visión mecánica: el paisaje, el clima, constituían elementos centrales que justificaban los despegues –tras una trayectoria por fases– Ahora bien, tal perspectiva no acierta a justificar porqué el turismo de masas aparece en una geografía determinada y no en otra, con parecidos o idénticos factores deterministas de partida (buen clima, paisaje agradable, buenas conexiones). ¿Qué explica entonces el inicio del turismo como fenómeno de masas, como sistema productivo? Unas consideraciones deben anotarse:

  • Las experiencias previas cuentan para la adopción de nuevas decisiones de inversión, que comportan al mismo tiempo cambios culturales y otras relaciones de poder;
  • La existencia de economías más abiertas a los mercados permite un mayor conocimiento de los mismos y mejores procesos de adaptabilidad;
  • La flexibilidad de los factores de producción –sobre todo del trabajo–, reconocida históricamente, conforma un valor para encarar nuevos retos;
  • El aprovechamiento positivo de las condiciones de la demanda.

Estos cuatro puntos avanzan a conclusiones precisas. En primer lugar, el desarrollo económico turístico es un proceso histórico, es decir, debe explicarse en función de sus condiciones previas. Éstas facilitan e inciden en las nuevas inversiones, en los cambios en las estructuras productivas y laborales, de manera que estamos ante una nueva vía de formación bruta de capital y de acumulación. Ambas van dependiendo cada vez más de actividades en las que el concepto de “mercancía” física va despareciendo y es sustituido por la noción de mercancía como servicio, o de “servicio industrializado” (Rodrik 2015). En segundo término, los factores apuntados indican que, a parte de los análisis de demanda –que suelen ser los más frecuentados por la Economía para investigar el turismo–, urgen también estudios de oferta en un sentido amplio, que deben incluir el análisis microeconómico y su corolario macroeconómico: la concreción de una suma de trayectorias individuales, endógenas, que hace posible un cambio profundo que no sólo es exógeno (Agarwall et alter 2000).

2. Las periferias del placer

            La acuñación de todo esto tuvo una expresión feliz: periferias del placer (Turner-Ash 1991). Según esto, esas periferias son guetos turísticos emplazados en regiones atrasadas que, desde los años 1970, proliferaban bajo dos condiciones esenciales: la buena conectividad aérea y la disponibilidad de muchas horas de sol. Estos espacios, próximos a las costas y, de alguna forma, blindados, rodeaban unos centros que generalmente eran pobres y poco conectados con otros más privilegiados. Ahora bien, estas llamadas periferias no tienen evoluciones parecidas –porque sus trayectorias históricas son heterogéneas–, ni pueden arbitrarse modelos turísticos de carácter generalista que satisfagan a todas ellas en sus diferentes cronologías.

            La metodología de estudio del turismo de masas es débil (Pearce 1989). La repercusión de otros planteamientos epistemológicos ha sido escasa en los análisis sociales y económicos sobre el turismo. La visión que se ha perfilado sobre la irrupción turística, desde 1950, ha sido de una gran simpleza: se ha desgajado esta nueva actividad del proceso histórico, económico y político, como si esa erupción se hubiera producido sin causas objetivas y explicables. Al ser una actividad sin mercancía física, esa pretendida abstracción ha alimentado discursos de carácter “adanista”: el turismo como redentor de miserias, como nuevo Prometeo, como hacedor de sociedades modernas y avanzadas, todo frente a una profunda ignorancia sobre el pasado más inmediato. Las experiencias previas se ignoran; las capacidades económicas adaptativas, se marginan. Frente a esto, los estudios de geografía económica y de historia económica tienen potencialidades explicativas, siempre con análisis de casos, a partir de un empirismo desde el que elaborar, si cabe, teorías más amplias. En esta línea, ver el turismo de masas como una parte esencial del capitalismo actual –como una vía más de acumulación, en suma– facilita una mejor comprensión: no estamos ante actividades que surjan de la nada y que, además, sean inocuas para su entorno. Estamos ante la mercantilización de los territorios turísticos, desde el momento en que éstos –espacios diversos– se convierten entonces en mercancía.

3. El turismo como globalización

            La globalización del turismo de masas ha introducido nuevos parámetros de estudio, relacionados con las nuevas relaciones de poder que emanan del desarrollo turístico. Esto ha motivado la inquietud investigadora en analizar un aspecto que ha sido poco explorado en los análisis turísticos: la función empresarial, el papel del capital en definitiva, tanto el que se afianza como un conglomerado transnacional, como el que se aferra a la vertebración de pequeñas y medianas empresas. Esta historia empresarial es, además, de gran interés, toda vez que en algunos ejemplos ya analizados se advierten importantes acumulaciones de capital que van de lo local a lo global, y que inciden en cambios económicos endógenos en las sociedades de procedencia y, a la vez, se insertan en estrategias más amplias que tienen en cuenta las posiciones en los mercados internacionales.

            En esta visión integradora, los análisis sobre el turismo se centran en aspectos claves, como los efectos ambientales y la desigualdad, escrutados con una mirada distinta, de forma que se cuestiona la adopción del concepto de externalidad negativa como si se tratara de un factor ajeno a la actividad turística, y no una parte intrínseca a la misma (Mowforth-Munt 1998, Agarwal et alter 2000, Bianchi 2002, Ateljevic et alter 2007). Las economías occidentales presentan una nueva naturaleza en los servicios. Éstos tienen una función capital en la transición de estructuras industriales avanzadas hacia sectores sustentados en el conocimiento. De hecho, los servicios son actividades que más contribuyen a la creación de empleos intensivos en conocimiento, con la globalización económica como acicate primordial, que estimula los mercados financieros, técnicos, de alto valor añadido y, también, turísticos. Estas actividades ya no se caracterizan por una baja productividad, según se ha documentado en la literatura sobre el crecimiento de las economías desarrolladas. Así, la investigación sobre una muestra de treinta países miembros de la OCDE demostró el avance constante de los servicios de alto valor añadido, mientras que los tradicionales (servicios sociales y personales y hoteles y restaurantes) registraron aumentos de la productividad y los servicios modernos (transporte, intermediación financiera y telecomunicaciones) subrayaron cifras comparables a algunas actividades de alto crecimiento en el sector industrial.

4. Nuevos interrogantes

            Se describen a continuación:

  1. La aplicabilidad del concepto “industria turística” al turismo de masas. Los elementos básicos y descriptivos de esta industria son: los recursos turísticos (naturales y humanos), las instalaciones receptivas (hoteles, hostales, segundas residencias, residencias para trabajadores, almacenes de alimentos), los servicios directos (agencias de viaje, alquileres de vehículos, guías, oficinas de información), las infraestructuras básicas y culturales (medios de transporte, de comunicación, complejos deportivos y recreativos) (Sessa 1983). Desde la Geografía, y a partir de preceptos de la Ecología Industrial, se ha propuesto que a esa noción de industria turística se incorpore el análisis del Complex Adaptative Tourism Systems, un concepto que parte de los postulados de la Ecología y de la economía ecológica y que persigue trabajar el turismo en unas coordenadas de sistema abierto y cambiante –en el que el componente biológico y la tercera ley de la Termodinámica actúan siempre–, de forma que se confronta con la teoría económica neoclásica de sistema económico cerrado (y más influenciado por la Física newtoniana; cf. Farrell-Twining 2004).
  2. En relación al punto anterior, son sectores heterogéneos los que intervienen en la confección de los productos turísticos: éstos los forman diferentes aportaciones que a la vez cubren actividades que no son turísticas. En efecto, se aprecian dos diferencias sustanciales entre los servicios y la manufactura:
  3. Algunos servicios son comercializables, de manera que son cada vez más determinantes en el comercio mundial: actividades muy intensivas en conocimiento, pero que generan pocos puestos de trabajo.
  4. En países avanzados, los servicios absorben los excesos de mano de obra, en actividades con productividades bajas e intensivas en fuerza laboral. Esto constituye una importante restricción, ya que estas ocupaciones no pueden ampliarse sin ejercer una relación real de intercambio muy desfavorable contra si mismas: se reducen los precios de los servicios lo que, en definitiva, equivale a contraer los salarios. Esta autolimitación lamina las capacidades de desarrollo en economías de servicios con calificaciones medias-bajas –menos intensivas en conocimiento–, si no se exploran nuevas perspectivas de inversión y, por tanto, de empleo en otras actividades.
  5. Estos productos finales se consumen en el lugar de origen; por consiguiente, es determinante el componente territorial. Y el “producto” es, a su vez, dispar: el paisaje, el espacio, el conjunto de la oferta, pero también el propio turista se convierte en un “producto” del sistema de producción turística.
  6. Esta realidad hace que otros factores sean cada vez más importantes en los análisis de la economía turística:
  7. Las externalidades ambientales, entendidas como parte del sistema económico y, por tanto, analizables para superar los problemas que puedan generar en el destino turístico. Aquí, las nociones de “capacidad de carga” o la utilización de indicadores metabólicos del sistema productivo, aparecen como nuevos retos para identificar con mayor precisión los impactos del turismo.[1]
  8. El problema ambiental no se reduce a la evolución del crecimiento económico, toda vez que el PIB no representa una medida efectiva de control del medio ambiente. Esto afecta tanto al sector industrial como al de servicios. En tal aspecto, los mercados, la tecnología y las políticas ambientales tienen un papel fundamental. Ahora bien, las regulaciones ambientales son más severas en un contexto social más consciente, y con formas claras de defensa y de compensación de las externalidades. Así pues, esas regulaciones deben ser efectivas tanto en etapas de fuerte crecimiento económico –y turístico– como en fases de contracción, en las que pueden generarse laxitudes a la hora de enfrentar las externalidades ambientales.
  9. Las finanzas y la circulación dinámica de los capitales relacionados con el turismo, hechos que facilitan las inversiones hacia territorios en fases iniciales en la actividad turística (en los segmentos de sol y playa); o diversificar activos en zonas más maduras (en los hoteles urbanos);
  10. La incorporación al proceso de globalización de áreas menos integradas a causa de la estrategia de desarrollo turístico.
  11. La estacionalidad del turismo de masas constituye un debate permanente. ¿Cómo superar esa estacionalidad? Este interrogante es frecuente para políticos y expertos. Pero conviene considerar que la estacionalidad es un factor definitorio del turismo de masas, sobre todo si éste se vincula a ofertas de invierno (nieve) o de primavera-verano (sol y playa). En esa misma línea, las características de los mercados laborales –tiempos de vacaciones en determinadas fechas– convierten en “estacionales” muchos flujos turísticos. Los factores climáticos también inciden en la superación o mantenimiento de la estacionalidad: espacios con climas más estables (como destinos del Caribe o, en España, las islas Canarias) permiten una oferta más homogénea que, en cualquier caso, depende de que los clientes ajusten a ella su tiempo de ocio. Ahora bien, este aspecto mantiene una relación directa con otro que a veces se ignora: romper con la estacionalidad supone extender las externalidades del modelo turístico a todos los meses del año. Conocer tal impacto presupone, por un lado, ser conscientes de que la actividad turística produce externalidades que son distintas a la actividad industrial, pero que igualmente son detectables; por otro, elaborar los indicadores concretos de medición.

Los cinco factores enunciados suponen un reto para los economistas: tal vez sean éstos, juntos a los geógrafos y los economistas ecológicos, los que pueden proporcionar claves explicativas más potentes y completas –en un sentido holístico– sobre la evolución de una economía turística considerada, que supere las aportaciones –importantes, sin duda– de las corrientes más ortodoxas de estudio de la economía turística. Y que se piense en una idea clave: turismo no es solo turistas. Hay más complejidad y encadenamientos económicos en esta actividad productiva.

Bibliografía

AGARWAL, Sheela; BALL, Rich; SHAW, Gareth; WILLIAMS, Alan M. (2000), “The geography of tourism production: uneven disciplinary development”, Tourism Geographies,vol. 2, núm. 3.

ATELJEVIC, Irena; PRITCHARD, Annette; MORGAN, Nigel (Eds.) (2007), The critical turn in tourism studies, Oxford, Elsevier.

BIANCHI, Raoul (2002), “Towards a new political economy of global tourism” a SHARPLEY, Richard;

FARRELL, Bryan H.; TWINING-WARD, Louise (2004), “Reconceptualizing tourism”, Annals of tourism research,vol. 31 núm. 2.

GÖSSLING, Stefan; HANSSONB, Carina B.; HÖRSTMEIERC, Oliver; SAGGE, Stefan (2002), “Ecological footprint analysis as a tool to assess tourism sustainability”, Ecological Economics, vol. 43, núms. 2-3.

MOWFORTH, Martin; MUNT, Ian (1998), Tourism and sustainability: new tourism in the Third World, Routledge, Londres.

PEARCE, Douglas (1989), Tourism Development, Longman, Harlow.

RODRIK, Dani (2015), “Premature Deindustrialization”, School of Social Science, IAS, núm. 107.

SESSA, Alberto (1983), Elements of Tourism Economics, Roma, Catal.

TURNER, Louis; ASH, John (1991), La horda dorada. El turismo internacional y la periferia del placer, Madrid, Endymion.


[1] La asunción de las tesis del desarrollo sostenible ha provocado, también en el análisis turístico, las magias verbales que acompañan a veces a este concepto. Se ha hablado de “turismo sostenible” a partir de la curva ambiental de Kuznets. En tal sentido, se ha expuesto que debe promoverse un turismo de calidad, que se asimila a alto poder adquisitivo y, por tanto, con menor impacto ecológico. La ecuación radicaría en la venida de menos turistas al territorio receptor, pero con más dinero, de forma que la rentabilidad se mantendría. Esta idea ha sido refutada en estudios de caso como el de las Seychelles, en donde se ha demostrado que los hoteles de mayor categoría son los que acaban siendo más agresivos con el medio ambiente; cf. Gössling et alter (2002).

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